martes, marzo 13, 2012

Latinoamericanos y norteamericanos: Diferencias más allá de lo evidente

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com


DALLAS, Texas - Cuando un hispanohablante recién llega a Estados Unidos, obviamente el primer obstáculo con el que se debe enfrentar es el idioma inglés.

Por mucho que uno “haya estudiado” inglés, siempre hay un proceso de adaptación, a veces fácil, las más de las veces duro.

Pero nada que el tiempo y la práctica no solucionen.

Sin embargo, después de pasar varios años en Estados Unidos, me he dado cuenta que no sólo el idioma y las costumbres nos hacen “distintos” a los norteamericanos nativos, sino que hay otras sutilezas que no se notan a primera vista, como la comunicación no verbal.

Es decir, los gestos, maneras, etc. Lo que en inglés se llama “body language”.

Y éstos dan más guerra para aprenderse, porque las más de las veces son gestos totalmente distintos a los que usamos los latinos.

Uno de los primeros momentos en que noté esas diferencias fue en un restaurante. La mesera me sonreía y era amable, pero “sentí” algo raro.

Fue hasta después de salir del local cuando me di cuenta qué pasaba: Su sonrisa era extraña.

No era la típica sonrisa, de boca entreabierta, y dientes de fuera. No, al contrario: la chica me sonreía con una mueca apretando los labios fuertemente, como si estuviera conteniendo la respiración por una fracción de segundo.

¿O estaría conteniéndose para evitar soplarme en la cara?

Tras muchos años en este país, me he topado con ese gesto muchas otras veces. Y siempre son norteamericanos los que me la han hecho, nunca un latino, o un extranjero.

Me du cuenta que es la “half smile”, una sonrisa a medias que usan en este país solamente para ser amables, pero marcando distancias.

Es la sonrisa más usada. Es la que usan para saludarte cuando se cruzan contigo, un total extraño, en una calle o un corredor desierto, donde se vería mal el fingir que no te vieron.

Otra cosa que noté es que los estadounidenses marcan mucho sus distancias físicas. No se ve bien eso de andarse dando abrazos, ni siquiera apretones de mano cuando uno recién se conoce. Un “nice to meet you” (“encantado de conocerle”) basta y sobra, si acaso con un leve asentimiento y una sonrisa a medias.


Las manos, mientras tanto, permanecen perfectamente alejadas del otro.
Cierto, la gente de Estados Unidos es mucho menos afectiva con los extraños que al sur de la frontera . Pero por otro lado son muy relajados y amigables en su trato con aquellos que acaban de conocer. O al menos lo aparentan.

Esta relajación y afabilidad la llevan a veces a niveles extremos, inconcebibles entre los latinoamericanos.

Por ejemplo, cuando un norteamericano conoce a alguien y traba conversación, existe una costumbre muy particular de hacerse menos uno mismo ante los demás, sobre todo (o especialmente) extraños. 


Usted conoce a un americano, comienza a platicar de esto o aquello, y no tarda en escuchar una opinión que resalta las deficiencias propias como personas ante los demás. 


Como si los defectos personales fueran medallas que se presumen abiertamente.

En muchas culturas está muy mal visto presumir de las cualidades de uno, cierto. Pero en Estados Unidos se piensa que menospreciarse a sí mismo en público sirve para verse más “humano” y afable.  Y así causar simpatías y sonrisas que rompan el hielo.

Pero a veces llevan esta actitud a niveles extremos, y no es raro escuchar frases como estas:

--Tengo una memoria pésima.

--Lo siento, mi intelecto es muy limitado, no da para más.

--Soy muy torpe para esto (computadoras, celulares, televisiones, controles remotos, etc.).

--¡Soy un conductor terrible!  De milagro sigo vivo.

--¿Bailar yo? ¡Pero si tengo dos pies izquierdos!


--Como usted puede ver, estoy bastante gordo.


--Como usted puede ver, estoy bastante flaco.


--Como usted puede ver, estoy bastante feo.
Y así por el estilo.


Lo rarísimo es que estas críticas son perfectamente aceptables mientras se hagan contra uno mismo. Pero son de pésimo gusto si usted las hace refiriéndose a otra persona, es casi un crimen capital.
La actitud americana de menospreciarse a sí mismos en una conversación es un contraste total con la actitud en América Latina, donde a la gente le encanta presumir ante extraños de todo de lo que uno es capaz.

Esta presunción la llevamos hasta niveles genéticos, porque nos encanta presumir hasta de lo que no tenemos mérito, como nuestros ancestros, alcurnias y pedigríes. 


Por más miserables que seamos, todos presumimos de tener un tío millonario, o un abuelo de sangre azul, o un pariente político, magnate empresarial, líder sindical, o incluso narco.

“Papi paga”, dicen los “fresas” o “pijos”. Y el que tenga el papi más “billetudo”, es el que queda dueño del campo de batalla.

Los “gringos” son totalmente lo opuesto: Presumen con orgullo y hasta fanatismo de sus parientes y ancestros lo más miserables y analfabetas que puedan tener. 


Y si no los tienen, los inventan. 


Hasta las familias más multimillonarias de varias generaciones como los Rockefellers, resaltan los paupérrimos orígenes de sus tatara-tatara-abuelos como si fueran los escudos heráldicos de sus castillos.

Entre más bajo hayan estado estos ancestros en la escala social, mejor para los norteamericanos, porque significa que la familia lleva el gen del triunfo personal, del "Self-Made Man" ("El hombre que se hizo a sí mismo") que consiguió el "Sueño Americano".


Es como decir: "Lo que tengo nadie me lo regaló, yo me lo gané a pulso".


Vamos, estas diferencias de actitud entre latinos y anglos son tan profundas, que llegan hasta niveles genéticos. Literalmente.

Entre los latinoamericanos es muy común presumir los genes de uno, restregando nuestro árbol genealógico en las narices de quien se deje. 


Dicho árbol genealógico, por cierto, siempre debe incluir como mínimo a un ancestro europeo (no importa que haya sido un pordiosero o un pervertido que viviera 80 generaciones atrás). 


Porque sentimos que el tener ancestros "blancos" y "europeos" nos "distingue" del resto de la chusma autóctona, casi como si tuviéramos sangre azul. 


O al menos eso queremos creer.

Y si no tuvimos un tatara-tatara-tatara-abuelo español, francés o ya de perdido, árabe, no importa, que de todas formas nos lo inventamos.

Mientras en Estados Unidos es totalmente lo opuesto: no falta ningún rubio de ojos azules que saque a colación que tiene 1/4 ó 1/8 ó 1/16 parte de sangre apache, cheyenne, cherokee o sioux, o incluso mezclados con raza negra.

Y lo dicen con un orgullo que haría enrojecer de vergüenza a más de un niño "bien", político o empresario latinoamericano, que trata de vociferar a los cuatro vientos su linaje "Europeo" (aunque toda la cara lo delate como un ejemplar típico de la raza de bronce).

En síntesis, no sólo el idioma es distinto entre norte y latino americanos. Las actitudes y formas de ver la vida (le dicen cultura) son a veces totalmente opuestas. (www.cesarfernando.com)