lunes, septiembre 27, 2010

La muerte (y la ¿resurrección?) de la lectura

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com


Cuando mi hijo mayor tenía cuatro años, escribió su primera carta a Santa Claus.

Claro, pidió juguetes (montones). Una consola de videojuegos y no sé qué cosas más. Suficientes para vaciar la fábrica del polo norte.

Pero también nos incluyó a nosotros, sus padres, en la carta.

Para su mamá pidió flores.

Y para mí recuerdo muy bien que escribió textualmente: “…Y muchos perioricos para mi papa.”

No supe si reír o llorar. La imagen que mi hijo tenía de mí era siempre leyendo “perióricos”. ¿Sería porque había trabajado en periódicos toda mi vida?

No sólo eso, toda mi vida estuve rodeado del mundo del periodismo, desde que me acuerdo. Desde niño, en mi casa crecí leyendo periódicos todos los días, gracias al ejemplo de mis padres, sobre todo los cómics.

Ya a los 15 años, en la preparatoria, era el único loco que guardaba un poco de dinero no para jugar maquinitas o para llevar a la novia (que ni tenía) al cine, sino para comprar libros, o periódicos nacionales.

Por supuesto, los periódicos leídos se acumulaban aquí y allá, en mi cuarto.

“¡Hay que tirar tanto periódico!”, me gritaba mi mamá.

Esos gritos cesaron cuando me casé años después. Pero fueron suplidos con creces por los de mi esposa.

El problema era que ni siquiera yo mismo podía evitar la situación, pues llegué a depender de los periódicos para sobrevivir.

Comencé a trabajar en un diario a los 21 años. Primero como reportero, luego como co-editor de sección, y después como editor. Luego fui ascendido a jefe de redacción (¡a los 26 años!).

Claro, esto implicaba, además de las matadas, desveladas, úlceras y malpasadas... llegar todas las madrugadas a la casa con un periódico bajo el brazo.

Mi papá lo recibía encantado, diciendo que estaba "calientito del horno".

De hecho él fue el fanático que me contagio el virus del periodismo: toda su vida leyó diarios casi religiosamente, y hasta trabajó muchos años como corrector de estilo en varios de ellos.

Por supuesto, yo siempre podía argumentar un motivo poderoso para mi adicción a los periódicos: vivía de ello.

Cuando fui reportero, necesitaba saber lo que los otros periódicos publicaban, para “ganarles la nota”, decía. Así que comencé a acumular un archivo.

Luego, cuando fui editor y columnista, necesitaba guardar los periódicos donde se publicaban mis artículos, “para mi portafolio”.

Y es que, decía, “nunca sabes cuándo los vas a ocupar”.

Y así me fui llenando de papel.

Muchos periodistas viejos dicen que tienen “tinta de la rotativa en las venas”.

Yo no. Yo lo que tenía era papel periódico. Por todas partes. Casi me salía hasta por las orejas.

Esta costumbre la arrastré desde México cuando me mudé a Texas, a fines de los 1990's. Y la llevé conmigo los tres años que viví en un minúsculo departamento de Florida.

En Florida fue cuando los periodistas comenzamos a sentir las primeras crisis que sufre esta industria de Estados Unidos.

Las suscripciones iban en picada. El puesto de editor por el que me contrataron en Florida se esfumó, y me ofrecieron otro puesto de reportero que acepté por no quedarme de otra. El temor a los despidos eran pan de todos los días. Sospeché que era cuestión de tiempo para que me pusieran de patitas en la calle.

Para colaborar con la causa periodística, decidí suscribirme yo al diario donde trabajaba.

El periódico llegaba puntualito a la puerta de mi departamento todas las madrugadas.

El problema es que… no tenía tiempo de leerlo.

Yo salía al trabajo a las 5 de la madrugada, y sólo recogía el diario, lo sacudía de lagartijas floridianas, y lo echaba sobre la mesa de la cocina antes de salir corriendo a la redacción.

Ya en la oficina leía una copia en la redacción, o la versión de internet.

Eso fue todos los días.

Claro, al poco tiempo, tuve un cerro de periódicos acumulados en la diminuta mesa de mi comedor.

Después, el cerro se extendió cual epidemia a la sala, a las recámaras… Hasta a los clósets.

A ese cerro, se le sumó otro cerro que yo alimenté, con los periódicos donde aparecían mis artículos.

“Para mi portafolio”.

Así llegué a tener periódico hasta en la cajuela de mi auto. (Claro, porque "nunca se sabe cuando se van a ocupar".)

El domingo era el único día que tenía para leer a gusto, pero confieso que sólo leía las secciones que me interesaban: local, nacional, internacional... El restante 90 por ciento de las secciones del periódico se iban directo a la basura, sin siquiera echarles un vistazo.

Cuando me mudé a Texas de nuevo, saqué del departamento de Florida paquetes y paquetes de periódicos. Directo al botadero.

No sé cuántos árboles murieron por la causa. Sería un pequeño bosque.

En Texas, con todo el dolor de mi corazón, tuve que prescindir de periódicos.

Había dejado la industria, por ello ya no veía motivo de "estar al tanto" de lo que ocurría, ni de guardar copias de mis artículos "para mi portafolio".

Y confieso que influyó mucho el que me intoxiqué de información. Me quise tomar un respiro después de haber estado "al tanto" de lo que ocurría, que me atiborré.

Llegaron días en que no quería saber qué estaba pasando en el mundo.

Me di cuenta que la culpa no era de la información en sí, sino de los periódicos: de tanta noticia negativa y deprimente que se promueve.

Entiendo que se debe publicar, pero también hay noticias positivas e importantes de gente que hace cosas por mejorar el mundo. Éstas, desafortunadamente, poco se difunden porque "no tenemos espacio".

Así que irónicamente, hice lo que nunca pensé: le di la espalda a los periódicos.
Y me convertí en lo que siempre había evitado: un lector exclusivo de internet.

O sea, la misma tendencia que está matando a los periódicos impresos.

A las pocas semanas, me sentí culpable de colaborar con la masacre de la que yo mismo fui víctima. Quizá podía seguir apoyando a los periódicos, ya no por mí, sino por tantos buenos amigos que aún trabajan en ellos.

Por ello, en Dallas quise al menos comprar el periódico del domingo.

Pero me fui de espaldas al ver el precio en una tienda 7-Eleven: ¡3 dólares!

Mis días como lector de periódicos estaban contados.

Pero entonces vi un anuncio en el periódico local, el “Dallas Morning News”, que llamó mi atención.

Promocionaban un nuevo periódico "comunitario" que estaban a punto de sacar. Se llama “Briefing” (algo así como “Sumario” o "Resumen").

Y como su nombre lo indica, no es ni más ni menos que una versión sintetizada del diario “grande”.

“Briefing” sólo tiene de diez a veinte páginas, con las noticias más importantes de todas las secciones del periódico del día.

No sale todos los días, solo de miércoles a sábado. Pero igual ya no leo periódicos todos los días. Sólo quiero algo para leer mientras tomo un café en la mañana.

Las "malas" costumbres son duras de acabar.

Pero lo mejor de todo, lo que me hizo decidirme a convertirme en un seguidor de "Briefing", fue su precio: ¡GRATIS!

Sólo tenía que suscribirme por teléfono, o por internet, y recibiría mi periódicos a la puerta de mi casa, como en los años dorados del periodismo impreso.

¿Qué podía perder? Me suscribí.

Los primeros meses, “Briefing” estaba más que enclenque. Páginas y páginas de textos.

Por experiencia propia, sé que esto es lo más deprimente de un periódico que busca sobrevivir, es el primer síntoma de los despidos y la crisis.

Por fortuna, estuve equivocado.

Hoy, el periodiquito tiene bastante publicidad. Y va creciendo.

Lo que me gusta de él es que no es un masivo desperdicio de papel, como su hermano mayor. Lo puedo leer todo en una sentada, lo puedo doblar cómodamente bajo el brazo, en dos o tres dobleces (¡imposible hacerlo con el periódico "real"), no se acumula en bultos enormes que causen la ira de mi esposa.

¿Ya mencioné que es gratis? Es lo mejor de todo.

¿Será esta la tendencia de los periódicos del futuro?

Hoy estoy analizando mi próximo paso a seguir: comprar mi primer e-Reader, o “Lector Electrónico”. No sé si será un iPad, o un Kindle o alguna tableta de Android, pero algo así haré.

Porque, ¿qué puede ser mejor para un fanático de la lectura como yo que la posibilidad de tener mil publicaciones en la palma de la mano?

¿O tener en tu bolsillo a la biblioteca más grande del mundo, que es el internet?

Y sin la bronca de acumular cerros de papel, ni destruir los bosques.

Muchos lectores de la vieja guardia refunfuñan ante este prospecto. Dicen que “los periódicos” nunca serán sustituidos por un aparatejo.

(Y en más de un sentido tienen mucha razón: A ver quién será el valiente que trate de matar moscas con un iPad.)

Pero creo que esos dizque amantes de la lectura están erróneamente fanatizados. Se aferran al MEDIO, no al MENSAJE.

Eso para mí es fetichismo.

Por ejemplo, los fanáticos de la música nos están dando un ejemplo excelente: Ellos no tuvieron ningún problema en pasar de los discos LP de acetato de los 1960’s y 1970’s, a los CD’s de los 1980’s y 1990’s. Abrazaron las nuevas tecnologías con el mismo fervor de antaño.

Pero no se quedaron allí: De nuevo brincaron a los mp3 players, y ahora a los iPods

No se anduvieron rasgando las vestiduras con discusiones existenciales sobre qué medio "es auténtico", o "clásico". La música es la música, punto, no importa cómo te la presenten.

El medio no es el mensaje, al contrario: conforme avanza la tecnología, mejora el medio, sin socavar al mensaje, que sigue intacto. Y eso es lo importante.

En cambio, los amantes de la lectura nos desgastamos en inútiles discusiones de que lo "clásico" es lo "mejor".

¿Porqué no podemos abrazar nuestra pasión en todas sus formas, impresas y digitales?

Ya debemos comenzar a hacerlo. En ello nos va el futuro. (www.cesarfernando.com)

2 comentarios:

  1. diana zapata lozano9:06 a.m.

    me imagino que ya estas muy ocupado como para seguir escribiendo eso o te gano la flojera

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  2. Estoy totalmente de acuerdo con usted.
    Hay que adaptarse a lo que la tecnología nos traiga. Yo ya tengo un ebook y estoy feliz con él.
    Muy bueno el post; me encantó lo que su hijo quería pedir para usted a Santa Claus.

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