martes, junio 15, 2010

¿Brutalidad policiaca fronteriza?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO


Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com


DALLAS, Texas -- El periódico El Paso Times recientemente mencionó una frase similar al entrevistar a T.J. Bonner, un oficial retirado de la Patrulla Fronteriza, y presidente del Concejo Nacional de la Patrulla Fronteriza: “Hay un viejo dicho policiaco que dice que es mejor ser juzgado por 12 personas que ser cargado por seis”.

Bonner respondió al ser entrevistado sobre el caso del joven mexicano Sergio Adrián Hernández Huereca, de 14 años, presuntamente asesinado de dos balazos en la cabeza por un agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, en los límites de Ciudad Juárez.

Sergio se encontraba del lado mexicano, y los agentes migratorios del lado de Estados Unidos.

“(Los agentes) tienen una fracción de segundo para decidir qué hacer”, explicó Bonner, según el periódico texano.

Agregó que los oficiales migratorios no están entrenados para hacer tiros al aire, porque “pudiera resultar en una bala perdida que hiera a un objetivo no intencionado”, explicó El Paso Times.

Este caso agrava la tétrica fama que de por sí ya tienen los agentes fronterizos. Sobre todo después de otro escándalo similar ocurrido en enero en la frontera de San Ysidro, California con Tijuana, cuando el mexicano Anastacio Hernández fue presuntamente asesinado a golpes por agentes mientras era deportado.

En el caso del niño Sergio Hernández nadie sabe qué es lo que de verdad ocurrió. Hay varias versiones contradictorias.

En una dicen que el muchacho sólo se escondía inofensivamente detrás de uno de los pilares del puente fronterizo, del lado mexicano, y murió al asomar la cabeza y recibir un balazo del agente.

En otra versión, se afirma que Sergio estaba lanzándoles piedras a los agentes, que perseguían a varios de sus amigos mexicanos que se habían pasado al lado norteamericano.

Otra versión afirma que el muchacho intentó cruzar la frontera, pero se regresó al lado mexicano al ser descubierto.

Pero la familia del menor lo niega rotundamente, y asegura que Sergio nunca se atrevería a meterse a territorio de Estados Unidos.

Policías y soldados mexicanos aseguran que custodiaron el cuerpo del jovencito, para evitar que los agentes de Estados Unidos alteraran las evidencias.

Estados Unidos obviamente niega esta acusación rotundamente.

¿Qué pasó? Nadie sabe con certeza.

A pesar de existir hasta un video tomado con un celular, el asunto no queda muy claro porque no grabó lo que hacían ambas partes, y la imagen es un poco borrosa por la distancia.

Quizá nunca se sepa qué pasó.

Muchas personas en México se han volcado a protestar y acusar a todo Estados Unidos de brutalidad.

Pero por mucho que quiera yo salir a rasgarme las vestiduras, hay que aceptar que los mexicanos somos quienes menos podemos acusar a los agentes fronterizos de Estados Unidos de “brutalidad” o “corrupción”. Todo por culpa de nuestros agentes fronterizos.

Al lado de “La Migra” mexicana, “La Migra” americana está compuesta por puros niños de pecho.

Los inmigrantes centroamericanos son los primeros en reconocer la enorme diferencia.

No podemos generalizar. Hay buenos y malos agentes, a ambos lados de la frontera.

Lo único que puedo decir es que toda esta situación me da terror.

Y en vez de pensar en los agentes, no puedo dejar de sentir toda esta tragedia por la familia de Sergio.

Hay un dicho que reza: “Quien tiene un hijo, tiene a todos los niños del mundo”. Desde que escuché esa frase nunca se me olvidó, sobre todo porque comprobé lo cierta que es al convertirme yo mismo en padre.

Hoy, mi hijo mayor tiene la misma edad que tenía Sergio Hernández al morir, y no puedo menos que deprimirme al imaginarme el dolor por el que están pasando sus padres en estos momentos.

El caso de Sergio nos indigna porque fue en la frontera, pero dentro del mismo Estados Unidos (y hasta en México), todos los días se dan casos similares de policías y agentes migratorios que no se tientan el corazón en sacar la macana o la pistola para “apaciguar” a quienes percibieron como “peligro para su vida”.

Vale decir, algunos de estas personas son pandilleros hechos y derechos, quizá algunos hasta traen alguna arma escondida.

Pero, ¿cuántos son simples muchachos tontos, o simplemente asustados, como lo fuimos todos a esa edad?

Sin exculpar a los oficiales de Estados Unidos (porque se supone que son profesionales entrenados y adultos), no me imagino a mí mismo haciendo su trabajo. La adrenalina la deben tener a mil, con la incertidumbre cada segundo de no saber qué va a saltarte en cada arbusto del desierto.

Quizá se topen con un simple inmigrante en busca de trabajo… O un narcotraficante armado hasta los dientes y drogado.

Este constante estado de alerta, sumado al hecho de andar armados (y para ser sinceros, un cierto espíritu de “cowboys heroicos” que los extremistas les han imbuido) son una combinación explosiva.

Yo ni en sueños se me ocurriría pararme frente a ellos en la frontera, mucho menos a tirarles piedras, si es que de verdad ese fue el caso.

Una vez escuché a un ex policía de Estados Unidos negar que los agentes de la ley de ese país fueran racistas.

“Para los policías no hay distinción entre blancos, negros o amarillos”, dijo más o menos. “Para los policías solo hay dos colores: azules y todos los demás”.

Nunca se me olvida esto cada vez que tengo que tratar con uno de ellos. (www.cesarfernando.com)

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