lunes, septiembre 27, 2010

La muerte (y la ¿resurrección?) de la lectura

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com


Cuando mi hijo mayor tenía cuatro años, escribió su primera carta a Santa Claus.

Claro, pidió juguetes (montones). Una consola de videojuegos y no sé qué cosas más. Suficientes para vaciar la fábrica del polo norte.

Pero también nos incluyó a nosotros, sus padres, en la carta.

Para su mamá pidió flores.

Y para mí recuerdo muy bien que escribió textualmente: “…Y muchos perioricos para mi papa.”

No supe si reír o llorar. La imagen que mi hijo tenía de mí era siempre leyendo “perióricos”. ¿Sería porque había trabajado en periódicos toda mi vida?

No sólo eso, toda mi vida estuve rodeado del mundo del periodismo, desde que me acuerdo. Desde niño, en mi casa crecí leyendo periódicos todos los días, gracias al ejemplo de mis padres, sobre todo los cómics.

Ya a los 15 años, en la preparatoria, era el único loco que guardaba un poco de dinero no para jugar maquinitas o para llevar a la novia (que ni tenía) al cine, sino para comprar libros, o periódicos nacionales.

Por supuesto, los periódicos leídos se acumulaban aquí y allá, en mi cuarto.

“¡Hay que tirar tanto periódico!”, me gritaba mi mamá.

Esos gritos cesaron cuando me casé años después. Pero fueron suplidos con creces por los de mi esposa.

El problema era que ni siquiera yo mismo podía evitar la situación, pues llegué a depender de los periódicos para sobrevivir.

Comencé a trabajar en un diario a los 21 años. Primero como reportero, luego como co-editor de sección, y después como editor. Luego fui ascendido a jefe de redacción (¡a los 26 años!).

Claro, esto implicaba, además de las matadas, desveladas, úlceras y malpasadas... llegar todas las madrugadas a la casa con un periódico bajo el brazo.

Mi papá lo recibía encantado, diciendo que estaba "calientito del horno".

De hecho él fue el fanático que me contagio el virus del periodismo: toda su vida leyó diarios casi religiosamente, y hasta trabajó muchos años como corrector de estilo en varios de ellos.

Por supuesto, yo siempre podía argumentar un motivo poderoso para mi adicción a los periódicos: vivía de ello.

Cuando fui reportero, necesitaba saber lo que los otros periódicos publicaban, para “ganarles la nota”, decía. Así que comencé a acumular un archivo.

Luego, cuando fui editor y columnista, necesitaba guardar los periódicos donde se publicaban mis artículos, “para mi portafolio”.

Y es que, decía, “nunca sabes cuándo los vas a ocupar”.

Y así me fui llenando de papel.

Muchos periodistas viejos dicen que tienen “tinta de la rotativa en las venas”.

Yo no. Yo lo que tenía era papel periódico. Por todas partes. Casi me salía hasta por las orejas.

Esta costumbre la arrastré desde México cuando me mudé a Texas, a fines de los 1990's. Y la llevé conmigo los tres años que viví en un minúsculo departamento de Florida.

En Florida fue cuando los periodistas comenzamos a sentir las primeras crisis que sufre esta industria de Estados Unidos.

Las suscripciones iban en picada. El puesto de editor por el que me contrataron en Florida se esfumó, y me ofrecieron otro puesto de reportero que acepté por no quedarme de otra. El temor a los despidos eran pan de todos los días. Sospeché que era cuestión de tiempo para que me pusieran de patitas en la calle.

Para colaborar con la causa periodística, decidí suscribirme yo al diario donde trabajaba.

El periódico llegaba puntualito a la puerta de mi departamento todas las madrugadas.

El problema es que… no tenía tiempo de leerlo.

Yo salía al trabajo a las 5 de la madrugada, y sólo recogía el diario, lo sacudía de lagartijas floridianas, y lo echaba sobre la mesa de la cocina antes de salir corriendo a la redacción.

Ya en la oficina leía una copia en la redacción, o la versión de internet.

Eso fue todos los días.

Claro, al poco tiempo, tuve un cerro de periódicos acumulados en la diminuta mesa de mi comedor.

Después, el cerro se extendió cual epidemia a la sala, a las recámaras… Hasta a los clósets.

A ese cerro, se le sumó otro cerro que yo alimenté, con los periódicos donde aparecían mis artículos.

“Para mi portafolio”.

Así llegué a tener periódico hasta en la cajuela de mi auto. (Claro, porque "nunca se sabe cuando se van a ocupar".)

El domingo era el único día que tenía para leer a gusto, pero confieso que sólo leía las secciones que me interesaban: local, nacional, internacional... El restante 90 por ciento de las secciones del periódico se iban directo a la basura, sin siquiera echarles un vistazo.

Cuando me mudé a Texas de nuevo, saqué del departamento de Florida paquetes y paquetes de periódicos. Directo al botadero.

No sé cuántos árboles murieron por la causa. Sería un pequeño bosque.

En Texas, con todo el dolor de mi corazón, tuve que prescindir de periódicos.

Había dejado la industria, por ello ya no veía motivo de "estar al tanto" de lo que ocurría, ni de guardar copias de mis artículos "para mi portafolio".

Y confieso que influyó mucho el que me intoxiqué de información. Me quise tomar un respiro después de haber estado "al tanto" de lo que ocurría, que me atiborré.

Llegaron días en que no quería saber qué estaba pasando en el mundo.

Me di cuenta que la culpa no era de la información en sí, sino de los periódicos: de tanta noticia negativa y deprimente que se promueve.

Entiendo que se debe publicar, pero también hay noticias positivas e importantes de gente que hace cosas por mejorar el mundo. Éstas, desafortunadamente, poco se difunden porque "no tenemos espacio".

Así que irónicamente, hice lo que nunca pensé: le di la espalda a los periódicos.
Y me convertí en lo que siempre había evitado: un lector exclusivo de internet.

O sea, la misma tendencia que está matando a los periódicos impresos.

A las pocas semanas, me sentí culpable de colaborar con la masacre de la que yo mismo fui víctima. Quizá podía seguir apoyando a los periódicos, ya no por mí, sino por tantos buenos amigos que aún trabajan en ellos.

Por ello, en Dallas quise al menos comprar el periódico del domingo.

Pero me fui de espaldas al ver el precio en una tienda 7-Eleven: ¡3 dólares!

Mis días como lector de periódicos estaban contados.

Pero entonces vi un anuncio en el periódico local, el “Dallas Morning News”, que llamó mi atención.

Promocionaban un nuevo periódico "comunitario" que estaban a punto de sacar. Se llama “Briefing” (algo así como “Sumario” o "Resumen").

Y como su nombre lo indica, no es ni más ni menos que una versión sintetizada del diario “grande”.

“Briefing” sólo tiene de diez a veinte páginas, con las noticias más importantes de todas las secciones del periódico del día.

No sale todos los días, solo de miércoles a sábado. Pero igual ya no leo periódicos todos los días. Sólo quiero algo para leer mientras tomo un café en la mañana.

Las "malas" costumbres son duras de acabar.

Pero lo mejor de todo, lo que me hizo decidirme a convertirme en un seguidor de "Briefing", fue su precio: ¡GRATIS!

Sólo tenía que suscribirme por teléfono, o por internet, y recibiría mi periódicos a la puerta de mi casa, como en los años dorados del periodismo impreso.

¿Qué podía perder? Me suscribí.

Los primeros meses, “Briefing” estaba más que enclenque. Páginas y páginas de textos.

Por experiencia propia, sé que esto es lo más deprimente de un periódico que busca sobrevivir, es el primer síntoma de los despidos y la crisis.

Por fortuna, estuve equivocado.

Hoy, el periodiquito tiene bastante publicidad. Y va creciendo.

Lo que me gusta de él es que no es un masivo desperdicio de papel, como su hermano mayor. Lo puedo leer todo en una sentada, lo puedo doblar cómodamente bajo el brazo, en dos o tres dobleces (¡imposible hacerlo con el periódico "real"), no se acumula en bultos enormes que causen la ira de mi esposa.

¿Ya mencioné que es gratis? Es lo mejor de todo.

¿Será esta la tendencia de los periódicos del futuro?

Hoy estoy analizando mi próximo paso a seguir: comprar mi primer e-Reader, o “Lector Electrónico”. No sé si será un iPad, o un Kindle o alguna tableta de Android, pero algo así haré.

Porque, ¿qué puede ser mejor para un fanático de la lectura como yo que la posibilidad de tener mil publicaciones en la palma de la mano?

¿O tener en tu bolsillo a la biblioteca más grande del mundo, que es el internet?

Y sin la bronca de acumular cerros de papel, ni destruir los bosques.

Muchos lectores de la vieja guardia refunfuñan ante este prospecto. Dicen que “los periódicos” nunca serán sustituidos por un aparatejo.

(Y en más de un sentido tienen mucha razón: A ver quién será el valiente que trate de matar moscas con un iPad.)

Pero creo que esos dizque amantes de la lectura están erróneamente fanatizados. Se aferran al MEDIO, no al MENSAJE.

Eso para mí es fetichismo.

Por ejemplo, los fanáticos de la música nos están dando un ejemplo excelente: Ellos no tuvieron ningún problema en pasar de los discos LP de acetato de los 1960’s y 1970’s, a los CD’s de los 1980’s y 1990’s. Abrazaron las nuevas tecnologías con el mismo fervor de antaño.

Pero no se quedaron allí: De nuevo brincaron a los mp3 players, y ahora a los iPods

No se anduvieron rasgando las vestiduras con discusiones existenciales sobre qué medio "es auténtico", o "clásico". La música es la música, punto, no importa cómo te la presenten.

El medio no es el mensaje, al contrario: conforme avanza la tecnología, mejora el medio, sin socavar al mensaje, que sigue intacto. Y eso es lo importante.

En cambio, los amantes de la lectura nos desgastamos en inútiles discusiones de que lo "clásico" es lo "mejor".

¿Porqué no podemos abrazar nuestra pasión en todas sus formas, impresas y digitales?

Ya debemos comenzar a hacerlo. En ello nos va el futuro. (www.cesarfernando.com)

miércoles, julio 14, 2010

"Money, money, money..."

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- Por supuesto, todos sabemos lo distinto que es el idioma inglés al español.

Pero el idioma también denota mucho las costumbres y diferencias culturales entre angloamericanos y latinoamericanos.

Es casi como un estandarte, la bandera cultural de cada quien. Por eso, el tema del idioma tiene una enorme carga política.

(Por ello precisamente el uso del español causa tanto escozor entre los ultranacionalistas anglosajones, por sus connotaciones políticas, no lingüísticas. Similares efectos causa el uso del idioma inglés entre los ultranacionalistas latinoamericanos, que abominan de él.)

Pero independientemente de estas obvias diferencias, una vez que el inmigrante latinoamericano aprende inglés, se da cuenta que las diferencias van mucho más allá de usar palabras distintas.

No sólo son las palabras distintas, sino el uso de éstas que dejan entrever un abismo de diferencias entre cómo ve el mundo un norteamericano, en comparación con los latinoamericanos.

La mentalidad de los norteamericanos está tan enfocada a tener "éxito" (léase: ganar mucho dinero) que incluso lo reflejan en sus frases de todos los días.

Veamos algunas de las más comunes:

Por ejemplo, mientras que en español tenemos una frase que dice: "ganarse la vida", el equivalente en inglés sería "to earn a living". Sin embargo, en la práctica, mucha gente prefiere decir: "to make money" ("hacer dinero").

Cuando en español esperamos que gane alguien o algo (por ejemplo, determinado equipo de futbol, o que se realice una posibilidad futura), decimos: "Yo le voy a...". Pero los norteamericanos prefieren esta frase: "My money goes to..." ("Mi dinero va a...").

La frase "dar en el clavo" se traduce como "on the money" ("en el dinero").

"Making good money" ("Hacer buen dinero") sería el equivalente de "ganar bien", o "tener buen salario".

Cuando los hispanos decimos que no haríamos nada decimos "por nada del mundo", pero los norteamericanos dicen: "For the love of money" ("Por el amor al dinero").

Si nosotros decimos que alguien o algo "da una buena pelea", los norteamericanos dicen que da "una buena carrera por su dinero" ("run for someone's money").

Cuando nosotros predecimos que algo tiene igual posibilidad de ocurrir, decimos: "Seguro que ...". Pero los "gringos" dicen "even money" ("dinero empatado").

Cuando los hispanos respaldamos a alguien o a algo, generalmente decimos que "ponemos la mano en el fuego por eso", o "si tuviera que elegir...". En cambio, los norteamericanos dicen "for my money, I'd pick... " ("por mi dinero, yo elegiría a...")

Si nosotros le reclamamos a alguna persona hipócrita que haga lo que predica, le decimos que "predique con el ejemplo". Pero los norteamericanos le dicen: "put your money where your mouth is" ("pon tu dinero donde está tu boca").

Y por último, una clásica: Cuando tratamos de valorar el tiempo, los hispanos decimos: "El tiempo vuela"... pero los norteamericanos usan una frase inmortal que define como ninguna la cultura anglosajona (y que hasta ha sido adoptada por muchos países latinoamericanos):

"Time is money". (www.cesarfernando.com)

lunes, junio 28, 2010

La (descuidada) frontera EE.UU.-Canadá en Google Maps

Por César Fernando Zapata


DALLAS, Texas -- Desde que descubrí el Google Maps (con su opción de Street View), me la paso “viajando por todo el mundo”.

Aunque sea desde mi escritorio, ya “visité” las principales capitales de Estados Unidos, México, Canadá, Europa, Japón y Australia (y estoy esperando que incluyan América del Sur, donde están las ciudades que más me encantaría “visitar”).

Pero también me encanta visitar las zonas más inaccesibles y aisladas. He puesto mi camarita a apuntar en zonas tan alejadas como Barrows, Alaska (la ciudad más al norte de Estados Unidos), o la Isla Orkney, al norte de Inglaterra.

En una de esas, se me ocurrió observar la frontera entre Estados Unidos y Canadá, en el cruce de Seattle con Vancouver.

Si uno mueve su pantalla hacia el este (o a la derecha, si Canadá queda "arriba" o al norte), verá cómo los pasos fronterizos se terminan, y sigue lo que es la frontera, propiamente.

No hay muros. Ni cercas. Vaya, ni siquiera un letrerito que divida ambos países. Lo único que se ve es un camino vecinal, apropiadamente llamado “Boundary Road” (Carretera Fronteriza).

A ambos lados se ven granjas, campos, pastizales. Los del lado canadiense no tienen nada qué envidiarle a los del lado “gringo”, al contrario: en no pocos tramos el lado canadiense se ve mejor cuidado que el vecino del sur.

Pero lo que salta a la vista no es lo que se ve, sino lo ausente: cero agentes de “La Migra”, cero camionetas de vigilancia, y por supuesto, nada de helicópteros o aviones-robots.

En algunos lugares lo único que divide la frontera entre ambos países es un árbol, o una cerca de madera vieja.

Canadá es un país rico, cierto. Pero no tanto como Estados Unidos.

De hecho, no son pocos los canadienses que buscan emigrar a su vecino del sur, en busca de mejores oportunidades y hasta salarios.

Lo cierto también se aplica al revés: muchos norteamericanos ven en Canadá como un buen país para adoptar como propio.

Claro, los norteamericanos no consideran necesario imponer cercas o vigilancias estrictas para la frontera canadiense. La inmigración es mínima. La seguridad casi nula. El riesgo, piensan, está al sur, con México.

Irónicamente, los terroristas que causaron los ataques del 9/11 en el Pentágono y las Torres Gemelas de Nueva York, entraron por Canadá.

(Aquí algunas imágenes):

La frontera de Estados Unidos está a la derecha, según esta imagen de abajo tomada de Google Street View. La carretera es la "frontera" entre ambos países.

En esta otra foto la frontera de Estados Unidos está a la derecha. Las casas de la izquierda son canadienses (sus vallas son la única "cerca fronteriza"). El letrero de límite de velocidad a 50 millas está "oficialmente" en Estados Unidos, según el mapa de Google, así que no sé si ese reglamento se aplica a quien maneja del lado de Canadá:


En esta última foto esos árboles a la derecha están en "territorio norteamericano" , mientras que el automóvil está del lado canadiense. Viendo el mapa pequeño de la esquina inferior derecha de la imagen nos damos cuenta que estamos en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, según Google. Nada de patrullas de "La Migra", el único vehículo es el automóvil que circula despreocupadamente.




martes, junio 15, 2010

¿Brutalidad policiaca fronteriza?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO


Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com


DALLAS, Texas -- El periódico El Paso Times recientemente mencionó una frase similar al entrevistar a T.J. Bonner, un oficial retirado de la Patrulla Fronteriza, y presidente del Concejo Nacional de la Patrulla Fronteriza: “Hay un viejo dicho policiaco que dice que es mejor ser juzgado por 12 personas que ser cargado por seis”.

Bonner respondió al ser entrevistado sobre el caso del joven mexicano Sergio Adrián Hernández Huereca, de 14 años, presuntamente asesinado de dos balazos en la cabeza por un agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, en los límites de Ciudad Juárez.

Sergio se encontraba del lado mexicano, y los agentes migratorios del lado de Estados Unidos.

“(Los agentes) tienen una fracción de segundo para decidir qué hacer”, explicó Bonner, según el periódico texano.

Agregó que los oficiales migratorios no están entrenados para hacer tiros al aire, porque “pudiera resultar en una bala perdida que hiera a un objetivo no intencionado”, explicó El Paso Times.

Este caso agrava la tétrica fama que de por sí ya tienen los agentes fronterizos. Sobre todo después de otro escándalo similar ocurrido en enero en la frontera de San Ysidro, California con Tijuana, cuando el mexicano Anastacio Hernández fue presuntamente asesinado a golpes por agentes mientras era deportado.

En el caso del niño Sergio Hernández nadie sabe qué es lo que de verdad ocurrió. Hay varias versiones contradictorias.

En una dicen que el muchacho sólo se escondía inofensivamente detrás de uno de los pilares del puente fronterizo, del lado mexicano, y murió al asomar la cabeza y recibir un balazo del agente.

En otra versión, se afirma que Sergio estaba lanzándoles piedras a los agentes, que perseguían a varios de sus amigos mexicanos que se habían pasado al lado norteamericano.

Otra versión afirma que el muchacho intentó cruzar la frontera, pero se regresó al lado mexicano al ser descubierto.

Pero la familia del menor lo niega rotundamente, y asegura que Sergio nunca se atrevería a meterse a territorio de Estados Unidos.

Policías y soldados mexicanos aseguran que custodiaron el cuerpo del jovencito, para evitar que los agentes de Estados Unidos alteraran las evidencias.

Estados Unidos obviamente niega esta acusación rotundamente.

¿Qué pasó? Nadie sabe con certeza.

A pesar de existir hasta un video tomado con un celular, el asunto no queda muy claro porque no grabó lo que hacían ambas partes, y la imagen es un poco borrosa por la distancia.

Quizá nunca se sepa qué pasó.

Muchas personas en México se han volcado a protestar y acusar a todo Estados Unidos de brutalidad.

Pero por mucho que quiera yo salir a rasgarme las vestiduras, hay que aceptar que los mexicanos somos quienes menos podemos acusar a los agentes fronterizos de Estados Unidos de “brutalidad” o “corrupción”. Todo por culpa de nuestros agentes fronterizos.

Al lado de “La Migra” mexicana, “La Migra” americana está compuesta por puros niños de pecho.

Los inmigrantes centroamericanos son los primeros en reconocer la enorme diferencia.

No podemos generalizar. Hay buenos y malos agentes, a ambos lados de la frontera.

Lo único que puedo decir es que toda esta situación me da terror.

Y en vez de pensar en los agentes, no puedo dejar de sentir toda esta tragedia por la familia de Sergio.

Hay un dicho que reza: “Quien tiene un hijo, tiene a todos los niños del mundo”. Desde que escuché esa frase nunca se me olvidó, sobre todo porque comprobé lo cierta que es al convertirme yo mismo en padre.

Hoy, mi hijo mayor tiene la misma edad que tenía Sergio Hernández al morir, y no puedo menos que deprimirme al imaginarme el dolor por el que están pasando sus padres en estos momentos.

El caso de Sergio nos indigna porque fue en la frontera, pero dentro del mismo Estados Unidos (y hasta en México), todos los días se dan casos similares de policías y agentes migratorios que no se tientan el corazón en sacar la macana o la pistola para “apaciguar” a quienes percibieron como “peligro para su vida”.

Vale decir, algunos de estas personas son pandilleros hechos y derechos, quizá algunos hasta traen alguna arma escondida.

Pero, ¿cuántos son simples muchachos tontos, o simplemente asustados, como lo fuimos todos a esa edad?

Sin exculpar a los oficiales de Estados Unidos (porque se supone que son profesionales entrenados y adultos), no me imagino a mí mismo haciendo su trabajo. La adrenalina la deben tener a mil, con la incertidumbre cada segundo de no saber qué va a saltarte en cada arbusto del desierto.

Quizá se topen con un simple inmigrante en busca de trabajo… O un narcotraficante armado hasta los dientes y drogado.

Este constante estado de alerta, sumado al hecho de andar armados (y para ser sinceros, un cierto espíritu de “cowboys heroicos” que los extremistas les han imbuido) son una combinación explosiva.

Yo ni en sueños se me ocurriría pararme frente a ellos en la frontera, mucho menos a tirarles piedras, si es que de verdad ese fue el caso.

Una vez escuché a un ex policía de Estados Unidos negar que los agentes de la ley de ese país fueran racistas.

“Para los policías no hay distinción entre blancos, negros o amarillos”, dijo más o menos. “Para los policías solo hay dos colores: azules y todos los demás”.

Nunca se me olvida esto cada vez que tengo que tratar con uno de ellos. (www.cesarfernando.com)

sábado, mayo 15, 2010

“En Estados Unidos es un delito no identificarse”

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- Un oficial hispano de la Policía de Dallas me lo explicó claramente durante una entrevista años atrás:

"En Estados Unidos, no llevar consigo una identificación oficial, es delito".

Si un oficial de Policía te detiene en la calle, y te pide que te identifiques, debes hacerlo, aclaró. Porque, ¿cómo sabe el oficial que no eres un criminal que anda huyendo?

Han pasado casi 10 años desde aquel consejo, y desde entonces, "no salgo sin ella", como dice el comercial: siempre cargo una tarjeta de identificación en la cartera.

Por supuesto, hay inmigrantes que no tienen licencia de manejo. Pero, para identificarse, igual sirve un pasaporte, o una matrícula consular.

Si a usted lo detienen sin licencia, pero se identifica con cualquier otro documento, lo podrán multar solamente por manejar sin licencia.

Pero si no trae ninguna identificación, pueden arrestarlo y decomisarle el auto.

Usted puede invocar todos los derechos humanos y las leyes civiles habidas y por haber ante un oficial de policía. Pero, en la calle, él es la ley.

"Cuéntaselo al juez", es lo único que dicen cuando lo están esposando a uno.

Esta anécdota la saco a colación tras ver todo el escándalo por la nueva ley aprobada por el gobierno del estado de Arizona, la SB 1070, que permite a oficiales de policía "pedir identificación" a gente que ellos "consideren con suficientes sospechas de ser indocumentados".

Esto incluye, claro, a residentes permanentes e incluso ciudadanos norteamericanos que parezcan "indocumentados", según el criterio del oficial.

Por supuesto, los primeros en protestar por esta ley fueron los inmigrantes.

Pero esta situación también está poniendo a muchos ciudadanos norteamericanos con los pelos de punta.

Los norteamericanos son históricamente alérgicos a cualquier tipo de control policiaco o gubernamental. Quizá sean ellos uno de los pueblos del mundo más rebeldes y desconfiados del gobierno.

Simplemente basta con echar un vistazo rápido a su historia como país: el aumento del control de Inglaterra sobre sus colonias fue lo que detonó la guerra de independencia de 1776.

Los ciudadanos de todos los demás países del mundo ven normal el tener un documento nacional de identidad.

Por ejemplo, en México existe la credencial de elector, o la Cédula Única de Registro de Población (CURP). Es rutina que le soliciten a uno cualquiera de estos documentos (o ambos) cuando quiera hacer cualquier trámite.

Vaya, en México hasta existen retenes militares en algunas carreteras, donde los soldados les exigen identificación a todos los viajeros que cruzan por allí.

En Europa y América Latina están los Documentos Nacionales de Identidad (DNI), o los “carnés”, como le dicen los españoles.

O sea, para la gran mayoría de la humanidad, esto es cosa de todos los días.

El problema, es que los norteamericanos siempre han estado en contra de esas prácticas.

Para el norteamericano típico, si un oficial de policía le pide "papeles", trae recuerdos de regímenes totalitarios, como la Alemania nazi, o la Rusia estalinista

Estados Unidos, en cambio, es el país “de la libertad”, y de “la democracia”. El país donde todo mundo puede transitar libremente, sin controles policiacos a cada esquina.

Por supuesto, esto sólo se aplica a los ciudadanos norteamericanos. Los extranjeros son otra cosa. No son "americanos". Por lo tanto, deben presentar documentos de identificación, como el pasaporte. O, si son residentes permanentes, la famosa "green card", o "tarjeta verde".

En síntesis, si usted es ciudadano norteamericano, no existe una identificación para usted dentro de Estados Unidos (fuera del pasaporte, por supuesto, pero ¿cuánta gente carga el pasaporte para identificarse dentro de su propio país?).

¿Porqué? Precisamente porque son ciudadanos americanos. Y como tales, uno de sus derechos es... no recibir la imposición de identificarse dentro de su propio país. El gobierno de Estados Unidos no tiene el derecho (arguyen los ciudadanos) de exigirles que se identifiquen. Es contra la ley, es anticonstitucional.

Lo gracioso es que ya existen documentos de identificación de hecho, que todo ciudadano americano debe presentar ante las autoridades: la licencia de manejo y la tarjeta de Seguro Social.

Todo ciudadano de Estados Unidos debe tener estos dos documentos. Si no, no pueden identificarse, ni conducir, ni obtener empleo o recibir servicios, o hacer trámites oficiales.

Y nadie se queja.

¿Entonces? ¿No es esto una incongruencia? Por supuesto.

Pero psicológicamente hay una enorme distancia entre esto, y crear una identificación nacional para todos los norteamericanos. Esto les huele a los ciudadanos de Estados Unidos a control excesivo del de por sí ya todopoderoso gobierno federal.

La SB 1070 ahora ha resucitado estos temores, sobre todo entre ciudadanos americanos de origen hispano.

Las familias de muchos de ellos han vivido en el territorio actual de Estados Unidos mucho antes de que llegaran los anglosajones.

Por ello, consideran racista el que un oficial de policía los detenga y les pida identificación por parecer “indocumentados” a ellos sólo por no ser “güeritos”, o hablar español, o tener apellido hispano.

Lo cual, de hecho, al parecer ya ha ocurrido antes. Y eso sin tener una ley como la SB 1070. ¿Qué puede pasar si los policías tienen ahora todo ese poder extra? (www.cesarfernando.com)

lunes, mayo 03, 2010

¡Viva la ley anti-inmigrante de Arizona!

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas.- ¿Qué pienso yo sobre la ley aprobada por el Congreso de Arizona, la famosa ley "anti-inmigrante", como la llaman algunos?

Pues, me alegro.

Sinceramente, me da gusto que los republicanos de Arizona hayan aprobado esta ley, y todo el escándalo que ha generado.

Y espero que otros estados sigan el ejemplo. Necesitamos más leyes como éstas en Estados Unidos.

Pero espérese, antes de que me ataque, déjeme explicarme:

La ley SB 1070 da poderes legales extras a oficiales de policía municipales, para cuestionar y pedir documentos a cualquier persona que "sospechen" sea inmigrante indocumentado. Así sin más, como cualquier agente federal de Inmigración.

En Arizona, eso significa por supuesto, detener a gente que parezca mexicana o latinoamericana: Morenitos, con acento hispano y que se apelliden Pérez, Hernández o González (o Zapata).

No importa que éstos sean ciudadanos o residentes legales. Todos parejo.

Y claro, el que no traiga sus "papeles", va a dar a la cárcel seguro. Y de allí a una celda del Servicio de Inmigración. O si no, hasta a México sin escalas. Hasta que compruebe su "legalidad".

Yo pienso que no hay nada nuevo en esto. Siempre lo han hecho, con o sin ley. Hasta el gobierno de México lo hace todos los días (vaya, si "La Migra" mexicana hasta ha deportado a Centroamérica a ciudadanos mexicanos).

Pero, repito, me alegro de la SB 1070 por varias razones.

Primero, porque con esto, Arizona está dando un jalón de orejas al gobierno federal del presidente Barack Obama, quien se había "olvidado" del problema de la inmigración indocumentada, aún cuando prometió hacer "algo" en sus primeros cien días de gobierno.

Ya va para medio año, y nada. Los más de 20 millones de indocumentados siguen esperando alguna legalización.

Así pudiera haber pasado otro año y medio, o más, si no fuera porque los republicanos de Arizona le sacudieron el avispero.

Ahora, por fin, Obama ya se "acordó" del problema. Ya era tiempo.

Segundo, porque los republicanos también están dando un jalón de orejas a... nosotros. Los propios hispanos. Sobre todo los inmigrantes legales de Arizona, que tienen papeles, y hasta ciudadanía.

Porque, ¿cómo es posible que los hispanos de Arizona no hayan salido a votar en contra de esa ley, si tanto les enoja?

Desafortunadamente, aunque Arizona tiene una de las poblaciones hispanas más grandes del país, pocos están registrados para votar.

Y aparte, de ésos que están registrados a votar, sólo una ínfima parte de verdad acude a las urnas durante las elecciones.

¿Porqué se quejan entonces?

Según la cadena radial National Public Radio (NPR), de los casi 1.8 millones de hispanos que viven en Arizona, apenas 673 mil son elegibles para votar (o sea, que son ciudadanos mayores de edad, no que estén registrados, ni que de verdad voten).

El corresponsal de NPR, Ted Robbins, dijo que los electores hispanos de Arizona suman alrededor del 17 por ciento del total de su población, una mínima cantidad.

De éstos, por supuesto, no todos votan igual. No son un bloque unido, como los electores negros, por ejemplo.

Peor aún: los electores registrados hispanos tienen a votar del 10 al 15 por ciento por debajo de la población general, según NPR.

El problema es que esta historia se repite no sólo en Arizona, sino en todos los estados con fuerte población hispana, desde California hasta Texas. No sería raro que California también aprobara una ley similar (o peor).

Cierto, muchos hispanos que quieren votar no pueden, por no ser ciudadanos, o no tener documentos. Pero aún éstos tienen culpa, indirectamente.

Los inmigrantes indocumentados también tienen un poder, aunque no lo vean: sus números.

En Estados Unidos, el poder político se basa en número de congresistas en el gobierno federal. Entre más congresistas tenga un estado, o un distrito, más peso político tendrá en el gobierno federal (y más presupuesto para sus zonas).

Este número de congresistas no es fijo, cambia de acuerdo con la población. Si una ciudad, distrito o estado aumenta su población, se le otorgan más congresistas y aumenta su presupuesto federal. Si pierde población, pierde congresistas (o escaños), y por lo tanto, pierde poder político y dinero federal.

La población se suma en números totales, incluyendo ciudadanos, residentes legales y hasta indocumentados. Entre más gente viva en un distrito, más congresistas tendrá, no importa si todos los habitantes son blancos, negros, o azules, ciudadanos o indocumentados.

¿Cómo se determina el número de congresistas? Simple: por el Censo. Cada 10 años Estados Unidos cuenta a todos sus habitantes, enviando por correo un formulario muy simple de diez preguntas, a cada domicilio. La gente debía llenar ese formulario y devolverlo por correo (sin pagar estampillas) antes del 1 de mayo.

Este año se realizó el Censo 2010. Y las formas estaban impresas en seis idiomas, incluyendo español.

El formulario sólo pide nombres, edades, origen, y dirección de todos los habitantes de cada casa. Nada de documentos o visas.

¿Y qué pasó? Pues que mucha gente no devolvió los formularios.

Y, adivine cuáles fueron los estados donde más gente se quedó sin ser contada: Nueva York, California, Texas, Florida... y Arizona.

Funcionarios del Censo temen que fueron los inmigrantes hispanos precisamente los que no devolvieron los formularios, por temor, desinformación o simple desidia.

Y eso que nos han estado bombardeando con comerciales tranquilizadores por prensa, radio y TV: "El Censo no es inmigración", decían. "Nadie tendrá acceso a esa información, ni siquiera el presidente de Estados Unidos", "El Servicio de Inmigración nada tiene qué ver con el Censo", etcétera (a un costo de millones de dólares en publicidad).

Esta situación es terrible para esos estados, porque están en riesgo de perder escaños en el Congreso, y dinero, a pesar de que algunos de éstos como Texas, han aumentado mucho en población.

¿Qué ocurre cuando una población numerosa como los hispanos de Estados Unidos, se vuelven apáticos y poco participativos? Pues que una minoría extremista toma el control de las leyes. Como está ocurriendo ahora.

Podrá usted decir lo que quiera de los extremistas de ultraderecha en Estados Unidos. Pero, hay que reconocerles que son muy activos políticamente. Participan, votan, actúan.

Así, la famosa ley SB 1070 ha servido para sacar los trapitos al sol no sólo de los políticos republicanos, sino de los propios electores hispanos.

En ese sentido, me alegro. Ya era hora de que despertaran. Lástima que se necesitó algo como la SB 1070 para hacerlo.

Lo he dicho antes y lo repito: En este país, las marchas, protestas y boicots se ven muy bien en la tele, pero sólo sirven para aumentar la audiencia (y los ingresos) de cadenas como CNN, Univisión y Fox. No cambian las leyes.

Claro, las amenazas de boicot económico espantarán a los políticos. La gobernadora de Arizona ya está rogando porque no se haga el boicot. Pero aquí, los perjudicados serán las empresas de Arizona y sus empleados, muchos de ellos hispanos, por cierto.

Dudo mucho que la SB 1070 prospere. Pero, espero que despierte políticamente a muchos hispanos, les obligue a hacerse ciudadanos (los que califiquen), se registren para votar, y de verdad acudan a las urnas en las próximas elecciones.

No hace falta gritar que somos "mayoría", lo que hace falta es comprobarlo.

No en las calles, con una bandera en la mano, sino en las urnas, con una boleta electoral.

Si esto se logra, entonces que viva la ley anti-inmigrante de Arizona.

Necesitamos más leyes como ésta en todo Estados Unidos. (www.cesarfernando.com)

martes, abril 13, 2010

El "Downtown" me decepcionó

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com


DALLAS, Texas -- Me he mudado. Digo, laboralmente.

Desde hace algunos meses, trabajo en un "downtown", o sea el centro de una ciudad grande de Estados Unidos, Dallas.

Es mi primera experiencia en la atmósfera urbana desde que llegué a Estados Unidos.

Y confieso que me decepcionó.

Desde pequeño, tenía una idea preconcebida de los "downtowns" de las ciudades norteamericanas, una imagen creada por las series policiacas de TV de los 1970's --con las que prácticamente me crié.

Esa imagen para mí era todo edificios altísimos, en calles perfectamente rectas y escuadradas. Y gente caminando a todas horas.

Bueno, la sorpresa no pudo ser mayor: Sí, hay edificios altísimos. Sí, Dallas tiene las calles rectas y escuadradas.

De hecho, si cierro los ojos y los abro de pronto, podría jurar que estoy en Chicago o en Manhattan, y en cualquier esquina va a aparecer el Gran Torino rojo de Starsky y Hutch a toda velocidad, o el teniente Theo Kojak con su impermeable, sombrero y paletita de fresa sonríendo al tener todo "under control".

Pero la decepción mayor que tuve con el "downtown" fue...¡La gente!

(O más bien, la falta de...)

¿A dónde se fueron todos?

El centro de Dallas podría pasar por Manhattan cualquier día, excepto porque está totalmente vacío.

Parece una escena salida de una película apocalíptica. Me siento como Will Smith en "Soy Leyenda" (nomás que sin el Mustang, desafortunadamente).

Claro, hay gente. Una o dos personas, de vez en cuando. Pero nunca las marejadas que esperaría de una zona metropolitana con más de 6 millones de habitantes, la cuarta más poblada de Estados Unidos después de Nueva York, Los Ángeles y Chicago.

“¡Extraño a la gente!”, me decía una compañera de trabajo, mientras veíamos la calle desde los ventanales de nuestro edificio, en el séptimo piso.

La pobre acababa de mudarse de Nueva York, porque “no aguantaba tanta gente”. Pero ahora, se sentía como si viviera en el desierto del Sahara.

Además, me sorprendió algo que nunca me imaginé: ¡Cuántos edificios abandonados hay! Edificios altos, excelentes, impactantes, imponentes… y vacíos.

Edificios que en cualquier otro país serían el orgullo y la rebatiña de altos ejecutivos, en Dallas no son más que cascajos arrumbados, acumulando vagabundos a sus puertas.

Algunos son “viejos”, para los estándares americanos. O sea, se construyeron en las décadas de 1960 y 1970. Precisamente los edificios que yo veía en la tele durante mi niñez.

Otros son edificios hermosos, estilo Art Deco de 1930’s y 1940’s. Pero igual, vacíos y clausurados, en espera quizá de la demolición.

Son muchos. Basta caminar unos pocos pasos para toparse con uno o dos edificios abandonados, en cada cuadra.

¿Porqué ocurre esto? Pues, todo es causa de enamoramiento que tienen los norteamericanos con vivir en los suburbios.

Toda la “actividad” de este país se centra en las afueras de las ciudades, en los suburbios. Allí es donde están los centro comerciales, los cines y la vida social.

De hecho, hace algunos años Dallas perdió la oportunidad de recibir la sede mundial de la empresa Boeing, precisamente porque sus ejecutivos se decepcionaron al ver el abandonado "downtown". Boeing se acabó mudando a Chicago.

Claro, existen esfuerzos en Dallas para renovar el centro de la ciudad. Algunos edificios ya han sido rescatados y convertidos en condominios habitados generalmente por gente joven y profesional.

Esta es otra cosa que me sorprendió al “mudarme” al “downtown”. Ver vagabundos y policías deambulando junto a gente joven trotando en ropa deportiva y escuchando sus iPods. O ver a madres de familia empujando carreolas con bebés junto a ejecutivos con portafolios y de traje y corbata.

“Y debías de haber visto hace años, esto estaba mucho más vacío que antes”, recordaba Allison, otra compañera de trabajo que tiene más tiempo en estas lides.

Pese a esto, el centro de la ciudad tiene su encanto. A veces vemos mimos actuando en un parquecito encajado entre rascacielos. O músicos con instrumentos exóticos (¿africanos? ¿australianos?) alegrando el ambiente.

Todos ellos mezclándose con ejecutivos apurados, y alguno que otro personaje siniestro sacado de una película de Tarantino.

Pero, pese a todo esto, yo sigo con la imagen que tenía de niño de la típica ciudad norteamericana.

Y hasta el momento, el "downtown" de Dallas me ha decepcionado... (www.cesarfernando.com)

jueves, enero 14, 2010

“¿Cómo rayos iba yo a saber?”: Las metidas de pata de los inmigrantes en EE.UU.

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- Fue muy difícil para mí aprender a vivir en Estados Unidos”, me contaba una vez Yuliet, una amiga cubana que conocí recién llegado yo a Dallas.

Las dificultades de Yuliet no sólo eran las normales de cualquier inmigrante en un país nuevo, sino que se multiplicaban por el simple hecho de ser cubana.

“Por ejemplo, yo no sabía manejar un coche automático”, me relató un día. “Tampoco sabía usar un teléfono celular, una tarjeta de crédito, ni mucho menos un cajero automático. Para ustedes los mexicanos éstas son cosas normales, pero no para mucha gente de Cuba…La adaptación fue muy difícil”.

Uno pensaría: Bueno, pero eso sólo pasa a los cubanos, por su situación especial. O si acaso, a otros inmigrantes de países muy pobres, como Haití o Bangladesh, nunca a gente de países más “avanzados” de América Latina.

Hasta cierto punto es verdad. Pero incluso los propios inmigrantes urbanos y cosmopolitas de países como México, Argentina o Brasil nos hemos encontrado con ciertos “choques” culturales al adaptarnos a Estados Unidos.

Y esto causa situaciones cómicas, o incluso verdaderas metidas de pata, las cuales ahora podemos contar y hasta reírnos de ellas.

Por ejemplo, me acuerdo que al llegar yo a Estados Unidos no sabía manejar una aspiradora.

Por supuesto, sabía que existían las aspiradoras: las había visto en películas y en la tele (¿se acuerdan que en las caricaturas las aspiradoras siempre terminaban devorando a la Pantera Rosa?). Incluso hasta había visto un par de aspiradoras alguna vez.

Pero de donde yo vengo, la caliente costa tamaulipeca de México, poca gente usa aspiradoras, por la sencilla razón de que pocos tienen sus casas alfombradas.

Incluso son pocas las oficinas o edificios públicos con alfombras: Todos favorecen los pisos con mosaicos o losas. Si acaso, los adornan con tapetes y ya.

Por ello, tener o aprender a usar una aspiradora nunca estuvo entre mis prioridades domésticas.

Así pues, una de mis primeras preguntas al llegar a Estados Unidos (donde hasta las casas más humildes están alfombradas por ser más barato que instalar piso) fue sencilla:

“¿Cómo diablos se enciende esta aspiradora?”

Otro episodio que dejó entrever mi ignorancia sobre cuestiones primermundistas fue cuando intenté comprar gasolina en una estación: No tenía la más mínima idea de cómo activar la bomba automática.

En México todas las estaciones de gasolina de Pemex tenían personal que atendía y despachaba la gasolina a los clientes. Pero en el individualista Estados Unidos este es un lujo innecesario: ¿Para qué pagar a empleados, si pueden instalar máquinas automáticas?

Así que si usted no quiere verle la cara al empleado de la tiendita de la estación, no tiene por qué hacerlo: es el cliente el que debe despacharse su propia gasolina, y pagar incluso en la bomba con tarjeta de crédito o débito.

¡Pero yo no sabía cómo! Todo lleno de vergüenza, tuve que entrar a la tiendita y preguntarle al empleado cómo manejar esa sofisticada máquina.

Tuve suerte: el propio empleado era un inmigrante asiático con peor acento que el mío. Pero para agravar mi vergüenza, resultó que las instrucciones estaban escritas en la propia bomba… ¡Y hasta con dibujitos! Pero yo había parado el carro muy cerca y no las vi.

Por fortuna, no estoy sólo en mis metidas de pata. Tengo buenos amigos sudamericanos, muy cultos y estudiados, que también me han contado anécdotas ridículas causadas por su choque cultural con la vida norteamericana.

Mi amigo Efraín, abogado peruano, escribió cómo batalló para instalar su buzón en su casa recién comprada en Florida…. Mismo buzón que el cartero le ordenó retirar porque estaba ubicado muy cerca de la puerta de la casa (al estilo de América Latina) y no junto a los demás buzones de la calle, como requiere el Servicio Postal de Estados Unidos (esto es para evitar que el cartero se baje y CAMINE a cada casa a entregar el correo. A veces hasta meten las cartas en todos los buzones juntos sin bajarse de su camión).

O como le ocurrió con mi amigo Luis, de Argentina, quien cuando compró su casa nueva en Texas, como buen propietario del “American Dream” lo primero que hizo fue cumplir con el ritual semanal de cortar el césped de su patio.

Así pues, Luis se compró una flamante máquina podadora, y procedió a cortar el césped, dejándolo impecable… ¡y pasándose horas barriendo y metiendo en bolsas de basura todo el pasto extra que la podadora había tirado!

“Luis, el césped podado se deja en el jardín, no se recoge”, le conté.

“Bueno, ¡es que de donde vengo las casas no tienen pasto!”, se justificó, rojo de vergüenza y frustración. “¿Cómo rayos iba yo a saber?”

Como inmigrantes, no podemos hacer mucho para evitar estas “metidas de pata”. De hecho, he escuchado de cómo algunos norteamericanos también sufren un choque cultural al revés al ir a América Latina.

Simplemente nos queda aceptar tales hechos humildemente, aprender y reírse de la anécdota. Son parte del proceso de adaptación.

Por lo menos nos quedarán como excelentes temas de conversación en alguna reunión.

O para alguna columna. (www.cesarfernando.com)