domingo, noviembre 22, 2009

Estados Unidos: ¿el país más socialista del mundo?

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- En Estados Unidos, si quieres fastidiar a alguien, grítale "socialista" o "comunista" en la calle. Es receta segura para humillarlo en público y condenarlo al ostracismo.

Seguro a esa persona la van a correr el trabajo y los vecinos lo tratarán como un apestado.

O al menos esa es la imagen que muchas personas tienen de Estados Unidos desde afuera: Un país cerrado, donde a pesar de que se gritan a los cuatro vientos las libertades de expresión, cualquier persona que se declare de izquierda ya tiene una condena peor que trabajos forzados en un gulag soviético.

El problema es, que esto no es verdad. Es un mito genial. Una "leyenda negra", como sabemos los que vivimos desde hace algún tiempo en este país.

Por supuesto, para muchas personas que viven aquí, ser tachado de socialista es un insulto. Pero fuera de una esfera relativamente pequeña, a la inmensa mayoría de los norteamericanos estos términos los tienen sin cuidado.

Quizá fue distinto hace décadas, por ejemplo en la década de 1950, con la cacería de brujas y la histeria anti-comunista. Pero pocos se acuerdan de ello hoy en día.

Para algunos, socialismo equivale a dictadura. ¿Se puede ser socialista sin ser dictatorial?

Por ejemplo, el socialismo cubano de Fidel Castro o el venezolano de Hugo Chávez nada tiene que ver con el socialismo español de Felipe González. Las primeras son dictaduras, la segunda una democracia.

De hecho, aunque nos cueste creerlo, yo pienso que Estados Unidos es uno de los países más socialistas que existen, siendo democráticos.

Los trabajadores norteamericanos sindicalizados están entre los mejor atendidos del mundo. Los sindicatos (o como les dicen en inglés, "unions") son poderosísimas. Y no hay político (de izquierda, derecha, centro, o independiente) que no se repliegue y les haga caravanas en tiempo de elección. Sobre todo los demócratas.

¿En qué país del mundo puede un simple obrero que remacha láminas en una fábrica presumir que gana 70 dólares la hora, como en Estados Unidos? Todo eso gracias a "su" unión. Ni siquiera en la ultracomunista China los pobres trabajadores gozan de tales beneficios. Brincos dieran.

Bueno, dirá usted, pero los sindicatos es algo "especial". La excepción que confirma la regla.

Pues no. Para ver otros ejemplos de socialismo en Estados Unidos, usted no tiene que buscar mucho. Sólo ver a su alrededor.

Las escuelas, por ejemplo. Son públicas. No se cobra. Todos los niños son aceptados. La educación es gratuita y abierta desde los 4 hasta los 18 años de edad. Y todo cortesía de los gobiernos locales, estatales y federal, vía los impuestos de los contribuyentes.

Y si los niños no tienen ni siquiera para pagarse su desayuno, lo reciben a precios subsidiados, o hasta gratis. Y el almuerzo también. Igual, cortesía del Tío Sam.

De hecho, las escuelas públicas gratuitas y abiertas para todos fue una de las primeras maravillas que los inmigrantes europeos descubrieron de Estados Unidos en el siglo XIX. Según un relato de una madre inmigrante, contó en una carta a sus familiares en Irlanda, donde la educación era para los ricos: "¡Las escuelas son gratis! ¡Todos los niños son bienvenidos, sin pregunta alguna!".

Hoy en día la educación gratuita y obligatoria se nos hace normal, y hasta un derecho. No nos parece socialismo. Pero lo es.

El socialismo americano llega a las universidades, con tantas escuelas superiores estatales, con cuotas reducidas o subsidiadas por los gobiernos de los 50 estados.

Fuera de la educación, en Estados Unidos abundan muchos ejemplos de socialismo: Las bibliotecas públicas, los parques municipales, estatales y nacionales; las estaciones de bomberos, el sistema de autopistas federales, los servicios de beneficiencia pública llamados "welfare", los servicios de pago a desempleados, las estampillas de alimento, y un larguísimo etcétera.

(Eso por no mencionar los recientes "rescates bancarios" y "estímulos fiscales".)

¿Estados Unidos, un país enemigo del socialismo? Por favor. El que lo diga, no conoce al "verdadero" Estados Unidos.

De hecho, la única área que falta de "socializarse" es precisamente, la salud. Y hasta allí llega el caldeado debate

Lo cual es irónico, porque el principal obstáculo que se esgrime para llegar a un consenso es, preciasmenete, el temor de los opositores por los riesgos de "socializar" la medicina.

Pero de hecho, Estados Unidos se está volviendo tan "socialista", que muchos grupos están llamando la voz de alarma ante el enorme poder y alcance que el gobierno federal está teniendo.

Quizá la mayor batalla que Estados Unidos enfrentará en el futuro no sea el comunismo, sino el combate contra un gobierno cada vez más controlador y todopoderoso, ¿no cree usted? (www.cesarfernando.com)

domingo, noviembre 15, 2009

Soy un número... y usted también

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- Hola, Buenos días. ¿Cómo está? Me quisiera presentar como Fernando Zapata, pero tendrá que disculparme por esta vez, porque no lo soy.

Bueno, al menos oficialmente sí soy yo (y usted es usted, claro). Eso dicen nuestras actas de nacimiento, y todas nuestras identificaciones: Nuestros nombres completos.

El problema es que en la práctica, nuestros nombres salen sobrando.

Yo soy un número. Y usted también. O muchos.

Ante el gobierno, las oficinas locales, y hast a las empresas privadas, todos somos números. Para cuestiones de “control”, nuestros nombres no bastan, nos dicen. Y por lo tanto, "necesitamos" tener un número.

Y desde pequeños, nos otorgan tales números, y nos obligan a aprenderlos de memoria.

Hasta los niños de preescolar deben aprenderse sus "números" a la hora de comer en la cafetería de la escuela.

Si usted se rebela a este requisito, tendrá que sufrir no estar “dentro del sistema”. Y ya verá cómo las pasa duras tratando de comprar, vender o siquiera acceder a los servicios más básicos y sencillos de la sociedad.

Yo siempre he sido malísimo para recordar cifras. De hecho, creo que fue ésta una de las razones principales por las que no estudié una carrera de ciencias exactas: Odiaba las matemáticas y todo lo que implicara trabajar con números.

Pero la costumbre (o la obligación), me ha hecho memorizar montones de cifras y números, no por gusto, sino para sobrevivir en este mundo “moderno”.

Así, pues, he tenido que aprenderme de memoria por ejemplo, mi número de Seguro Social de Estados Unidos. Sin esta “llave mágica”, olvídelo, usted no existe.

Tanta es la importancia del “Social Security Number”, que los inmigrantes indocumentados son la prueba viviente y desgarradora de cómo se echa de menos su falta. Ese simple numerito de 9 cifras es la diferencia entre vivir tranquilo, o sentirse perseguido. Entre lograr un empleo decente, o a veces vivir al día. Entre la libertad o la deportación.

Pero esto no es exclusivo de Estados Unidos. En México, donde nací, al gobierno le encantan los números. Así nos obligaba a tener a todos los ciudadanos un Registro Federal de Causantes (algo así como el Seguro Social de Estados Unidos). Luego, se les ocurrió que no, que se iba a cambiar por un número distinto, el CURP (Código del Registro de Población, o algo así). Más tarde, salieron con que siempre no, que ahora necesitábamos OTRO número… Y así se han ido.

Además, los nuevos sistemas de computadoras nos han impuesto más números que debemos aprendernos para gozar de las bondades de la vida “moderna”. Entre ellos, “números de usuarios”, “números de tarjetas”, números de “cuentahabientes”, “números de membresía”, y cuántos no.

Mención aparte merecen las ultrafamosas y ultranecesarias “passwords” y los “PINS”. Estas son las “llaves mágicas” para hacer cualquier cosa que tenga que ver con computadoras, desde tener correo electrónico hasta jugar o checar nuestras cuentas. Sin ellas, no somos nada.

Lo bueno es que parece que tras tanto sufrir, los ingenieros ya nos hicieron caso, y las “passwords” y los “PINS” los podemos elegir nosotros. Hasta nos la ponen fácil, diciéndonos que escojamos números que tengan cierto significado para nosotros, para poder recordarlos mejor.

“Así qué fácil”, pensé sonriendo al comenzar a elegir mi primer “password”. Pero eso fue antes de leer la “letra pequeña”:

-No puede ser un número conocido, como su fecha de nacimiento, el cumpleaños de su perro ni la fecha de independencia. Claro, por su propia “seguridad” contra los “hackers”.

-No puede ser su número de seguro social, RFC, CURP, ni ningún número que remotamente tenga alguna relación con usted ni con parientes y amigos, hasta siete generaciones atrás. Igual, aguas con los “hackers”.

-No deben ser una serie de letras o números seguidos, en orden o al revés.

-De preferencia deben ser mezclas de números, de letras, carácteres especiales (%#$@) de 10 a 12 dígitos y si se puede, en sánscrito o en idioma klingon (pero en orden invertido para leerse con un espejo cóncavo).

-Ah, y se debe cambiar totalmente, cada 30 días.

Pero fuera de eso, no hay problema: usted puede usted elegir una clave "fácil" de recordar.

(Ja, ha... ¿Qué esperaba usted? ¿Que los ingenieros nos iban a dejar hacer lo que quisiéramos? )

Nuestros padres y abuelos nunca tuvieron que aprenderse tanto número. De hecho, en aquellos años, el único número que la gente se aprendía, era uno: el de su teléfono. Y eso sólo quienes tenían teléfono, que eran una minoría.

Vaya, habían domicilios y calles que ni siquiera tenían números.

Lo irónico es que hoy en día, en pleno siglo XXI con tanta tecnología desarrolada, con teléfonos que caben en la palma de la mano, se llevan a donde quiera, y que se activan hasta con la voz, existen un tipo de números que ya nadie se sabe ni se molesta en aprenderse:

"¿Mi número de teléfono? Ay qué pena, pero no me lo sé... Pero está en la memoria del teléfono".

Y ahí se quedará... (www.cesarfernando.com)