miércoles, septiembre 23, 2009

Inmigrantes en Estados Unidos: ¿Los "cajeros automáticos" familiares?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- "Necesito dinero"... "Necesito más dinero"... "¿Te acuerdas del dinero que te pedí? Ya se me acabó. Envíame más..."

Estas frases, suenen como suenen, no las he dicho yo. Solamente las estoy repitiendo de lo que me han contado.

Son frases que escuchan muy frecuentemente los inmigrantes latinoamericanos que viven en Estados Unidos. Y se las dicen sus parientes que se quedaron en sus países de origen.

"Yo no tengo ningún problema en enviar dinero a la familia, para eso vinimos a este país", me contaba el otro día un inmigrante mexicano que vive en Texas desde hace más de veinte años. "El problema es que ahora yo tampoco tengo mucho dinero, se paró la chamba".

El hombre, quien trabaja de albañil, carpintero y en lo que salga (cuando sale), tiene a toda su familia inmediata en Texas. Su esposa y sus hijos, todos viven con él. Y a todos mantiene.

Pero además de ello, recibe seguido solicitudes de dinero de parientes extras: hermanos, primos, sobrinos y demás. Hasta amigos y compadres.

"El otro día me llamaron porque necesitaban pagar un lote de un cementerio... que cuesta 75 mil pesos (algo así como 7 mil dólares). ¿De dónde voy a sacar 7 mil dólares, si ahorita ni estoy trabajando?", se lamentaba el hombre.

(¿Un lote de un cementerio mexicano que vale 7 mil dólares? Bueno....)

Y así por el estilo, no es raro encontrar muchas historias similares de inmigrantes en Estados Unidos que se han convertido no sólo en una tabla de salvación para sus parientes en México y América Latina para pagar lo más urgente, sino en sus bancos, cajeros automáticos y casi hasta sus padres que les envían sus "mesadas" o "domingos" con las excusas más extrañas.

Pero no sólo familia cercana les llama. De pronto salen algunas sorpresitas.

"A mí me llamó un primo lejano, que hace mucho tiempo que no veía", me platicaba otra inmigrante mexicana, viuda con hijos. "Me dijo: 'Bueno, como la cosa aca en México está muy difícil, le estoy llamando para que me 'preste' dinero para irme a Estados Unidos a trabajar'", contó sorprendida.

No era ni pariente cercano, agregó. Quería que le enviara como 2 mil dólares para "pagar al 'coyote'. Yo no tengo ese dinero", dijo la mujer.

Al final, al ver que no iba a lograr su "préstamo", el pariente volvió a llamar días después. Le dijo abiertamente: "Bueno, si usted no puede enviarme los 2 mil dólares, entonces envíeme de perdido para arreglar el techo de mi casa, que son como 300 dólares".

Obviamente, la mujer le envió el dinero. "¿Qué iba a hacer con él aquí, si venía? Ni siquiera yo puedo hallar trabajo", comentaba la inmigrante.

Otro inmigrante mexicano contaba sorprendido cómo sus parientes lejanos les habían estado solicitando "préstamos" para comprarle dientes postizos a su abuela. "Mil quinientos dólares por unos dientes postizos se me hizo muy caro", recordaba el hombre. "Pero bueno, uno trata de ayudar".

A duras penas su esposa logró juntar el dinero y lo envió.

Meses después, la abuela llamó preguntando cuándo le iban a enviar más dinero, "porque faltaba completar".

Una joven inmigrante cubana de Florida "se mata trabajando" como dependiente en una estación de gasolina. "Mi turno es horrible, entro a las 4 de la madrugada", se lamenta, con visibles ojeras. "No gano mucho, pero hay que mandar a la familia en Cuba".

"Allá no saben si tuviste qué comer hoy, tú siempre debes enviar algo", recuerda. "Si tú estás mal, allá están peor".

Por supuesto, cuando uno emigra sabe que entre sus obligaciones morales está ayudar a la familia que se quedó en su país de origen. Todos lo hemos hecho alguna vez en mayor o menor medida, dependiendo de la capacidad de cada quién.

El problema es cuando salen parientes lejanos, amigos y hasta desconocidos que se montan en el burro, porque "al fin que ellos ganan en dólares".

"Uno no repela, la verdad", contaba otro inmigrante, don Roberto, al recordar las llamadas "urgentes" (para pedir dinero a cada rato). "Sabemos que la cosa en México está dura, y de verdad mucha gente necesita el dinero. El problema es que a veces uno tampoco anda sobrado".

"En este país ganamos en dólares, sí... pero igual gastamos en dólares", comentó amargamente.

Ahora, con la recesión y la crisis, los primeros empleos en esfumarse fueron los de la construcción y otros oficios. Casualmente los que ocupan inmigrantes en su mayoría.

No por nada los envíos a México, por ejemplo, se han desplomado 16 por ciento en 2009, según el Banco de México, citado por la agencia Reuters.

"Cuando nosotros nos quedamos sin un cinco, ¿a quién le llamamos para pedirle?", preguntaba don Roberto. (www.cesarfernando.com)

lunes, septiembre 14, 2009

Florida: ¿El sueño se acabó?

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

"Todo mundo quiere mudarse a Florida".

Esa fue una de las frases que me repetían cuando dejé Texas, en 2006, buscando el "Sueño Floridiano".

Las estadísticas reforzaban esa tendencia: En aquél entonces, aproximadamente 300 personas se mudaban a Florida. Diariamente.

Eran los tiempos del "boom" inmobiliario. Las constructoras no se daban a basto para levantar casas nuevas, porque casi se las arrebataban los compradores. A su vez, las hipotecarias prácticamente estaban lanzando préstamos a sus clientes como si fueran confeti.

Hubo mucho dinero. Y eso, claro, causó avaricia. No sólo de los especuladores, sino de los gobiernos locales y estatales. Todo mundo quería una rebanada más grande de un pastel que parecía inflarse sin fin.

Hasta que el pastel explotó.

Cuando recién me mudé a Florida, quise registrar mi auto texano. Pero me encontré que mi seguro no era aceptado en Florida. Cuando coticé cobertura contra accidentes, el costo subió estratosféricamente: De 70 dólares al mes por cobertura de dos autos, tuve que pagar 220 dólares.

Welcome to Florida!

Para los seguros de casas los precios eran un escándalo. Casi superaban al costo de la misma hipoteca.

Un floridiano residente de muchas décadas se quejó conmigo una vez: "Hemos estado pagando seguros desde siempre, pero después que pegó el huracán del 2004, las aseguradoras nos subieron los cobros más del doble. Dicen que 'somos una zona de alto riesgo'".

Sonrió irónico: "¿Hasta ahora se dan cuenta que en Florida pegan huracanes? ¿Qué pasó con todos esos años que pagamos seguro, a dónde se fue ese dinero ahora que lo necesitamos?"

No sólo los seguros subieron. Los impuestos locales también. Al fin que había dinero. El problema es que eso ya se acabó, pero los impuestos siguen.

La revista Time sacó un artículo el mes pasado: "El Éxodo de Florida". Lo tituló en internet como: "Florida: ¿El Paraíso Perdido?"
El artículo relataba cómo los excesivos cobros estaban ahuyentando a los residentes del "Estado del Sol". Ahora, por vez primera en su historia, son más las personas que se mudan de Florida que las que llegan, según la revista.

El artículo curiosamente coincidió con mi salida de Florida. Pero mi mudanza tuvo otros motivos, personales. Yo no tenía la mayoría de los problemas que afectan a los residentes de Florida, porque no tenía casa.

Al contrario, Florida me encanta. Es un lugar muy hermoso para vivir, sobre todo con familia. Su gente es excelente.

Pero eso no evita que haya notado un enorme cambio al mudarme a Texas. Sobre todo en mi bolsillo.

El otro día llegué a la oficina de registro de autos del Condado de Dallas, para dar de alta mi carro comprado en Florida, y cambiarle las placas.

Al ver mi seguro de auto, la empleada tachó la hoja: "Los seguros de Florida no valen en Texas", me explicó. "No tienen la suficiente cobertura requerida".

Y me escribió con su puño y letra la cobertura que necesitaba: "En vez de $20,000 dólares por lesiones a una persona, Texas exige $25,000; en vez de $20,000 por lesiones a dos o más personas, Texas exige $50,000; en vez de $10,000 por daños a propiedad, Texas exige $20,000".

Hasta que tenga esa cobertura podrá usted registrar su auto en Texas, me aclaró la empleada.

Qué horror, pensé. ¿Cuánto me va a costar el chistecito?

Pues fui a buscar un seguro de auto en Texas, con cobertura mayor a la de Florida.

Cuando me dieron el presupuesto final, casi me voy de espaldas. Costo total, por cobertura aprobada por Texas, mayor a la cobertura en Florida, de dos automóviles: $64 dólares. Al mes. Por los dos vehículos. Con mayor cobertura.

Comparado con los más de 220 dólares de mi cobertura menor en Florida, era más que una ganga. De inmediato firme con la agencia de Texas, y llamé a la aseguradora floridiana para cancelar mi póliza anterior.

Esto es sólo un ejemplo particular, muy propio. Un botón. Pero multiplique esto por miles, y verá porqué la gente sale huyendo de Florida.

¿Quizá ahora la frase "Todo mundo quiere mudarse a Florida" deba ser actualizada a "Todo mundo quiere mudarse de Florida"? Suena cruel, e injusto, para un estado tan hermoso como la península.

De verdad, si no fuera por sus excesivos cobros, su altísimo costo de vida, y sus perversos impuestos, Florida sería el estado ideal nuevamente.

Por fin, con mis placas texanas nuevas en la mano, salí de la oficina de registro. Junto a mí salía una familia de origen asiático, con sus flamantes placas texanas. Iban sonriendo, satisfechos de comenzar su nueva vida texana.

Las placas viejas de su auto decían: "Florida: El Estado del Sol". (www.cesarfernando.com)

lunes, septiembre 07, 2009

El Estados Unidos "profundo y exótico"

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas.- Luego de tres años, volví a hacer mi “road trip” o viaje por carretera por el Estados Unidos “profundo”: Me mudé desde Florida hasta Texas, lo que implicó conducir por Alabama, Mississippi y Louisiana.

Mi carrito de cuatro puertas y cuatro cilindros iba al tope, con mil y un cachivaches, después de haber regalado y tirado otros mil y un triques.

Pero a pesar del tonelaje que tuve que maniobrar, lo más interesante del viajecito fue la experiencia de surcar por las entrañas más curiosas de este país.

A los norteamericanos les encanta resaltar las virtudes exóticas del extranjero. Cuando un héroe de una película hollywoodense debe viajar, siempre lo ve con la óptica del “civilizado occidental”. No importa a dónde vaya: a Sudamérica, África, Europa o Asia, el “héroe” siempre se topará a su llegada con algún festival exótico, algún carnaval en la calle, donde alegres “nativos” bailarán estorbándole la huída al personaje principal (si se puede, disfrazados de la manera más estrafalaria posible, mejor).

El mensaje es claro: estas exoticidades no pasan en Estados Unidos. En Estados Unidos “somos normalitos”. Somos “civilizados”. Esas costumbres autóctonas sólo se dan “afuera”, allá en el territorio de la National Geographic, piensan los norteamericanos. Por lo menos, los norteamericanos que filman esas películas.

Pero, oh, ironía. Esos mismos norteamericanos no se dan cuenta que en su propio país encuentran no una, sino montones de exoticidades, como para llenar fascículos completos de National Geographic.

Uno no tiene más que voltear a ver a la carretera.

Apenas había yo conducido unas cuantas horas por Florida, cuando me encontré en plena autopista 75, a las afueras de Tampa, una banderota ondeando. Gigantesca.

Lo curioso es que no era una bandera de Estados Unidos, sino... ¡confederada!

Sí, esa bandera roja, cruzada con estrellas, que simboliza la secesión de los estados esclavistas del sur, que detonó la Guerra Civil en el siglo XIX.

La bandera confederada es extremadamente controvertida en Estados Unidos. En muchos estados, aún es considerada como una vergüenza, o incluso como un insulto.

Pero en Florida (que fue uno de los estados sureños) es un símbolo de orgullo para algunos grupos.

Y al instalar una bandera confederada gigante, allí en una de las autopistas más transitadas, se convierte en una declaración política abierta y desafiante.

Pero eso no fue todo, sino apenas el principio. A lo largo de la autopista me topé con otras curiosidades.

Por ejemplo, cerca de Tallahassee, la capital de Florida, noté varios letreros con el mismo estilo: Blancos, con una bandera dibujada (esta sí, la "Old Glory" norteamericana), y una frase "patriótica", por ejemplo: “America: Love it, or Leave it” ("América: Ámala o Déjala").

Léase: "Si no te gusta mi país, regrésate por donde viniste".

Luego, seguía otro letrero con el mismo estilo: "Guns, God and Guts Made America Great" ("Armas, Dios y Agallas Hicieron Grande a América"). Y así...

Claro, los letreros y sus mensajes políticos están protegidos por la garantía constitucional de libertad de expresión. Pero la orientación política de estos letreros dice mucho de las zonas donde están instalados.

Otro detalle que noté --y que quizá se me había pasado en el primer viaje-- fue la enorme cantidad de policías que patrullaban las carreteras. Los famsoos "troopers" están en todos los estados, y no pierden tiempo en detener a quien consideren que viola las leyes de tráfico.

Yo nunca he sido muy afecto a pisar el acelerador, y pienso que si una infracción ayuda a evitar un accidente fatal, bienvenido. Pero al ver tantas patrullas blancas y negras, amenazantes y serias, con oficiales de anteojos oscuros, armados y con sombreros vaqueros, me hizo entender los temores que muchos norteamericanos tienen de vivir en un estado policiaco.

Por lo menos, vi 20 patrullas en el trayecto de casi 1,300 millas.

Curiosamente la cantidad de oficiales disminuyó casi a cero al entrar a Texas. Irónico, considerando la famita de intolerantes y retrógrados que tienen los "Texas Troopers".

Mucha gente me pregunta cómo puedo vivir en una ciudad tan conservadora y religiosa como Dallas. Piensan que en Dallas hay un cowboy pistolero en cada esquina. O si no, un predicador extremista.

Pero no hay tal. Dallas, como cualquier otra ciudad grande, tiene de todo: Fanáticos religiosos conviven (muy a su pesar) con travestis gays ateos; antiinmigrantes de ultraderecha hacen protestas y manifestaciones frente a protestas y manifestaciones de organizaciones inmigrantes mexicanas; los republicanos tienen mucho peso, pero también los demócratas. Y así.

No, para sentir el Estados Unidos "profundo" uno no tiene más que subirse a su auto y conducir por algunas cuantas millas por cualquier autopista.

Y simplemente abrir bien los ojos. Eso basta y sobra para entrar a un país totalmente diferente y extranjero. Estereotipado y exótico.

Como les gusta a los cineastas de Hollywood. (www.cesarfernando.com)