domingo, agosto 23, 2009

Maldición gitana...

Si hay algo que odio más que mudarme a otra ciudad es... tener que mudarme de vuelta a la ciudad original.

Y eso es precisamente lo que he tenido que hacer estos últimos días: Tirar la mitad de mis porquerías, y empacar la otra mitad para el viajecito.

Hace poco comentaba con unos amigos (en una de las montones de "despedidas" de las que inmerecidamente he sido objeto en Florida por mi próxima partida a Texas) que si hay algo que yo siempre he tenido como objetivo en mi vida, es vivir una existencia aburrida y monótona.

Mis amigos no lo podían creer.

En serio: Para mí no hay mejor manera que pasar los días, los meses y los años sabiendo que mi rutina no va a cambiar.

Por supuesto, me encanta salir, me encanta ir de vago por la calle, y bobear en tiendas o librerías. Pero sólo bajo mis condiciones, no porque mi trabajo dependa de ello.

Desafortunadamente, y como maldición gitana, siempre me ha tocado lo contrario. Me he mudado más veces de las que me hubiera gustado. No nada más de domicilio, sino de ciudad, de estado y hasta de país.

Y para acabarla, se me ocurrió elegir una carrera que de rutinaria no tiene nada, la de periodismo. No hay día en el que no salga algo nuevo, no conozca una persona nueva, no tenga que salir a partirme el brazo por conseguir una información, una entrevista o un dato.

No me quejo. Ha sido una carrera muy interesante y enriquecedora. Pero me hubiera gustado que fuera menos "activa".

En fin, ahora vuelvo a las arduas labores de empacado y tirado. Me espera un laaaargo camino por recorrer.

Como decimos en el argot, los mantendré informados...

jueves, agosto 20, 2009

Los modernos juglares de la publicidad

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Primero comenzaron los preparadores de impuestos

Contrataron a jovencitas estudiantes o recién graduadas, y las vistieron de manera graciosa. Les dieron un cartel con el nombre de sus oficinas, y las dejaron frente a la calle, bailando y moviendo el cartel, bajo el sol floridiano.

“Nos trae muchos clientes,” dijo una de las gerentes.

Claro, era temporada de impuestos.

Luego, llegaron las pizzerías. Papa Jonh’s y Caesar’s Pizzas tienen sendos “anunciantes”, promocionando pizzas a 5 dólares en cada acera. Uno de ellos hasta va disfrazado de rebanada de pizza.

Y así continuaron: Los lavaderos de autos, las tiendas de ropa, los bancos...

“Para mí, esto es más efectivo que comprar un comercial,” me comentaba un gerente de un restaurancito. “Y más barato”.

El salario es mínimo, por 4 horas rotativas. El calor, insoportable. La paciencia debe ser de monje, para aguantar las rechiflas e insultos de uno que otro “idiota”, como me platicó una jovencita de 20 años, disfrazada de Estatua de la Libertad en marzo.

Pese a todos los avances de la tecnología, de la publicidad, y de las opciones que existen en medios (prensa, radio, televisión, cine, revistas, internet, twitters y sabe más qué), parece que la tendencia de los negocios locales es más tradicionalista. Promoción personalizada.

Están volviendo a los tradicionales juglares medievales, pues.

El último miembro del club es un restaurante mexicano que se acaba de abrir por mi barrio.
Languideciendo ante la recesión, el dueño mandó a imprimir un cartel, y le pagó a un muchacho para que se parara en la esquina, promocionando el negocio.

¿El truco? El muchachito es gringo: rubio de ojos azules. Y además del cartel con el nombre del restaurante, lleva puesto un enorme sombrero mexicano tricolor, a la Speedy González.

Y ahí está el chico: Alegre de tener empleo y de promocionar con saludos y brincos a su patrón.

El muchachito tiene una enorme ventaja por sobre sus competidores: el sombrerote lo protege del tirano sol tropical. Quizá por eso sonríe más... (www.cesarfernando.com)

miércoles, agosto 19, 2009

On the road again...

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Bueno, pues la historia se repite. Como hace tres años, hago mis maletas y de nuevo me lanzo a la aventura de la carretera.

Esta semana es mi última en Florida. Renuncié a mi puesto en el News-Press, el diario de Fort Myers, y regreso a Texas, donde viví 10 años, y de donde salí en 2006.

Y como hace 3 años, no sé lo que el destino me depara.

Mi decisión es puramente personal. Mi familia vive en Texas, y tras un año de separación, decidí que ya estaba bien ser "soltero, sin compromisos y con carro en Florida". (Más bien mi esposa me lo recordó.)

Me encanta Florida. Me encantó su gente, mi trabajo, las experiencias vividas. En el News-Press me trataron muy bien, aprendí mucho, me fascinó y logré hacer cosas. Espero que mis jefes también estuvieran conformes con mi labor.

Pero el ciclo concluyó. Y aunque sé que renunciar a un trabajo que me encanta, en un lugar que me fascina, durante la peor de las recesiones económicas es una decisión ilógica y arriesgada, también sé que ningún empleo justifica estar lejos de aquellos quienes más me importan.

No dejo nada aquí, me lo llevo todo. No dejo ni siquiera amigos, porque a ellos son los primeros que me llevo conmigo, esté donde esté siempre. Si no en cuerpo, sí en alma. Ellos lo saben.

Y al mismo tiempo, mis amigos floridianos saben que allá en Texas tendrán siempre un pedacito de Florida, y las puertas abiertas de la casa de un "mexicano-tamaulipeco-tampiqueño-texano-floridiano".

No, no tengo trabajo. Iré como todos, a tocar puertas. Es una sensación extraña: emocionante y pavorosa a la vez.

A fin de cuentas, este país se construyó y se hizo fuerte a base de pioneros. Me gusta pensar que sigo de alguna manera la tradición.

Los mantendré informados.

"On the road again..."

viernes, agosto 14, 2009

Qué vergüenza de triunfo...

Confieso que no soy muy seguidor de deportes, ni muy conocedor.

¿Creo que el futbol se juega con un balón? Redondo, parece...

A veces, si estoy con familia o amigos, la tele está encendida (y no tengo nada mejor qué hacer), me siento a ver algún partido mundialista.

Por supuesto, siempre me alegro de los triunfos de los deportistas mexicanos.

Pero esta vez no me alegré del triunfo de la selección mexicana frente a Estados Unidos. (Por cierto, por un raquítico 2-1, que debió haber sido 10-0, si tomamos en cuenta que jugaron de locales).

No me avergonzó el juego o el resultado en sí, sino las celebraciones.

¿Qué, no podemos celebrar un poco más civilizadamente? ¿Tenemos que estar borrachos?

¿Abuchear himnos extranjeros, y apedrear hoteles sirve de algo? (Fuera de darles la razón a los que insisten en que en México la gente aún hace sacrificios humanos y comen niños.)

Qué vergüenza.

Sí, ya sé, ya sé: "Pobrecito pueblo, tú no entiendes a 'nuestra gente', tanto que han sufrido desde hace siglos, necesitan una distracción, es una pequeña venganza ante tanto abuso imperialista..." Y etcétera, etcétera, etcétera.

Aunque por un lado sí me alegro de que el festejo haya sido por un triunfo.

Porque no me quiero imaginar qué hubiera pasado si Estados Unidos hubiera ganado.

Seguro esos "mexicanos puros" hubieran incendiado el estadio y sacrificado a los jugadores (de ambos bandos), para demostrar al mundo su "patriotismo".