miércoles, julio 29, 2009

"He buscado y he buscado trabajo, y no hay"

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- El hombre me andaba rondando desde hacía rato.

Era bajito y delgado. Llevaba una camiseta bastante usada, con unos jeans peores, y tenis. No le podía ver bien el rostro porque una gorra de pintor le tapaba media cara.

Desde que entré a aquella tienda en Florida lo sentí que me estaba "echando el ojo". Ví de reojo que me seguía por entre los pasillos y anaqueles.

Pero no piense mal. El pobre hombre por fin agarró valor después de andar dando vueltas, y se me acercó muy humilde.

"¿Habla español?", me preguntó. Cuando asentí vi como suspiró de alivio.

En los siguientes minutos el hombre me contó su historia. Una historia que ya conocía, de tanto haberla leído en los periódicos en los últimos meses: Llegó de México, de Oaxaca, a Florida como todos, buscando trabajo. Lo encontró en la construcción, pero con la crisis inmobiliaria, lo perdió.

"Ando desesperado, ya no sé qué hacer", me decía, ya como contando una batalla hace tiempo perdida.

Perder el empleo había causado que perdiera su departamento. A donde quiera que iba a buscar trabajo le decían lo mismo: "No hay".

No tenía dónde quedarse. No tenía manera de trasladarse. Se había gastado las suelas de sus zapatos caminando, preguntando por algún empleo en cuanto negocio, constructora, restaurante y tienda que se encontraba.

"Pero bueno, ¿ya fue usted al restaurante Tal?", le preguntaba incrédulo.

"¿El que está por la calle Tal y Cual? Ya fui, me dijeron que no había nada", respondía.

"¿Y a la tienda Equis, la que está en...?"

"¿La de la calle Zeta? Sí, dos veces. Igual, no hay nada".

Era imposible. Cuanto negocio hispano le mencionaba, él me remataba que ya lo habían rechazado. Y me lo comprobaba describiéndome con pelos y señales la ubicación, nombre, dirección y hasta nombres de los dueños o gerentes. Decía la verdad.

"Ahorita ni siquiera tengo un dólar para el autobús, y regresarme a la casa de un amigo que me deja dormir en el garage", me explicó.

Me dijo que tenía algún primo en Arizona, pero no estaba seguro, porque no podía llamar a su pueblo para confirmar. Sólo por carta. Y ni siquiera tenía dinero para el viaje.

"He buscaso, y he buscado, y no sale nada aquí ya en Florida", me dijo.

El pobre hombre estaba sudado y cansado. Derrotado física y anímicamente.

Agarré mi cartera y tomé los pocos billetes sueltos que tenía. "Mire, no le miento, vea. Esto es todo lo que tengo en efectivo. Tenga", le dije. "Al menos le servirá para comerse un taco y tomar el autobús".

Le di las señas de una iglesia cercana donde quizá le dieran alguna comida. Agradeció y se retiró.

No me sentí bien por mi gesto, al contrario. Lamenté no haber tenido un poco más qué darle.

Esa escena no fue aislada. En los tres años que llevo en Florida se me ha repetido por lo menos tres veces ya, casi en idénticas circunstancias, casi con las mismas historias.

Y en los tres casos las víctimas eran trabajadores de construcción hispanos e inmigrantes.

Lo peor es que la escena se multiplica muchas veces en otras partes de Florida y de todo Estados Unidos actualmente. Y dónde no.

Si para un ciudadano americano, con inglés y documentos, resulta extremadamente difícil encontrar empleo en esta recesión, imagínese como será para personas como las que me he encontrado... (www.cesarfernando.com)

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