domingo, julio 05, 2009

Antecedentes penales: Una losa de concreto para toda la vida en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Héctor fue novio de una prima mía, mayor que yo, hace bastante tiempo. Por allá de principios de los 1970's.

Pero Héctor era una "fichita". A pesar de eso (o quizá por eso mismo) mi prima terminó casándose con él. Y después, claro, terminaron de pleito y divorciados.

Sin embargo, seguí viendo a Héctor... en los periódicos. No pasaba un año sin que saliera en primera plana, ya sea porque fue arrestado por traficar con marihuana, o por otros delitos.

Después, le perdí la pista. Cuando volví a saber de él, ya cuando yo tenía como 20 años, Héctor volvió a salir en el periódico, otra vez en primera plana, otra vez en un caso criminal... pero esa vez como ¡policía!

Así inició Héctor su exitosa carrera como "representante de la ley".

Quizá después de pasar tantos años de su vida en la cárcel, Héctor le agarró gusto a esa vida. O quizá el jefe de la policía y sus oficiales le agarraron cariño. Después de todo, casi ya era como de la familia.

Irónicamente, cualquiera que hubiera querido sacarle los trapitos al sol al flamante policía, no hubiera batallado. Su expediente quizá sobresalía de entre los demás, casi como si pusieras un directorio telefónico en medio de folletos de misa, tan gordo que era.

Pero al parecer a nadie le interesó ni le importó que uno de los policías tuviera tantos o más antecedentes penales que los propios criminales de los que se suponía nos debía "proteger". Por eso, Héctor pudo hacer realidad su sueño de ser "Polecía".

¡Qué afortunado fue Héctor de vivir en México! Si hubiera vivido en Estados Unidos, seguramente su vida habría sido otra. No sé si mejor o peor, pero sí muy distinta.

Eso sí, ni en sueños iba a lograr tener una carrera policiaca. Al menos no afuera de las rejas,

Y no es que en Estados Unidos no haya corrupción, ni policías bandidos. La enorme diferencia es que acá, el tener antecedentes penales es como ser un apestado. Por lo menos, si usted quiere conseguir ciertas metas en su vida, como ser aceptado en ciertos trabajos (como, por ejemplo, policía).

En Estados Unidos, el historial criminal es como una losa de concreto que uno va cargando como El Pípila para toda su vida. Y cualquier "errorcito" de juventud se paga caro. Porque a cualquier trabajo que usted vaya, le piden carta de no antecedentes penales, y no conforme con eso, los empleadores hacen una revisión por computadora a ver qué manchas salen de su vida.

"Ni que los gringos fueran tan santos", dirá usted. Pero precisamente es por eso: Acá se dan golpes de pecho al revisar los antecedentes de todo mundo.Por ello es un pecado más que mortal tener aunque sea el mínimo antecedente criminal. Y a veces se pasan de exagerados.

Prometedoras carreras de políticos y funcionarios excelentes se han ido por el caño cuando a algún reportero emprendedor se le ocurrió revisar los archivos policiacos, y encontró algún "pecadillo", así sea de faldas (o de pantalones).

No importa que el interfecto se haya "enmendado", o que "haya encontrado a Dios". Para nada. El hecho de tener antecedentes penales lo marca a uno de por vida, en esta sociedad creada (y las más de las veces manejada) por puritanos.

Algunos de esos puritanos, hay que decirlo, también tienen esqueletos en el clóset, y bastantes. Pero su mérito es haberlos escondido demasiado bien. Por lo menos hasta que llegue algún reportero (o enemigo político, que a veces son lo mismo) más "picudo" que él y le desentierre los huesos y los exhiba en la plaza mayor del pueblo.

Hoy en día, con tantas computadoras y sistemas de control, lo tienen a uno bien checadito. Y sus devastadores alcances no sólo afectan a funcionarios o políticos en campaña, sino a gente común y corriente, que también sufre en carne propia los estragos de esos "pecadillos", aún al tratar de realizar tareas simples, como viajar.

No han sido pocos los casos de personas (muchos de ellos ciudadanos americanos) detenidas en aeropuertos o en la frontera, porque la computadora lo señala con antecedentes criminales, aún menores.

Si usted fue culpable (sin importar que ya haya cumplido su condena con creces) espere a pasar varias horas en un cuartito, rodeado de agentes malencarados y con pistolas revisando hasta el último calcetín de su maleta, explicándoles con santo y seña su vida. Si tiene suerte, lo dejarán ir. Si no, ahí tendrá que pasar la noche, hasta que "se aclare" que usted no es "un riesgo para la seguridad del país".

Lo peor es que esto también le ocurre con bastante frecuencia a personas inocentes, cuyo único crimen es llamarse igual que algún delincuente. Para estas pobres personas el trauma es peor, por no deberla.

Esta paranoia ha llegado a niveles ridículos, como el triste caso de un inmigrante legal, con muchos años de vivir honradamente en Estados Unidos y quien pensaba hacerse ciudadano pronto.

El tipo iba por la calle un día y le dieron ganas de ir al baño. Como no habían baños cerca, o ya le andaba, se le hizo fácil desalojar su vejiga en un solar baldío.

El problema es que alguien lo vio, y llamó a la policía, que lo detuvo por "exhibición indecente". Lo grave es que este delito está tipificado como "de baja calidad moral", y es uno de los requerimientos para... la deportación.

Allá fue a dar el pobre hombre, en grilletes, al centro de detención del Servicio de Inmigración, como "delincuente indeseable". A las pocas semanas ya estaba de nuevo en su país de origen, deportado, sin un centavo, y con una prohibición de por vida por regresar a Estados Unidos, donde había dejado casa, familia, trabajo y toda una vida.

Y no, contra lo que usted crea, acá no siempre se puede "arreglar" el asunto con una "corta feria", como se acostumbra al sur de la frontera. No porque en Estados Unidos no haya corrupción, o porque los policías o jueces sean 100 por ciento derechos. La diferencia es que acá los jueces, abogados, fiscales y policías prefieren mil veces las flores y alabanzas por detener criminales (en especial un criminal que intentó sobornarlos), que recibir 20 dólares por hacerse de la "vista gorda". El verse ante el público como oficiales celosos de su deber les resulta más redituable a la larga, que recibir una simple "mordida".

Por supuesto, en Estados Unidos también existen delincuentes que pasan media vida saliendo y entrando de la cárcel y como si nada. Siguen tan campantes con su vida gangsteril. Pero ellos están perfectamente conscientes que deben vivir fuera del sistema, porque ante los ojos de éste, siempre serán criminales, o sea ciudadanos de segunda. No creo que a la mayoría de nosotros nos apetezca mucho esa vida.

Lo dicho: Los pecadillos en Estados Unidos son losas de concreto que lo seguirán a usted para toda la vida, le guste o no.

¡Quién fuera un Héctor viviendo en México! (www.cesarfernando.com)

1 comentario:

  1. ¿hace cuanto que vio usted esa noticia sobre héctor? es que ahora para entrar en las diferentes corporaciones revisan perfil psicológico, antecedentes y demás.

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