lunes, junio 15, 2009

"Reloj, no marques las horas..."

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

El primer reloj que tuve me lo regalaron mis papás cuando cumplí creo que 12 años. Fue en aquel lejano 1980.

Lo recuerdo muy bien: Era de Mickey Mouse, de esos en que las manecillas eran los brazos del ratón. Y me encantaba. No me quitaba ese relojito ni para dormir.

Recuerdo que era azul cielo. Lo que más me intrigaba del reloj, es que en el extensible tenía agujeros en forma de corazón.

(Muchos años después caí en cuenta que era un reloj... ¡de niña! Y que el azul "cielo" no era tal, sino color aqua. De la confusión pasé a la ira, luego a la aceptación y más tarde a la burla, casi casi como las etapas de una relación sentimental rota. Hoy en día, casi 30 años después, completé la etapa del perdón. Y es que, ya con hijos, me puse en el lugar de mis padres... ¿Cómo diablos iba alguien a conseguir un reloj de Mickey Mouse --bueno, bonito y barato-- en el Tampico de aquel 1980? De milagro encontraron uno, y estoy casi seguro que fue por encargo de algún "fayuquero" o contrabandista. Solo la gente "bien" se podía dar el lujo de pasar "al otro lado" y comprar lo que le viniera en gana. Nosotros, no.)

Después, tuve muchos relojes. Muchos. La mayoría me los regalaron. Más bien casi todos. Me encantaban los relojes, sobre todo los de color negro, redondos y planos, sin números ni rayitas que señalaran la hora.

Me alegré al saber que mi buen gusto era compartido por la carísima marca suiza Movado. Todo mundo me preguntaba si mi Timex de 100 pesos era un Movado.

Hoy en día, no sé dónde quedaron todos esos relojes. Sólo tengo dos "falsos" Movados arrumbados en alguna caja, después de que se les agotaron las baterías. Nunca me di tiempo para ir a cambiarlas, y cuando fui con un relojero indio de un mall de Florida, hace como 2 años, la batería se agotó a la semana. Pero nunca regresé a reclamarle al relojero.

A pesar de mi obsesión relojera, me di cuenta de una triste realidad: Ya no necesito usar reloj.

Cuando quiero saber la hora, le echo un vistazo a la esquinita inferior derecha de mi computadora, y me la dice claramente: Llueve truene o relampaguee.

Y como la mayor parte de mi vida adulta la paso frente a una computadora, voltear a ver a esa esquinita no es problema para mí. Trabajo con computadoras. Y si no lo hago, no como. Y ya me acostumbré a comer, desafortunadamente.

Si en cambio, no estoy ante la computadora, o estoy viendo la televisión, no hay problema: La videograbadora tiene reloj. El DVD player tiene reloj. Y hasta la caja de control de la televisión por cable me dice la hora.

Si voy manejando en la calle, no hay problema tampoco: Mi radio tiene un reloj electrónico. Y lo mismo ocurre en autobuses, y hasta en tiendas.

Hasta cuando cocino sé qué hora es, porque el horno de microondas tiene sus numeritos electrónicos que mudos me orientan en el tiempo.

(¡Vaya, si ahora refrigeradores y hasta estufas traen reloj incluído!)

Por supuesto, a propósito he dejado hasta el final al sospechoso principal de la muerte de los relojes de pulso: el teléfono celular. Cuando no estamos ante la computadora, ni manejando, ni siquiera cocinando, siempre podemos echar la mano a la bolsa, y sacar el telefonito que marca eternamente la hora, donde quiera que uno esté (siempre que usted esté en área de cobertura, claro. Y que le haya cargado la batería la noche anterior. Y que no lo haya dejado olvidado en Dios sabe dónde).

Eso para no mencionar los iPhones, los iPods y los mp3 players.

Hay una enorme ventaja con los celulares: Uno no tiene que darles cuerda. Uno no tiene que "ponerlos a tiempo". Vaya, a veces hasta los tiramos, los mojamos, los perdemos, y simplemente compramos otro al día siguente. Lo que no pasaba con los relojes de pulso.

Los relojes de pulso reemplazaron a los relojes de bolsillo, de esos redondos que los bisabuelos sacaban de su saco, sujetos con una cadena, y los abrían para ver la hora.

Cuando se inventó el reloj de pulsera, la gente los recibió con los brazos (o las muñecas) abiertas. Porque, ¿quién demonios iba a querer perder tiempo para meter la mano al bolsillo y sacar un reloj, que además tenía que abrir de su cubierta? Muy anticuado y lento. Con el reloj de pulsera era sólo cosa de echar un vistazo rápido a la muñeca (de la mano, aunque si usted tenía otra muñeca cerca a la cual echar un vistazo, adelante). Dicen que los relojes de pulsera los inventó un piloto de aviones, por su comodidad y seguridad de no tener que soltar los controles para ver la hora.

Ahora, irónicamente, esos rápidos y cómodos relojes de pulsera o de pulso están siendo reemplazados por teléfonos celulares... que para ver la hora uno tiene que sacar del bolsillo ...¡y hasta abrir una cubierta protectora! Igualito que los relojes del abuelo.

(Bueno, más bien peor, porque los celulares no tienen las cadenas de seguridad que impedían que se cayeran los relojes de mano. Más de un celular ha marcado su último segundo de vida útil en el pavimento.)

Supongo que usted estará de acuerdo conmigo. ¿O usted sigue usando reloj? Si es así, felicidades: Es usted una especie en extinción.

Según un artículo del periódico Wall Street Journal, en 2005 las ventas de los relojes de pulsera se fueron en picadam más del 10 por ciento, afectando marcas como Fossil y hasta los venerables relojes suizos.

Curiosamente, una rápida búsqueda a Ebay.com y Amazon.com me hizo caer en cuenta que todavía se venden... ¡relojes de Mickey Mouse!

Pero éstos no son los relojitos que se regalaban a los niños de 1980, para nada. Son muy modernos, muy a la moda, para niños, niñas y hasta para adultos. La versión de hombres (que parece hecho por la mismísima Movado) cuesta la módica cantidad de 29 dólares. Supongo que, en comparación, es mucho más barato de lo que mis papás pagaron por aquél relojito que me regalaron en 1980 (y que era de niña, por cierto).

Me alegré. Por lo menos, una parte de mi pasado, y de mi niñez, seguía viva para las siguientes generaciones (si es que les importa).

Pero luego se me ocurrió hacer otra búsqueda. Tecleé en Ebay.com y Amazon.com las palabras "Mickey Mouse Cell Phone"... Y ¡voilá! Como por arte de magia salieron montones de teléfonos celulares del Ratón Miguel, de todos colores, formas y sabores.

Vaya, había hasta un iPhone.

¿El precio? El más barato costaba... 9 dólares.

Y claro, con reloj digital incluído.

Ni modo, ratoncito... Eso es "progreso". (www.cesarfernando.com)

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