martes, junio 30, 2009

No se puede tener democracia a medias

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

Ningún golpe de estado se justifica, sea de derecha o de izquierda.

En el caso de Honduras, si se quería derrocar al presidente Manuel Zelaya, el Congreso y la Corte de Justicia debieron haber convocado a nuevas elecciones.

El problema es que Zelaya quería reelegirse. Y siguió el ejemplo de Hugo Chávez para cambiar la constitución con un referendo que se sacó de la manga.

No se puede ser demócrata a medias. La democracia incluye el voto de la mayoría, cierto, pero también establece que todos los partidos deben respetar una serie de reglas establecidas con anterioridad. No se pueden cambiar las reglas a mitad del camino por gusto del presidente.

Es como el futbol: No se puede tener un juego serio si el equipo perdedor cambia las reglas al medio tiempo, o cuando acabó el juego. O se aguanta, o se espera a cambiar las reglas para el próximo partido.

Los dictadores latinoamericanos de izquierda y de derecha, como Hugo Chávez de Venezuela y Álvaro Uribe de Colombia, quieren seguir aferrados al poder. Y usan la excusa democrática de unas “elecciones”, dizque porque “el pueblo se los pidió”.

Cierto, el voto de la mayoría es un requisito de la verdadera democracia. Pero también lo es la alternancia presidencial, y el respeto a la decisión del Congreso.

No se puede tener una democracia real si el presidente sólo acepta las reglas que le convienen, y desecha las que no.

Eso parecerá democracia, pero no lo es. Aunque lo canten a los cuatro vientos.

Eso fue precisamente lo que hacían Hitler y Mussolini. (www.cesarfernando.com)

domingo, junio 21, 2009

Los "Hombres Locos" de Estados Unidos

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com


FORT MYERS, Florida -- Confieso que, en cuestión de series de TV, me quedé en tiempos de Starsky y Hutch y Columbo.

Por eso, un día decidí "ponerme al día" sobre lo último que se ha hecho en la televisión de Estados Unidos.

Y como me duele el codo para rentar o comprar DVD's, aproveché que en el cable estaban dando (¡y gratis!) los episodios de la primera temporada de una de las series más aclamadas y famosas de los últimos años, Mad Men.

La serie, del canal AMC, me encantó. Y cómo no, si es una telenovela.

(Por cierto, si usted se pregunta cuál es el secreto de las grandes obras de la literatura y del cine, es simplemente eso: Todas son telenovelas. Nomás que no lo dicen. Comenzando con Los Miserables de Víctor Hugo, y pasando con Lo que el viento se llevó, todas podrían haber sido obras de Corín Tellado si hubieran sido escritas actualmente. Si actualizamos los protagonistas, y las fechas, el resultado es un "culebrón" de esos de Televisa que no aguantamos en horario estelar.)

Mad Men se traduce más o menos como "Hombres Locos" u "Hombres Desquiciados", pero no tiene nada qué ver con eso. Así se autonombraban los ejecutivos de las agencias de publicidad con sede en la Avenida Madison de Nueva York... Madison Avenue Men, o Mad Men.

La serie está ambientada precisamente en una agencia de publicidad neoyorquina de principios de la década de 1960. Y trata de las tragedias, intrigas y conflictos de sus personajes.

El decorado, la ambientación, el guión y las actuaciones lo envuelven a uno. Con razón han acaparado premios Emmy.

Pero lo que me fascina (y creo que es buena causa del éxito de la serie) es su crítica despiadada a la cultura norteamericana de aquella época. Es una crítica indirecta y fina, muy inteligente.

El mayor mérito de los escritores, directores y actores es, creo yo, que no están inventando el hilo negro: Simplemente recrean la manera de pensar, opinar y actuar de la gente “normal”, de un americano típico de hace 50 años. Y allí radica la fuerza de Mad Men.

Lo que hoy en día nos choca y nos causa un infarto (literalmente) era visto entonces como algo normal y hasta “cool” en aquella época. Y no fue hace mucho: Bastantes de nosotros ya estábamos vivos en aquellos años.

Así, el espectador se mete en un mundo totalmente ajeno al actual, que bien pudiera ser otro planeta. Un Estados Unidos donde todo mundo fuma como locomotora hasta en los hospitales, donde todo mundo toma alcohol a todas horas como si fuera agua Evian... y como si nada.

Vemos escenas de hombres, mujeres, parejas elegantes y educadas... que fuman y beben hasta en el baño. Hasta las mujeres protagonizan las escenas más espantosas, fumando y bebiendo como cosacos aún enfrente de sus hijos (envenenándolos con humo de segunda mano durante el desayuno). Incluso vemos escenas de mujeres embarazadas "echándose un pitillo" y empinando el codo con las amigas.

Vaya, hasta a los niños pequeños les permiten jugar con bolsas de plástico... ¡poniéndoselas en la cabeza!

Y no son familias de la peor calaña, al contrario: Todos son gente "bien", "gente nice", que se preocupan por su familia, por sus hijos, por ellas mismas.

¿Cómo reaccionar en un mundo donde hasta el médico realiza exámenes físicos a sus pacientes fumando como tahúr?

Pero las escenas más irónicas son cuando escuchamos a los personajes hablar: Hacen comentarios racistas, clasistas y sexistas, como si fuera lo más natural del mundo, abiertamente, sin tapujos, en plena calle, en las oficinas, en los restaurantes. Se burlan y desprecian a negros, judíos, asiáticos, hispanos.

Los ejecutivos de la agencia de publicidad no tienen ningún empacho en tratar a las secretarias a nalgadas y pellizcos, y manosearlas o violarlas en las oficinas.

¿Demandas por acoso sexual? ¿Qué es eso?

Pero fuera del valor de entretenimiento y estético de Mad Men, me hizo pensar algo más profundo...Porque es, ni más ni menos, que una bofetada a los extremistas políticos de ambos lados, de derecha e izquierda.

Ese Estados Unidos --sexista, clasista, racista, donde los hombres se morían a los 60 años de un infarto o de cáncer sin saber porqué, y donde las mujeres eran sometidas como un objeto--, es el país que tanto añoran los ultraderechistas que recuerdan con nostalgia su niñez y juventud.

Ese Estados Unidos es el que los extremistas del Partido Republicano, los Minutemen, los Lou Dobbs, los Sean Hannity, los Pat Buchanan y los Tom Tancredo añoran como "los buenos tiempos idos", y tratan de volver a ellos.

Un país donde a las mujeres les pedían que usaran "faldas arriba de la rodilla" para "agasajar la mirada" de sus compañeros de trabajo varones. Y la que no cumplía era enviada "a la congeladora".

Un país donde los ejecutivos se enojan con dueñas de tiendas de departamentos, furiosos porque "no iban a permitir que una mujer les hable así".

Un país donde los que dominaban todo eran hombres anglosajones y protestantes, y donde los inmigrantes eran ciudadanos de quinta clase.

Un país donde nadie sabía o creía que el cigarrillo causara cáncer, ni que beber siete vasos de whisky diarios causara cirrosis hepática a la larga, y donde hacer ejercicio, beber agua y comer sano era visto como cosas de "afeminados".

Un país donde los mismos homosexuales tenían que aparentar ser mujeriegos, por temor a que sus preferencias sexuales les costaran el trabajo.

Pero al mismo tiempo, Mad Men también da una lección a los extremistas de ultraizquierda, que acusan al Estados Unidos de hoy en día de todos los males habidos y por haber... sobre todo de ser racistas, clasistas y sexistas.

Mad Men nos demuestra que, a pesar de sus defectos, Estados Unidos sí ha avanzado, aunque sea un poco, en ser una sociedad más justa y equilibrada. Por lo menos un poco más que en 1960.

Hoy en día, esas actitudes típicas de Mad Men, que en aquél entonces era vistas como “normales” y hasta “graciosas”, causarían demandas multimillonarias, quiebras, escarnio público y hasta cárcel a los responsables.

Intente discriminar o llamar "negrito", "nenorra" o "marica" a compañeros de trabajo en Estados Unidos y verá como le cae encima demandas por discriminación u hostigamiento... eso si antes no lo corren de la chamba.

Por supuesto, hay mucha gente que aún lo hace hoy en día, pero me gusta pensar que son minoría, remanentes mal digeridos, que no entienden que ya hubo una lucha por los derechos civiles. Cada vez que leemos una historia de algún personaje sacado de Mad Men, casi siempre la noticia se complementa con demandas públicas, destituciones y hasta juicios.

En cambio, esas actitudes de Mad Men, que en Estados Unidos eran "normales" hace 50 años, aún siguen vigentes, vivitas y coleando en muchos países latinoamericanos. Y como si nada.

Estados Unidos siempre ha sido un país con enormes defectos. Y siempre lo seguirá siendo. Pero al menos, creo que el mayor mérito de su sociedad es que ha logrado darse cuenta de que esos defectos existen, y que hay gente (a la que al principio siempre tachan de locos) que se encarga de hacer algo para erradicarlos, aunque les tome años hacer la diferencia.

No importa. Basta ver un capítulo de una serie de TV para notar esa enorme diferencia.

Aunque, sinceramente, yo me sigo quedando con Starsky y Hutch...(www.cesarfernando.com)

lunes, junio 15, 2009

"Reloj, no marques las horas..."

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

El primer reloj que tuve me lo regalaron mis papás cuando cumplí creo que 12 años. Fue en aquel lejano 1980.

Lo recuerdo muy bien: Era de Mickey Mouse, de esos en que las manecillas eran los brazos del ratón. Y me encantaba. No me quitaba ese relojito ni para dormir.

Recuerdo que era azul cielo. Lo que más me intrigaba del reloj, es que en el extensible tenía agujeros en forma de corazón.

(Muchos años después caí en cuenta que era un reloj... ¡de niña! Y que el azul "cielo" no era tal, sino color aqua. De la confusión pasé a la ira, luego a la aceptación y más tarde a la burla, casi casi como las etapas de una relación sentimental rota. Hoy en día, casi 30 años después, completé la etapa del perdón. Y es que, ya con hijos, me puse en el lugar de mis padres... ¿Cómo diablos iba alguien a conseguir un reloj de Mickey Mouse --bueno, bonito y barato-- en el Tampico de aquel 1980? De milagro encontraron uno, y estoy casi seguro que fue por encargo de algún "fayuquero" o contrabandista. Solo la gente "bien" se podía dar el lujo de pasar "al otro lado" y comprar lo que le viniera en gana. Nosotros, no.)

Después, tuve muchos relojes. Muchos. La mayoría me los regalaron. Más bien casi todos. Me encantaban los relojes, sobre todo los de color negro, redondos y planos, sin números ni rayitas que señalaran la hora.

Me alegré al saber que mi buen gusto era compartido por la carísima marca suiza Movado. Todo mundo me preguntaba si mi Timex de 100 pesos era un Movado.

Hoy en día, no sé dónde quedaron todos esos relojes. Sólo tengo dos "falsos" Movados arrumbados en alguna caja, después de que se les agotaron las baterías. Nunca me di tiempo para ir a cambiarlas, y cuando fui con un relojero indio de un mall de Florida, hace como 2 años, la batería se agotó a la semana. Pero nunca regresé a reclamarle al relojero.

A pesar de mi obsesión relojera, me di cuenta de una triste realidad: Ya no necesito usar reloj.

Cuando quiero saber la hora, le echo un vistazo a la esquinita inferior derecha de mi computadora, y me la dice claramente: Llueve truene o relampaguee.

Y como la mayor parte de mi vida adulta la paso frente a una computadora, voltear a ver a esa esquinita no es problema para mí. Trabajo con computadoras. Y si no lo hago, no como. Y ya me acostumbré a comer, desafortunadamente.

Si en cambio, no estoy ante la computadora, o estoy viendo la televisión, no hay problema: La videograbadora tiene reloj. El DVD player tiene reloj. Y hasta la caja de control de la televisión por cable me dice la hora.

Si voy manejando en la calle, no hay problema tampoco: Mi radio tiene un reloj electrónico. Y lo mismo ocurre en autobuses, y hasta en tiendas.

Hasta cuando cocino sé qué hora es, porque el horno de microondas tiene sus numeritos electrónicos que mudos me orientan en el tiempo.

(¡Vaya, si ahora refrigeradores y hasta estufas traen reloj incluído!)

Por supuesto, a propósito he dejado hasta el final al sospechoso principal de la muerte de los relojes de pulso: el teléfono celular. Cuando no estamos ante la computadora, ni manejando, ni siquiera cocinando, siempre podemos echar la mano a la bolsa, y sacar el telefonito que marca eternamente la hora, donde quiera que uno esté (siempre que usted esté en área de cobertura, claro. Y que le haya cargado la batería la noche anterior. Y que no lo haya dejado olvidado en Dios sabe dónde).

Eso para no mencionar los iPhones, los iPods y los mp3 players.

Hay una enorme ventaja con los celulares: Uno no tiene que darles cuerda. Uno no tiene que "ponerlos a tiempo". Vaya, a veces hasta los tiramos, los mojamos, los perdemos, y simplemente compramos otro al día siguente. Lo que no pasaba con los relojes de pulso.

Los relojes de pulso reemplazaron a los relojes de bolsillo, de esos redondos que los bisabuelos sacaban de su saco, sujetos con una cadena, y los abrían para ver la hora.

Cuando se inventó el reloj de pulsera, la gente los recibió con los brazos (o las muñecas) abiertas. Porque, ¿quién demonios iba a querer perder tiempo para meter la mano al bolsillo y sacar un reloj, que además tenía que abrir de su cubierta? Muy anticuado y lento. Con el reloj de pulsera era sólo cosa de echar un vistazo rápido a la muñeca (de la mano, aunque si usted tenía otra muñeca cerca a la cual echar un vistazo, adelante). Dicen que los relojes de pulsera los inventó un piloto de aviones, por su comodidad y seguridad de no tener que soltar los controles para ver la hora.

Ahora, irónicamente, esos rápidos y cómodos relojes de pulsera o de pulso están siendo reemplazados por teléfonos celulares... que para ver la hora uno tiene que sacar del bolsillo ...¡y hasta abrir una cubierta protectora! Igualito que los relojes del abuelo.

(Bueno, más bien peor, porque los celulares no tienen las cadenas de seguridad que impedían que se cayeran los relojes de mano. Más de un celular ha marcado su último segundo de vida útil en el pavimento.)

Supongo que usted estará de acuerdo conmigo. ¿O usted sigue usando reloj? Si es así, felicidades: Es usted una especie en extinción.

Según un artículo del periódico Wall Street Journal, en 2005 las ventas de los relojes de pulsera se fueron en picadam más del 10 por ciento, afectando marcas como Fossil y hasta los venerables relojes suizos.

Curiosamente, una rápida búsqueda a Ebay.com y Amazon.com me hizo caer en cuenta que todavía se venden... ¡relojes de Mickey Mouse!

Pero éstos no son los relojitos que se regalaban a los niños de 1980, para nada. Son muy modernos, muy a la moda, para niños, niñas y hasta para adultos. La versión de hombres (que parece hecho por la mismísima Movado) cuesta la módica cantidad de 29 dólares. Supongo que, en comparación, es mucho más barato de lo que mis papás pagaron por aquél relojito que me regalaron en 1980 (y que era de niña, por cierto).

Me alegré. Por lo menos, una parte de mi pasado, y de mi niñez, seguía viva para las siguientes generaciones (si es que les importa).

Pero luego se me ocurrió hacer otra búsqueda. Tecleé en Ebay.com y Amazon.com las palabras "Mickey Mouse Cell Phone"... Y ¡voilá! Como por arte de magia salieron montones de teléfonos celulares del Ratón Miguel, de todos colores, formas y sabores.

Vaya, había hasta un iPhone.

¿El precio? El más barato costaba... 9 dólares.

Y claro, con reloj digital incluído.

Ni modo, ratoncito... Eso es "progreso". (www.cesarfernando.com)

lunes, junio 08, 2009

"Graduation Day" con acento hispano

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Me ha tocado ir a cubrir varios de estos eventos en los últimos días. Eventos donde los aplausos y las porras electrizan las gradas.

Las familias gritan, aplauden silban, y lloran de alegría. Y cuando un nombre se menciona, una esquina del auditorio siempre estalla en júbilo, y hasta bailan cartelones al ritmo de "la ola", como si el equipo local hubiera anotado un gol de campeonato.

Lo que, en cierto sentido, así es.

No, no me refiero a juegos mundialistas de futbol. No, estos espectáculos a los que me refiero son mucho más emotivos e importantes que simples partidos de futbol.

Me refiero a las graduaciones escolares en Estados Unidos.

A últimas fechas, me ha tocado reportear muchas historias de dolor, crisis y depresión.

La recesión, el desempleo, la incertidumbre no dan para más. Sobre todo entre los inmigrantes en EstadosUnidos.

Por eso me gusta cubrir historias de escuelas: El enfoque no es sobre el presente, ni siquiera sobre el pasado: sino hacia el futuro.

Aquí el tema no es crisis ni depresión, sino planes, proyectos. Esperanzas, pues.

Hoy más que nunca, he visto vi esas ilusiones reflejadas, cuando me tocó cubrir las graduaciones de las "high schools" de este rincón de Florida. Los famosos "Graduation Days".

Al entrar a los auditorios, uno siente una vibra distinta, positiva. Las familias llegan ataviadas con sus mejores ropas, o si no las tienen, al menos con sus mejores espíritus. Eso basta y sobra.

Llegan familias ricas, y pobres; elegantes y humildes. Muchos anglosajones, pero también muchas familias de raza negra. E hispanas. Son éstos últimos los que abarrotan las gradas, con hermanos, hermanas, padres, madres, tíos, sobrinos, y hasta abuelos.

Todos sonrientes, muchos con las miradas enternecidas con las lágrimas.

Los maestros arriban, ataviados con sus sobrias togas y birretes negros.

Y luego, aparecen las estrellas principales del evento: Vestidos de togas brillantes y alegres, decenas, cientos de chicos y chicas radiantes, en su mejor momento.

La pasarela multicolor amerita a que toda la familia se levante de sus asientos. Muchos de estos padres y madres son inmigrantes con apenas educación primaria en México, Centro y Sudamérica. Pero tienen el orgullo de ver a sus hijos graduarse de una escuela que al principio les pareció extraña, en un idioma que les era totalmente ajeno, pero que al final hicieron suyo.

Después de los consabidos discursos, llega el momento cumbre: La entrega de diplomas. Cada nombre es mencionado fuerte y claro, y cuando el niño o la niña aparece, es el acabóse para toda una generación de padres, abuelos y tíos que les antecedió.

Y los nombres que se mencionan, por Dios... Muchos Brown, muchos Smith, muchos Jones, cierto. Pero los Rodríguez, los Pérez, o los Martínez son igual de numerosos o hasta más en ciertas escuelas.

No importa que suenen gracioso cuando el maestro de ceremonias los nombra: "Uaaan Perrrés... Pedrrro Doumingüés... Maerría Vascués..." Las porras y los coros de alegría de la familia compensan con creces la mala (o quizá no sea mala, sino nueva) pronunciación.

Hasta ahora, he visto dos o tres graduaciones donde algunos de los graduados Summa Cum Laude, los alumnos con las más altas calificaciones, llevaban esos apellidos. Y a ellos --no a los Brown, los Smith o los Jones-- les tocó el honor de dar el discurso de graduación de sus compañeros, la Clase del 2009.

Mucha gente en México me pregunta porqué en Estados Unidos se hace tanta alharaca con las graduaciones de las "High School", si en nuestros países es simple y sencillamente un ciclo más. Pero en América Latina, por fortuna, casi todo mundo puede estudiar universidad. En Estados Unidos, esto es un lujo. Si bien no un lujo económico, sí un lujo de tiempo y esfuerzo.

Por eso, el "Graduation Day" simbolizaba antes el final de la vida escolar para el 90 por ciento de los niños, lo que seguía era buscar trabajo.

Hoy, felizmente, no es el caso ya. Para muchos de estos niños la historia continuará el próximo año, pero en las universidades. Quizá no Harvard, o Yale. Quizá ingresen sólo al Community College barato, del gobierno. O algunos se enlistarán en el ejército, y otros se irán a escuelas técnicas. Y sí, algunos más sí irán a Harvard o Yale. Pero lo importante es que seguirán avanzando.

Y dentro de 4 ó 10 años, seguramente en las graduaciones universitarias esos apellidos Brown, Smith o Jones sonarán igual de fuerte que los "Roudrrigüés", los "Perrrés" o los "Vascués".

Pero los gritos y porras desde los padres en las gradas sonarán aún más fuerte. Y en español. (www.cesarfernando.com)

lunes, junio 01, 2009

Los traumas que usted ni se imagina al emigrar a Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- La gente que emigramos por vez primera a Estados Unidos, lo hacemos sin tener una idea clara sobre qué esperar al llegar,

Bueno, más bien sí tenemos una idea clara, pero las más de las veces no se acerca siquiera a la realidad.

Por principio, sabemos que venimos a trabajar, quizá más duro que en nuestros países. Ah, y claro, a ganar en dólares, ¿no es lo que uno busca?

Porque sabemos que "de este lado", sí se reconoce el esfuerzo y la dedicación. Y el que trabaja duro, no sólo termina con la espalda partida, sino con la espalda partida y rico.

O al menos esa es la idea que tenemos.

Y es verdad. Pero no es toda la historia.

Si realmente usted quiere saber qué le espera como inmigrante en Estados Unidos ("mojado" o "seco") tendrá que pensar en vivir experiencias que seguramente ahora ni se imagina.

Por principio, algo que todos los inmigrantes vivimos al llegar aquí es a ser... mudos. Y sordos.

Bueno, no precisamente sordomudos "reales". Pero casi.

O sea, al llegar aquí, uno debe comenzar a acostumbrarse a no entender nada de lo que le dicen los gringos. Que, a fin de cuentas, es casi casi como ser sordomudos.

No importa que usted haya "estudiado" inglés toda su vida, y se sienta perfectamente pertrechado: "Estudiar" no siempre es lo mismo que "aprender".

Y espere estar allí, con la mirada en blanco mientras alguien lo ametralla con montones de frases que suenan a checoslovaco... aunque en teoría es el familiar "inglés" que siempre hemos escuchado en las películas de Hollywood.

¿Porqué diablos los gringos no hablan en la vida real como en las películas? ¿Porqué no hablan con el acento clarito y limpio de la Miss del Colegio Inglés?, se preguntará usted frustrado una y otra vez.

Por supuesto, esto no va a ser siempre. Si usted se esfuerza y le echa ganas, después de algunos años va a duplicar su entendimiento del inglés.

(O sea, de entender nada, comenzará a entender la mitad de lo que le digan. Lo cual va a ser el doble de avance.)

Otra novedad que puede esperar: No va a saber manejar. Va a ser como cuando comenzó a aprender de nuevo, sobre todo si tiene que pasar el famoso examen de manejo.

Claro, usted sabe que maneja, pero cuando le ponen tantas reglas, tantos policías escondidos tras los árboles, tantas cámaras en los semáforos, y tantos radares detectores de correlones, entonces uno como que se engarrota... y se le olvida lo cafre que era en su país de origen.

Tampoco va a saber realizar una de las tareas más simples, como es ordenar en un restaurante, algo que seguramente tenía totalmente dominado en su país de origen.

Y de nuevo: Aunque haya "aprendido" inglés, dudo que en la Academia del Colegio Inglés le enseñen que los huevos revueltos se piden "scrambled", o que los volteados se llaman "over easy".

Y va a ver estrellas cuando la mesera le pregunte, toda sonrisas, si quiere un "side". Cuando le logre entender, le va a disparar otra pregunta: Qué tipo de "side", "mashed potatoes", "colesaw", "corn", o "spinach".

Y cuando por fin usted logre descifrar lo que le preguntó, y consiga murmurar la respuesta, prepárese porque después le va a preguntar cómo quiere su pan: "toast", "french", "simple", or "medium".

Cuando ya esté usted en el suelo, totalmente noqueado y maldiciendo a la Miss del Colegio Inglés, la chica seguirá con su libretita tan campante, preguntándole ahora si quiere su pan "wheat", "whole", "rye", o "mixed".

Para rematar, si está usted en un restaurante de comida rápida, espere que le den el tiro de gracia: "For here, or to go?"

Y si cree que estas escenas son traumáticas, espere a que tenga que responder o hacer una llamada por teléfono. El trauma le durará años. Y quizá nunca se recupere.

Otro trauma: Cuando tenga que ir a una oficina de gobierno o a un banco, y explicar (o entender) algo. Sobre todo si intenta descifrar el acento del empleado de origen hindú, por el altavoz del autobanco.

Y si piensa que va a batallar por entender a los americanos, espere a ver la cara que le van a poner cuando sean ellos los que traten de entenderle a usted. Algunos lo van a ver como retardado mental.

Por mucho que le duela esa situación, será comprensible. Usted es extranjero en tierra ajena, adaptándose a una cultura y una lengua extraña.

Por eso, la frustración será mucho peor cuando tenga un jefe que lo trata con la punta del pie... siendo "paisano".

Sobre todo cuando se dé cuenta de que usted, con dos doctorados y tres maestrías, tiene que recibir órdenes de un jefe no ha terminado ni la primaria.

Se va a tener que olvidar de las reuniones familiares o "salir con los cuates" cada fin de semana, porque llegará muerto del trabajo a comer, descansar... y a salir corriendo de nuevo a la otra chamba.

Eso, si bien le va, porque tendrá trabajo. Si le va mal, ni a eso llegará.

Es cierto lo que dicen: A todo se acostumbra uno menos a no comer. El problema es el proceso intermedio entre el shock y el acostumbrarse. Y a veces tardamos años para aceptarlo.

Pero no me crea a mí. Sólo le estoy diciendo una parte de las sorpresitas que este país le tiene guardadas a los inmigrantes.

El resto ni usted ni yo nos las imaginamos. Y generalmente ésas son las sorpresitas más traumáticas. (www.cesarfernando.com)