sábado, mayo 23, 2009

¡Ah, pa' nombrecitos!

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- ¿Qué tienen en común Zappip con Zapata? ¿O con Sacato?

Para mí, nada, pero para más de un gringo por aquí, suenan igual.

O al menos, así es como me han "rebautizado" más de una vez, desde que vivo en Estados Unidos.

Mi apellido me lo han escrito de todas las maneras posibles (y a veces hasta algunas imposibles).

Me han dicho Zapato (lo cual es más que obvio), pero también Zapapta, Zacate, Sapate, y --el colmo-- hasta Zapote.

Bueno, la bronca llegó a tal grado, que hasta un compañero de trabajo que notó el problema, me miró y me dijo: "Oye, ¿y porqué no te cambias el apellido y lo haces 'gringo'?"

Opciones que me sugirió: Shoe, Shoemaker o Shoeman... Que serían los equivalentes de "Zapato" o "Zapatero" en inglés.

Y eso que mi apellido es relativamente fácil, sólo tres sílabas, seis letras, ningún acento ni ñ, ni diéresis ni nada.

No me quiero ni imaginar lo que hubiera pasado si hubiera heredado algún apellido vasco, como Zabalbeaskoa, Echázarreta, o Belausteguigoitia. Seguro ya me lo habrían "americanizado" a algo así como Zabal, Echa o Belaus.

(Otros que sufren las de Caín en este país son los descendientes de polacos, con apellidos como Wojciechowicz, Czerwinski, o los de la India, como Mukopadhyay, Balasubramanian.)

Aún así, no me salvo de seguir el ritual típico de toda persona que se presenta en este país: deletrear sus nombres. Como si estuviéramos actuando en un capítulo de Plaza Sésamo.

Así pues, si usted me escuchara presentarme, escucharía algo así:

"Hello, my name is Fernando Zapata, Dzi-Ei-Pi-Ei-Ti..." (Hola, mi nombre es Fernando Zapata, Zeta-A-Pe-A-Te-A).

Esa es la versión corta, la que uso cuando ando apurado. Cuando tengo tiempo, o de plano cuando veo que la gente me ve con cara de "What?", entonces recurro a la versión larga:

"Hello, my name is Fernando Zapata, Dzi as Zebra, Ei as Andrew, Pi as Paul, Ei as Andrew, Ti as Thomas, Ei as Andrew."

¿Ha escuchado usted en las películas cómo los militares de Estados Unidos deletrean, usando códigos como Alfa, Bravo, Charlie, Delta? Bueno, pues es algo similar.

Me gusta más. Pero supongo que sonaría bastante Rambo deletrear: "Zulu-Alfa-Papa-Alfa-Tango-Alfa".

(Mi único consuelo es que nunca he tenido problema con mi nombre de pila. Será porque acá están acostumbrados a escuchar la canción de Abba, o han oído que existe San Fernando, California. Eso sí, debo pronunciarlo como ellos: "Fergnandou".)

Sé que todo este asunto de los nombres suena ridículamente complicado. Quizá porque de verdad lo es. Para nosotros los latinoamericanos, es algo extrañísimo, porque nunca nos hemos enfrentado a tal problema. Al menos, la inmensa mayoría de nosotros nos apellidamos Pérez, Hernández, García o González, y nadie anda preguntando cómo se escriben.

Claro, aquellos latinoamericanos con apellidos "raros" siempre sufren, y tienen que andar deletreando. Como los Perea, a los que nunca les faltará algún burócrata que los registre como Pérez, o los mismos descendientes de vascos.

Pero esas son excepciones. En Estados Unidos, esas excepciones son la regla. Todo mundo debe deletrear su apellido aquí.

Lo cual no es raro si se toma en cuenta el montón de apellidos de todas partes del mundo que llegaron a este país. Muchos de ellos se escriben originalmente con alfabetos totalmente distintos, y algunos que se escriben hasta sin alfabeto, como los nombres de origen chino.

La mayoría conservan su ortogragfía... pero respetando la pronunciación de sus países de origen. De allí las confusiones. Y de allí la necesidad de deletrearlos.

Pero también ocurre lo contrario: No faltan las familias "moderrrnas" que se les ocurre ponerles cada nombre extrañísimo a sus vástagos, sobre todo entre la gente de raza negra.

Y allí me tiene usted, poniendo mi cara de "What?" cuando alguien se me presenta diciéndome nombres como Shawndriell, Khryssa, Wakeisha, Shesheika, Deshawna, o K'Brianey o vaya usted a saber cuál otro más.

Esos nombres suenan como grito de guerra. Y guerra es precisamente la que nos dan para escribirlos bien.

Como decía el "Rey del Humorismo Blanco", el inmortal comediante don Gaspar Henaine, "Capulina":

"¡Ah, pa' nombrecito! (www.cesarfernando.com)

martes, mayo 12, 2009

¿A dónde se fueron los verdaderos "amigos" de México?

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Confieso que durante mi (rebelde) juventud, tuve ideas bolivarianas, aún antes de que Hugo Chávez se las apropiara.

Soñaba un día en un futuro (ojalá no muy lejano) en el que América Latina estuviera unida en una confederación. O que se convirtiera en un país lo suficientemente grande para hacer contrapeso a Estados Unidos y la Unión Soviética.

No, Europa no "sonaba" por aquellos años. China menos. Estamos hablando de 1984-1985.

En mis ansias panamericanas, hasta un escudo y una bandera inventé: La cabeza de un pegaso blanco de frente, con las alas extendidas hacia arriba en semicírculo, sobre un fondo azul cielo.

(Viéndolo en retrospectiva, sospecho que mis ansias eran más artísticas que políticas, pero en fin.)

La lógica detrás de mi idea panamericanista era avasalladora: A nosotros, latinoamericanos, nos unen más cosas que las que nos separan. Con sólo el idioma, la religión y costumbres similares, ya podemos hablar si no de un país, sí de una nación perfectamente bien definida.

Aún hoy en día subconscientemente los latinoamericanos pensamos igual. ¿No consideramos a cualquier latinoamericano "nuestra gente"? ¿No decimos "nuestros países" para referirnos a cualquier estado al sur del río Bravo?

Por eso, a mis tiernos 16 años, yo estaba más que seguro que un día Latam (como había nombrado a mi confederación futura, siguiendo la moda de George Orwell) iba a ser una realidad, y entonces sí, ¡agárrense gringos y rusos!

Pero, ¡oh decepción!, pasaron los años y no hubo tal. Claro, en cuanta reunión "panamericana" se juntaban los presidentes para la foto y comer de gorra, siempre se hablaba, se comentaba, se discutía la posibilidad de una unión... Y quedaba en nada.

Cuál no fue mi sorpresa en 1990 cuando el presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari rescató la idea de un bloque internacional... ¡pero con los gringos!

Fue el mentado TLC, o NAFTA.

Al principio confieso que la idea me pareció horrenda. No, no podía ser, me decía. ¿Qué diablos tenemos los mexicanos en común con los gringos, como para unirnos? Salinas está mal. La unión debe ser con Brasilia, Santiago y Bogotá, no con Los Ángeles, Dallas y Chicago.

Después, ya acostumbrado a la idea me di cuenta que la intención del TLC no era cultural ni política, sino económica. Lo comprendí, pero aún así, no lo aprobé.

"Los mexicanos nunca vamos a ser tan unidos con los gringos como con 'nuestros hermanos', 'nuestra gente', 'nuestro países' latinoamericanos", me insistía.

Avanzamos el cassette unos años. Más reuniones de presidentes latinoamericanos vinieron y se fueron. Más fotos. Más promesas de unión latinoamericana.

¿Y qué pasó? Hoy en día, con el escándalo de la influenza porcina, de pronto casi todos los países latinoamericanos (¡"Nuestra Gente", "Nuestros Países", por Dios!) ven a los mexicanos como apestados.

Argentina, Uruguay, Perú, y hasta Cuba ahora rechazan recibir aviones mexicanos, por temor al "contagio". Tampoco se permite la salida de vuelos a México desde esos países.

Bueno, claro que comprendo la alarma. Cualquier gripe es peligrosa, sobre todo en países pobres, como "los nuestros". Una sola muerte es trágica. Y la prensa alarmista tampoco ayuda mucho que digamos.

Pero, ¿porqué sólo tomar medidas contra México? ¿Porqué sólo prohibir aviones mexicanos? La gripe también pegó en Estados Unidos, y no veo que ninguno de esos gobiernos "hermanos" haya prohibido aviones gringos.

(Aclaro: Yo no critico a los pueblos ni a la gente de "nuestros países", sino a sus gobiernos. A la "nuestra gente" sigo teniéndole igual aprecio y respeto, o quizá más, tras haber convivido con tantos latinoamericanos en Estados Unidos.)

Supongo que, así como no se prohíben vuelos de American Airlines ni Continental, los vuelos diarios siguen saliendo como si nada desde Buenos Aires, Montevideo y Lima rumbo a Miami, Los Angeles y Nueva York, haya o no influenza en Estados Unidos.

¿No tendrán miedo los uruguayos, argentinos y peruanos en contagiarse? ¿O son más fuertes las ganas de escaparse de "shopping" a Miami Beach que el temor de agarrar la gripe del cochino?

Claro, claro, dirán que "es que en Estados Unidos no muere tanta gente como en México". Quizá tengan razón.

El problema es que si un gringo llega infectado a un aeropuerto de Uruguay de Perú, no lo van a atender la súper avanzada ciencia médica norteamericana, sino... la ciencia médica uruguaya y peruana. (Que tendrá todos mis merecidos respetos, pero hay que aceptar que con todos sus adelantos, no es la ciencia médica gringa, con lo que el argumento queda invalidado.)

Vaya, hasta jugadores brasileños se han negado a jugar futbol en México por temor al contagio.

Cierto, China y otros países también han cerrado las puertas a vuelos mexicanos, y a los ciudadanos mexicanos los tratan como a leprosos. Pero de esos países se puede esperar todo, porque de ellos nunca esperamos nada.

Y a todo esto, ¿qué reacción tuvio Estados Unidos, quizá el principal y primer país afectado en caso de cualquier gripe o epidemia que ocurra en México?

Nada. Los gringos no cerraron la entrada ni salida a vuelos mexicanos. Al menos todavía.

Su gobierno no nos mete a los mexicanos en camiones rumbo a hospitales, ni nos trata con pincitas. Yo he ido por todos lados diciendo que soy mexicano, y los gringos no me sacan la vuelta, al contrario: Me saludan de mano, me preguntan cómo están las cosas en México, y hasta me platican los grandes recuerdos que tienen de sus pasadas visitas a mi país y cómo ansian volver pronto.

Tras todos estos años viviendo en Estados Unidos, poco a poco me he ido dando cuenta que quizás Carlos Salinas de Gortari (pese a todos sus defectos) tenía algo de razón: son cada vez más las cosas que unen a los mexicanos con los norteamericanos, además de una enorme frontera. Muchas más cosas que eran en 1985.

Estados Unidos y México comparten una historia, costumbres y ahora hasta idiomas y raza y muchas otras coincidencias, y las seguirán compartiendo en el futuro, para bien o para mal. Y esto lo entendió el presidente Obama.

Desafortunada o afortunadamente, es verdad que cada vez los gringos se parecen cada vez más a los mexicanos, que los otros latinoamericanos. Y esto a pesar de los que se oponen a ello, a ambos lados de la frontera.

Bien dicen que a los verdaderos amigos se les conoce en la cárcel y en la enfermedad. (www.cesarfernando)

miércoles, mayo 06, 2009

¡Achuuuuu! Esa cochina influenza...

FORT MYERS, Florida-- Supongo que es obligado hablar del tema de moda, la cochina influenza...

Cuando pegó (la noticia, no la epidemia), me encontraba alegremente de viaje desde Florida a Texas, de vacaciones.

Al llegar a Dallas, vi las noticias y me alarmé. No podía esto pasar en mi México.

Pero pasó.

"Bueno", pensé, "al menos estamos aca seguros en Estados Unidos".

Luego, ¡sopas!, un boletín informativo urgente: "El primer caso de influenza (o "flu", como dicen los americanos y no pocos paisanos) se detectó en Estados Unidos.

"Bueno”, volví a pensar. “Estados Unidos es muy grande. No creo que haya sido en una ciudad mayor, quizá sea en un pueblecito aislado, con poca gente donde el virus no pueda multiplicarse”.

Luego, ¡sopas! otro boletín informativo urgente: El infectado estaba en Los Ángeles.

“Bueno”, de nuevo volví a pensar, “Los Ángeles está muy lejos. Aquí en Texas estamos seguros”.

Luego, ¡pácatelas!, otro boletín informativo de súper urgencia: La persona infectada, que vive en Los Ángeles, había visitado Texas.

“Bueno”, seguí de pensativo yo, “pero Texas es muy grande. Es casi ‘como otro país’, ¿no dice así su lema? Aquí en Dallas estamos seguros”.

Luego, ¡sopas! otro boletín informativo (éste sí, de ultra-extrema-urgencia): El infectado, que estaba en Los Ángeles, pero que había visitado Texas, había contraído el virus en.... Dallas.

“Bueno”, me dije de nuevo, insistente yo, “pero yo estoy de vacaciones, no tengo que salir a ningún lado, ni recibir a nadie. Total, me aguanto encerrado una semana, y me regreso como rayo a Fort Myers, Florida, donde estaré seguro de las gripes porcinas de México, de Los Ángeles y de Dallas.

Luego, OTRO boletín informativo. Esto no era superrecontraextraurgente, pero para mí sí que lo fue: Se había detectado la cochina flu en... Fort Myers, Florida.

“Bueno”, me dije al fin, ya sin saber qué más decirme, “creo que ahora sí ya va siendo hora de que me preocupe...”

Tanto en Dallas como en Fort Myers se cerraron escuelas, se cancelaron clases, hubo psicosis y empleados fueron despachados raudos a desinfectar hasta los clips de los salones escolares.

Pasé por un McDonald’s y vi gente haciendo cola hasta rodear el edificio. No, no buscaban comprar “cajitas felices”, sino vacunitas felices contra la cochina flu.

Los periódicos y estaciones locales de TV no paraban de publicar “secciones especiales” tituladas algo así como “¿Está usted seguro del flu?”, lo cual, creo, enfermaban más que el virus.

La flu no es ningún juego de niños. Pero tampoco es nada del otro mundo. Según el Centro de Control de Enfermedades, cada año hay 36 mil muertes relacionadas a la influenza, nomás en Estados Unidos, muchos más que los muertos de las Torres Gemelas.

Y yo no veo “Boletines Especiales” cada año con esos números.

Tampoco me han discriminado por ser mexicano, ni mirado feo, ni me han negado la mano, o metido en cuarentena a la fuerza durante mi viaje a Texas. Si los gringos quisieran poner en cuarentena a todos los mexicanos de Texas y Florida, se quedarían sin medio estado.

Con su permiso:

¡Achuuuuuu!