martes, febrero 03, 2009

Por primera vez, me avergoncé de ser reportero

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Don José Hernández es una persona humilde.

Le tocó la mala suerte de ser uno de los millones de desempleados durante esta recesión económica.

Peor aún: le tocó a los 65 años de edad.

"¿Usted cree que van a darle trabajo a un viejo como yo?", pregunta dolido el hombre de Guerrero, México.

Por eso, don José se vio forzado a sobrevivir como puede: vendiendo frutas y verduras en la calle.

Su predicamento sería normal en cualquier país latinoamericano. El problema es que don José vive en Estados Unidos. Su cara y sus manos muestran los surcos de una vida ardua cosechando tomates en Florida durante más de 30 años.

Pero con toda su humildad, don José fue capaz de lograr lo que nadie antes había podido: me hizo avergonzarme de estar en los medios.

A mí me encanta mi carrera. Y me sigue gustando casi 20 años después de haberla comenzado.

A pesar de que, en todos estos años, montones de veces me han insultado, corrido de oficinas, burlado de mí y hasta amenazado. Por ser reportero.

Aún así, me seguía gustando. O más bien, gracias a eso.

Verá usted, los reporteros nos movemos en otra dimensión paralela al del resto de la gente "normal". No porque seamos especiales o mejores, sino porque enfrentamos distinto el rechazo.

La gente "normal" se siente mal cuando los insultan o los corren o los amenazan por hacer su trabajo. Pero para los reporteros, es al revés: Nada nos encanta más que nos corran, nos insulten o nos critiquen. Sobre todo los políticos y funcionarios.

Sobre todo, nos encanta publicarlo. De eso vivimos. Literalmente.

(Aclaración: Los atentados y amenazas de muertes contra reporteros son otra cosa. Son terribles, cierto. Pero intimidan, nunca nos hacen sentirnos avergonzados de ser reporteros.)

Pero don José sí logró avergorzarme.

Durante la entrevista, me vio anotando sus opiniones. Luego, me miró, desconfiando.

"Oiga", me dijo en voz áspera. "¿A poco a usted le pagan nomás por hacer eso?"

Levanté la mirada sorprendido. No había entendido bien la pregunta.

"¿Por hacer que?", le pregunté.

"Pos nomas por hablar con la gente y escribirlo en su libretita."

No supe que decirle. Aqui estaba ante mí una persona que habia sufrido toda su vida, partiendose la espalda literalmente para poder sobrevivir en el único trabajo que encontró, en el único que lo emplearía.

Y ahora, en su vejez, ni siquiera eso tenía.

Me avergoncé entonces de las veces en las que tuve el atrevimiento de quejarme por tener que trabajar. A pesar de que tenía la inmensa fortuna de estar haciendo algo que yo había elegido, algo que me encantaba y me apasionaba.

Me sentí cucaracha.

Miré a don José y le respondí.

"Sí, en esto trabajo... al menos, todavía". (www.cesarfernando.com)

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