miércoles, febrero 18, 2009

Los indocumentados: "Culpables" de la crisis económica mundial

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

Los extremistas anti-todo en Estados Unidos (en especial anti inmigrantes) ya les ganaron a los economistas y expertos financieros.

¿Porqué? Pues porque ellos solitos acaban de encontrar la causa de la crisis económica mundial.

¿Ya sabe usted cuál esa causa? Adivinó: Los inmigrantes indocumentados.

(¡Mire nomás, qué original!)

Me llegó a mi buzón un e-mail de esos masivos. El título no podía ser más atractivo: "¿Por qué estamos en Bancarrota?"

El autor del mensaje (quien se cuidó de no poner su nombre) dice que la guerra de Irak no es la razón de la quiebra financiera de Estados Unidos ni del mundo (de hecho, esa teoría la califica de RIDÍCULA).

Y a continuación, enumera 14 motivos (para que sean leídos una y otra vez, dice) que generaron la crisis:

Los extranjeros ilegales reciben entre 11 mil millones a 22 mil millones en beneficios públicos (welfare) de los gobiernos estatales; 2.2 mil millones en estampillas de alimentos y almuerzos escolares gratis; $2.5 mil millones en servicios médicos; $12 mil millones en educación primaria y secundaria para niños "ilegales y que no pueden hablar una palabra de inglés!" (este pobre tipo jamás ha puesto un pie en una escuela pública de Estados Unidos, por lo visto); $17 mil millones más, gastados en la educación de hijos de ilegales nacidos en Estados Unidos; $3 millones diarios en encarcelar indocumentados.

Y así se va el escrito, hasta sumar 14 "motivos". Incluso menciona la pérdida de 200 mil millones de dólares en salarios caídos de ciudadanos americanos por culpa de los "ilegales".

El autor suma todos estos "gastos" y totaliza 338.3 mil millones de dólares que Estados Unidos "pierde" al año... por culpa de los indocumentados.

El autor remata indignadísimo: "¿Somos TAN estúpidos?"

Quien escribió esto supuestamente se las da de "serio" y "objetivo", y enlista direcciones de sitios de internet de donde "investigó" las cifras.

El problema es que: a) la mayoría de esos sitios de internet son de organizaciones abiertamente antiinmigrantes y con agendas extremistas, como el Centro de Estudios de Inmigración, el National Policy Institute y hasta transcripciones de programas del súper reaccionario y escandaloso comentarista Lou Dobbs de CNN; y b) nunca menciona otras fuentes fuera de su espectro ideológico, para balancear el reporte. Como se supone se enseña en el primer curso de periodismo básico.

Bueno, pues habrá que echarle una manita a este pobre.

Un centro de investigación económica de Waco, Texas, denominado The Perryman Group, difundió meses atrás un reporte donde afirma que si se deportara a los 8.1 millones de indocumentados que viven en Estados Unidos, la economía nacional perdería 1.757 millones de millones (billones en español, o trillions en inglés americano) de dólares, que gasta este grupo al año.

Además se perderían 8 millones de empleos, y los salarios se dispararían, lo que daría al traste con la competitividad laboral norteamericana.

Contra lo que muchos extremistas piensan, Estados Unidos sí necesita mano de obra no calificada, y la seguirá necesitando en el futuro, conforme la fuerza laboral envejece o se vuelve más preparada según el reporte: En 1960, el 50% de los hombres norteamericanos eran obreros no calificados, que no habían terminado la "high school". Hoy en día ese número suma menos del 10%

Además, el estudio menciona otros reportes que confirman que los trabajadores indocumentados pagan más en impuestos de lo que reciben de beneficios del gobierno.

Por supuesto, esto no lo menciona el autor del e-mail ni los que se la pasan rebotando el mensaje por el internet.

Después de todo quizá sí sean TAN estúpidos. (www.cesarfernando.com)

viernes, febrero 06, 2009

Josh


DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO


Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Dicen que los mejores productos vienen en estuches pequeños. Como los perfumes franceses.

Yo estoy convencido ahora de que no solo lo más exclusivo viene en estuches pequeños, sino lo más valioso. Como la esperanza.

Josh tiene ocho años, pero es pequeñísimo. Cualquiera diría que tiene 5 años.

Lo conocí días atrás, luego de hacer una entrevista en su escuela. Su maestra lo asignó a que me guiara a la salida.

Apenas habíamos dado unos cuantos pasos en el patio de la escuela, cuando Josh --con sus manitas dentro de los bolsillos de su pantalón-- entabló una conversación conmigo.

“Así que.... ¿Cuánto tiempo tiene usted trabajando en el periodismo?", me preguntó.

Volteé a verlo sorprendido (lo vi hacia abajo, claro está). El chiquillo rubio, pecoso y de ojos azules iba muy serio. Su chillona vocecilla tenía el aplomo de un hombre de treinta años.

“Pues, casi 20 años,” le dije.

“¿Y es una carrera interesante? ¿Esto es lo que usted hace siempre?”, pregunó Josh.

(Ya para entonces yo estaba seguro de que era un enano encubierto.)

“Sí... entrevisto gente. Escribo las historias que me cuentan sobre sus vidas, para el periódico”, le respondí.

“Debe ser muy interesante”.

“Sí. Conoces mucha gente muy diferente. Y mi trabajo es capturar sus voces”.

Ya casi habíamos llegado a la puerta, cuando Josh se quedó pensativo. Después de unos momentos, tuvo una transformación: Su carita se iluminó con el entusiasmo de un niño de 8 años otra vez.

“Eso es lo que yo voy a estudiar”, me dijo decidido. “Quiero trabajar conociendo gente interesante. Voy a ser un periodista”.

Me dejó sin palabras. Me sentí muy halagado. Ese chiquillo tamaño milimétrico había logrado devolverme la fe en mi profesión.

Días atrás, como lo relaté anteriormente, un humilde campesino mexicano me hizo sentirme avergonzado de ser reportero.

“¿A poco a usted le pagan nomás por platicar con la gente y anotarlo en su libretita?”, me preguntó don José Hernández, después de haberme contado que nadie le quería dar trabajo, pese a sus más de 30 años de cosechar tomates en Estados Unidos.

Como escribí entonces, me sentí avergonzado de todas las veces que me había quejado de mi chamba. Porque, pese a todo, aún tengo la inmensa fortuna de trabajar en lo que me gusta.

(Pero sobre todo, la enorme fortuna de todavía trabajar, punto.)

En estos tiempos de despidos masivos de los medios de comunicación, de amenazas de la desparición de periódicos, la crítica de don José fue deprimente para mí.

Pero días después, esa depresión me la quitó quien menos esperaba: Esa personita de menos de metro y medio de estatura llamada Josh.

Sin menospreciar las tragedias de personas como don José (que son reales y no por eso menos espantosas), el entusiasmo que el oficio de los medios aún genera entre algunos niños como Josh, me devuelve el optimismo profesional.

Los despidos de los medios seguirán, desafortunadamente. Muchos periódicos (y otras empresas) quebrarán. El internet metamorfoseará a los medios no sé en qué. El futuro es incierto para todos.

Pero aún hay esperanza... (www.cesarfernando.com)

martes, febrero 03, 2009

Por primera vez, me avergoncé de ser reportero

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Don José Hernández es una persona humilde.

Le tocó la mala suerte de ser uno de los millones de desempleados durante esta recesión económica.

Peor aún: le tocó a los 65 años de edad.

"¿Usted cree que van a darle trabajo a un viejo como yo?", pregunta dolido el hombre de Guerrero, México.

Por eso, don José se vio forzado a sobrevivir como puede: vendiendo frutas y verduras en la calle.

Su predicamento sería normal en cualquier país latinoamericano. El problema es que don José vive en Estados Unidos. Su cara y sus manos muestran los surcos de una vida ardua cosechando tomates en Florida durante más de 30 años.

Pero con toda su humildad, don José fue capaz de lograr lo que nadie antes había podido: me hizo avergonzarme de estar en los medios.

A mí me encanta mi carrera. Y me sigue gustando casi 20 años después de haberla comenzado.

A pesar de que, en todos estos años, montones de veces me han insultado, corrido de oficinas, burlado de mí y hasta amenazado. Por ser reportero.

Aún así, me seguía gustando. O más bien, gracias a eso.

Verá usted, los reporteros nos movemos en otra dimensión paralela al del resto de la gente "normal". No porque seamos especiales o mejores, sino porque enfrentamos distinto el rechazo.

La gente "normal" se siente mal cuando los insultan o los corren o los amenazan por hacer su trabajo. Pero para los reporteros, es al revés: Nada nos encanta más que nos corran, nos insulten o nos critiquen. Sobre todo los políticos y funcionarios.

Sobre todo, nos encanta publicarlo. De eso vivimos. Literalmente.

(Aclaración: Los atentados y amenazas de muertes contra reporteros son otra cosa. Son terribles, cierto. Pero intimidan, nunca nos hacen sentirnos avergonzados de ser reporteros.)

Pero don José sí logró avergorzarme.

Durante la entrevista, me vio anotando sus opiniones. Luego, me miró, desconfiando.

"Oiga", me dijo en voz áspera. "¿A poco a usted le pagan nomás por hacer eso?"

Levanté la mirada sorprendido. No había entendido bien la pregunta.

"¿Por hacer que?", le pregunté.

"Pos nomas por hablar con la gente y escribirlo en su libretita."

No supe que decirle. Aqui estaba ante mí una persona que habia sufrido toda su vida, partiendose la espalda literalmente para poder sobrevivir en el único trabajo que encontró, en el único que lo emplearía.

Y ahora, en su vejez, ni siquiera eso tenía.

Me avergoncé entonces de las veces en las que tuve el atrevimiento de quejarme por tener que trabajar. A pesar de que tenía la inmensa fortuna de estar haciendo algo que yo había elegido, algo que me encantaba y me apasionaba.

Me sentí cucaracha.

Miré a don José y le respondí.

"Sí, en esto trabajo... al menos, todavía". (www.cesarfernando.com)