domingo, noviembre 09, 2008

Lástima que John McCain no fuera candidato presidencial latinoamericano

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Recuerdo que cuando era un adolescente aprendiz de karate, en un torneo vi como uno de mis compañeros (un niño de unos 8 años) perdió una contienda. Según, porque el árbitro le había robado puntos a favor del contrincante.

El niñito llegó llorando hasta donde estaba nuestro maestro, Masaaki Sumida, de origen japonés.

El maestro Sumida lo vio y le dijo claramente: "Usted sólo puede llorar si gana... Jamás debe llorar si pierde".

Palabras terriblemente ciertas. Me acordé de ellas, irónicamente, 20 años después, al ver los discursos tras las elecciones presidenciales de Estados Unidos, la noche del martes 4 de noviembre.

No tanto por el discurso del candidato ganador, el ahora presidente electo Barack Obama, sino por el de su adversario, el candidato republicano John McCain.

McCain obtuvo más de 57 millones de votos, contra los más de 65 millones de Obama. Eso significa que casi la mitad de Estados Unidos apoya a McCain. Un poder político enorme, aunque no hubiera resultado electo presidente.

Aún así, su discurso me dejó pasmado: Un discurso respetuoso y respetable.

"El pueblo ha hablado, y ha hablado claramente", dijo McCain ante cientos de seguidores reunidos en Phoenix, Arizona. "He tenido el honor de llamar al senador Barack Obama para felicitarlo por haber sido electo el próximo presidente del país al que ambos amamos".

Esta frase les cayó como torpedo a muchos de sus seguidores. De inmediato se escucharon expresiones de indignación, de decepción y hasta coros de "¡No, no!" entre la audiencia. McCain los calmó levantando las manos.

"El senador Obama y yo hemos discutido nuestras diferencias, y él ha prevalecido. No tengo duda de que muchas de esas diferencias aún continúan", prosiguió McCain, ante el pasmo de algunos de sus seguidores, quienes quizá esperaban un llamado a tomar las armas. O una incitación a la desobediencia civil.

Después de todo, el país estaba dividido, ¿no? 52 millones de votos es un poder enorme para un hombre.

McCain, sin embargo, no hizo caso. En cambio, prosiguió su discurso en un tono conciliador y maduro: "Estos son momentos difíciles para nuestro país. Y le prometo esta noche (a Obama) hacer todo lo que esté en mi poder para ayudarlo a conducirnos a través de los muchos desafíos que enfrentamos".

"Les ruego a todos los americanos que me apoyaron a unirseme no sólo en felicitarlo, sino a ofrecer a nuestro nuevo presidente nuestra buena voluntad y ferviente esfuerzo para unirnos en encontrar los compromisos necesarios para solucionar nuestras diferencias", continuó, mostrando un aplomo y unos pantalones del tamaño del mundo.

"Cualesquiera que sean nuestras diferencias, todos somos americanos... Es natural sentir cierta decepción esta noche, pero mañana debemos seguir adelante y trabajar juntos para hacer que nuestro país avance de nuevo".

Sobre todo, McCain fue muy claro al decir que "aunque nos quedamos cortos, el fracaso es mío, no de ustedes... Cada candidato comete errores, y seguro que yo cometí los míos".

(O sea, nada de trampas, robos, complots, fraudes cibernéticos o a la antigüita. Como líder ejemplar, McCain asumió su responsabilidad también de los fracasos.)

Pero aclaró: "No pasaré un momento más lamentando lo que pudo haber sido".

A continuación, dijo que agradecía a la campaña y a la gente por darle "una audiencia justa antes de decidir que el Senador Obama debería tener el honor de dirigirnos por los próximos cuatro años".

En eso, se escucharon abucheos de la multitud, que ya para entonces estaba llorando de frustración y algunos quizá afilando cuchillas. McCain pidió compostura y acalló a la gente. Su gente.

"Fui candidato al más alto cargo del país que amo tanto, y ahora permaneceré como su siervo. Esa es bendición suficiente para cualquiera".

Qué integridad, pensé. Qué madurez cívica y política. Independientemente de su afiliación partidista, esta clase de políticos casi ya no se dan, desafortunadamente.

Luego, vino la estocada final: "Esta noche, más que nunca, no tengo en mi corazón nada más que amor hacia este país y a todos sus ciudadanos, los que me apoyaron a mí o al senador Obama... Deseo buena fortuna al hombre que fue mi oponente, y que será mi presidente".

Ya para entonces, yo ya me había puesto de pie ante la televisión, ante la estatura increíble de estadista de un candidato que si no merecía ganar, al menos sí merece nuestro respeto por su integridad y agallas.

Mi mente voló dos años atrás, a una noche de julio de 2006, al terminar las elecciones presidenciales de México.

Si yo hubiera escuchado un discurso similar aquella vez, también me hubiera puesto de pie y hubiera aplaudido al candidato perdedor, Andrés Manuel López Obrador. En serio.

De haber sido así, hoy, apenas a dos años de distancia, sería el político más poderoso del país. Quizá incluso más que el propio presidente de la república, Felipe Calderón.

Y, aunque López Obrador no tuvo mi voto, seguramente yo lo hubiera considerado seriamente como mi candidato para las elecciones del 2012.

Porque la política siempre es la misma. Iniciativas de ley e ideologías van y vienen, pero lo que queda siempre es la integridad de la persona.

Eso se demuestra en momentos difíciles, como perder una elección.

Pero no ocurrió así. La historia fue muy distinta. Desafortunadamente para López Obrador y sus seguidores, y afortunadamente para sus adversarios.

También he visto integridad y madurez tras las elecciones de Estados Unidos, pero entre ciudadanos comunes y corrientes. Algunos han escrito sus opiniones en cartas a los periódicos. Aquí en Fort Myers, el periódico The News-Press recibió algunas como en todo el país.

Estas son algunas de esas opiniones:

"Así como critiqué a los demócratas que insultaban al Presidente Bush, así ahora pido a los que no votaron por Obama, como yo, que lo respeten como el presidente electo", dijo una joven universitaria llamada Shannon York, de Alva, Florida.

"Yo no apoyé a Obama, y francamente, estoy aterrorizado de la dirección que nuestro país decidió el 4 de noviembre... la decisión de una sociedad con el cerebro lavado por los medios liberales... Aún así, ¡soy americano y Barack Obama es mi presidente! Voy a apoyar al Presidente Obama. Ese es mi deber. Oraré porque dirija al país que amo con sabiduría y con la divina guía de nuestro creador", escribió Jay Lawrence de Cape Coral, Florida.

El columnista Dan Warner escribió: "Yo no voté por Barack Obama... (pero) debo cambiar mi actitud. Debo apoyar a mi nuevo presidente".

Claro, hay otros --muhos-- que atacan, que reniegan. Pero este es el espíritu de la democracia. No es el fin del mundo. Los demócratas sobrevivieron ocho años de dos administraciones republicanas. Y al terminar, el país volvió a votar y decidió que era tiempo de cambiar.

Si a alguien no le gusta Obama, en cuatro años Estados Unidos vuelve a votar. Si Obama no cumplió la expectativas, saldrá. Punto. Esas son las reglas del juego. Así funciona la democracia, con una boleta en las casillas, no con una pancarta en las calles.

El lema de Estados Unidos es "E pluribus unum", una frase en latín que se traduce como "De muchos, uno". Modernamente se podría traducir algo así como la frase de los Tres Mosqueteros: "Todos para uno, y uno para todos".

Desafortunadamente, parecería que en América Latina nuestros políticos usan otro lema, muy similar pero al mismo tiempo lo opuesto: "Divide y vencerás".

Lástima que John McCain no fuera candidato presidencial mexicano o latinoamericano. Necesitamos más como él en nuestros países. (www.cesarfernando.com)

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