martes, septiembre 09, 2008

El frascote de moneditas que nos salvó del hambre

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Un día en Texas, nos quedamos sin un centavo ni para comer.

Aunque no lo crean, viviendo en Estados Unidos y ganando en dólares, más de una vez les ha pasado lo mismo a más de un paisano en este país. Y a más de un gringo, por cierto.

Pues bien, aquél día teníamos poco de haber emigrado, y estábamos más pobres que un ratón de hospicio. No teníamos ni para un chicle. Y teníamos hambre.

Entonces, mi esposa entró a la recámara y sacó el frasco.

No cualquier frasco: "EL" frasco, así con mayúsculas.

Era un frasco de plástico, de esos de mayonesa tamaño grande. Lo había ella guardado para no sé qué cosa (meter botones o algo así).

Pero por costumbre, comenzó a echar en él las moneditas que nos sobraban de cambio, y que no queríamos andar cargando.

El frasco ya estaba un tercio lleno para entonces.

¿Cuánto crees que tengamos en este bote?, me preguntó mi esposa, pesándolo entre sus manos.

Sepa, dije. Vamos a llevarlo a que nos cambien las monedas.

Fuimos al supermercado de la esquina, donde había una de esas maquinitas que dan cambio. Uno vacía sus monedas en una charola, la maquinita las va contando con una pantallita electrónica, y al final devuelve un papelito con la cuenta. Ese papelito se lo cambian a uno en la caja por billetes.

La maquinita se lleva su comision, claro, pero a esas alturas, más trasquilados que un chihuahueño, hasta con gusto la pagábamos.

¿Porqué tenía un frascote con monedas, se preguntará usted? Porque eran una lata cargarlas.

Con la costumbrita que tienen las tiendas en Estados Unidos de vender todo a "$19.99" o a "$5.95" o a cualquier precio que termine en multiplos de 5 ó de 9 (los gringos son alérgicos a redondear cifras de precios), siempre terminabamos con montones de monedas de cambio. Sobre todo monedas de diez, cinco y hasta un centavo (los famosos " pennies" ).

No había problema. La bronca es que al rato, andaba uno como Chester, el vaquero de aquél programa "La Ley del Revólver": caminando chueco y yéndose de lado con tanta moneda en la bolsa. Parecía uno cobrador de tranvías de antaño.

¿Quien va a andar cargando montones de moneditas de un centavo? Confieso que yo las dejaba por allí, aventadas donde cayeran: en un escritorio, en la mesa, en el mueble... Hasta se me caían al piso y me daba flojera levantarlas.

Mi esposa, más precavida, comenzo a juntarlas en el frasco. Y yo le seguí el ejemplo.

Más tarde nos dimos cuenta de lo valioso de la costumbre. En un país donde la gente no guarda las monedas para el pasaje (como en México), donde son más molestia que beneficio para muchos, esto significa un excelente incentivo para el ahorro.

Un ahorro inconsciente.

Y claro, ahora se preguntará cómo nos fue con los montones de monedas que llevamos al supermercado, aquél aciago día en que no teníamos ni para comprarnos un chicle.

Tendremos cuando mucho cinco dólares, me dije. Seis, si le apuramos.

Cuál fue mi sorpresa al ver el papelito que escupió la maquinita del supermercado: ¡48 dólares en total!

Con eso pudimos por lo menos, hacer la compra de la semana, lo mas urgente: Leche, huevos, pan, verduras, latas de comida y hasta algo de carne.

Cambié de opinión: El sistema gringo de no redondear precios, y andar dándole a la gente cambio en moneditas, de verdad funciona.

Por lo menos, nos saca de apuros cuando se nos atora "El Sueño Americano". (www.cesarfernando.com)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario