miércoles, septiembre 24, 2008

La impresionante tarjeta de presentación del legislador mexicano

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Vi al legislador mexicano en aquel hotel de Euless, Texas.

Mejor dicho no lo vi. Su presencia resaltaba en la sala. Era la mismísima imagen de la elegancia y el buen gusto: Traje sastre, con mancuernillas doradas, corbata que parecía italiana (no me pregunten porqué, pero siempre que dicen que una corbata es fina, parece italiana), zapatos boleadísimos.

Los miembros de su "comitiva de trabajo" (pero claaaaaro que era "de trabajo", faltaba más) se movían en la misma dimensión alterna de mi entrevistado. Parecían salidos de un catálogo de Hugo Boss.

Daban un contraste chocante con el resto de los mexicanos que estábamos allí en aquella reunión en el elegante hotel cerca del Aeropuerto Internacional Dallas-Fort Worth: Todos vestidos con chamarras de trabajo, pantalones de mezclilla, botas o tenis. Casi todos gente de trabajo. Casi todos, inmigrantes humildes.

Casi todos, por supuesto, excepto los legisladores. "Nuestros" servidores.

El legislador me extendió una tarjeta de presentación apantallante, que me dejó con el ojo cuadrado.

Dorada, en relieve. Elegantísima. Con letras resaltadas, y el escudo nacional grabado. Su nombre brillaba en discreta manuscrita, cual invitación de gala al Palacio de Buckingham.

(Y yo que pensaba que yo daba "charolazo" con mi "Press Pass" que me imprimí yo mismo en la oficina.)

Comparé esa tarjeta (pagada, claaaaaro, con el erario público) con las que tenía arrumbadas luego de años como reportero en Texas. Ninguna de las tarjetas de presentación de los poderosos legisladores norteamericanos de entonces le llegaba a los talones a la del "humilde servidor público" mexicano: Al lado de esta tarjeta, aquellas se veían como míseras listas de supermercado.

Incluso la tarjeta de un famoso servidor público texano al que una vez entrevisté palidecía al compararla. Por cierto, el funcionario texano ése terminó mudándose a Washington. Se llama George W. Bush.

Al darme la tarjeta (la cual sostuve con cuidado, como recibiendo el más precioso de los relicarios, tan indignas de ella se veían mis manos) el legislador me ofreció obsequioso y todo seriedad:

"Llámeme cuando tenga cualquier problema o pregunta".

Sí, como no.

¿Qué podría hacer ese tipo, pensé con mi tradicional sarcasmo reporteril, en favor de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, por mucho que perteneciera a la Comisión de No-Sé-Qué-Asuntos Extranjeros?

Ni podía, y seguro ni le importaba. Su mundo era tan ajeno al nuestro, el de los inmigrantes a los que se suponía debía "representar" y "defender", que bien pudiera haber sido de otro planeta.

Con decirles que ya desde entonces, hace como ocho años, andaban con que "iban a presionar" para que se aprobara una legalización migratoria "urgente".

No, el legislador sólo venía a Texas con sus amiguetes de "shopping". O a pasearse gratis, a costa del erario. Y eso lo sabíamos de sobra todos los que estábamos en esa sala, incluso los inmigrantes mexicanos.

Más bien, especialmente los inmigrantes mexicanos.

Como escribimos en una columna años atrás, ningún legislador mexicano podrá jamás conocer "de primera mano" la realidad de los inmigrantes en Estados Unidos, si siempre se la pasan en reuniones "de trabajo" en hoteles de cinco estrellas, y vuelan a Estados Unidos en primera clase.

Pagado todo, por cierto, con los impuestos del erario público. (www.cesarfernando.com)

sábado, septiembre 20, 2008

Menos inmigrantes=menos dinero

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO


Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida --Aquel joven inmigrante mexicano sostenía entre sus manos un boleto de autobús que lo sacaría de Florida.

"Ya me voy de aquí, ya no hay trabajo", me decía en Bonita Springs, Florida, hace como un año. "Ya no costea vivir aquí en Florida".

Se iba a ir a las Carolinas, donde decía que tenía conocidos que le iban a ayudar a conseguir trabajo.

Entrevisté a ese inmigrante y a muchos otros cuando hice un reportaje de los hispanos que, por falta de trabajo, estaban abandonando esta parte de Florida por otros estados.

La crisis de la industria de bienes raíces golpeó a la construcción, que es de donde depende buena parte de la fuerza laboral inmigrante.

Entrevisté a dueños de negocios hispanos, líderes comunitarios y hasta algunos inmigrantes que se estaban yendo, como el que les conté.

El artículo se publicó en español en el periódico Gaceta Tropical, y en inglés, en el diario The News-Press. Después, siguieron varios artículos relacionados, escritos por otros reporteros del News-Press, sobre el mismo tema.

"¡Qué se vayan!", fue una de las reacciones más usadas por los lectores norteamericanos tras leer los artículos. "¡Ya era hora, no los queremos aquí!", "No debían estar aquí en primer lugar", y "Entre menos gente, menos congestión", eran otras de las respuestas.

Una reacción resaltaba por su insistencia: "Qué bueno que se van, así no tendremos que mantenerlos con nuestros impuestos".

(Traducción: "Los inmigrantes no aportan nada a la economía, sólo vienen de gorrones". Una idea muy fija en la mentalidad norteamericana.)

Eso fue hace un año.

La expulsión de inmigrantes causó el cierre de muchos negocios hispanos que dependían de ellos. Entre ellos, el mismo periódico del que yo era editor, Gaceta Tropical.

Hace días, leo en el News-Press que el gobierno del estado de Florida está recortando el presupuesto a las escuelas públicas de esta área, el Condado de Lee. Por lo tanto, ya comenzaron a despedir a maestros, a sus asistentes y hasta a guardias de seguiridad. Y están recortando gastos hasta de material educativo.

Algunas escuelas debieron dividir grupos que se quedaron sin maestros, entre otros salones.

¿Porqué pasa esto? Simple: Las escuelas se están quedando sin alumnos.

Ni en un millón de años se imaginaron los extremistas de esta área, que la crisis que golpeó a los inmigrantes fuera a afectar a los propios norteamericanos de clase media, que dependían de otro tipo de empleos.

Por ejemplo, los empleados de gobierno, como los maestros.

¿Qué hicieron los inmigrantes? Lo que siempre han hecho: Irse a donde hay oportunidades. Ir a buscar trabajo. Y al irse ellos, se llevaron a sus esposas e hijos.

Y al haber menos niños, hay menos alumnos para las escuelas. "Menos alumnos, menos dinero", comentó un director escolar al News-Press.

Ahora sí, la ausencia de los inmigrantes está golpeando muy direcamente a la misma clase media anglosajona.

Según la directora de una escuela de Bonita Springs, la mayoría de los alumnos que perdieron se fueron " A Texas y a México", relató al periódico.

No sólo eso: La municipalidad de Cape Coral, la ciudad más grande del mismo Condado de Lee, dijo que va a pedir ayuda al gobierno de Florida (léase: "dinero") para ver qué hacer con tanta casa abandonada.

Sus dueños las dejaron por no poder pagarlas, o por quedarse sin trabajo (o por ambas razones) y se fueron a otros estados. Hoy, son nidos de ratas, de cuatro y dos patas.

Cierto, muchos de estos propietarios eran norteamericanos afectados por la crisis económica. Pero muchos de ellos también eran migrantes, que volvieron a migrar.

Fuera de marchas, protestas, mantas, banderas mexicanas y gritos de "El pueblo unido jamás será vencido", éste es el verdadero poder que tienen los inmigrantes hispanos (legales y no) en todo Estados Unidos: El poder de su bolsillo.

Poder que muchos anglosajones no pueden o no quieren ver.

Desafortunadamente, ya se están dando cuenta. Y de la manera más dolorosa. (www.cesarfernando.com)

domingo, septiembre 14, 2008

¿Qué haría usted si encuentra un hombre desnudo en la recámara de su hija de 15 años?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Imagínese la escena: Usted está en su casa, acostado en su cama cuando en la madrugada, escucha un ruido extraño.

Lo que hace es, obviamente, levantarse a investigar. Se da cuenta entonces de que el ruido viene del dormitorio de su hija de 15 años.

Como padre, se preocupa. Entra a la habitación de su hija.

Lo que encuentra, lo deja impactado: Un hombre desconocido, en la recámara de su hija adolescente.

Un hombre desnudo.

¿Qué haría? ¿Cómo reaccionaría usted, como padre o madre de familia, de encontrarse en una situación similar?

Eso fue exactamente lo que le pasó días atrás al Sr. Raúl Colón, un padre de familia de 45 años que vive en Deltona, Florida.

Según un reporte del diario The News and Journal de Deaytona Beach, Florida, Colón agarró un tubo de metal con el que le dió en la cabeza al intruso, identificado como Lucas Contreras, de 15 años.

Contreras corrió por toda la casa para escapar de la furia del iracundo padre, y consiguió salirse por una ventana, antes de huír en su bicicleta, según el periódico.

Colón llamó a la oficina del Sheriff, para denunciar el caso.

¿El resultado? Colón fue arrestado por agresión física contra un menor de edad. Le fijaron una fianza de 10 mil dólares.

Contreras fue hospitalizado y le cosieron varios puntos en la cabeza.

Según se supo después, Contreras era novio de la hija de Colón, y había estado "visitándola" de noche durante 18 meses. Pero esto no lo sabía el padre de la menor.

El caso ha suscitado muchos comentarios de lectores en todo Florida, en pro y en contra de la acción.

¿Tenía Colón derecho a "defender" su casa? ¿O exageró?

¿Porqué el sistema legal defiende los derechos de un joven al que encuentran desnudo en una casa ajena, dentro del cuarto de la hija menor de edad del dueño de la vivienda, y no los de éste?

¿Qué hubiera pasado si en lugar de usar un tubo de metal Colón hubiera tenido a la mano una escopeta o una pistola? ¿Legalmente estaría protegido por la ley que dice que un hombre tiene derecho a defender su hogar de intrusos?

¿O será que el delito de Colón fue dejar vivo a Contreras?

¿No sería Colón culpable por no saber con quién se juntaba su hija adolescente, por no poder controlarla? Y a todo esto, ¿un padre de verdad puede controlar a su hija adolescente, por mucho que lo quiera?

El sentir de los lectores en general puede ser resumido en uno de los comentarios: "Por eso, este país está como está". (www.cesarfernando.com)

viernes, septiembre 12, 2008

El asesinato de Kitty: Más de 30 vecinos lo oyeron y nadie hizo nada

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Kitty Genovese era una joven de 19 años, que trabajaba como gerente de un bar en Nueva York.

Aquella fría madrugada de marzo de 1964, Kitty regresaba de trabajar, cuando fue atacada a cuchilladas enfrente su departamento, en Brooklyn.

El atacante era un hombre (identificado como Winston Moseley) que apenas se le acercó, comenzó a acuchillar a la joven en la espalda sin motivo.

Según relatos posteriores, Kitty comenzó a gritar, pidiendo ayuda. Varios vecinos de los departamentos cercanos la escucharon, pero nadie hizo nada.

Un vecino sólo se dignó a gritar a nadie en particular: "¡Deja a esa chica en paz!". Esto fue suficiente para asustar a Moseley, quien huyó del lugar.

La joven, seriamente herida, lentamente trastabilló y caminó unos pasos en el estacionamiento. Pero Moseley regresó a buscarla, y la encontró tirada, casi inconsciente en un pasillo detrás del edificio de departamentos. Tranquilamente, volvió a acuchillarla a su gusto, mientras la chica apenas se defendía debilmente.

Ahí, moribunda, Kitty fue violada por Moseley, quien antes de huir le robó unos 49 dólares que traía y la dejó tirada en el pasillo.

En total, el asesino la atacó por media hora, sin que nadie lo molestara.

Poco después del ataque, al fin alguien llamó a la Policía y llegó una ambulancia que se llevó a Kitty al hospital, pero falleció en el trayecto. Según una investigación posterior, por lo menos una docena de personas escucharon u observaron parte del ataque. Pero nadie intervino porque "no se querían involucrar".

Más tarde, se detuvo a Moseley, quien confesó el ataque, y fue hallado culpable de otros asesinatos. Se le diagnosticó como necrofílico. Fue sentenciado a pena capital, pero después la pena fue reducida a cadena perpetua, y en el 2010 podrá solicitar libertad bajo palabra.

El asesinato de Kitty Genovese causó un escándalo en todo Estados Unidos, porque ensalzó las acusaciones de deshumanismo y desinterés de la ciudadanía por ayudar al prójimo. El diario The New York Times publicó una investigación donde afirmó que hasta 38 personas supieron del crimen cuando estaba ocurriendo.

Y nadie hizo nada.

En todo el país, vecinos se dieron cuenta de que esto podía pasar en cualquier barrio, en cualquier ciudad. Por eso, con ayuda de la Asociación de Sheriffs de Estados Unidos, en 1972 formaron el programa Neighborhood Watch ("Alerta del Vecindario" o "Vecinos en Alerta").

¿Qué es este programa? Simplemente, cada cierto tiempo los vecinos de un área se reúnen en una junta, donde se ponen de acuerdo para mantenerse alertas y reportar de inmediato a personas sospechosas merodeando el vecindario.

La idea no es nueva. Data de tiempos de la colonia, cuando a falta de policías, los propios ciudadanos patrullaban sus calles.

La Asociación de Sheriffs de Estados Unidos estima que los "Vecinos en Alerta" han contribuído a bajar el crimen en muchas zonas peligrosas del país. Calcula que hasta el 12 por ciento de la población de Estados Unidos participa en el programa.

En mi caso, siempre notaba que en algunos barrios habían letreritos azules con un ojo dibujado que decían: "Este vecindario está vigilado por sus vecinos". Lo cual me ha parecido una excelente idea, porque, ¿a quién sino a tu vecino le importa lo que te ocurra a ti o a tu casa? Si no por amistad o bondad, al menos por salud propia, porque la próxima víctima podría ser él.

Esta es una estrategia tan efectiva, que hasta la naturaleza la ha aplicado desde siempre: Los mismos glóbulos blancos rodean a cualquier elemento extraño que detectan al entrar al cuerpo, y lo eliminan de inmediato ellos mismos, sin esperar ayuda de nadie. En ello les va la vida.

Aún hoy, años después, recuerdo perfectamente un mensaje que nos dejó nuestra vecina de Texas una noche:

"Vecinos, quería ver si se podían apersonar en el patio de atrás, porque vi como unos 'cholos' que andaban merodeando cerca de su casa", decía la voz en la contestadora de nuestro teléfono.

Aquella vez no pasó nada, pero nos dimos cuenta del enorme valor que tenía unirnos con la gente que vive junto a nosotros, para defendernos en conjunto.

Ahora me pregunto si esta idea de las Juntas de "Vecinos en Alerta" no podría funcionar en otros países latinoamericanos, donde se sufre tanto por la inseguridad.

Vamos, si los vecinos a veces se organizan para hacer festejos, rifas, peregrinaciones y hasta plantones de protesta política, ¿no podrían juntarse para protegerse de delincuentes, asesinos y secuestradores?

Yo sé que en países como México a veces reportar a la Policía a algún sospechoso equivale a darles el pitazo a los mismos cacos. Pero existen opciones distintas. Por ejemplo, avisarse entre los mismos vecinos.

Los vecinos son los primeros que podrían notar un auto sospechoso, un tipo vigilando una casa para robarla o acechando a una posible víctima de secuestro. ¿No se podrían poner de acuerdo para avisarse entre ellos que hay peligro acechando, para que se protegan en sus casas y no salgan hasta que pase el riesgo?

Claro, siempre existe ese miedo a "involucrarse", como pasó en el caso de Kitty Genovese en Nueva York. Pero hay maneras de avisar anónimamente a todos: Por ejemplo, tener una lista de teléfonos de vecinos y llamarles de inmediato a todos. O enviarles e-mails o mensajes de texto de alerta, ahora que mucha gente carga celular.

Sería éste una especie de plan de emergencia, que quizá se deba ensayar una o dos veces por semana. Toda la familia podría estar involucrada, hasta los niños. Todos podemos ser víctimas. ¿A quién le puede importar más nuestra seguridad que a nosotros mismos?

Todos podemos ser un día Kitty Genovese. Y esperamos que alguien sí haga algo. (www.cesarfernando.com)

martes, septiembre 09, 2008

El frascote de moneditas que nos salvó del hambre

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Un día en Texas, nos quedamos sin un centavo ni para comer.

Aunque no lo crean, viviendo en Estados Unidos y ganando en dólares, más de una vez les ha pasado lo mismo a más de un paisano en este país. Y a más de un gringo, por cierto.

Pues bien, aquél día teníamos poco de haber emigrado, y estábamos más pobres que un ratón de hospicio. No teníamos ni para un chicle. Y teníamos hambre.

Entonces, mi esposa entró a la recámara y sacó el frasco.

No cualquier frasco: "EL" frasco, así con mayúsculas.

Era un frasco de plástico, de esos de mayonesa tamaño grande. Lo había ella guardado para no sé qué cosa (meter botones o algo así).

Pero por costumbre, comenzó a echar en él las moneditas que nos sobraban de cambio, y que no queríamos andar cargando.

El frasco ya estaba un tercio lleno para entonces.

¿Cuánto crees que tengamos en este bote?, me preguntó mi esposa, pesándolo entre sus manos.

Sepa, dije. Vamos a llevarlo a que nos cambien las monedas.

Fuimos al supermercado de la esquina, donde había una de esas maquinitas que dan cambio. Uno vacía sus monedas en una charola, la maquinita las va contando con una pantallita electrónica, y al final devuelve un papelito con la cuenta. Ese papelito se lo cambian a uno en la caja por billetes.

La maquinita se lleva su comision, claro, pero a esas alturas, más trasquilados que un chihuahueño, hasta con gusto la pagábamos.

¿Porqué tenía un frascote con monedas, se preguntará usted? Porque eran una lata cargarlas.

Con la costumbrita que tienen las tiendas en Estados Unidos de vender todo a "$19.99" o a "$5.95" o a cualquier precio que termine en multiplos de 5 ó de 9 (los gringos son alérgicos a redondear cifras de precios), siempre terminabamos con montones de monedas de cambio. Sobre todo monedas de diez, cinco y hasta un centavo (los famosos " pennies" ).

No había problema. La bronca es que al rato, andaba uno como Chester, el vaquero de aquél programa "La Ley del Revólver": caminando chueco y yéndose de lado con tanta moneda en la bolsa. Parecía uno cobrador de tranvías de antaño.

¿Quien va a andar cargando montones de moneditas de un centavo? Confieso que yo las dejaba por allí, aventadas donde cayeran: en un escritorio, en la mesa, en el mueble... Hasta se me caían al piso y me daba flojera levantarlas.

Mi esposa, más precavida, comenzo a juntarlas en el frasco. Y yo le seguí el ejemplo.

Más tarde nos dimos cuenta de lo valioso de la costumbre. En un país donde la gente no guarda las monedas para el pasaje (como en México), donde son más molestia que beneficio para muchos, esto significa un excelente incentivo para el ahorro.

Un ahorro inconsciente.

Y claro, ahora se preguntará cómo nos fue con los montones de monedas que llevamos al supermercado, aquél aciago día en que no teníamos ni para comprarnos un chicle.

Tendremos cuando mucho cinco dólares, me dije. Seis, si le apuramos.

Cuál fue mi sorpresa al ver el papelito que escupió la maquinita del supermercado: ¡48 dólares en total!

Con eso pudimos por lo menos, hacer la compra de la semana, lo mas urgente: Leche, huevos, pan, verduras, latas de comida y hasta algo de carne.

Cambié de opinión: El sistema gringo de no redondear precios, y andar dándole a la gente cambio en moneditas, de verdad funciona.

Por lo menos, nos saca de apuros cuando se nos atora "El Sueño Americano". (www.cesarfernando.com)

miércoles, septiembre 03, 2008

¿Por fin será la hora del "acero aprestad" para los mexicanos?

"Los habitantes de los Estados Unidos Mexicanos tienen derecho
a poseer armas en su domicilio, para su seguridad y legítima defensa".
Artículo 10 de la Constitución Política de México

Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Mi hijo César, a sus doce años, ya tiene una nueva meta (otra) en la vida.

(Aparte, claro, de convertirse en agente de la CIA, y en efectivo de Operaciones Especiales de los 'Marines'. Ah, la preadolescencia.)

César quiere aprender arquería. Con flechas, por supuesto.

Suena estrafalario quizá, pero la arquería no es sino un simple sustituto, porque César lo que en realidad quiere es aprender a manejar pistolas. Sólo que ante el grito de horror que su madre pegó al saberlo, trató de minimizar el efecto optando por lo segundo más parecido: El arco y las flechas.

Cuando su mamá le reclama sus instintos protoasesinos, Césarito (echando mano del estilo de diplomacia que heredó de los genes de ella misma, es decir, a gritos) le recuerda que la arquería es un deporte olímpico. Y santa paz. Por el momento, al menos.

No me espanto. Cesarito no tiene más actitudes violentas que cualquiera de los que fuimos niños en los años 60's, 70's y 80's.

(Del siglo pasado, por supuesto.)

¿Qué hombre adulto no se acuerda de lo maravillados que nos sentíamos de niños --y aún hoy-- ante las armas? ¿No era uno de nuestros juegos favoritos hacerla de vaqueros? ¿De policías y hasta de ladrones? Y el atractivo principal eran las pistolas, claro, ningún niño imaginaría siquiera hacerla de vaquero "pacifista".

En aquellos inocentes años anteriores a narcos, secuestradores, Columbines y 9-11 las pistolas se vendían hasta como juguetes.

Desde que descubrimos que una piedra puede ser lanzada con la mano y partirle el cráneo al prójimo, los seres humanos del sexo masculino nos hemos sentido atraídos por las armas. Y a falta de ametralladoras Mattel (o Lili-Ledy) nuestros padres y abuelos se conformaban con resorteras.

Es decir, siempre hay que disparar ALGO.

Yo estoy de acuerdo con mi esposa que para un niño de 12 años como Cesarito (sobre todo hoy en día, en el histérico Estados Unidos del siglo XXI) no es recomendable que ande hablando de pistolas, armas y escopetas. Mucho menos en la escuela.

Pero repito, tampoco me espanto. Me gustaría que mi hijo aprendiera a manejar una pistola, no porque la fuera a usar o quisiera matar a alguien, sino precisamente para que pudiera protegerse, no sólo de ladrones o pistoleros, sino de las mismas pistolas. ¿Cuánta gente se ha matado por agarrar un arma sin saber?

Desafortunadamente, no importa qué tan pacifista seamos usted o yo, la realidad es que las armas existen. Son un hecho de la vida del ser humano. Y han sido parte de la historia de nuestra civilización desde siempre, a tal grado que casi se puede decir que son las armas las que han formado, o deformado, esa civilzación.

Cerrar los ojos o tratar de criar a nuestros hijos negando ese hecho quizá sea limitarlos, y hacerlos presa fácil de otros que no tienen tantos escrúpulos.

Antes de que me comiencen a criticar, permítanme aclarar: En mi vida jamás he agarrado un arma. La única vez que vi algunas de cerca fue hace como 18 años, cuando era reportero novato y me enseñaron varias ametralladoras.

Recuerdo que con mi (entonces y hoy añorada) enclenque constitución, a duras penas pude mover una de ellas. Ya no digamos levantarla.

Tampoco soy de "ultraderecha", ni republicano, ni amigo de Bush, ni panista, ni fanático de las armas, ni seguidor de Charlton Heston, o de Mario Almada. La única pistola que tuve en mi vida fue de agua, y aún con ella casi me saco un ojo.

Tampoco soy fascista. Fascistas son los que secuestran y matan gente inocente al por mayor, aprovechándose de andar armados.

Si no pacifista, al menos siempre he tratado de ser diplomático.

Por eso mismo, practiqué karate durante varios años.

Porque soy diplomático, no ingenuo.

Y aún con todo y diplomacia, recuerdo que en mi infancia y juventud, siempre había alguien en la escuela o en la colonia que traía ganas de recetarme una golpiza.

(¿Mi innata y legendaria carisma?)

Nunca lograron ponerme la mano encima. Pero no fue por mi diplomacia, sino por mi tamaño. Y porque siempre me aseguraba que cuando iba a mis clases de karate, el traje blanco siempre se viera, amarrado por mi cinta.

Por supuesto, en una pelea callejera real quizá yo llevaría las de perder ("por mucho karate que sepan, acuérdense que un día a la mejor se encuentran con un chavo que es bueno pa' los trancazos", nos advertía un maestro de artes marciales cuando se nos subían los humos). Pero pese a lo fachoso que se viera mi trajecito al aire, estoy seguro que más de una vez actuó como un elemento disuasivo.

Que, a fin de cuentas, es la mejor arma de la diplomacia.

¿A qué viene todo este choro? A que viendo tanta violencia, secuestros y ataques contra gente inocente (y desarmada) me pregunté al fin lo inconcebible: ¿Será que la gente de México necesitará ya armarse? ¿Como en tiempos de la Revolución?

¿Por fin se cumplirá el verso del Himno Nacional que llama a los mexicanos al "acero aprestad y el bridón"?

Yo sé que me dirán que eso significaría el "inicio del caos". Que va a ser el principio de Fuenteovejuna, que la gente se va a tomar la ley por sus propias, manos, etc., etc...

Pero, perdón, ¿no hay ya caos? ¿Aunque sea a nivel aislado?

¿En cuántas comunidades pequeñas y aisladas, el pueblo armado con machetes impone su ley, y hasta a los policías los cuelgan e incendian desde hace siglos?

¿No dicen los políticos demagogos que son "los usos y costumbres del México profundo"?

Y mientras en las ciudades las personas inocentes y trabajadoras se encuentran indefensas al no poder comprar armas para defenderse, los delincuentes (con prohibiciones, leyes de control de armas y todo lo que usted quiera y mande) de todas maneras compran pistolas, escopetas, ametralladoras y hasta bazucas al por mayor por debajo del agua —aún siendo "de uso exclusivo del ejército" (ja-ja-ja).

Y a veces, compran armas hasta con ayuda de la propia policía, que se supone debe perseguir este delito, no servir de proveedor oficial a sus supuestos enemigos.

Los autos y las piscinas matan anualmente a más gente que las armas (al menos en Estados Unidos). Y nadie considera los autos y las piscinas como de "uso exclusivo del ejército".

En cambio, quien quiera comprar un auto debe registrarse debidamente y pagar impuestos. Y en caso de un accidente, sus datos están registrados para que responda por las consecuencias. Y nadie protesta, todos estamos de acuerdo.

Me dirán que es lo que único que ahora le faltaría a México, imitar lo malo de los Estados Unidos, que es el país con el mayor índice de asesinatos del mundo desarrollado.

Pero, ¿no está pasando ya esto en Méxco de todas maneras, con los secuestros? Y si no está pasando, se disimula bastante bien. Además, los mexicanos no tenemos que cometer los mismos errores que los gringos, habría que planearse mejor a como se hace en Estados Unidos.

¿Porqué no permitir a cualquier pesona que quiera comprar una pistola, tomar un curso obliogatorio anual, y que apruebe un examen cada año para renovar su licencia, deje sus huellas digitales y esté constantemente monitoreado? Y hacer cursos informativos sobre manejo y precaución de armas también para niños y adolescentes, así como se hace con el sexo y las drogas. Las armas son un factor tan serio como cualquier otro en la vida.

Si en Estados Unidos ha habido, como correctamente se dice, incontables asesinatos por el uso ilegal de armas de fuego que se podían comprar antes hasta por correo (como los homicidios del ex presidente John F. Kennedy y el líder de raza negra Martin Luther King), también es cierto que en no pocas ocasiones la misma gente pacifista se ha podido defender de los maleantes gracias a que iban armados.

Por ejemplo, la imagen que tenemos de las "indefensas" familias de rancheros del viejo Oeste, que siempre eran víctimas de bandoleros y pistoleros, no es tal. Fuera de algunos casos (sobre todo entre indios, que por cierto también aprendieron a usar las armas), la mayoría de los pioneros iban armados. Y en no pocas situaciones, esos "pacíficos" pueblerinos dieron cuenta a balazo limpio de más de un delincuente que quiso pasarse de listo.

Casi típico, la infame banda de los hermanos Dalton, que fue masacrada en el pueblo de Coffeyville, Kansas, el 5 de octubre de 1892 después de haber robado dos bancos. Los habitantes los reconocieron y los esperaron afuera armados. Los delincuentes intentaron huír, dándole la espalda a "una docena de rifles Winchester, en las manos de hombres que sabían cómo usarlos", según el relato del Servicio Nacional de Parques de Estados Unidos.

Los pueblerinos dispararon a la banda incesantemente durante tres minutos. Al final, cuatro ladrones yacían tirados muertos, y uno más quedó herido.

Fue el fin de la carrera de una de las pandillas de delincuentes más famosas del Viejo Oeste. Todo gracias a un grupo de personas comunes y corrientes.

El título del relato lo resume todo: "The People of Coffeyville Say 'Enough!' ("La Gente de Coffeyville Dice '¡Suficiente!'")

Recuerdo una caricatura muy famosa, de uno de mis dibujantes favoritos, Don Martin, de una de mis revistas favoritas, MAD: Iba un tipo siniestro en un avión, con una gabardina y un sombrero, mirando con ojos torvos a los pasajeros. En un determinado momento, el tipo se para con una pistola en la mano, gritando que estaba secuestrando el avión.

¡El problema fue que en ese mismo momento, todos los pasajeros se levantaron y se amenazaron unos a otros con sendas pistolas, exigiendo también secuestrar el avión!

Un avión lleno de secuestradores. Típico humor donmartiniano.

La siguiente y última viñeta nos mostraba a todos los pasajeros / secuestradores frustrados, sentaditos y tranquilitos de nuevo en sus asientos, con mirada triste. Como derrotados por las realidad.

Y es que, al estar en igualdad de circunstancias (o sea, al ir todos armados), automáticamente se les había anulado su supuesta ventaja.

¿Se atreverían los narcos o los secuestradores a hacer sus desmanes en una calle donde supieran que todos anduvieran armados? ¿Donde les llegaran las balas de todos lados, como a la banda de los Dalton?

Nunca se me olvidó algo que un reportero le preguntó una vez a un ex alcalde de Dallas. Ron Kirk: "¿Usted tiene un arma en su casa?"

El alcalde (de raza negra, y demócrata, liberal y anti-armas de toda la vida) respondió sin titubear: "En mi casa vivo yo con mi esposa y nuestras dos hijas pequeñas. Con eso respondo su pregunta". (www.cesarfernando.com)