martes, julio 15, 2008

Salir a comer fuera: Toda una experiencia familiar hispana

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Fue hace algunos años que vi a los viejitos comiendo en aquél restaurante de buffet que me encantaba, en Garland, Texas.

Era una pareja, seguro marido y mujer. Anglosajones. Tendrían como setenta y cinco años de edad. Muy enteros, aunque se veian frágiles. Vestidos impecablemente: El viejito tenía su escasa cabellera blanca bien peinada con gel. Su esposa, elegante pero cómoda, el atuendo perfecto para comer en un buffet sabatino.

Pero esa imagen apacible tenía algo extraño. En todo el rato que los observé noté que no se hablaban. Ni una palabra.

Toda la hora que estuvieron en la mesa, no se cruzaron ni una palabra. Ni siquiera un “pásame la sal”, o “la carne está dura”... Vaya, ni siquiera un gruñido de satisfacción o de crítica a la comida, al refresco, o al clima. Nada de nada.

Lo primero que noté fue su silencio. Lo segundo, su soledad. Era total. En un restaurante de buffet barato, con mesas repletas de familias, amigos, parejas —todos parlanchines, todos felices, todos haciendo barullo— los viejitos sobresalían como objetos raros. Una isla sepulcral en medio de un mar donde hasta el “ting-ting” de los cubiertos contribuía al escándalo.

El enorme contraste lo proporcionaron otros dos viejitos que comían en ese mismo día, en ese mismo restaurante, apenas a unas cuantas mesas de los viejitos solitarios, pero a un universo de distancia.

Esta otra pareja de ancianos eran mexicanos, y no comían sólos. Estaban rodeados de hijos, nueras, nietos, sobrinos y hasta compadres. La familia había juntado dos mesas para poder sentarse todos, y sobre la alfombra había casi tanta comida como en los platos. Dos sillas altas sentaban a sendos bebés.

Los viejitos mexicanos, aunque no se veían particularmente felices, al menos sí hablaban entre ellos. Comentaban sobre los bebés. Comentaban con sus hijos. Se volteaban a verse entre ellos, marido y mujer. Quizá solo para gritarle al chiquillo que no se metiera los dedos a la boca, o que usara el tenedor, pero a fin de cuentas había comunicación.

La contrastante escena no fue única. La he visto repetida muchas veces en la más de una década que llevo viviendo en Estados Unidos.

La historia es anecdótica, claro, pero las estadísticas parece que la confirman.

Según un reporte de 2006 de la revista Nation’s Restaurant News (NRN), las familias hispanas, al ser tener más miembros que las familias en general, afectarán los patrones de clientela en los restaurantes de Estados Unidos.

Los hispanos integran un 13 por ciento de la clientela de restaurantes, lo que se estima que aumentará en las próximas décadas, reportó la revista en otro artículo.

Según el Censo, 40 por ciento de los hispanos del país vive en casas con cinco o más personas, comparado con el 19 por ciento de la población general, reportó NRN

Esto se refleja en los restaurantes, donde más de la mitad de los clientes hispanos llevan niños, comparado con 43 por ciento de los otros clientes.
Según la empresa de encuestas Advo, Inc. (citada por NRN), los clientes hispanos gastamos en promedio 71 dólares a la semana comiendo afuera. El resto de la gente gasta sólo 59 dólares.

Pero los hispanos que se han adaptado más a la vida de Estados Unidos, gastan aún más: Aproximadamente 108 dólares a la semana, o sea un 83 por ciento más que el consumidor en general.

Los “gringos” han tenido que gastar cientos de miles de dólares para saber algo que nosotros los hispanos hemos entendido desde siempre: Que salir a comer fuera no es sólo “espantar el hambre”, sino toda una experiencia, casi un ritual.

Una experiencia, eso sí, 100% familiar. (www.cesarfernando.com)

4 comentarios:

  1. Me imagino que dependerá del lugar de donde la gente proviene. Recuerdo que cuando estaba en preparatoria iba a tomarme un cafecito de vez en cuando con amigos del curso. Y cada vez que veíamos a una familia como la que usted describe; uno de mis amigos diría en tono de burla que allí iba “La familia Telerín”.

    Creo que jamás puse gran atención a como crecí. Pero ahora me doy cuenta que crecí como si hubiese sido anglosajón. Y no creo ser un caso aislado. Mis amigos que se quedaron en México concuerdan conmigo cuando les platico a cerca de las costumbre de este país. Las familias de todos mis amigos eran pequeñas; máximo dos hijos (a excepción de mi familia donde somos tres). A los 18 anos te tenías que salir de la casa a buscarle como pudieras. Por eso mismo me sorprende tanto que aquí muchos hispanos se quedan con sus papas hasta que se casan.

    En cuanto a los fines de semana familiares. La verdad lo hacíamos, pero no se parecía ni en lo más remoto a la pintoresca escena que nos describe.

    Por cierto; estoy seguro que quiso decir “impecablemente” al principio de su columna.

    www.arturodiazcruz.com

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  2. Hola, Arturo, gracias por el comentario.

    Claro, como mencioné, mis recuerdos son anecdóticos, no ciencia exacta. Así como hay casos de hispanos que "crecen como anglosajones", como dices, hay casos de anglosajones que van a restaurantes con toda la familia (y algunos que tienen bastantes hijos).

    Permíteme aclararte: No creo que sea que "los hispanos se queden con los papás hasta que se casen". Yo pienso que más bien son los hijos inmigrantes los que mandan traer a sus papás de México u otros países de América Latina a vivir con ellos en Estados Unidos. A veces, para ayudarlos a cuidar a sus bebés. Cuando estos bebés crecen (criados en Estados Unidos), claro que se van a hacer sus vidas, aunque no son tan despegados como los anglosajones. Al menos no es lo que yo he visto en mi experiencia propia.

    Sobre el error, ya está corregido: Tienes razón, era impecablemente. Gracias.

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  3. Lo que menciona es un caso aparte. Yo mas bien me refiero a los hijos que crecen aquí y que al no entrar al colegio (dígase por los motivos que sean), escogen convertirse en una carga para sus padres y no mudarse y empezar a vivir como adultos. Algunos de ellos lo hacen por costumbres que sus mismos padres les inculcan. En México de alguna forma es explicable ya que las oportunidades son mucho más escasas, pero; ¡aquí es insultante!

    Así mismo creo que es insultante el caso de los anglosajones con familias enormes. Aunque son una minoría; regularmente abusan de los sistemas de ayuda gubernamental ya que ven en su prole más ceros en sus cheques de asistencia.

    www.arturodiazcruz.com

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  4. Anónimo9:10 p.m.

    Eso que comentas, la diferencia de miradas hacia una cena en familia que hay entre latinos y estado unidenses, también lo mencionó un "gringo" en mi país.

    En un artículo anterior, relató las relaciones americanas entre padres e hijos, me encantaría saber como son las matrimoniales jajaj..digo, son tan distantes en las demostraciones de afecto en general esta gente,(no digo frías) cómo son con sus parejas.?? (una pregunta un poco rara)jajaja.

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