viernes, julio 25, 2008

La crisis nos tocó: El hacha nos cayó encima al fin

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Bueno, al fin ocurrió. Después de tanto anunciar cierres y despidos en el periódico, ahora le tocó el cierre y despidos… al propio periódico.

Dicen que la recesión económica es cuando tu vecino pierde su trabajo, y que la depresión económica es cuando el que pierde el trabajo eres tú.

Bueno, ahora parece que de verdad Florida está pasando por una verdadera depresión. Porque el periódico donde trabajaba lo cerraron.

Irónicamente, en un momento en que los únicos periódicos que están creciendo en Estados Unidos son los comunitarios, los semanarios y los hispanos, aquí la cosa está tan dura que precisamente cerraron un periódico que era comunitario, semanario y aparte, hispano, GACETA TROPICAL.

Los recortes no fueron solamente aquí. El semanario dependía de un periódico en inglés, The News-Press, de Fort Myers, que también debió despedir a casi 30 personas de todos los departamentos. Incluídos los entrañables amigos que componían el personal que hacía el periódico en español.

Por fortuna, a un servidor no le tocó hacha. Tuve la oportunidad de que me reubicaran dentro del periódico en inglés, cubriendo noticias locales para la versión de internet, y además mantener vivo y actualizado el sitio web de GACETA, gacetatropical.com.

Adaptarse o morir.

Lo que no deja de ser irónico es que esto ocurre en periódicos de todo Estados Unidos. Donde quiera andan recortando personal. Me enteré que en diarios tan venerables como Los Angeles Times, Chicago Tribune, y el Orlando Sentinel el hacha va a caer.

Y es que la gente ya no está leyendo periódicos en inglés, sobre todo los jóvenes ¿Para qué, si la mayoría de la información la pueden encontrar en la tele y el internet?

Yo siempre he dicho que los periódicos no van a desaparecer. Pero se van a tener que adaptar.

Y uno de los cambios que van a tener que aprender, es reducirse de tamaño. Los diarios norteamericanos crecieron monstruosamente, hasta volverse goliats que competían con multinacionales.

Hoy, el modelo económico ha quedado rebasado por la inmediatez, multimedia y “modernidad” del internet.

La noticia en papel no desaparecerá, pero se deberá enfocar a un segmento definido del público. En lugar de tener un periódico enorme, de veinte secciones (desde noticias internacionales hasta jardinería), ya se ha propuesto que se “quiebren” en periódicos chiquitos y quizá hasta semanales: Uno de deportes, uno de autos, uno de comics y crucigramas, y hasta alguno dirigido a los hispanos.

¿Y qué pasará con las secciones de internacional, nacional y editorial? Quizá sobrevivan, pero como “portadas”, con pequeños resúmenes de lo que cualquier persona podrá encontrar “online”.

Algunos periódicos o publicaciones no desaparecerán, claro. Pero según análisis de varios estudios que se encuentran en internet, se va a dar el caso de ciudades grandes de Estados Unidos que se quedarán sin periódico diario local. Ciudades como San Francisco y quizá hasta Los Ángeles son los principales candidatos.

Quienes trabajamos en periódicos de alguna manera estamos acostumbrados a estos vaivenes. A mí me han tocado varios, desde que comencé en el negocio. En cada periódico en que he trabajado, me ha tocado despedir gente, desafortunadamente. Por eso, entiendo el dilema en que se encuentran los editores en casos como éste. Contra sus deseos, deben acatar las decisión gerencial, no periodística.

No deja de ser terrible de todas formas.

Lo que de verdad lamento es que la empresa pierda la oportunidad de aprovechar el mercado en español de esta área, sobre todo después de haber pasado tantos años cultivándolo.

No me preocupo por la comunidad hispana, porque sé que alguien vendrá a cubrir ese nicho. Es un país libre, es normal, va a ocurrir. Lo lamentable es que serán ellos los que cosechen lo trabajado por nosotros,

Pero en fin, cosas de la libre empresa.

La crisis ha pegado durísimo en Florida. Quizá no nos habíamos dado cuenta qué tanto. Hasta que nos tocó.

Esperamos que no se empeore, aunque según los datos del Banco de la Reserva Federal, esto apenas comienza.

martes, julio 15, 2008

Salir a comer fuera: Toda una experiencia familiar hispana

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Fue hace algunos años que vi a los viejitos comiendo en aquél restaurante de buffet que me encantaba, en Garland, Texas.

Era una pareja, seguro marido y mujer. Anglosajones. Tendrían como setenta y cinco años de edad. Muy enteros, aunque se veian frágiles. Vestidos impecablemente: El viejito tenía su escasa cabellera blanca bien peinada con gel. Su esposa, elegante pero cómoda, el atuendo perfecto para comer en un buffet sabatino.

Pero esa imagen apacible tenía algo extraño. En todo el rato que los observé noté que no se hablaban. Ni una palabra.

Toda la hora que estuvieron en la mesa, no se cruzaron ni una palabra. Ni siquiera un “pásame la sal”, o “la carne está dura”... Vaya, ni siquiera un gruñido de satisfacción o de crítica a la comida, al refresco, o al clima. Nada de nada.

Lo primero que noté fue su silencio. Lo segundo, su soledad. Era total. En un restaurante de buffet barato, con mesas repletas de familias, amigos, parejas —todos parlanchines, todos felices, todos haciendo barullo— los viejitos sobresalían como objetos raros. Una isla sepulcral en medio de un mar donde hasta el “ting-ting” de los cubiertos contribuía al escándalo.

El enorme contraste lo proporcionaron otros dos viejitos que comían en ese mismo día, en ese mismo restaurante, apenas a unas cuantas mesas de los viejitos solitarios, pero a un universo de distancia.

Esta otra pareja de ancianos eran mexicanos, y no comían sólos. Estaban rodeados de hijos, nueras, nietos, sobrinos y hasta compadres. La familia había juntado dos mesas para poder sentarse todos, y sobre la alfombra había casi tanta comida como en los platos. Dos sillas altas sentaban a sendos bebés.

Los viejitos mexicanos, aunque no se veían particularmente felices, al menos sí hablaban entre ellos. Comentaban sobre los bebés. Comentaban con sus hijos. Se volteaban a verse entre ellos, marido y mujer. Quizá solo para gritarle al chiquillo que no se metiera los dedos a la boca, o que usara el tenedor, pero a fin de cuentas había comunicación.

La contrastante escena no fue única. La he visto repetida muchas veces en la más de una década que llevo viviendo en Estados Unidos.

La historia es anecdótica, claro, pero las estadísticas parece que la confirman.

Según un reporte de 2006 de la revista Nation’s Restaurant News (NRN), las familias hispanas, al ser tener más miembros que las familias en general, afectarán los patrones de clientela en los restaurantes de Estados Unidos.

Los hispanos integran un 13 por ciento de la clientela de restaurantes, lo que se estima que aumentará en las próximas décadas, reportó la revista en otro artículo.

Según el Censo, 40 por ciento de los hispanos del país vive en casas con cinco o más personas, comparado con el 19 por ciento de la población general, reportó NRN

Esto se refleja en los restaurantes, donde más de la mitad de los clientes hispanos llevan niños, comparado con 43 por ciento de los otros clientes.
Según la empresa de encuestas Advo, Inc. (citada por NRN), los clientes hispanos gastamos en promedio 71 dólares a la semana comiendo afuera. El resto de la gente gasta sólo 59 dólares.

Pero los hispanos que se han adaptado más a la vida de Estados Unidos, gastan aún más: Aproximadamente 108 dólares a la semana, o sea un 83 por ciento más que el consumidor en general.

Los “gringos” han tenido que gastar cientos de miles de dólares para saber algo que nosotros los hispanos hemos entendido desde siempre: Que salir a comer fuera no es sólo “espantar el hambre”, sino toda una experiencia, casi un ritual.

Una experiencia, eso sí, 100% familiar. (www.cesarfernando.com)

viernes, julio 04, 2008

“Usted dispense”, tras 30 años cárcel en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida – La foto de la agencia AP, dentro de lo trágico, no pudo ser más optimista: Un hombre de raza negra, vestido de impecable traje oscuro de cuadros, levantando las manos al aire en triunfo y alegría.

No era una foto de un partido de futbol, ni la imagen de un ganador de un millón de dólares. Ésta era la foto de un hombre mucho más afortunado.

Se trata de Patrick Waller, de 38 años, quien pasó más de 15 años en prisión tras ser hallado culpable por un tribunal de Dallas, Texas, de secuestro y robo en 1992.

El problema es que Waller era inocente.

Apenas este año, gracias a los avances de la ciencia, se pudo comprobar por medio de pruebas de ADN, que Waller no tuvo nada qué ver con los delitos.

“Me siento revindicado... me siento bendecido”, dijo Waller al salir como hombre libre, según la AP.

¿Porqué dije que Waller era afortunado, se preguntarán, si pasó 15 años encarcelado sin ser culpable?

Creo yo, por tres cosas:

1) Por haber vivido en el siglo XXI, donde hay ya pruebas genéticas que probaron su inocencia (Si hubiera vivido apenas 20 años antes seguro se habría podrido en las mazmorras y ni quién lo tomara en cuenta: “Otro negro criminal que finge inocencia”, dirían. O peor, si hubiera vivido 50 años antes lo hubieran colgado a un árbol y linchado a garrotazos, antes de ahorcarlo y quemarlo);

2) Por vivir en el Estados Unidos de hoy, donde las organizaciones de derechos humanos, los medios y la “sociedad civil” tienen tanto poder, que pueden actuar de contrapeso efectivo contra los excesos del gobierno (y aún de los errores y omisiones del sistema de justicia), y

3) Por no haber sido ejecutado ni asesinado en la cárcel. Vamos, Waller pudo haber sido inocente, pero su inocencia quizá pudo haberse probado demasiado tarde para poder salir por su propio pie. No sería el primer caso. Ni el último.

Pese a todo lo negativo, a Waller le fue bien: Aún es relativamente joven, está entero, y puede rehacer lo que queda de su vida. Si se pone listo, quizá hasta pueda sacarle provecho a su infortunio, tal vez vendiendo su historia para un libro o una película, o incluso demandando al estado de Texas por varios millones de dólares.

Pero al leer la historia de este caso difundida por CNN, un dato lo deja a uno frío: Con todo lo horroroso del caso de Waller, no fue el único caso. Tan sólo en Texas han sido 19 los casos de presos que pasaron años y hasta décadas tras las rejas por crímenes que no cometieron, y liberados gracias a pruebas de ADN... tan sólo en el condado de Dallas, Texas.

(Casualmente, la mayoría de éstos presos inocentes eran negros y pobres, como se ve en una una rápida revisión al sitio de internet de la CNN.)

Pero Texas, pese a ser considerado el estado más controvertido en el tema de la aplicación de la justicia, no está sólo. Desde 1989, en 32 estados de Estados Unidos se ha exonerado a 218 presos gracias a que pruebas de ADN comprobaron su inocencia, según The Innocence Project (“Proyecto Inocencia”), una organización legal sin fines de lucro dedicada a ayudar a presos pobres y olvidados a probar su inocencia.

En promedio, los presos exonerados por el Proyecto Inocencia pasaron 12 años en prisión, aunque hay casos terribles de personas que pasaron hasta casi 30 años, como James Woodard, quien en 1981 fue hallado culpable de violar y asesinar a su novia, y pasó 27 años de cárcel. En 2004 fue liberado gracias a que las pruebas de ADN comprobaron que él no cometió los crímenes, y salió de la cárcel a los 55 años, según reporte de CNN.

Charles Chatman, quien fue hallado culpable de violación con agravantes en 1981, pasó 26 años en prisión en Texas, y salió libre en 2008 a los 47 años de edad, gracias al ADN.

Billy James Smith pasó 19 años de cárcel por violación. Larry Fuller pasó casi 20 años. Wiley Fountain, 16. Eugene Henton, 22 años... Y así por el estilo.

Según el Proyecto Inocencia, de los 218 exonerados, 134 eran de raza negra, 59 anglosajones, 19 hispanos y 1 asiático. De los 5 restantes no se conoce su raza.

Lo peor: Dieciséis de éstos 218 presos exonerados se encontraban sentenciados a muerte. De no haber sido por el Proyecto Inocencia, los hubieran ejecutado. Las pruebas de ADN literalmente les salvaron la vida.

La pregunta obvia, es, claro: ¿Cuántos inocentes sí recibieron la inyección letal, por no haber tenido a su alcance una prueba de ADN?

¿Qué causa que un sistema de justicia como el de Estados Unidos —diseñado supuestamente con candados y trabas legales para evitar injusticias, lo que los norteamericanos alardean en todo el mundo— falle tan espantosamente a sus propios ciudadanos?

El Proyecto Inocencia advierte que el sistema necesita ser reformado urgentemente. Afirma que hay muchos errores en pruebas de laboratorio, en investigaciones forenses, en interrogación a testigos, en identificación de sospechosos... En el 77 por ciento de los casos exonerados, los testigos identificaron incorrectamente al sospechoso. Incluso se usaron confesiones falsas y declaraciones incriminadoras para encarcelar a una cuarta parte de los enjuiciados.

(Suena a estrategias de las policías latinoamericanas. Sólo faltan los toques eléctricos y el agua mineral en las fosas nasales.)

Pero no sólo las policías y los forenses han causado este problema. Según el Proyecto Inocencia, los abogados incompetentes también tienen su culpa: Defensores de oficio que no investigan, ni buscan pruebas, ni rebaten las acusaciones contra sus “defendidos”, por excesiva carga de trabajo o simple irresponsabilidad.

La organización cita casos de abogados que llegaban tarde o ni se presentaban a las audiencias, o que incluso llegaban ebrios o se dormían en pleno juicio.

Cuando estuve en la universidad, tomé algunas clases de Derecho. Una de las máximas que se repetían era: “Ningún sistema judicial es perfecto”. Como tampoco hay países perfectos. Eso lo sabemos todos.

Por eso me espanta que sistemas como el de Estados Unidos (del que muchos se quejan de que impone demasiadas “trabas” legales y burocracia para “castigar efectivamente a los culpables”) se encuentre por otro lado sumido en tanta incompetencia.

Me hizo recordar los esfuerzos que hay en países como México de “modernizar” el sistema judicial, copiando el modelo anglosajón de tribunales y de juicios orales con jurados. ¿Podrá México copiar lo bueno del sistema norteamericano, o como siempre se colará sólo lo peorcito?

Si en Estados Unidos parece que sólo se enjuicia y sentencia a los pobres y las minorías, como hemos visto (a pesar de que el sistema está diseñado para ser “justo” —ya saben, “todos son inocentes hasta probar lo contrario”), ¿qué se puede esperar si se mezcla con el sistema mexicano, donde los malos jueces, los policías corruptos, los agentes del MP ladrones y los abogados rateros cuando quieren amafiarse lo logran sin que nadie les ponga alto, ni siquiera sus colegas honestos o el mismo gobierno?

En México no hay negros (o al menos son muy pocos). Pero sí hay mucha corrupción, muchos casos de detenciones que se arreglan “con billete”. Y hay mucha gente pobre, y mucha gente indígena, que no podría pagarse (o “comprarse”, mejor dicho) una defensa digna —que a veces significa “soltar billete” al juez—, si le toca la mala suerte de caer en las telarañas de un sistema diseñado para destruírlo.

A menos, claro, que México trate de aprender de los errores que los gringos cometieron, y evite caer en ellos antes. Por ejemplo, aplicando sistemas como las pruebas de ADN desde el principio, y no esperar a que los presos pasen 10 ó 20 años en prisión y luego liberarlos con el tradicional “Usted dispense”. (www.cesarfernando.com)