miércoles, abril 16, 2008

La mejor de las costumbres americanas

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- En mi agitada y arriesgada (ja) vida de intrépido periodista inmigrante, he aprendido a sortear y manejar muchos obstáculos que parecían imposibles.
Todos, menos uno: Cocinar.

Ah, claro, un par de huevos sí los frío. Un sangüichito con jamón y mayonesa sí me lo empaco.

Ni siquiera el esotérico arte de preparar tacos de queso (y hasta de azúcar) guarda ya secretos para mí.

Tuve que aprender ese ABC de la cocina en mis tiempos en que salía de clases de la Universidad Autónoma de Tamaulipas como si fuera el Conde de Montecristo. Era comer o morir.

Gracias a ello, hoy en día de hambre no me muero.

Pero esas habilidades básicas palidecen ante el grito de guerra que me ensordece cada día, en punto de las 4:30 de la tarde:

"¡Papá! ¡Tengo hambreeeeeeeeee!"

Como todo buen amo de casa, debo ir corriendo por mis monstruos a la escuela a las 3:00. Pero esta aparentemente insignificante tarea equivale a sacarse el tigre en la rifa: Conlleva el deber de alimentarlo.

En mi caso es peor, porque significa alimentar a dos tigres, uno de 12 y el otro de 3 años.
(Y no tragan trigo, como diría el trabalenguas. Eso quisiera)

Sé que a muchas madres mis predicamentos les sonarán ridículos, ellas curtidas ya en peores lides.

Pero aclaro que mis problemas no se limitan sólo a alimentar niños, sino que incluyen equilibrar los sartenes en la estufa con las entrevistas por teléfono, completar páginas del periódico en la computadora de la casa, y al mismo tiempo echar ojeadas al reloj en espera de mi relevo matrimonial, para después salir corriendo a alguna rueda de prensa.

Digo, una o dos veces a la semana, no hay problema. La bronca es hacerlo cinco días seguidos.

Mi hijo mayor César, siempre tan inteligente (?) ha propuesto una magnífica (a su parecer) solución: "Papá, no te preocupes. Tú llévanos a McDonald's y listo".

Su profundamente razonado argumento: "Es que cocinas horrible".

Cuando se da cuenta de la hecatombe que su misíl causa en mi varonil semblante, se apresura a activar su plan de control de daños, tratando de suavizar el asunto con una frase magistral que sólo se le pudo ocurrir a él: "Tú, papá, eres como muchos libros: Eres un libro de ciencias, un libro de historia, un libro de arte..."

Hasta aquí yo lo escucho orgulloso, sin siquiera importarme tener que estar mezclando aceites con especias.

Allí, en el ápice de mi felicidad, agrega inmisericorde la puñalada: "Pero... no eres un libro de cocina".

(Pobre César. Tiene suerte de que soy su padre. Su inmadurez le impide captar lo peligroso de esta actitud hacia quien controla lo que se lleva a la boca.)

Acepto que durante un tiempo jugué con la propuesta McDonaldera de César. "Dos Happy Meals, y Sprite sin hielo, please" sería para mí el abracadabra diario que haría mi vida mucho más digna de vivirse.

El problema es que el costo no me permitiría siquiera vivirla.

Máxime si agregamos el cobro de pediatras y dentistas, que seguro llegará a su tiempo... Y por partida doble.

Necesitaba encontrar una solución. Y rápido.

Por fortuna, este increíble descubrimiento lo hice no en la cueva de Ali-Babá, sino en un lugar común y corriente, mientras realizaba una de las actividades más comunes y corrientes de mi rutinaria existencia: Ir al súper.

Allí, cual tesoro de Cuauhtémoc, se encontraba una hielera que proclamaba orgullosa: "Comida Congelada: 1 dólar".

Abrir esa hielera fue como romper una piñata llena de dulces. Había de todo: Pollo, carne de res, albóndigas y hasta pizzas. Las cajitas (del tamaño de un cuaderno) incluyen su porción de puré y maíz amarillo, o arroz.

Ya sé las historias terribles de las comidas congeladas. Todos las hemos visto en los tabloides (curiosamente, en los supermercados). Pero por un dólar, no puede uno negar que sacan a un pobre padre reportero de un apuro. Sobre todo cuando debe enfrentarse solo todos los días a dos fieras hambrientas.

"Al fin y al cabo, es un tenteenpié, para que les espante el hambre", pensé, mientras atiborraba mi carrito con las frígidas cajitas rojas. "Por lo menos hasta que llegue su madre y les cocine algo decente".

No sé cómo pude haber vivido más de una década en Estados Unidos, sin nunca ocurrírseme abrazar esta, una de las costumbres más americanizadas --y bienvenidas.

Así que, con el perdón de dietistas, pediatras, nutriólogos, ecólogos, espeleólogos y otros "-ólogos" (incluyendo anti-americanólogos), de ahora en adelante mis angustias culinarias se han reducido a nivel manejable, gracias al mejor de los consejos que yo mismo me di:

¡Microwavazo y santa paz! (www.cesarfernando.com)

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