miércoles, abril 30, 2008

Tras la "Pies Secos / Pies Mojados", sigue la "Pies Indocumentados"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Pablito era un amigo cubano que tuve en Texas. En mi época de aventuras como reportero de un canal de televisión en Dallas, Pablito era mi apoyo logístico con la cámara.

Pablo no era camarógrafo originalmente, sino actor en una compañía teatral en Cuba. Pero como todos los que llegamos a Estados Unidos, se debió "reinventar". Para sobrevivir.

Y como buenos "parejas" en nuestras aventuras periodísticas por Texas, nos llevábamos de la patada.

"¿Tú qué estas haciendo en este país?", me gritaba en broma, fingiendo exhasperación. "¡Eres un pinche mojado!"

(Para Pablito, cualquier mexicano equivalía a "mojado")

Yo, para no quedarme atrás, también fingía enojo y le respondía: "Discúlpame, pero de los dos, el que llegó más mojado a este país fuiste tú, que entraste en balsa. Yo llegué en avión y con visa".

Aunque confieso que sí nos llevábamos bastante pesadito, nunca nos insultamos en serio. Lo último que supe de Pablito es que se habia convertido en dueño de una mueblería en Texas, y le iba bastante bien.

Otro caso de un inmigrante cubano que llegó sin nada, en balsa, y consiguió el éxito.

Pablito, como la mayoría de los cubanos que ahora son ciudadanos de Estados Unidos, logró arreglar su situación gracias a la ley de Ajuste Cubano.

La ley, conocida también como "Pies Secos / Pies Mojados", otorga residencia permanente a los cubanos que pisan suelo norteamericano después de un año de haber llegado.

De todos los países del mundo, Cuba es el único al que la dura política migratoria norteamericana le otorga esa enorme ventaja, que se extiende a los cónyuges e hijos de cubanos, aunque tengan otras nacionalidades.

Toda mi vida en Estados Unidos la he pasado, por una u otra razón, rodeado de cubanos.

Esta experiencia me ha marcado, sobre todo porque provendo de una cultura que reprime mucho las pasiones y se cuida de las buenas formas. Tradición quizá heredada de los indígenas mesoamericanos.

Pero los cubanos no tienen ancestros indígenas. Su carácter es el resultado de una mezcla de mentalidad española con africana. Y el resultado puede parecer explosivo a ojos de los mexicanos.

(Estoy convencido que ningún mexicano puede decir que conoce lo que es apasionamiento, hasta que no se ve en medio de una discusión entre cubanos.)

Aunque soy mexicano, el tema de los cubanos en Estados Unidos me toca muy de cerca. A muchos cubanos les debo ayuda, amistad y hasta trabajo. Mi primer jefe, Marcos, era un "Marielito", quien llegó en el desembarco de 1980.

Por eso el tema del ajuste cubano me es muy personal. Además, porque una eventual oleada de indocumentados cubanos (hasta el término se oye extraño) afectará no solo a Estados Unidos, sino a México.

Desde que vivo en Florida, se han repetido los desembarcos de cubanos, como presintiendo el término del comunismo en la isla. Y por consiguiente, las voces que exigen la finalización de la generosa ley "Pies Secos / Pies Mojados" han aumentado.

Dizque "para detener de una vez el flujo" de cubanos.

La política 'Pies Secos / Pies Mojados" no durará para siempre, es verdad. Pero una eventual cancelación no evitará que los cubanos sigan llegando a Estados Unidos, como algunos sugieren.

Al contrario: Una Cuba post-comunista no significaría necesariamente prosperidad inmediata, sino años de depresión económica en el futuro. (¿Alguien se acuerda del caso de Rusia?)

La única (y enorme) diferencia es que los nuevos cubanos que emigren en el futuro no lo harán huyendo de la dictadura, sino de la pobreza, como lo han hecho millones de mexicanos hoy en día. Y un gobierno cubano sin los Castro no cambiará la geografía: Cuba seguirá siendo el vecino latinoamericano más cercano de los Estados Unidos, después de México.

E igual que los mexicanos de hoy en día, esos cubanos del futuro no tendrán la oportunidad de legalizar su estatus como lo tienen hoy en día, por lo que engrosarán las filas de la población indocumentada.

El otro país afectado por este problema futuro será México, por cierto. Si hoy en día, los cubanos salen en masa rumbo a Yucatán, Veracruz y Tabasco, ¿se imagina cómo será una vez que se levante la prohibición de abandonar su país?

Por supuesto, ahora mismo muchos cubanos están apresurándose a aprovechar la "Ley Pies Secos / Pies Mojados" mientras dure. Y quién puede culparlos. Si los políticos en Washington nunca han mostrado la voluntad de crear una política migratoria sensata para 100 millones de mexicanos, porqué meterían las manos al fuego por 10 millones de cubanos.

Como siempre, los legisladores crean leyes convenientes políticamente para capear el temporal del momento, dejando las consecuencias legales y humanas a los que lleguen después. (www.cesarfernando.com)

jueves, abril 24, 2008

Todos fuimos (o seremos) emigrantes

DESDE LAS ENTRÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Si usted hubiera querido hacer reír a la gente por allá de la década de 1950, lo mejor que podría haber dicho era esto:

“España va a ser un país rico, de primer mundo”.

Quienes lo escucharan pensaría que estaba contando un chiste excelente.

¿Porqué? Porque España en la década de 1950 era un país pobre.

Más que pobre, de hecho, porque hasta México (que ya de por sí era un país pobre) era hasta más rico que España.

Argentina era considerado un país mucho más rico y “desarrollado” que España.

Nadie absolutamente, habría pensando que 50 años después, el español promedio tendría un ingreso 4 veces mayor que el de México o Argentina.

Casos como éste nos reafirman lo que de hecho nuestras abuelas ya nos contaban: “La vida da muchas vueltas”.

Desafortunadamente no es raro encontrarse con gente que da como un hecho eterno su bienestar material como si siempre lo hubiera tenido. O como si nunca se acabará.

A algunos ciudadanos de países ricos, que reciben inmigrantes (entre ellos Estados Unidos y España) se les ha olvidado que alguna vez ellos también fueron inmigrantes. O que sus padres o abuelos lo fueron.

Y no sólo fueron inmigrantes, sino además pobres, desempleados y hasta hambrientos.

El estómago lleno a veces causa olvido.

Como seres humanos, todos somos inmigrantes. Lo hemos sido alguna vez.

Y los que no lo hemos sido, quizá lo seremos en el futuro.

Y si por fortuna no nos toca emigrar, tampoco podemos descartar que lo lleguen a hacer nuestros hijos.

“La vida da muchas vueltas”.

¿Con qué cara entonces podremos pedir que otros países traten bien a nuestros hijos o nietos emigrantes, si nosotros no somos capaces de dar ese mismo trato a los inmigrantes de hoy?

Curiosamente, uno de los mejores ejemplos de trato humano hacia los inmigrantes extranjeros, los muestra un grupo de mujeres pobres y humildes, de una población mexicana llamada “La Patrona”, cerca de la ciudad de Orizaba, Veracruz.

Quien haya visto el documental “De Nadie”, podrá recordar el lugar.

Todos los días, las mujeres de “La Patrona” cocinan para mucha gente. Pero esa gente no son parientes de ellas, ni siquiera paisanos: Son inmigrantes indocumentados de Centroamérica que viajan colgados de los furgones de los trenes que cruzan por la zona, rumbo a Estados Unidos.

Y todos los días, puntuales, las damas de “La Patrona” se acercan a las vías y les lanzan bolsas con comida a esos inmigrantes que ni conocen.

La obvia pregunta que los productores del documental les hicieron a estas mujeres es: ¿Porqué lo hacen?

¿Porqué ayudar a gente —inmigrantes— que ni conocen?

Una de ellas respondió entre sollozos y palabras quebradas por llanto, en una de las escenas más tiernas de la cinta:

“Porque yo también tengo un hijo, y no quiero que mi hijo tenga que emigrar en el futuro”, dijo. “En ese tren también hay niños, y uno de ellos pudo haber sido mío”.

Todos deseamos que las cosas buenas (como la riqueza de los países) duren siempre. Pero no lo sabemos.

“La vida da muchas vueltas”, dicen. A este refrán quizá debamos añadirle otra verdad demoledora, para apreciar su verdadero significado:

“Hoy por ti, mañana por mí”. (www.cesarfernando.com)

viernes, abril 18, 2008

Lamento borinqueño: Los puertorriqueños son los hispanos mas depresivos en EE.UU.

Siempre he considerado que los hispanos que tienen más ventajas en Estados Unidos son los puertorriqueños, junto a los cubanos.

El motivo es simple, pero a la vez complicado: Documentos.

Los cubanos que viajan a Estados Unidos (al menos los que lo logran) tienen residencia permanente automática al año y un día de entrar. Muchos de ellos controlan la política no sólo de Florida, sino a nivel nacional.

Los puertorriqueños no necesitan ni hacer trámites: Nacen con pasaporte norteamericano y todas las ventajas de los ciudadanos.

Si Estados Unidos es "la tierra de las oportunidades", donde "el límite es el cielo", como dicen, para los puertorriqueños y los cubanos ese éxito está más a la mano que, digamos, para los mexicanos o centroamericanos. Y de hecho, para el resto del mundo.

Además de todo, tanto Puerto Rico como Cuba son paraísos en la tierra. Y si bien Cuba pudiera tener muchos problemas por la dictadura, eso no se puede decir de Puerto Rico, que siempre ha sido una democracia. ¿Qué más se puede pedir?

Por eso me causó curiosidad un reporte reciente (que puede verificar dando click en el link de internet del sitio PsychCentral.com) que afirma que, precisamente son los puertorriqueños los menos felices en Estados Unidos.

O al menos, los más depresivos entre las personas mayores.

De acuerdo con el estudio, casi 7 por ciento de los puertorriqueños mayores sufren de depresión severa, a diferencia de los méxico-Americanos, que llegan al 2.8 por ciento.

Los cubanos serían los menos depresivos, con el 2.5 por ciento de ellos sufriendo del mal.

En otro reporte (este del sitio HealthyPlace.com), se afirma que los inmigrantes mexicanos tienen menos tasas de depresión y enfermedades mentales que los méxico-americanos. Y los puertorriqueños que viven en Puerto Rico son más felices que los de Estados Unidos.

¿Tendrá algo que ver el famoso "Lamento Borinqueño"?

¿O más bien será por culpa del ""Lamento Norteamericano"?

miércoles, abril 16, 2008

La mejor de las costumbres americanas

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- En mi agitada y arriesgada (ja) vida de intrépido periodista inmigrante, he aprendido a sortear y manejar muchos obstáculos que parecían imposibles.
Todos, menos uno: Cocinar.

Ah, claro, un par de huevos sí los frío. Un sangüichito con jamón y mayonesa sí me lo empaco.

Ni siquiera el esotérico arte de preparar tacos de queso (y hasta de azúcar) guarda ya secretos para mí.

Tuve que aprender ese ABC de la cocina en mis tiempos en que salía de clases de la Universidad Autónoma de Tamaulipas como si fuera el Conde de Montecristo. Era comer o morir.

Gracias a ello, hoy en día de hambre no me muero.

Pero esas habilidades básicas palidecen ante el grito de guerra que me ensordece cada día, en punto de las 4:30 de la tarde:

"¡Papá! ¡Tengo hambreeeeeeeeee!"

Como todo buen amo de casa, debo ir corriendo por mis monstruos a la escuela a las 3:00. Pero esta aparentemente insignificante tarea equivale a sacarse el tigre en la rifa: Conlleva el deber de alimentarlo.

En mi caso es peor, porque significa alimentar a dos tigres, uno de 12 y el otro de 3 años.
(Y no tragan trigo, como diría el trabalenguas. Eso quisiera)

Sé que a muchas madres mis predicamentos les sonarán ridículos, ellas curtidas ya en peores lides.

Pero aclaro que mis problemas no se limitan sólo a alimentar niños, sino que incluyen equilibrar los sartenes en la estufa con las entrevistas por teléfono, completar páginas del periódico en la computadora de la casa, y al mismo tiempo echar ojeadas al reloj en espera de mi relevo matrimonial, para después salir corriendo a alguna rueda de prensa.

Digo, una o dos veces a la semana, no hay problema. La bronca es hacerlo cinco días seguidos.

Mi hijo mayor César, siempre tan inteligente (?) ha propuesto una magnífica (a su parecer) solución: "Papá, no te preocupes. Tú llévanos a McDonald's y listo".

Su profundamente razonado argumento: "Es que cocinas horrible".

Cuando se da cuenta de la hecatombe que su misíl causa en mi varonil semblante, se apresura a activar su plan de control de daños, tratando de suavizar el asunto con una frase magistral que sólo se le pudo ocurrir a él: "Tú, papá, eres como muchos libros: Eres un libro de ciencias, un libro de historia, un libro de arte..."

Hasta aquí yo lo escucho orgulloso, sin siquiera importarme tener que estar mezclando aceites con especias.

Allí, en el ápice de mi felicidad, agrega inmisericorde la puñalada: "Pero... no eres un libro de cocina".

(Pobre César. Tiene suerte de que soy su padre. Su inmadurez le impide captar lo peligroso de esta actitud hacia quien controla lo que se lleva a la boca.)

Acepto que durante un tiempo jugué con la propuesta McDonaldera de César. "Dos Happy Meals, y Sprite sin hielo, please" sería para mí el abracadabra diario que haría mi vida mucho más digna de vivirse.

El problema es que el costo no me permitiría siquiera vivirla.

Máxime si agregamos el cobro de pediatras y dentistas, que seguro llegará a su tiempo... Y por partida doble.

Necesitaba encontrar una solución. Y rápido.

Por fortuna, este increíble descubrimiento lo hice no en la cueva de Ali-Babá, sino en un lugar común y corriente, mientras realizaba una de las actividades más comunes y corrientes de mi rutinaria existencia: Ir al súper.

Allí, cual tesoro de Cuauhtémoc, se encontraba una hielera que proclamaba orgullosa: "Comida Congelada: 1 dólar".

Abrir esa hielera fue como romper una piñata llena de dulces. Había de todo: Pollo, carne de res, albóndigas y hasta pizzas. Las cajitas (del tamaño de un cuaderno) incluyen su porción de puré y maíz amarillo, o arroz.

Ya sé las historias terribles de las comidas congeladas. Todos las hemos visto en los tabloides (curiosamente, en los supermercados). Pero por un dólar, no puede uno negar que sacan a un pobre padre reportero de un apuro. Sobre todo cuando debe enfrentarse solo todos los días a dos fieras hambrientas.

"Al fin y al cabo, es un tenteenpié, para que les espante el hambre", pensé, mientras atiborraba mi carrito con las frígidas cajitas rojas. "Por lo menos hasta que llegue su madre y les cocine algo decente".

No sé cómo pude haber vivido más de una década en Estados Unidos, sin nunca ocurrírseme abrazar esta, una de las costumbres más americanizadas --y bienvenidas.

Así que, con el perdón de dietistas, pediatras, nutriólogos, ecólogos, espeleólogos y otros "-ólogos" (incluyendo anti-americanólogos), de ahora en adelante mis angustias culinarias se han reducido a nivel manejable, gracias al mejor de los consejos que yo mismo me di:

¡Microwavazo y santa paz! (www.cesarfernando.com)

jueves, abril 10, 2008

El otro mapa del escándalo... que nadie "peló"


Con ese tema del escándalo del mapa de la vodka Absolut (que mostraba un mapa de México controlando California, Arizona, Nuevo México y Texas) me acordé de los montones de mapas similares que flotan en el internet, y que nadie había tomado en cuenta (algunos dibujados precisamente en Estados Undios). Como éste de arriba, del Dr. Charles Truxillo, catedrático de la Universidad de Nuevo México, que muestra cómo Estados Unidos y México cederán territorio para la creación de un tercer país (llamado "República del Norte") en el año 2080. Por cierto, México perdería también la península de Yucatán, y quedaría, según Truxillo, reducido al tamaño ("más manejable") de Francia.


Los acomplejados e inseguros norteamericanos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- El reciente escándalo sobre el mentado anuncio del vodka Absolut (que mostraba un mapa de México "recuperando" los territorios de California, Arizona, Nuevo México y Texas, perdidos ante Estados Unidos en 1848) me dio flojera siquiera mencionarlo.

Es más de lo mismo de siempre. Uno sólo debe meterse a internet y buscar imágenes de "Aztlan" o "Amexica" para ver miles de mapas similares, algunos dibujados por los propios norteamericanos extremistas y antiinmigrantes.

Pero al fin me decidí comentar el tema porque, tras muchas explicaciones sesudas de "expertos", "estudiosos" y "analistas" (horrenda palabra, por cierto. ¿Cómo hay quienes permiten que les llamen así sin ofenderse?), quizá la opinión más sensata sobre el tema me la dio un ingeniero colombiano, llamado Mario, apenas ayer. Y eso sin proponérselo.

Estábamos hablando sobre la discriminación contra los inmigrantes hispanos en Florida, cuando el ingeniero Mario me dio su teoría muy particular de los motivos: "Complejos", me dijo, sin titubear.

"Los norteamericanos racistas se sienten inseguros cuando ven que nosotros los hispanos hablamos dos idiomas y ellos apenas dominan uno", me comentó sencillamente, sin resentimiento ni alegrías. "Verá, yo trabajo en Obras Públicas municipales, y el 95 por ciento de los obreros con que trabajo son mexicanos, centroamericanos, y sudamericanos. Y no tengo problema en comunicarme con ellos, como tampoco tengo problema con el inglés que hablan mis jefes".

Pero esto les causa escozores a no pocos ingenieros y obreros anglosajones, que sólo hablan inglés, dijo. Sienten que los dejan de lado en las conversaciones. Se sienten amenazados. Y no les gusta.

Ese sentimiento me recordó las actitudes de las huestes antiinmigrantes, antimexicanas, antihispanas y antitodo que a cada rato exigen a gritos un muro en la frontera, leyes de "English Only" y la deportación de los más de 12 millones de inmigrantes indocumentados (y hasta de los documentados).

Simplemente es miedo a lo que no conocen. Miedo al idioma español (que no dominan). Si por estos extremistas fuera, borrarían de la faz de la tierra todo lo que no fuera "American".

Comenzando por lo que tienen más cerca, que son los mexicanos.

Pero según los psicólogos, la inseguridad no es la causa de los problemas, sino el síntoma. La causa de todo son complejos de inferioridad.

Por supuesto, no todos los norteamericanos tienen estas actitudes negativas. He conocido bastantes que cuando les llega alguien hablando español, se entusiasman. Tratan de entenderlo, repetirlo y hablarlo. Y en vez de frustrarse, se unen de buena gana a las carcajadas que sus balbuceos nos causan a los demás.

Algunos incluso dan muestras de humildad y piden honestamente: "Teach me Spanish". ("Enséñame español".)

Estas actitides me causan un inmenso sentimiento de respeto y admiración hacia esas personas. Habla mucho sobre ellas: Dejan en evidencia que son gente sin problemas de autoestima, a tal grado que pueden pedir que les enseñemos, sin complejos ni miedos.

En cambio, ¿qué puedo pensar de aquellos que reaccionan con violencia, amenazas e insultos? Que tienen muy baja autoestima y están acomplejados.

Por fortuna, éstos últimos no son mayoría en Estados Unidos... todavía. Pero sí hacen bastante ruido en los medios de comunicación. En especial por insignificancias y tonterías.

Como un anuncio de vodka, que ellos seguro ni beben. (www.cesarfernando.com)

sábado, abril 05, 2008

"En la salud, la enfermedad y la deportación..."

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Walter, un centroamericano al que conocí en Texas, tenía una increíble historia que contar sobre sus tragedias al emigrar a Estados Unidos sin documentos.

Tuvo que arriesgar la vida en el trayecto, y por poco lo deportan varias veces. Al llegar a Texas, la cosa no fue sencilla tampoco: La falta de documentos le hizo difícil encontrar trabajo estable.

Pero a sus 22 años, Walter era joven, saludable e inteligente. Lo demás era cuestión de suerte.

Luego, se casó.

Aunque casarse suene idílico, el matrimonio (pese a todas sus ventajas emocionales) no le solucionó sus problemas, sino que se los agravó.

"Mi esposa también es 'mojada'", me contaba Walter, sonriendo con su perfecta dentadura y expresión de niño travieso.

La muchacha era bonita, simpática y joven. Walter la conoció en Estados Unidos. Pero era también centroamericana, originaria del mismo país que él, y hasta casi de la misma región. Prácticamente fueron vecinos.

La chica también había emigrado ilegalmente y tenía escasas posibilidades de arreglar su situación legal. A menos, claro, que se casara con un ciudadano norteamericano que pudiera solicitarla como residente legal ante el Servicio de Inmigración.

Pero tras casarse con Walter (otro "mojado", como él mismo dijo), las posibilidades de legalización de ambos desaparecieron.

Aunque parezca una historia de ficción, estos casos ocurren con demasiada frecuencia en Estados Unidos: Inmigrantes que cruzan medio mundo, ponen en peligro sus vidas, casi mueren en el trayecto, y superan obstáculos que parecían imposibles, buscando una mejoría de vida. Pero pese a sus esfuerzos, acaban un callejón sin salida al casarse con personas en igual (o peor) situación que ellos.

Claro, dentro de los círculos limitados en los que se mueven los inmigrantes pobres y sin escolaridad como Walter --una gran parte de los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos-- no es fácil encontrar gente con otras características.

Pero nunca he entendido cómo alguien que ha sufrido tanto, y cuya única posibilidad de legalizarse es casándose con una persona con papeles, puede echar por la borda todo al unirse a alguien con los mismos problemas.

Por supuesto, el amor no sigue lógica. Es un sentimiento. El flechazo de Cupido no sabe de ciudadanías, ni residencias permanentes ni de agentes de "La Migra".

Y como está la situación, ya el simple hecho de encontrar una persona buena y que lo ame a uno es bastante triunfo, tenga papeles o no. Hay muchos ciudadanos americanos que quisieran tener la suerte de encontrar a ese "alguien", sea "mojado" o no.

Pero este es un país donde hay 300 millones de personas. De éstas, aproximadamente 15 millones son inmigrantes sin documentos. El resto, 285 millones, tienen papeles, ya sea porque son ciudadanos o residentes permanentes.

¿Porqué entonces una persona joven, soltera, con futuro, y saludable va a elegir a alguien igual de indocumentado que uno?

Según un reporte del Centro Pew de Estudios Hispanos (organización de investigación no partidista de Washingon, D.C., fundada en 2001), en 2004, casi 14 millones de personas en Estados Unidos vivían en familias donde uno de los padres carecía de documentos migratorios.

Estas familias incluyen a 4.7 millones de niños, de los cuales alrededor de 3.2 millones son ciudadanos de Estados Unidos por nacimiento

Claro, el casarse con un residente permanente o un ciudadano no es garantía de que vayan a legalizar a un indocumentado. Primero tiene que solicitar un perdón

Antes, esto implicaba llenar una solicitud, y pagar mil dólares de multa.

Pero en 1996, la ley cambió, y ahora quienes hayan vivido como indocumentados hasta seis meses reciben un "castigo" de tres años sin poder reentrar a Estados Unidos o legalizarse.

Los que hayan vivido "ilegales" por un año o más enfrentan un "castigo" de hasta 10 años sin poder legalizarse ni ser admitidos en el país.

Hay una posibilidad de superar el castigo, pidiendo un perdón especial ante el Consulado de Estados Unidos en Ciudad Juárez, México.

Se llama la forma I-601, pero para conseguirla la familia debe probar que la deportación del padre o la madre causaría "extrema angustia" a un ciudadano americano (en este caso los hijos).

Más de 13,000 mexicanos que se casan con ciudadanos americanos solicitan la I-601 cada año, pero de éstos, una cuarta parte es rechazada, según un reporte del diario Des Moines Register.

Pero ya es algo. Mucho mejor que no tener ninguna posibilidad.

Los indocumentados de por sí ya tienen una vida dificilísima al llegar a este país. Pero al casarse entre indocumentados, las posibilidades de legalizarse se vuelven casi nulas.

En aras de "la seguridad interna", Estados Unidos está dejando de ser "El País Libre" del que presumían las generaciones anteriores, para volverse una nación cada vez más regulada y hasta policiaca.

Y los primeros que van a sufrir las consecuencias son los indocumentados. En especial, sus hijos y familias enteras. (www.cesarfernando.com)

jueves, abril 03, 2008

Negrura en México vs, negrura en Estados Unidos


DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

Estaba comiendo muy a gusto un día en una taquería de Dallas, cuando casi me atraganto al ver la televisión que tenían encendida.

Era uno de esos programas que Televisa transmite al mediodía vía satélite, con música, variedades, chistes (bastante malos, por cierto) y modelos (bastante buenas, por cierto).

Entretenimiento "familiar", dirían los ejecutivos televisivos.

Bueno, en medio de la alegría, la música, las mujeres despampanantes, de pronto entró a escena un tipo negro haciendo chistes y bulla.

Y casi se me atora el taco en el gaznate por la sorpresa.

El tipo era negro. Pero negro, negro. Del color de la noche.

Aunque no era una negrura de verdad: Se trataba de un actor (dizque cómico) con la cara pintada con betún para zapatos, una peluca rizada, y una trompa inflamada que haría morir de envidia a la mismisma Angelina Jolie

El personaje completaba su imagen con un traje a rayas, caricaturisticamente y ademanes y acento exagerados.

¿Qué tiene de malo, dirán algunos? Bueno, en México quizá nada. Un personaje más de comedia, como el gallego bruto, el argentino arrogante, el árabe abonero o hasta la "India María".

El problema es que en Estados Unidos, promover esa imagen es más que suficiente para que cierren la estación de televisión, y manden preso al actor y al director de la misma, por racistas.

El personaje se llama "Jim Crow" ("Jaime Cuervo") o "Blackface" ("Caranegra"), y se originó en el siglo XIX en los teatros y vodeviles de Estados Unidos. Generalmente era un actor de raza blanca que se pintaba para interpretar (léase "burlarse) al "típico negro".

Y más que típico, terminaba siendo estereotípico: El personaje se usaba para hacer chistes de los negros, presentándolos como bufones, flojos, supersticiosos, ladrones, mentirosos y hasta lascivos, que hablaban con un pobre vocabulario.

Pero tuvo tanto éxito que hasta algunos actores de raza negra se pintaban la cara en su tiempo.

El problema es que actualmente la imagen es considerada de mal gusto, y ofende a muchos afroamericanos como un recuerdo de una época donde eran víctimas de abuso, racismo y esclavismo.

De hecho, "Jim Crow" dio nombre a las leyes racistas que perduraron a principios y mediados del siglo XX en Estados Unidos, que permitía que los negros fueran acosados, segregados, linchados y hasta ahorcados y quemados en público.

Pero mientras que en Estados Unidos el uso del "Jim Crow" desapareció y hasta se prohibió, en México sobrevive hasta nuestros días.

Hace apenas algunos años el tema causó otro escándalo entre los norteamericanos de raza negra cuando se dieron cuenta que existía la historieta del "Memín Pingüín", y comenzaron a organizar un boicot contra destinos turísticos mexicanos.

Quizá usted diga que estas actitudes son exageradas, que los gringos se pasan de cuidadosos. Que es hipocresía, si usted quiere, dado que el racismo dista mucho de haber desaparecido en Estados Unidos.

Y tal vez tenga razón. Pero lo cierto es que Estados Unidos actúa de una manera propia, de acuerdo a sus intereses, tradiciones y tabúes. Como los tiene cualquier otro país.

Así como en México la nacionalización del petróleo es un tema tabú, fundamentado en nuestra historia y traumas nacionales, la alergia que tienen los norteamericanos al "Jim Crow" se fundamenta en dos de los peores traumas que Estados Unidos sufrió: La Guerra Civil y la lucha por los derechos civiles.

Ambos episodios dejaron cicatrices que quizá nunca sanen. Son los demonios personales con los que Estados Unidos tendrá que lidiar por siempre.

En América Latina también tuvimos nuestros episodios de racismo y esclavitud, pero nunca los llamamos así. Le decíamos "encomienda", o "sistema de castas". Nunca "racismo". Y no era contra los negros, sino contra los indígenas. Lo que para nosotros estaba "bien".

(Baste recordar cómo los negros que cruzaban la frontera desde Estados Unidos se convertían automáticamente en ciudadanos libres, mientras que los descendientes de aztecas, mayas, toltecas y tantas otras civilizaciones seguían siendo ciudadanos de segunda.)

Quizá por eso nunca aceptamos el asunto, lo rehuimos, y por lo mismo, nunca lo enfrentamos.

¿Diferencias de opiniones entre países? ¿O distintos grados de madurez nacional?

Parece ser que la negrura tiene distintos tonos en cada lado de la frontera. (www.cesarfernando.com)

miércoles, abril 02, 2008

¿No papeles? ¡No problema! Cómprelos con las mafias de falsificadores

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Tras semanas de posponerlo (ya saben, uno "nunca tiene tiempo") por fin me decidí y fui a hacerme unos análisis.

Pura rutina. Al cumplir las cuatro décadas, uno debe hacerse un "chequeo" médico regularmente.

De hecho fue mi primer chequeo médico en toda la vida.

Para ser sincero, no pospuse los exámenes por pereza, sino por miedo. Gracias a las (espantosas) experiencias que he tenido con las aseguradoras médicas, le sacaba a ir a ensartarme con otra deudota a un laboratorio.

Al fin, me decidí y acudí. No podía seguir posponiéndolo más tiempo.

Estaba en la sala de espera del laboratorio, cuando llegaron tres personas, visiblemente inmigrantes latinoamericanos, vestidos con ropas de trabajo.

En un inglés más que elemental, el más joven de ellos mostró una orden de análisis a la recepcionista.

Lo hicieron sentarse, junto a sus amigos, a esperar. Mientras estábamos allí, escuché cómo conversaban entre ellos en alguna lengua indígena (¿quizá maya?)

Por fin me llamaron. Fui a que me dieran aguja, y me sacaron como diez litros de sangre (bueno, quizá fue menos, pero yo sentí como si fueran 10 litros). Al regresar al mostrador de la entrada estaba el joven inmigrante hablando con la recepcionista.

Le pidieron identificación. El muchacho, de unos 24 años y con una mirada de desorientación, sacó una tarjeta de residencia legal.

(O al menos lo que le habían vendido como una tarjeta de residencia legal. Más parecía que la habían impreso en un cibercafé.)

Luego, le pidieron tarjeta de seguro social. El muchacho sacó un cartoncito que más parecía una credencial del club de Mickey Mouse.

Seguramente había comprado los papeles en una de tantas tiendas latinas de Estados Unidos, donde los falsificadores se aprovechan de la necesidad de los recién llegados.

Las miradas de las recepcionistas veían los "documentos" con incredulidad y desorientación. Con miradas de "What?"

Al fin, vencidas, llamaron a una enfermera cubana, quien comenzó a traducir.

"Estos análisis, ¿son para comenzar un trabajo?", preguntó la mujer. El muchacho asintió. "Y esto", dijo ella, tomando los cartoncitos "¿son tus identificaciones?" Otra vez asintió.

Temí que la enfermera se enojara, que se burlara. Incluso, que le tirara las identificaciones "patito" en la cara al pobre muchacho (cuyo única intención era trabajar), o peor, que se las rompiera delante de todos.

Pero no ocurrió nada de eso. La enfermera, todo profesionalismo, invitó al muchacho a seguirla a las salas de análisis, y allá se fueron.

Los amigos o parientes del joven seguían conversando en maya en la sala de espera.

Los medios de comunicación y los políticos siempre resaltamos el asunto de la inmigración indocumentada en Estados Unidos como un tema de seguridad nacional.

De hecho, los políticos antiinmigrantes y alarmistas insisten en restringir documentos a los extranjeros, dizque para evitar que se suban a un avión y lo estrellen contra la Casa Blanca.

Por otro lado, los defensores de los inmigrantes, insisten en que los extranjeros tienen derechos básicos, como el trabajo y el transportarse. Para eso, necesitan licencias de manejo, y tarjetas de seguro social.

Mientras tanto, los más de 12 millones de inmigrantes indocumentados que viven en Estados Unidos siguen tratando de hacer sus vidas a como pueden, sin identificaciones, licencias ni tarjetas de seguro social. Viviendo en el temor absoluto de ser multados, detenidos o deportados.

Cierto, la falta de identificaciones dificulta tareas complejas como manejar un vehículo, o subirse a un avión. Pero a veces se nos olvida que también hace casi imposibles tareas más simples y mundanas.

Como ir a tomarse unos análisis para comenzar un nuevo empleo.

Los antiinmigrantes insisten que, al verse rodeados de esta estrategia, los indocumentados no tendrán más remedio que irse del país.

Pero como vi, lo único que hace es obligarlos a buscar papeles "por debajo del agua", y enriquecer a mafias que cubren una necesidad.

Necesidad que el gobierno de Estados Unidos creó, por su paranoia de negarse a cumplir con su deber de otorgar identificaciones a todos, como ocurría apenas hace unos cuantos años sin problemas.

Llegó al laboratorio otro hombre, con una hoja igual a la del joven inmigrante maya. Me sonrió y le sonreí. "Buenos días, le dije".

"Ah, habla español", me comentó alegremente, con un fuerte acento caribeño

"¿Viene para unos análisis de trabajo usted también?", le pregunté casualmente.

Asintió, mostrando la hojita.

"¿Y qué trabajo le pide estos análisis?", pregunté curioso.

"De albañil de construcción", respondió.

La histeria antiterrorista ha llegado a niveles nunca imaginados.
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