jueves, marzo 27, 2008

Real ID: El precio de vivir en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida -- Recuerdo que cuando tenía 18 años, se me "quemaban las habas" por sacar mi licencia de manejo.

Antes que comer pastel, antes que cantarme "Las Mañanitas", salí corriendo a la Oficina de Licencias de Manejo de Tampico, a tramitarla. Creo que fui el primero en la fila.

Por cierto, en mi vida había manejado ni siquiera un carrito de paletas. Pero eso no parecía importarles a los aburridos funcionarios municipales, quienes sólo me pidieron mi acta de nacimiento, me tomaron una foto, y me hicieron que firmara la licencia.

Ah, pero antes que todo, por supuesto, me cobraron.

En menos de una hora salí con la radiante licencia. No tenía logotipos tridimensionales, ni hologramas, ni códigos de barras, ni águilas o escudos fantasmas que aparecían cuando la girabas contra el sol.

No, lo único que tenía era mi foto, mi nombre y el sello municipal. Ah, y estaba enmicada. Muy oficial la cosa.

No me cansaba de sacarla de la bolsa de mi camisa y dar "charolazos" ante un espejo, imitando los inicios de las películas del agente 007, James Bond.

("Are you talkin' to me? Are you talkin' to ME?")

Lo que son las enormes diferencias entre economías: Mientras que los adolescentes norteamericanos no veían la hora de cumplir los 16 años para manejar el auto de papi, o que papi les comprase su propio auto, los adolescentes en México añorábamos ya de perdido tener un pedazo de papel con nuestra foto (y eso era lo más cerca que muchos íbamos a estar de manejar un auto de verdad, por cierto).

Una escena similar la repetí años después, cuando comenzaron a emitir las famosas "Credenciales de Elector". Era la identificación "obligada". Sin ella, no eras nadie. Ya para entonces, yo manejaba, así que la credencial de elector no significó ningún hito en mi vida. Pero la saqué porque sabía que la iba a necesitar.

Todo mundo tenía una. Todo mundo la tramitaba. Y en todos lados se la exigían a uno. Era la identificación por excelencia.

Como ocurre en muchos otros países, en Europa, América del Sur y Asia: Todo mundo tiene su identificación oficial del gobierno. Y en todos lados se la piden.

Qué contrastes. En Estados Unidos, en cambio, si hay algo a lo que los ciudadanos norteamericanos le tengan más alergia que a Osama bin Laden, es a portar una identificación del gobierno.

Claro, de hecho ya existe una identificación obligada. Pero nadie se atreve a llamarle así: Es simplemente la licencia de manejo.

Pero no existe una licencia de manejo nacional, sino 50 licencias distintas, por cada uno de los estados.

Esto puso nerviosos a los legisladores en Washington, sobre todo tras los ataques terroristas del 9/11. Así que el Congreso emitió una ley que obligaba al gobierno federal a estandarizar las identificaciones.

O sea, las licencias de manejo.

El plan se llama Real ID, y serán credenciales con toda clase de seguridad: Hologramas, códigos de barras, foto, marcas infalsificables y hasta un chip de computadora.

Una nueva identificación nacional en cualquier otro país del mundo no sería nada especial. Simplemente una molestia más.

En Estados Unidos en cambio, muchas organizaciones de derechos civiles, individuos, políticos y hasta gobernadores estatales ya están protestando.

Consideran a la Real ID una intromisión excesiva del gobierno federal en asuntos privados de las personas. Y un gasto excesivo e innecesario para reemplazar algo que ya funciona bien.

Peor: El norteamericano común ve el asunto como la temida profecía del "Big Brother", donde un gobierno policiaco comenzará a instalar retenes de revisión de carnets.

Esto no coincide con la mentalidad de libertad y democracia que fundó y da sentido a Estados Unidos como nación, dicen. Y en cambio, trae a la mente imágenes de la Unión Soviética de Stalin, o la Alemania Nazi de Hitler.

Michael Chertoff, secretario del Departamento de Seguridad Interna (DHS), dice que él simplemente está acatando órdenes del Congreso. Y que todos los estados deben hacer lo mismo, para aumentar la seguridad.

Pero contra lo que los "gringos" promedio piensan, los que sufrirán las peores consecuencias de esta nueva política no serán ellos, sino (¡adivine!) los inmigrantes. Por supuesto.

Porque si ahora nos quejamos de que sacar una licencia de manejo es una tarea casi imposible para muchos inmigrantes, este trámite seguro pronto empeore.

Según el DHS, quien no tenga la nueva licencia, no podrá subir a aviones dentro del país, entrar a edificios federales, las cortes o pedir beneficios del Seguro Social.

Vaya, incluso ni siquiera podrá comprar ciertas medicinas controladas.

Aquél que no tenga la Real ID, será sometido a revisiones más detalladas en aeropuertos y otros sitios públicos. Le harán más preguntas y en general, le harán la vida de cuadritos (de por sí).

La única opción viable será mostrar un pasaporte válido. Pero de todas maneras, si alguien maneja, tendrá que sacar a fuerza la nueva licencia, porque ningún patrullero le aceptará un pasaporte si lo detienen.

Dentro de tres años, a partir del 2011, el gobierno federal ya no aceptará las licencias actuales, y exigirá sólo las Real ID.

Esto ha causado un conflicto entre Washington y varios estados, como Carolina del Sur, Maine, Montana y New Hampshire, que se niegan a acatar esa orden, porque la consideran excesiva y cara.

Los gobernantes de esos estado amenazaron con hacer caso omiso, y seguir emitiendo sus licencias “normales”, aunque potencialmente sus habitantes podrían quedarse aislados del resto del país.

¿Usted cree que todo este aparatoso operativo se justifica todo, o es sólo histeria sin sentido?

Un amigo mío me contó que una vez entró a un aeropuerto, listo para abordar su avión. Avanzó hacia la zona de revisión a los pasajeros.

A pesar de que entonces aún estaba fresco el 9/11, el oficial del aeropuerto no parecía muy entusiasmado con la tarea, y sólo revisó a algunos de los pasajeros.

A otros, en cambio, los dejó irse, casi con una palmadita en la espalda.

Esto a mi amigo lo indignó, y le exigió a los oficiales que revisaran a todos por igual. Incluído a él mismo.

Fue apoyado por varios pasajeros, por lo que los oficiales tuvieron que acceder.

“El que nada debe, nada teme”, sentenció mi amigo. “Prefiero tardarme e incomodarme un poco, pero ir tranquilo y no acabar en pedazos”.

Y así como él, millones de personas están de acuerdo en que la Guerra Contra el Terrorismo requiere sacrificios de todos nosotros, en aras de nuestra propia seguridad.

“El precio de vivir en paz, se paga con libertad”, reza más o menos un dicho antiguo. Es uno de los precios que los individuos debemos pagar por vivir dentro de una sociedad.

Si a uno no le gusta, la opción es abandonar la civilización e irse por su cuenta.

Pero incluso la anarquía también tiene su precio.

Precio que la mayoría de nosotros no estamos dispuestos a pagar.

Por eso, pagamos gustosos el precio de vivir “civilizados”.

El problema es cuando ese precio nos lo aumentan a cada rato, y al final nos damos cuenta que no va a tener límite. (www.cesarfernando.com)

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