lunes, marzo 10, 2008

Los mensajes de la contestadora de mi teléfono

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

FORT MYERS, Florida — Betty, una ex compañera de la universidad, nos contó una vez que consiguió un trabajo dando clases en una academia privada, a principios de la década de 1990.

Era una de ésas "escuelas patito", que impartían cursos rápidos secretariales al por mayor.

En el programa de estudios, estaba marcada una clase llamada "Fax".

(Por aquél entonces, instrumento esencial para cualquier oficina de fines del siglo XX que se preciara de estar a la vanguardia.)

Nuestra compañera simplemente acudió a su clase, y les mostró a sus pupilas: "Esta es la máquina de fax. Este es un documento. Se inserta la hoja aquí, se marca el número a llamar, y cuando escuchen el tono, presionan este botón y listo: El fax se envía".

Seguramente, las caras de las alumnas serían muy similares si Betty les hubiera hablado en sánscrito.

"¿Ya? ¿Es todo?", preguntó una de las educandas.

"Pues sí, ¿qué más esperaban?", preguntó la novata maestra. "No tiene mayor problema".

Las estudiantes insistieron, desconcertadas:

"Pero bueno, dénos algo de información, díctenos algo sobre el fax", replicaron indignadas las futuras secretarias.

Y así, Betty tuvo que improvisar un programa completo de estudios para impartir un semestre de "Teoría, Práctica y Antecedentes Históricos de la Ciencia y Tecnología del Fax". O algo por el estilo.

Aunque suene estúpido, las jovencitas dijeron que eso mismo "hacían todos los demás maestros". O séase, se sacaban de la manga todo un programa de estudios "patito" para mantener ocupadas a sus alumnas, aparentando impartir detalladas cátedras sobre los temas más prosaicos... como enviar un fax.

Confieso que por una parte las jovencitas tenían razón: Vaya usted a saber cuánto les cobraban por "privilegio" de educarse. Supongo que trataban de justificar el gasto aprovechándolo al máximo.

Impartir un semestre sobre teoría, práctica y antecedentes históricos para terminar enviando un miserable fax puede sonar ridículo para muchos. Y lo es.

Pero últimamente me he puesto a dudarlo.

Cada día al llegar a mi oficina en el periódico, me dedico a revisar mis mensajes telefónicos.

Y en su inmensa mayoría, siguen más o menos este patrón:

¡Biiiip! (Tono)

Suena una voz desconocida:

“¡Fernando! ¡Llámame! Quiero hablar contigo...”

(Tono de teléfono colgado).

Otro ejemplo:

"¡Pinche Fernando jijo de tu #"¡Pinche Fernando jijo de tu #"¡Pinche Fernando jijo de tu #"¡Pinche Fernando jijo de tu #$&@**#! ¿¡A quién &^*%^#$ le importan las (@$+ que escribes?!"
amp;@**#! ¿¡A quién &^*%^#$ le importan las (@ que escribes?!"
amp;@**#! ¿¡A quién &^*%^#$ le importan las (@ que escribes?!"

(Tono de teléfono colgado)

No le miento, casi a diario me llegan ese tipo de mensajes (si se pueden llamar así) a la redacción. No todos, pero si bastantes.


Siempre he dicho que, como medio, estamos dispuestos a comunicarnos con la gente de la comunidad hispana.

E insisto en que, si no atendemos de inmediato las llamadas, nos dejen mensaje y trataremos de responder mas tarde.

Pero me encantaría que al menos por una vez, a esa gente que deja tales mensajes se le ocurriera —por lo menos— dejar su nombre, teléfono a dónde llamarle y el asunto a tratar.

Yo sé que muchas comunidades de inmigrantes hispanos en Estados Unidos están compuestas por personas con poca escolaridad.

Pero el problema es que mis poderes de adivinación también dejan mucho qué desear.

De verdad, algunas clasecitas de "Teoría, Práctica y Antecedentes Históricos sobre el Uso del Teléfono" no estarían de mas para algunas personas.

www.cesarfernando.com


1 comentario:

  1. Más que semejante currículum para dejar un mensaje en la contestadora, esas personas necesitan saber buenos modales, algo que escasea en la actualidad, por cierto.

    ResponderEliminar