martes, diciembre 11, 2007

Los mexicanos no podemos decir "no"

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.com

El otro día quedé de hacer una entrevista con una persona que me contactó por teléfono. Como el domicilio estaba lejitos (más bien bastante lejotes, en la comunidad de Immokalee, Florida, como a 35 millas de Fort Myers, donde vivo), quedamos de vernos el fin de semana.

Muy formales, acordamos reunirnos a las 10 en su casa. Ese día me levanté temprano: (algo extremadamente inusual en mí en sábado, como mis almohadas atestiguarán), y acudí a la cita con hora y media de anticipación.

Cuando ya estaba a unos cuantos metros de la casa, llamé a la persona para avisarle.

Muy apenado, el hombre me respondió: "¿Sabe qué? Pos no se va a poder hoy. Déjemoslo para dentro de ocho días".

Por poco apachurro el teléfono.

"¿Y porqué no me llamó antes?", casi le grito al compungido entrevistado fallido.

Había manejado una hora en balde, y el señor ése ni se dignó en llamarme para cancelar y evitarme el trayecto.

(Aunque en honor a la verdad, confieso que lo que más me dolió fue despegarme de las almohadas a tales horas de la madrugada.)

En fin, me fui a mi casa y me dediqué a leer unos trabajos de unos alumnos que una maestra de una universidad local me pidió revisar. Son escritos de todo el semestre que alumnos que aprenden español preparan como tareas, relatando sus vivencias diarias como prácticas de escritura.

En uno de los trabajos de una alumna (anglosajona), cuenta cómo ella se ofreció de voluntaria para enseñar inglés a madres de familia inmigrantes.

Madres que también viven en Immokalee, por cierto.

La joven contaba cómo tenía que viajar más de una hora desde su casa cada semana (después de trabajar en un bar como camarera y hacer sus tareas para la universidad) para enseñar inglés a dos madres inmigrantes, supongo que de México o Centroamérica.

Pues bien, en varias ocasiones las alumnas dejaron "plantada" a la muchacha: Las mujeres cancelaban sus clases por otras emergencias (citas con el médico para sus hijos, y cosas así).

Lo malo es que nunca le avisaban a la instructora, a pesar de tener teléfono ellas mismas y el número de la joven.

Pese a sus buenas intenciones, la muchacha llegó a fastidiarse de esta costumbre. Hubo ocasiones en que acudía a la casa de una de sus alumnas y la hallaba vacía y cerrada con llave. La dejaban esperando afuera, y nunca le respondían el teléfono cuando les llamaba.

La joven norteamericana se jalaba los pelos de frustración, al no poder entender esta actitud tan ilógica.

"Si no pueden seguir, llámenme, pero no me hagan venir hasta aca", pedía la muchacha.

Como mexicano, yo sí creo entender esta actitud. Aunque después de tantos años de convivir con gringos, le encuentro menos lógica: Es el miedo de nosotros a decir "no".

Recuerdo que desde siempre en México nos educaron a no decir las cosas directamente. Y uno de los temas más escabrosos (culturalmente hablando) para nosotros es tener que decirle "no" a alguien.

No todos podemos sobreponernos a este trauma, y preferimos sacarnos de la manga veinte mil excusas para darle la vuelta: "A la mejor", "date una vueltecita", "mañana con más calma", "te hablo más de rato", son algunos de los sustitutos descafeinados que se nos ocurren para no tener que decir "No", cuando alguien nos propone algo que no queremos hacer.

(O sea, preferimos gastar más saliva con palabrerías, que mascullar un rápido y más económico monosílabo.)

¿Para qué? Para no herir susceptibilidades. No queremos quedar como el malo de la película, ni que después nos califiquen de "hojaldras".

Vaya, si hasta cómicos como Capulina han inmortalizado esta actitud: ¿Se acuerda del famosísimo "No lo sé, puede ser, a la mejor, quién sabe..."?

Si usted es mexicano, entiende perfectamente esta actitud y hasta la adopta. Es parte de un código secreto con el que nosotros nos entendemos. Es como una ceremonia tradicional que todos debemos seguir, y el que no, es considerado rudo y grosero.

Vaya, según dicen, los únicos que no siguen esa actitud son los mexicanos de los estados del norte. Ellos se consideran "directos y sin rodeos". ¿Y qué pasa? En el resto del país los acusan de rudos, salvajes y hoscos... por el simple hecho de decir la verdad.

(Me acuerdo que cuando recién llegué a Estados Unidos, la primera vez que una persona norteamericana me dijo "No me interesa", así tal cual, casi me pongo a llorar. Para mí como mexicano fue un shock del que tardé años en recuperarme. Luego me di cuenta de que todo el mundo es así... fuera de México, claro.)

El problema es que cuando los mexicanos llegamos a Estados Unidos, esta actitud de responder con rodeos e indirectas confunde y hasta exaspera a los que no son mexicanos. No solo gringos, sino a otros latinoamericanos también.

Mi amigo Luis, el argentino de Mendoza, es fanático de hacer "excursiones" cada fin de semana con amigos. Una familia (mexicana) con la que hizo muchas migas acompañaba a Luis y a su esposa de vez en cuando, pero a veces le decía que sí y a la mera hora los dejaba "colgados".

Luis se lamentaba conmigo amargamente porque no entendía la actitud mexicana.

"Le digo a mi amigo: 'Pero decime que no querés ir, y listo. Yo no me voy a ofender'", me platicaba Luis. "Pero habláme claro, no me dejés aquí como un boludo".

Yo suspiraba y le explicaba: "Luis, un mexicano NUNCA te va a decir que no. Prefiere hacerte perder tiempo a romperte el corazón".

Yo era así, lo confieso. Aún a veces lo sigo siendo (sobre todo con los cobradores). Pero no sé si me estoy agringando demasiado, como me acusan mis parientes y amigos en México, porque cada vez más prefiero pedir una respuesta directa, en vez de que me endulcen el oído con un rodeo "a lo mexicano".

Pero no me hago ilusiones. Los mexicanos nunca vamos a cambiar. Valoramos demasiado las buenas formas y las etiquetas (¿no nos enorgullecemos acaso de ser menos rudos y arrogantes que los españoles, los argentinos o los cubanos? Clásico ejemplo: Nosotros respondemos "¿Mande?" y consideramos el "¿Qué?" de los demás como agresivo y grosero).

Pero no porque seamos en verdad menos rudos y arrogantes, sino porque es lo que queremos aparentar.

¿Qué hacer, entonces?

Yo, por lo menos, ya le estoy enseñando a mis hijos la que —les digo— es "la palabra más importante del universo". Es simple y directa, les digo, y tiene sólo dos letras:

NO.

(Además, tiene la enorme ventaja agregada de que los va a sacar de muuuuuchos problemas en la vida. Si lo sabré yo...)



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