martes, octubre 23, 2007

En Estados Unidos nos quitan la palabra más importante del mundo

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — ¿Sabe usted que de todas las palabras que existen, hay una (y sólo una) que es la más importante del universo?

¿Cuál es? Usted ya la conoce. La sabe desde pequeño.

Según los psicólogos, la palabra más importante del mundo es solamente una, y depende de cada uno de nosotros: Nuestro nombre.

De acuerdo con un artículo sobre psicología que leí en alguna parte, cuando se instalan sensores de movimiento en personas, invariablemente la mirada salta a donde se encuentra el nombre de uno. No importa que se encuentre en medio de un texto interminable.

Quizá haya algo de razón en esto. ¿Quién no ha brincado casi como resorte cuando escucha que alguien menciona su nombre? Aún cuando le hablen a otra persona.

Nosotros, los hispanos, le prestamos tanta importancia a los nombres, que hasta tenemos varios. Hasta incluímos los apellidos de nuestras madres (como para enfatizar que sí tenemos.)

Lo que nunca nos dicen, sin embargo, es que al emigrar a Estados Unidos no solamente perdemos contacto con amigos, familia y lugar de nacimiento, sino que también perdemos la palabra más importante del mundo: Nuestro nombre.

Eso nos pasa sobre todo a los que tenemos dos o más nombres, como buena costumbre hispana.

Yo, por lo menos, ya no me llamo "acá" como me llamaba "allá".

Mis padres me bautizaron como César Fernando: César era mi padre, Fernando mi abuelo. Pero para evitar confusiones con mi papá (o que me endilgaran el horrendo "junior"), siempre me llamaron por mi segundo nombre, Fernando.

(Mi abuelo, que ya tenía como diez años de muerto, dudo que objetara.)

Así pues, para todo efecto, siempre fui Fernando. El César lo guardaban para ocasiones formales (por ejemplo, cuando la escuela tenía reportes de mala conducta o pésimas calificaciones para mis papás, invariablemente el culpable era César, y no Fernando.)

Pero Fernando murió cuando emigré a Estados Unidos. O más bien lo mataron.

Acá ya no me llamo Fernando Zapata, como me acostumbré durante mis primeros 27 años, sino Cesar F. Z. Lozano (el apellido de mi mamá).

Mi identidad de toda la vida pasó a segundo término, y tuve que adoptar una personalidad nueva, que encajara con la cosmología sajona, para la cual sólo un nombre y un apellido son aceptables.

Generalmente, los que sobreviven esta heráldica "solución final" son el primer nombre y el último, aunque para los hispanos sea problemático, porque nuestro último nombre siempre es el apellido materno. Que en Estados Unidos, "no cuenta".

(O sea, de un plumazo, nos dejan sin madre.)

Poco puede hacer uno ante esto, ya que todo el sistema burocrático norteamericano está diseñado para respetar estas reglas a rajatabla: las formas de gobierno, las de tarjeta de crédito, y las de cualquier oficina sólo le dejan espacios minúsculos, donde hispanísimos nombres como José de Jesús y de la Santístima Trinidad González Gutiérrez Ramírez y de la Vega no tienen cabida... Literalmente.

(O como César Fernando Zapata Lozano —Junior.)

Más aún, si usted, por obra y gracia de alguna de las trinidades que su nombre mienta, logra atiborrar su kilométrico apelativo en el pinchurriento pedacito de espacio que le dejan, ya puede esperar que más de un funcionario le frunza el ceño y le pregunte cúal de todos esos nombres es el "first" y el "last".

Al final, el heráldico don José de Jesús y de la Santístima Trinidad González Gutiérrez Ramírez y de la Vega terminará metamorfoseado en el directo, insípido (y anglosajón, aunque nuestra cara siempre nos delata) "José Vega".

Y como tiro de gracia, uno pasa de presumir un nombre de alcurnia (¿o si no pa qué tanto apellido si no es por alcurnia?), a engrosar los de por sí sobrepoblados ejércitos de "Josés" que ya inundan este país (junto con las hordas de "Marías").

De haber sabido que íbamos a emigrar, quizá nuestros padres le hubieran pensado dos veces antes de echar mano del tradicional santoral, que invariablemente exigía que los niños deben ser José y las niñas María.

Tampoco nos pondrían nombres que obligan a los gringos a hacer malabares con sus lenguas, y que al final nunca pueden pronunciar bien, como Guillermo (que terminan pronunciando como "Güilermou"), Inocencia, Buenaventura o Encarnación.

Cuando nació mi primer hijo, mi esposa fue inflexible y me advirtió: Se va a llamar como tú, su papá, y punto. Así que nació otro César Fernando Zapata.

Por costumbre, todo mundo le decía Fernandito.

Cuando entró a la escuela, Fernandito dejó de existir, por obra y gracia del sistema administrativo escolar y pasó a ser Cesar (así, sin acento, y pronunciado Císar).

Para evitar esas confusiones, a nuestro segundo hijo decidimos bautizarlo con un nombre corto, que se escribiera igual en inglés y español. Después de eliminar varios finalistas, quedó Eric. (En segundo lugar de preferencias quedó Aarón.)

Para estas alturas, alguno que otro sesudo lector dirá que este es un tema superficial y fofo. Desperdicio de papel.

Pero como dije al principio, se trata de la palabra más importante del universo, nuestro nombre. El cual nos define quiénes somos.

Como consuelo, al menos nosotros sí podemos usar nuestros nombres. Pobres los chinos quienes llegan como Cheng Long o Li Xiaolong y acaban como “Jackie Chan” o “Bruce Lee”.

E-mail: cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.blogspot.com

2 comentarios:

  1. Daniel Zapata Cepeda3:55 p.m.

    estan geniales tus columnas tio, sigue asi ;D

    ResponderEliminar
  2. Hola, Daniel, gracias por leerme y tus mensajes. Saludos...

    ResponderEliminar