sábado, agosto 25, 2007

La increíble y triste historia de la cándida Elvira y los gringos desalmados

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

Recuerdo haber visto alguna vez una caricatura que retrata perfectamente la actitud de Estados Unidos respecto a los inmigrantes indocumentados.

Mostraba a la Estatua de la Libertad parada frente a la frontera con México, pero en lugar de una antorcha, llevaba en sus manos dos letreros, uno en cada mano: Uno de ellos decía algo así como "Prohibido el Paso". El otro "Empleos Disponibles".

Un inmigrante que veía a la estatua, le decía a otro: "Está esquizofrénica".

Obviamente, el inmigrante se refería a la Estatua de la Libertad, y por extensión a Estados Unidos.

En Estados Unidos hay una ley no escrita entre el gobierno y los indocumentados, es como un acuerdo tácito: El país les permite a los indocumentados entrar, trabajar y progresar, haciéndose de la "vista gorda" a su ilegalidad.

Pero hay una condición: No meterse en problemas. En el momento en que cualquier indocumentado (por culpa propia o por simple mala suerte) cae en las redes de la justicia, el gobierno deja de ser bonachón y despistado, y se vuelve despiadado y feroz, como si quisiera usar a ese inmigrante como escarmiento para los demás.

O como si quisiera demostrar a sus ciudadanos que de verdad es inflexible al hacer respetar la ley.

Es decir, parecería que en Estados Unidos el delito en sí no es el ser indocumentado, sino el dejarse atrapar.

Es un equilibrio extraño y hasta podemos decir que hipócrita, pero ha funcionado —más o menos— durante décadas.

Es esta misma "lógica" la que hace que un ciudadano americano vocifere y despotrique contra la globalización, contra el libre comercio que está dejando "a los americanos" sin trabajo... pero cuando va a Wal-Mart paga gustoso por un producto chino barato, en lugar de comprar uno "Made in USA" y más caro, y no ve contradicción.

Es precisamente este equilibrio, este acuerdo tácito el que parece ser que no entendió la señora Elvira Arellano.

La inmigrante mexicana de 33 años, fue detenida días atrás, y regresada a Tijuana después de un año de haberse refugiado en una iglesia de Chicago, para evitar ser deportada.

Arellano ya tenía su historial con la ley: Fue detenida y deportada cuando intentó cruzar la frontera desde México sin documentos en 1997. Días después logró entrar al país, y trabajó en el aeropuerto O'Hare de Chicago con papeles falsos, hasta que de nuevo fue detenida y le giraron una orden de deportación, que no acató.

En lugar de eso, se refugió en la Iglesia Alberto de un suburbio de Chicago, alegando que lo hizo para evitar que el Servicio de Inmigración la separara de su hijo Saúl Arellano, de 8 años, quien es ciudadano americano.

Sé que en México y otros países la imagen que la Sra. Arellano da es la de una pobre madre a la que los perversos policías de Bush le quieren "arrancar" a su bebé de los brazos, para después lanzarla al desierto. Pero no hay tal. Sin ánimo de defender a un sistema migratorio deficiente e injusto como el de Estados Unidos (al que le urge una reforma), hay que aclarar que la situación no es siempre como la pintan.

A Saúl Arellano nadie le prohibe quedarse en Estados Unidos. Como ciudadano americano, puede quedarse en el país si lo desea.

La mamá, no.

Al salir la madre, es su decisión llevarse a Saúl o dejarlo. Pero ella, como extranjera, no tiene ninguna manera de quedarse. A menos que haya una legislación especial de emergencia, lo cual es muy remoto que ocurra ya.

Es triste, suena injusto, es duro... pero así es. Muchas leyes nos parecen injustas, y lo son, cuando no se acatan desde el principio.

El gobierno de Estados Unidos no tenía ningún interés de hacer un circo en una situación que ya parecía explosiva. Dijeron en varias ocasiones que no iban a entrar a la iglesia para sacarla con un equipo SWAT. Pudieron haberlo hecho, pero los detuvo el escándalo resultante.

Sin embargo, el gobierno fue más que claro: En varias ocasiones repitieron una y otra vez que, si la Sra. Arellano salía de la iglesia, la iban a arrestar.

Días atrás, Arellano salió de la iglesia. Viajó en avión a Los Ángeles, según dijo, a visitar "y dar apoyo" a otros indocumentados que se encuentran en "santuarios" similares en California.

Obvio, cualquiera se hubiera podido imaginar que la iban a arrestar y deportar. Como lo hicieron.

¿De qué se sorprende ella ahora?

El gobierno de Estados Unidos no se iba a meter a una iglesia a sacarla a rastras, pero tampoco podía dejar que la Sra. Arellano anduviera libre como Juan por su casa.

¿Porqué? Porque el sistema judicial de Estados Unidos (su razón básica y su filosofía de existencia como país) se fundamenta en la jurisprudencia, en los precedentes legales. Y el hecho de permitir que una indocumentada mexicana (identificada, conocida y con órdenes de deportación giradas) anduviera por allí desafiando las leyes, iba a sentar un peligroso precedente.

Así, cualquier otro indocumentado con órdenes de deportación pudiera preguntar —con justicia—: "¿Porqué ella sí y yo no?"

Los defensores que apoyaron a la Sra. Arellano quizá tenían buenas intenciones de ayudarla, y ayudar a la comunidad. Pero —tal vez sin proponérselo— politizaron un asunto que quizá no lo era tanto. Y al hacer ruido y escándalo tal vez le redujeron a la Sra. Arellano las posibilidades de éxito, en un problema que se pudo haber arreglado sin tanta alharaca.

Y esto es desafortunado, porque politizar el tema de la inmigración es precisamente la maquiavélica estrategia que tantos políticos antiinmigrantes extremistas usan a diario, para manipular a sus ignorantes y temerosos electores.

En la radio y la televisión Arellano se defiende (desde México) diciendo que "no era ilegal". Que cómo Estados Unidos se atrevió a deportarla si nunca le pusieron trabas para trabajar, para comprar casa y para pagar impuestos. Según ella, el gobierno de Estados Unidos es el que violó la ley al permitirle hacer todo eso.

Como ya dijimos, este es el acuerdo tácito entre Estados Unidos y los indocumentados. Acuerdo del que ella se benefició, pero cuyas reglas no supo (o no quiso) acatar.

Como padre entiendo el deseo de la Sra. Arellano por no separarse de su hijo. Como inmigrante, comprendo perfectamente su necesidad y derecho de tener una mejor vida. Pero todo este asunto tiene enormes contradicciones que aún no entiendo.

Por ejemplo, ¿no que estar con su hijo Saúl era lo más importante para la Sra. Arellano? Por eso se originó todo el merequetengue. Y lo comprendo: Si yo como inmigrante algún día debiera de salir de Estados Unidos, yo no me separo de mis hijos por nada del mundo, me los llevo a donde yo vaya. No importa que sean ciudadanos de Estados Unidos o de la Conchinchina, los niños siempre deben estar con sus padres.

(Si después los hijos ya de adultos desean regresar a Estados Unidos, será su decisión.)

¿Porqué entonces la Sra. Arellano salió de su santuario? Sabía lo que iba a pasar. Sabía que la iban a deportar.

Si se hubiera quedado allí, muy bien podía haber seguido junto a su hijo otro año, o quizá más tiempo, hasta que su situación migratoria se arreglara. O hasta que se aprobara una legalización para todos los indocumentados.

Inclusive el congresista federal de Illinois, Bobby Rush, había presentado una propuesta al Congreso en mayo para legalizarla a ella junto con otras 33 personas. La iniciativa estaba por discutirse.

Pero al salir de la iglesia, Arellano dió al traste con todo. Perdió lo ganado de un plumazo.

Peor, el hecho de salir de la iglesia se puede interpretar como una valentonada de su parte.

¿Qué tenía que andar haciendo de gira artística visitando otros santuarios? ¿Sería para restregarle su "inmunidad" en las narices del gobierno que la había tolerado hasta entonces?
Según afirma Arellano en entrevistas, fue a Los Ángeles porque sentía que "era una causa importante".

Perdón: ¿Qué puede ser más importante que estar con su hijo? ¿Más importante que asegurar su futuro juntos, como familia?

(Eso por no mencionar lo que muchos calificaron como explotación infantil, al permitir que Saúl anduviera de su vocero, en entrevistas, protestas y reuniones con políticos.)

Más aún, como padre no entiendo porqué después de tanto luchar por permanecer juntos, al ser deportada la Sra. Arellano muy cómodamente decide dejar a Saúl en Estados Unidos, al cuidado de otras personas.

Según dijo, fue para "asegurar" la educación del niño.

¿No pudiera Saúl haber logrado una buena educación en México? Hay excelentes escuelas. Algunos dicen que hasta mejores que en Estados Unidos.

¿Porqué Arellano no se muda a Tijuana, para que el niño estudie en San Ysidro, California? Como ciudadano americano pudiera cruzar la frontera todos los días para ir a la escuela, como le hacen tantos niños binacionales. Lo importante era estar juntos.

Pero no. O la Sra. Arellano está muy bien asesorada, o está pésimamente asesorada.

Quizá buscó ser una mártir, una especie de símbolo para los indocumentados. Lo que declara a los medios suena un poco a demagogia: Frases más o menos como "seguiré adelante", "no me derrotarán", "lucharé porque ya no es por mí, sino por los demás", suenan sospechosamente mesiánicas.

Pero no hay tal. Ella no es ningún símbolo, ni lideresa de nadie. Le deseamos suerte y que le vaya bien, pero ella no puede hablar a nombre de millones de indocumentados, por más similar que crea que es su caso al de los demás.

Su problema es propio, y personal, no de la comunidad. Su caso es único, como son todos y cada uno de los casos de indocumentados en Estados Unidos. Ninguno se puede usar para generalizar a los otros.

Actualmente, hay más de 3 millones de niños nacidos en Estados Unidos, como Saúl, que tienen padres indocumentados, según el Centro Pew de Estudios Hispanos. Diariamente, millones de madres indocumentadas viven y trabajan duro por sus hijos ciudadanos americanos, sin meterse en problemas legales, y sin hacer escándalos.

Y también, desafortunadamente, anualmente miles de madres y padres son detenidos, reciben órdenes de deportación, y salen del país, quizá decepcionados y derrotados, pero sin separarse de sus hijos por ningún motivo.

El que una inmigrante como Elvira Arellano (o como yo o cualquier otro inmigrante) siquiera insinúe ser una especie de símbolo o líder de todos esos padres de familia indocumentados es un insulto para ellos, como comunidad. No tenemos ni el derecho ni la estatura moral de usarlos como arma para arreglar nuestros problemas exclusivos a nombre de ellos.

Con las obvias diferencias, este caso me recordó al del balserito cubano Elián González, que dividió al mundo años atrás, ¿se acuerda? Ambos son problemas legales, no políticos, pese a lo cual varios grupos (pro y anti inmigrantes) los politizaron para su propio beneficio.

Al final, prevaleció la ley, y al final esto enojó a un grupo importante de la población, a quien la ley les parece injusta y despiadada.

Y quizá lo sea. Pero la manera de cambiarla es usando sus propios recursos y trucos. como votando y cabildeando, no rompiéndola. Eso ha probado una y otra vez ser contraproducente, a menos que uno desee iniciar una revolución.

El caso de Elián González amenazaba con convertise en un símbolo, en una cruzada, con el inicio de una revolución sangrienta que algunos vaticinaban... y al final, el asunto se olvidó y se dejó atrás.

Como seguramente ocurrirá con el caso de Elvira Arellano, a pesar de la revolución que ella busca iniciar.

E-mail: cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.blogspot.com

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