jueves, agosto 16, 2007

Estados Unidos ya está hostigando a los propios ciudadanos naturalizados

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — Don Felix era mi contador, en Texas, poco antes de mudarme a Florida hace un año.

Residente permanente desde hace más de veinte años, don Felix es un inmigrante mexicano de Oaxaca que siempre mantenía un debate amigable conmigo sobre la conveniencia o no de la ciudadanía americana.

Él estaba en contra de hacerse ciudadano. Yo, en cambio, le insistía —más por llevarle la contraria que por otra cosa— en que uno tenía la obligación de jurar a la bandera de las barras y las estrellas si ya tenía una vida hecha y familia en este país. Como él.

"Uno no sabe qué pueda pasar después", le repetía yo.

"Mire usted", comentaba don Félix, ataviado con su impecable traje que parecía no quitarse ni para dormir. "Legalmente no hay diferencia entre un residente permanente y un ciudadano americano. Excepto el votar y ser elegido a un cargo".

Fuera de eso, continuaba, los derechos y las obligaciones son los mismos.

"Incluso, cuando yo me retire, el Seguro Social me va a pagar los beneficios por todos los años que trabajé, como a cualquier ciudadano", explicaba confiadísimo. "Así que, ¿para qué tomarme la molestia de hacerme ciudadano? No tiene caso."

Yo repetía la letanía: "Sí, don Félix, pero eso es ahora. Uno no sabe lo que va a pasar mañana".

Eso fue hace un año. Apenas doce meses.

Y ese "mañana", que veíamos tan lejano en el futuro, parece que no va a estar tan lejano, después de todo.

El pasado 19 de julio de 2007, el Senado de Estados Unidos votó por una enmienda a la ley de Reducción de Costos Universitarios (HR 2669). La enmienda fue propuesta por el senador (republicano, casualmente) de Nevada, John Ensign.

¿De qué hablaba la propuesta del senador Ensign? Simplemente proponía exigir que todos los extranjeros legales presentaran cada tres meses al gobierno todos sus papeles de inmigración en regla, para poder recibir los beneficios del Seguro Social.

Si el extranjero fallaba, se le negaban los derechos. Punto. Sin más.

¿Terrible? Lo es. Pero falta lo peor: La ley incluiría a todo "extranjero" legal... incluyendo ciudadanos americanos que hubieran nacido en otro país. (O sea, naturalizados.)

La ley sólo excluía a ciudadanos "nacidos en Estados Unidos".

No importa que uno haya sido ciudadano americano desde hace décadas, que haya servido en el ejército, sea una persona honesta, trabajadora y cumplidora, ni que haya pagado todos sus impuestos a tiempo o se sintiera más americano que los americanos: Por el simple hecho de haber nacido fuera del país, seguiría siendo considerado "extranjero", y sus beneficios del Seguro Social (por los que trabajó tanto tiempo) se le negarían si no comprobaba su "americanidad" cada tres meses.

De hecho, ni siquiera la propia Constitución de Estados Unidos hace distingos entre ciudadanos nacidos y naturalizados.

El artículo XIV constitucional, propuesto desde 1866 y ratificado en 1868, dice en su Primera Sección: "Todas las personas nacidas o NATURALIZADAS en Estados Unidos, y sujetas a la jurisdicción del mismo, son CIUDADANOS de los Estados Unidos..."

O sea, la tal enmienda ya es anticonstitucional, de principio.

"Esto es increíble", me comentó Víctor Valdés, un activista cubano-americano, quien es líder de la Liga de Ciudadanos Latino Americanos Unidos (LULAC) en Naples, Florida. "Sólo había visto esta clase de cosas en Cuba. Así comenzó Fidel, poco a poco, aprobando leyes a su favor".

La enmienda no fue aprobada por el Senado, por fortuna. Necesitaba un mínimo de 60 votos (del total de 100 senadores) a favor para pasar a la Cámara de Representantes y hacerse ley.

Pero lo más grave es que la propuesta obtuvo 57 votos a favor, apenas le faltaron 3 para ser aprobada.

Curioso es que un senador inmigrante (Mel Martínez, de Florida) votó a favor, siendo que esa propuesta pudiera perjudicarle a él mismo, por no ser ciudadano nacido en Estados Unidos, sino naturalizado.

El que la enmienda fuera derrotada en el Senado (aunque por escasísimo margen) nos dice mucho del ánimo anti-inmigrante que existe en Estados Unidos.

Para Rosa Rosales, presidenta nacional de LULAC, la propuesta fue "una bofetada en la cara" para los latinos, según dijo en un comunicado de prensa.

"Esta enmienda hubiera dejado a la gente mayor, a los discapacitados y las familias de viudas con (una) carga (y) hubieran tenido muchas dificultades en satisfacer esos requisitos", dijo Rosales.

Esto mismo lo han sentido otras organizaciones además de LULAC. El Concejo Nacional de La Raza (NCLR) emitió un comunicado donde pide a los hispanos firmar una carta de protesta por la enmienda, y enviarla por internet a los senadores.

Pero el que la enmienda no haya sido aprobada, no significa que haya muerto.

"Al rato le hacen unos pequeños cambios, la vuelven a meter y la aprueban", comentó irónicamente Valdés. "Así es como hacen las cosas en este país".

¿Cuál es el objetivo de esta enmienda? ¿Qué caso tiene obligar a millones de ciudadanos americanos a presentar cuatro veces al año todo el papeleo con el que ya cumplieron ante el Servicio de Inmigración y el Departamento de Estado?

¿Hará esto más seguro al país? Lo dudamos. ¿Traerá beneficios, reducirá el crimen, el riesgo de ataques terroristas? No creo. Más bien traerá más problemas, porque se necesitará contratar más personal para recibir y procesar todo el tsunami de papeles que inundarán las oficinas burocráticas. Innecesariamente.

(Irónicamente esta enmienda causará más gastos, dentro de una ley supuestamente diseñada para reducirlos.)

Toda esta situación me hizo acordarme de otro cubano, Marcos, quien fuera mi jefe en el periódico de Dallas donde trabajé.

Una vez que platicábamos para arreglar el mundo me comentó algo muy cierto: "Si alguna vez cunde el pánico en este país, van a buscar culpables por todo", decía, entre cigarro y cigarro. "Y a los primeros que van a salir a corretear a palos en la calle van a ser gente como tú y como yo".

Ya están preparando los garrotes...

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