jueves, agosto 30, 2007

Big Brother se apodera hasta de las escuelas en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — El otro día fui por mi hijo de 3 años, Eric, a la escuela.

Esta escena aparentemente inocente, rutinaria y hasta prosaica, desencadenó toda una controversia en mí sobre el exceso de reglamentaciones en Estados Unidos.

Como siempre, se hace un embotellamiento en el pequeño carril que hay para que los autos de los padres recojan a sus hijos, decidí no agravarla más.

"Mejor me estaciono enfrente", pensé. Y lo hice.

Puse mi carro en una de las calles laterales del vecindario. Para no causar la ira de los vecinos, estacioné el carro entre dos terrenos.

Fui a la escuela por Eric, lo esperé y lo llevé de la mano hacia el carro.

Apenas había dado unos cuantos pasos, cuando escuchó que alguien me habla: "¡Señor, señor!"
Volteo y veo a uno de los maestros de la escuela.

"Disculpe, es que una de las vecinas de la calle nos llamó para quejarse de que usted dejó su auto estacionado frente a su casa", dijo el maestro, más apenado que yo. "Ya llamó a la Policía".

"Gracias", fue lo único que atiné a decir, mientras salía corriendo y arrastrando a Eric hacia el carro, antes de que llegara la patrulla. "Disculpe, no volverá a pasar".

"Es que está prohibido estacionarse allí", me gritó el maestro, señalando a un letrero.

En efecto, allí había un letrero en la calle que decía "Prohibido Estacionarse". Pero no estaba del lado donde me estacioné yo.

En fin... No volvería a pasar. Lo menos que necesito ahora es una multa de 150 dólares.

Al día siguiente, ya iba preparado. Estacioné el carro dentro del estacionamiento de la escuela.

Tranquilamente caminé unos cuantos pasos para recoger al niño, mientras veía cómo se hacía el embotellamiento de carros en los carrilitos de la escuela.

Sin sudar, subí a Eric al carro, me subí yo, y salí.

Apenas iba a cruzar la entrada, cuando veo que una maestra me hace señas. Detengo el carro y bajo el vidrio.

"Si va a venir a recoger al niño a pie, no puede estacionar el carro aquí", me dijo muy amable. "La próxima vez, estaciónese en la iglesia de al lado".

No tuve que pensar mucho porqué: Varios padres como yo que habían estacionado sus carros e iban de salida congestionaban el paso de los demás autos.

"Bueno, suena lógico", pensé, tratando de calmarme. "Se trata de hacer lo correcto".

Seguir las reglas. ¿No dicen los gringos que Estados Unidos es 'The Best Country in the World' precisamente porque tienen leyes que se acatan?

A donde fueras, haz lo que vieras... Ni modo.

Al día siguiente, todo obediencia yo, puse mi carro en el estacionamiento de la iglesia de al lado de la escuela. Es un espacio amplio y sin congestionamientos. Me pareció excelente.

El problema es que uno tiene que dar una vueltota para entrar a la escuela: Rodear la cerca de malla metálica, rodear los carros estacionados, rodear el estacionamiento, y entrar al pasillo para recoger a los niños.

Total, casi una cuadra de distancia. La que se tiene que caminar bajo el despiadado sol floridiano, conste.

Pero bueno, había cumplido mi deber como habitante del "Best Country of the World". Había pagado mi derecho de piso, y acatado las leyes. Aunque fueran de la escuela primaria.

Encontré a Eric. Nos despedimos de la maestra, y caminamos para salir de la escuela rumbo a la iglesia.

Apenas iba cruzando cuando escucho, cual maldición, la misma cantaleta: "Señor, señor. Disculpe".

Volteé cansadamente. ¿Ahora qué?

"No puede pasar por aquí caminando", me regañó dulcemente una maestra, que intentaba controlar el maremoto de autos llenos de mamás y papás.

"Si va a recoger a su hijo, tiene que dar la vuelta por allá, subir a la banqueta, girar por allá, y cruzar por este mismo sitio, para poder darle el paso", explicó, señalando no sé a dónde.

El colmo. ¿Más reglas? ¿Pos cuántas reglas tiene esta escuela?

Peor, ¿cuántas son las demás reglas que tienen y que todavía no conozco?

¿Qué sigue? ¿Que me regañen porque tengo que entrar caminando en un pie, con las manos extendidas y vestido con un short color frambuesa?

Y más me vale que lo cumpla, sino capaz que llaman al FBI.

Lo que más me indignó, fue ver el montón de automóviles de padres de familia que se estacionaban en la acera de enfrente (junto a la casa de la señora fregona que le encanta llamar a la patrulla), sin problemas.

Otros, muy campantes, se estacionaban dentro de la escuela y empeoraban la pelotera de carros sin siquiera sudar. Lás órdenes de estacionarse en la iglesia se las pasaban por el arco del triunfo.

Una mujer más se cruzaba caminando por donde le daba la gana, en medio de los carros, sin importarle que a la maestra agente de tránsito le estuviera dando el soponcio.

A algunos les sonará ridículo todo este asunto.

¿Qué tienen de trascentente las reglas de una escuelita primaria cualquiera, en una ciudad chiquita cualquiera del cualquier estado de Florida, dirán?

Yo creo que poco y mucho.

Poco, porque es algo particular y privado, que afecta directamente a pocas personas (entre ellas a mí). Pero mucho, porque es una muestra, un botón de lo que a gran escala pasa todos los días en Estados Unidos.

Las reglamentaciones, vigilancias y sanciones ya no sólo se dan en aeropuertos, edificios de gobierno y otros comprensibles puntos "estratégicos", sino que la paranoia reglamentadora se ha extendido hasta a las primarias.

Bien dicen que Estados Unidos se está volviendo un estado policiaco. Y ahora hasta en las escuelas nos ponen a marcar el paso como cadetes.

Claro, todo en aras de "nuestra seguridad", según nos explican una y otra vez. (Sobre todo cuando no faltan locos armados a los que les da por entrar a practicar tiro a las escuelas.)

Algunos incluso ven en esto la prueba de que se están cumpliendo las profecías del escritor George Orwell en su novela 1984, donde describía un mundo donde todo mundo vigilaba a todo el mundo, incitados por el máximo líder, "Big Brother" (o "El Hermano Mayor").

No hay que exagerar, pero tampoco es tan descabellado. (¿Ya notaron que en muchas esquinas de las ciudades de Estados Unidos hay cámaras, videograbando día y noche?)

Años atrás, leí unos comentarios de ciudadanos americanos que habían decidido mudarse a México, después de vivir toda su vida en Estados Unidos.

Cuando alguien preguntó a estos inmigrantes que se fueron al sur de la frontera, qué era lo que más disfrutaba de su nuevo país, uno de ellos respondió sin titubear:

"¡Ser libre!".

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