jueves, agosto 30, 2007

Big Brother se apodera hasta de las escuelas en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — El otro día fui por mi hijo de 3 años, Eric, a la escuela.

Esta escena aparentemente inocente, rutinaria y hasta prosaica, desencadenó toda una controversia en mí sobre el exceso de reglamentaciones en Estados Unidos.

Como siempre, se hace un embotellamiento en el pequeño carril que hay para que los autos de los padres recojan a sus hijos, decidí no agravarla más.

"Mejor me estaciono enfrente", pensé. Y lo hice.

Puse mi carro en una de las calles laterales del vecindario. Para no causar la ira de los vecinos, estacioné el carro entre dos terrenos.

Fui a la escuela por Eric, lo esperé y lo llevé de la mano hacia el carro.

Apenas había dado unos cuantos pasos, cuando escuchó que alguien me habla: "¡Señor, señor!"
Volteo y veo a uno de los maestros de la escuela.

"Disculpe, es que una de las vecinas de la calle nos llamó para quejarse de que usted dejó su auto estacionado frente a su casa", dijo el maestro, más apenado que yo. "Ya llamó a la Policía".

"Gracias", fue lo único que atiné a decir, mientras salía corriendo y arrastrando a Eric hacia el carro, antes de que llegara la patrulla. "Disculpe, no volverá a pasar".

"Es que está prohibido estacionarse allí", me gritó el maestro, señalando a un letrero.

En efecto, allí había un letrero en la calle que decía "Prohibido Estacionarse". Pero no estaba del lado donde me estacioné yo.

En fin... No volvería a pasar. Lo menos que necesito ahora es una multa de 150 dólares.

Al día siguiente, ya iba preparado. Estacioné el carro dentro del estacionamiento de la escuela.

Tranquilamente caminé unos cuantos pasos para recoger al niño, mientras veía cómo se hacía el embotellamiento de carros en los carrilitos de la escuela.

Sin sudar, subí a Eric al carro, me subí yo, y salí.

Apenas iba a cruzar la entrada, cuando veo que una maestra me hace señas. Detengo el carro y bajo el vidrio.

"Si va a venir a recoger al niño a pie, no puede estacionar el carro aquí", me dijo muy amable. "La próxima vez, estaciónese en la iglesia de al lado".

No tuve que pensar mucho porqué: Varios padres como yo que habían estacionado sus carros e iban de salida congestionaban el paso de los demás autos.

"Bueno, suena lógico", pensé, tratando de calmarme. "Se trata de hacer lo correcto".

Seguir las reglas. ¿No dicen los gringos que Estados Unidos es 'The Best Country in the World' precisamente porque tienen leyes que se acatan?

A donde fueras, haz lo que vieras... Ni modo.

Al día siguiente, todo obediencia yo, puse mi carro en el estacionamiento de la iglesia de al lado de la escuela. Es un espacio amplio y sin congestionamientos. Me pareció excelente.

El problema es que uno tiene que dar una vueltota para entrar a la escuela: Rodear la cerca de malla metálica, rodear los carros estacionados, rodear el estacionamiento, y entrar al pasillo para recoger a los niños.

Total, casi una cuadra de distancia. La que se tiene que caminar bajo el despiadado sol floridiano, conste.

Pero bueno, había cumplido mi deber como habitante del "Best Country of the World". Había pagado mi derecho de piso, y acatado las leyes. Aunque fueran de la escuela primaria.

Encontré a Eric. Nos despedimos de la maestra, y caminamos para salir de la escuela rumbo a la iglesia.

Apenas iba cruzando cuando escucho, cual maldición, la misma cantaleta: "Señor, señor. Disculpe".

Volteé cansadamente. ¿Ahora qué?

"No puede pasar por aquí caminando", me regañó dulcemente una maestra, que intentaba controlar el maremoto de autos llenos de mamás y papás.

"Si va a recoger a su hijo, tiene que dar la vuelta por allá, subir a la banqueta, girar por allá, y cruzar por este mismo sitio, para poder darle el paso", explicó, señalando no sé a dónde.

El colmo. ¿Más reglas? ¿Pos cuántas reglas tiene esta escuela?

Peor, ¿cuántas son las demás reglas que tienen y que todavía no conozco?

¿Qué sigue? ¿Que me regañen porque tengo que entrar caminando en un pie, con las manos extendidas y vestido con un short color frambuesa?

Y más me vale que lo cumpla, sino capaz que llaman al FBI.

Lo que más me indignó, fue ver el montón de automóviles de padres de familia que se estacionaban en la acera de enfrente (junto a la casa de la señora fregona que le encanta llamar a la patrulla), sin problemas.

Otros, muy campantes, se estacionaban dentro de la escuela y empeoraban la pelotera de carros sin siquiera sudar. Lás órdenes de estacionarse en la iglesia se las pasaban por el arco del triunfo.

Una mujer más se cruzaba caminando por donde le daba la gana, en medio de los carros, sin importarle que a la maestra agente de tránsito le estuviera dando el soponcio.

A algunos les sonará ridículo todo este asunto.

¿Qué tienen de trascentente las reglas de una escuelita primaria cualquiera, en una ciudad chiquita cualquiera del cualquier estado de Florida, dirán?

Yo creo que poco y mucho.

Poco, porque es algo particular y privado, que afecta directamente a pocas personas (entre ellas a mí). Pero mucho, porque es una muestra, un botón de lo que a gran escala pasa todos los días en Estados Unidos.

Las reglamentaciones, vigilancias y sanciones ya no sólo se dan en aeropuertos, edificios de gobierno y otros comprensibles puntos "estratégicos", sino que la paranoia reglamentadora se ha extendido hasta a las primarias.

Bien dicen que Estados Unidos se está volviendo un estado policiaco. Y ahora hasta en las escuelas nos ponen a marcar el paso como cadetes.

Claro, todo en aras de "nuestra seguridad", según nos explican una y otra vez. (Sobre todo cuando no faltan locos armados a los que les da por entrar a practicar tiro a las escuelas.)

Algunos incluso ven en esto la prueba de que se están cumpliendo las profecías del escritor George Orwell en su novela 1984, donde describía un mundo donde todo mundo vigilaba a todo el mundo, incitados por el máximo líder, "Big Brother" (o "El Hermano Mayor").

No hay que exagerar, pero tampoco es tan descabellado. (¿Ya notaron que en muchas esquinas de las ciudades de Estados Unidos hay cámaras, videograbando día y noche?)

Años atrás, leí unos comentarios de ciudadanos americanos que habían decidido mudarse a México, después de vivir toda su vida en Estados Unidos.

Cuando alguien preguntó a estos inmigrantes que se fueron al sur de la frontera, qué era lo que más disfrutaba de su nuevo país, uno de ellos respondió sin titubear:

"¡Ser libre!".

sábado, agosto 25, 2007

La increíble y triste historia de la cándida Elvira y los gringos desalmados

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

Recuerdo haber visto alguna vez una caricatura que retrata perfectamente la actitud de Estados Unidos respecto a los inmigrantes indocumentados.

Mostraba a la Estatua de la Libertad parada frente a la frontera con México, pero en lugar de una antorcha, llevaba en sus manos dos letreros, uno en cada mano: Uno de ellos decía algo así como "Prohibido el Paso". El otro "Empleos Disponibles".

Un inmigrante que veía a la estatua, le decía a otro: "Está esquizofrénica".

Obviamente, el inmigrante se refería a la Estatua de la Libertad, y por extensión a Estados Unidos.

En Estados Unidos hay una ley no escrita entre el gobierno y los indocumentados, es como un acuerdo tácito: El país les permite a los indocumentados entrar, trabajar y progresar, haciéndose de la "vista gorda" a su ilegalidad.

Pero hay una condición: No meterse en problemas. En el momento en que cualquier indocumentado (por culpa propia o por simple mala suerte) cae en las redes de la justicia, el gobierno deja de ser bonachón y despistado, y se vuelve despiadado y feroz, como si quisiera usar a ese inmigrante como escarmiento para los demás.

O como si quisiera demostrar a sus ciudadanos que de verdad es inflexible al hacer respetar la ley.

Es decir, parecería que en Estados Unidos el delito en sí no es el ser indocumentado, sino el dejarse atrapar.

Es un equilibrio extraño y hasta podemos decir que hipócrita, pero ha funcionado —más o menos— durante décadas.

Es esta misma "lógica" la que hace que un ciudadano americano vocifere y despotrique contra la globalización, contra el libre comercio que está dejando "a los americanos" sin trabajo... pero cuando va a Wal-Mart paga gustoso por un producto chino barato, en lugar de comprar uno "Made in USA" y más caro, y no ve contradicción.

Es precisamente este equilibrio, este acuerdo tácito el que parece ser que no entendió la señora Elvira Arellano.

La inmigrante mexicana de 33 años, fue detenida días atrás, y regresada a Tijuana después de un año de haberse refugiado en una iglesia de Chicago, para evitar ser deportada.

Arellano ya tenía su historial con la ley: Fue detenida y deportada cuando intentó cruzar la frontera desde México sin documentos en 1997. Días después logró entrar al país, y trabajó en el aeropuerto O'Hare de Chicago con papeles falsos, hasta que de nuevo fue detenida y le giraron una orden de deportación, que no acató.

En lugar de eso, se refugió en la Iglesia Alberto de un suburbio de Chicago, alegando que lo hizo para evitar que el Servicio de Inmigración la separara de su hijo Saúl Arellano, de 8 años, quien es ciudadano americano.

Sé que en México y otros países la imagen que la Sra. Arellano da es la de una pobre madre a la que los perversos policías de Bush le quieren "arrancar" a su bebé de los brazos, para después lanzarla al desierto. Pero no hay tal. Sin ánimo de defender a un sistema migratorio deficiente e injusto como el de Estados Unidos (al que le urge una reforma), hay que aclarar que la situación no es siempre como la pintan.

A Saúl Arellano nadie le prohibe quedarse en Estados Unidos. Como ciudadano americano, puede quedarse en el país si lo desea.

La mamá, no.

Al salir la madre, es su decisión llevarse a Saúl o dejarlo. Pero ella, como extranjera, no tiene ninguna manera de quedarse. A menos que haya una legislación especial de emergencia, lo cual es muy remoto que ocurra ya.

Es triste, suena injusto, es duro... pero así es. Muchas leyes nos parecen injustas, y lo son, cuando no se acatan desde el principio.

El gobierno de Estados Unidos no tenía ningún interés de hacer un circo en una situación que ya parecía explosiva. Dijeron en varias ocasiones que no iban a entrar a la iglesia para sacarla con un equipo SWAT. Pudieron haberlo hecho, pero los detuvo el escándalo resultante.

Sin embargo, el gobierno fue más que claro: En varias ocasiones repitieron una y otra vez que, si la Sra. Arellano salía de la iglesia, la iban a arrestar.

Días atrás, Arellano salió de la iglesia. Viajó en avión a Los Ángeles, según dijo, a visitar "y dar apoyo" a otros indocumentados que se encuentran en "santuarios" similares en California.

Obvio, cualquiera se hubiera podido imaginar que la iban a arrestar y deportar. Como lo hicieron.

¿De qué se sorprende ella ahora?

El gobierno de Estados Unidos no se iba a meter a una iglesia a sacarla a rastras, pero tampoco podía dejar que la Sra. Arellano anduviera libre como Juan por su casa.

¿Porqué? Porque el sistema judicial de Estados Unidos (su razón básica y su filosofía de existencia como país) se fundamenta en la jurisprudencia, en los precedentes legales. Y el hecho de permitir que una indocumentada mexicana (identificada, conocida y con órdenes de deportación giradas) anduviera por allí desafiando las leyes, iba a sentar un peligroso precedente.

Así, cualquier otro indocumentado con órdenes de deportación pudiera preguntar —con justicia—: "¿Porqué ella sí y yo no?"

Los defensores que apoyaron a la Sra. Arellano quizá tenían buenas intenciones de ayudarla, y ayudar a la comunidad. Pero —tal vez sin proponérselo— politizaron un asunto que quizá no lo era tanto. Y al hacer ruido y escándalo tal vez le redujeron a la Sra. Arellano las posibilidades de éxito, en un problema que se pudo haber arreglado sin tanta alharaca.

Y esto es desafortunado, porque politizar el tema de la inmigración es precisamente la maquiavélica estrategia que tantos políticos antiinmigrantes extremistas usan a diario, para manipular a sus ignorantes y temerosos electores.

En la radio y la televisión Arellano se defiende (desde México) diciendo que "no era ilegal". Que cómo Estados Unidos se atrevió a deportarla si nunca le pusieron trabas para trabajar, para comprar casa y para pagar impuestos. Según ella, el gobierno de Estados Unidos es el que violó la ley al permitirle hacer todo eso.

Como ya dijimos, este es el acuerdo tácito entre Estados Unidos y los indocumentados. Acuerdo del que ella se benefició, pero cuyas reglas no supo (o no quiso) acatar.

Como padre entiendo el deseo de la Sra. Arellano por no separarse de su hijo. Como inmigrante, comprendo perfectamente su necesidad y derecho de tener una mejor vida. Pero todo este asunto tiene enormes contradicciones que aún no entiendo.

Por ejemplo, ¿no que estar con su hijo Saúl era lo más importante para la Sra. Arellano? Por eso se originó todo el merequetengue. Y lo comprendo: Si yo como inmigrante algún día debiera de salir de Estados Unidos, yo no me separo de mis hijos por nada del mundo, me los llevo a donde yo vaya. No importa que sean ciudadanos de Estados Unidos o de la Conchinchina, los niños siempre deben estar con sus padres.

(Si después los hijos ya de adultos desean regresar a Estados Unidos, será su decisión.)

¿Porqué entonces la Sra. Arellano salió de su santuario? Sabía lo que iba a pasar. Sabía que la iban a deportar.

Si se hubiera quedado allí, muy bien podía haber seguido junto a su hijo otro año, o quizá más tiempo, hasta que su situación migratoria se arreglara. O hasta que se aprobara una legalización para todos los indocumentados.

Inclusive el congresista federal de Illinois, Bobby Rush, había presentado una propuesta al Congreso en mayo para legalizarla a ella junto con otras 33 personas. La iniciativa estaba por discutirse.

Pero al salir de la iglesia, Arellano dió al traste con todo. Perdió lo ganado de un plumazo.

Peor, el hecho de salir de la iglesia se puede interpretar como una valentonada de su parte.

¿Qué tenía que andar haciendo de gira artística visitando otros santuarios? ¿Sería para restregarle su "inmunidad" en las narices del gobierno que la había tolerado hasta entonces?
Según afirma Arellano en entrevistas, fue a Los Ángeles porque sentía que "era una causa importante".

Perdón: ¿Qué puede ser más importante que estar con su hijo? ¿Más importante que asegurar su futuro juntos, como familia?

(Eso por no mencionar lo que muchos calificaron como explotación infantil, al permitir que Saúl anduviera de su vocero, en entrevistas, protestas y reuniones con políticos.)

Más aún, como padre no entiendo porqué después de tanto luchar por permanecer juntos, al ser deportada la Sra. Arellano muy cómodamente decide dejar a Saúl en Estados Unidos, al cuidado de otras personas.

Según dijo, fue para "asegurar" la educación del niño.

¿No pudiera Saúl haber logrado una buena educación en México? Hay excelentes escuelas. Algunos dicen que hasta mejores que en Estados Unidos.

¿Porqué Arellano no se muda a Tijuana, para que el niño estudie en San Ysidro, California? Como ciudadano americano pudiera cruzar la frontera todos los días para ir a la escuela, como le hacen tantos niños binacionales. Lo importante era estar juntos.

Pero no. O la Sra. Arellano está muy bien asesorada, o está pésimamente asesorada.

Quizá buscó ser una mártir, una especie de símbolo para los indocumentados. Lo que declara a los medios suena un poco a demagogia: Frases más o menos como "seguiré adelante", "no me derrotarán", "lucharé porque ya no es por mí, sino por los demás", suenan sospechosamente mesiánicas.

Pero no hay tal. Ella no es ningún símbolo, ni lideresa de nadie. Le deseamos suerte y que le vaya bien, pero ella no puede hablar a nombre de millones de indocumentados, por más similar que crea que es su caso al de los demás.

Su problema es propio, y personal, no de la comunidad. Su caso es único, como son todos y cada uno de los casos de indocumentados en Estados Unidos. Ninguno se puede usar para generalizar a los otros.

Actualmente, hay más de 3 millones de niños nacidos en Estados Unidos, como Saúl, que tienen padres indocumentados, según el Centro Pew de Estudios Hispanos. Diariamente, millones de madres indocumentadas viven y trabajan duro por sus hijos ciudadanos americanos, sin meterse en problemas legales, y sin hacer escándalos.

Y también, desafortunadamente, anualmente miles de madres y padres son detenidos, reciben órdenes de deportación, y salen del país, quizá decepcionados y derrotados, pero sin separarse de sus hijos por ningún motivo.

El que una inmigrante como Elvira Arellano (o como yo o cualquier otro inmigrante) siquiera insinúe ser una especie de símbolo o líder de todos esos padres de familia indocumentados es un insulto para ellos, como comunidad. No tenemos ni el derecho ni la estatura moral de usarlos como arma para arreglar nuestros problemas exclusivos a nombre de ellos.

Con las obvias diferencias, este caso me recordó al del balserito cubano Elián González, que dividió al mundo años atrás, ¿se acuerda? Ambos son problemas legales, no políticos, pese a lo cual varios grupos (pro y anti inmigrantes) los politizaron para su propio beneficio.

Al final, prevaleció la ley, y al final esto enojó a un grupo importante de la población, a quien la ley les parece injusta y despiadada.

Y quizá lo sea. Pero la manera de cambiarla es usando sus propios recursos y trucos. como votando y cabildeando, no rompiéndola. Eso ha probado una y otra vez ser contraproducente, a menos que uno desee iniciar una revolución.

El caso de Elián González amenazaba con convertise en un símbolo, en una cruzada, con el inicio de una revolución sangrienta que algunos vaticinaban... y al final, el asunto se olvidó y se dejó atrás.

Como seguramente ocurrirá con el caso de Elvira Arellano, a pesar de la revolución que ella busca iniciar.

E-mail: cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.blogspot.com

jueves, agosto 16, 2007

The U.S. Government now goes after its own naturalized citizens

By Cesar Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — Mr. Felix was my accountant back in Texas, just before my moving to Southwest Florida, one year ago.

As a permanent resident for more than twenty year, Mr. Felix is an immigrant from Oaxaca, Mexico. We use to have a friendly argument all the time about how convenient —or not— U.S. citizenship was.

He opposed becoming an American citizen. I, on the other hand, insisted —just for the sake of contradicting him— that one had the obligation to swear before the Star-Spangled Banner, if he had a life and family in this country, like him.

"You never know what could happen later", I repeated.

"Look", Mr. Felix said, dressed in his usually impeccable suit, which it seemed he never took off, not even to sleep. "Legally there is no difference between a permanent resident and a U.S. citizen. That is, aside from voting and being elected to office".

"Other than that", he kept on, "all their rights and duties are the same".

"By the time I retire, the Social Security Administration will pay me all my due benefits for all the years I worked, like any American citizen", he explained confident. "So, why take all that trouble to become a citizen? It's not worth it".

I repeated my litany: "Yes, Don Felix, but that's today. You never know what could happen tomorrow".

That was one year ago. Barely twelve months.

And that "tomorrow" we saw so far in the future back then, seems to be not so far after all.

Last July 19, the U.S. Senate voted on an amendment to the College Cost Reduction Act (HR 2669), proposed by Senator John Ensign (R. NV).

Said amendment planned to force every legal alien in the country to submit quarterly all their immigration documents to the government, to prove he or she is legal.

If the alien did not comply, their Social Security benefits would be denied, period. No excuses.

The worst is that the law would include even American citizens born overseas —naturalized citizens. Only U.S.-born citizens would be excluded.

So, no matter if you had been an American citizen for decades, nor if you are an honest, hard-working, law-abiding and tax-paying person, who and served in the military and feels more American than many U.S.-born citizens: Just for being born outside the country, you would be considered an "alien" forever, and your Social Security benefits —for which you worked so hard for so long— would be removed if you couldn't prove over and over your being American, every three months.

Sen. Ensign's amendment is unconstitutional in principle. Article XIV of the U.S. Constitution reads: "All persons born or naturalized in the United States, and subject to the jurisdiction thereof, are citizens of the United States and of the State wherein they reside. No State shall (...) deny to any person within its jurisdiction the equal protection of the laws."

"This is unbelievable", said Victor Valdes, a naturalized American activist born in Cuba, who chairs the Naples Chapter of the League of United Latin American Citizens (LULAC). "I had seen such things only in Cuba. That's how Fidel Castro started, by passing laws for his own benefit".

Sen. Ensign's amendment was not approved. It needed a minimum of 60 votes to pass to the House and become law. However, the proposal was voted by 57 senators; it ended just 3 votes short of being approved.

Oddly, Florida Senator Mel Martinez, an immigrant himself, voted in favor, probably without fully realizing this proposal could potentially hurt him as a naturalized citizen.

(Neither Sen. Martinez's office, nor Sen. Ensign's responded to our requests for comment on the issue.)

This says a lot about the anti-immigrant feelings in vogue today in the United States.

For Rosa Rosales, LULAC national president, the proposal was "a slap on the face" of Latinos, according to a press release.

"This amendment would have left elderly, disabled, and widowed families with the burden of proving the mandatory components of this amendment. Not only do these individuals require the most support in terms of Social Security benefits, but they also would have had the most difficult time satisfying these requirements", Rosales wrote.

Despite not being approved, the amendment is far from dead.

"Oh, they will submit it again later, with minor changes, and it will pass", said Mr. Valdes wryly. "That's the way things are done in this country".

No matter how hard I try to understand the purpose of Sen. Ensign's amendment, I just can't.

What is the point in forcing millions of U.S. citizens to submit four times a year all the paperwork they exhaustively have already presented to the Immigration Bureau and the Department of State?

Would this make the country safer? We doubt it. Would this reduce crime and terrorist attacks? I don't think so.

It would be just the opposite: It would create more problems, since more staff would be needed to process the tsunami of documents that will —unnecessarily— flood government offices.

So, in the end, the so-called College Cost Reduction Act would not cut expenses, but increase them.

I know what some may say: "They're illegals, anyway, I don’t care. Good riddance!". But let me remind you that this is American citizens we are talking about. Legal immigrants who have followed all the rules and the paperwork to gain citizenship.

A similar situation happened during the 1930's Germany, when nobody protested when anti-Jewish laws were approved. After all, despite being in Germany for generations, they were not "real" Germans, were they? Some even say Jews were not human beings.

So, what's in store for Hispanic immigrants (legal and illegal) in the U.S.? A law to seize their properties?
A patch to sew on their chests? Concentration camps for those who are not "real" Americans, no matter if they are naturalized citizens?

This bizarre situation made me remember an opinion by another Cuban-born American citizen —Marcos, my ex-boss in the Dallas newspaper where I used to work.

He once said a real truth: "If some day panic ensues in this country, they are going to look for someone to blame", he said. "And the first ones they will go after, club in hand, would be people like you and me".

They are already preparing the clubs.


Estados Unidos ya está hostigando a los propios ciudadanos naturalizados

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — Don Felix era mi contador, en Texas, poco antes de mudarme a Florida hace un año.

Residente permanente desde hace más de veinte años, don Felix es un inmigrante mexicano de Oaxaca que siempre mantenía un debate amigable conmigo sobre la conveniencia o no de la ciudadanía americana.

Él estaba en contra de hacerse ciudadano. Yo, en cambio, le insistía —más por llevarle la contraria que por otra cosa— en que uno tenía la obligación de jurar a la bandera de las barras y las estrellas si ya tenía una vida hecha y familia en este país. Como él.

"Uno no sabe qué pueda pasar después", le repetía yo.

"Mire usted", comentaba don Félix, ataviado con su impecable traje que parecía no quitarse ni para dormir. "Legalmente no hay diferencia entre un residente permanente y un ciudadano americano. Excepto el votar y ser elegido a un cargo".

Fuera de eso, continuaba, los derechos y las obligaciones son los mismos.

"Incluso, cuando yo me retire, el Seguro Social me va a pagar los beneficios por todos los años que trabajé, como a cualquier ciudadano", explicaba confiadísimo. "Así que, ¿para qué tomarme la molestia de hacerme ciudadano? No tiene caso."

Yo repetía la letanía: "Sí, don Félix, pero eso es ahora. Uno no sabe lo que va a pasar mañana".

Eso fue hace un año. Apenas doce meses.

Y ese "mañana", que veíamos tan lejano en el futuro, parece que no va a estar tan lejano, después de todo.

El pasado 19 de julio de 2007, el Senado de Estados Unidos votó por una enmienda a la ley de Reducción de Costos Universitarios (HR 2669). La enmienda fue propuesta por el senador (republicano, casualmente) de Nevada, John Ensign.

¿De qué hablaba la propuesta del senador Ensign? Simplemente proponía exigir que todos los extranjeros legales presentaran cada tres meses al gobierno todos sus papeles de inmigración en regla, para poder recibir los beneficios del Seguro Social.

Si el extranjero fallaba, se le negaban los derechos. Punto. Sin más.

¿Terrible? Lo es. Pero falta lo peor: La ley incluiría a todo "extranjero" legal... incluyendo ciudadanos americanos que hubieran nacido en otro país. (O sea, naturalizados.)

La ley sólo excluía a ciudadanos "nacidos en Estados Unidos".

No importa que uno haya sido ciudadano americano desde hace décadas, que haya servido en el ejército, sea una persona honesta, trabajadora y cumplidora, ni que haya pagado todos sus impuestos a tiempo o se sintiera más americano que los americanos: Por el simple hecho de haber nacido fuera del país, seguiría siendo considerado "extranjero", y sus beneficios del Seguro Social (por los que trabajó tanto tiempo) se le negarían si no comprobaba su "americanidad" cada tres meses.

De hecho, ni siquiera la propia Constitución de Estados Unidos hace distingos entre ciudadanos nacidos y naturalizados.

El artículo XIV constitucional, propuesto desde 1866 y ratificado en 1868, dice en su Primera Sección: "Todas las personas nacidas o NATURALIZADAS en Estados Unidos, y sujetas a la jurisdicción del mismo, son CIUDADANOS de los Estados Unidos..."

O sea, la tal enmienda ya es anticonstitucional, de principio.

"Esto es increíble", me comentó Víctor Valdés, un activista cubano-americano, quien es líder de la Liga de Ciudadanos Latino Americanos Unidos (LULAC) en Naples, Florida. "Sólo había visto esta clase de cosas en Cuba. Así comenzó Fidel, poco a poco, aprobando leyes a su favor".

La enmienda no fue aprobada por el Senado, por fortuna. Necesitaba un mínimo de 60 votos (del total de 100 senadores) a favor para pasar a la Cámara de Representantes y hacerse ley.

Pero lo más grave es que la propuesta obtuvo 57 votos a favor, apenas le faltaron 3 para ser aprobada.

Curioso es que un senador inmigrante (Mel Martínez, de Florida) votó a favor, siendo que esa propuesta pudiera perjudicarle a él mismo, por no ser ciudadano nacido en Estados Unidos, sino naturalizado.

El que la enmienda fuera derrotada en el Senado (aunque por escasísimo margen) nos dice mucho del ánimo anti-inmigrante que existe en Estados Unidos.

Para Rosa Rosales, presidenta nacional de LULAC, la propuesta fue "una bofetada en la cara" para los latinos, según dijo en un comunicado de prensa.

"Esta enmienda hubiera dejado a la gente mayor, a los discapacitados y las familias de viudas con (una) carga (y) hubieran tenido muchas dificultades en satisfacer esos requisitos", dijo Rosales.

Esto mismo lo han sentido otras organizaciones además de LULAC. El Concejo Nacional de La Raza (NCLR) emitió un comunicado donde pide a los hispanos firmar una carta de protesta por la enmienda, y enviarla por internet a los senadores.

Pero el que la enmienda no haya sido aprobada, no significa que haya muerto.

"Al rato le hacen unos pequeños cambios, la vuelven a meter y la aprueban", comentó irónicamente Valdés. "Así es como hacen las cosas en este país".

¿Cuál es el objetivo de esta enmienda? ¿Qué caso tiene obligar a millones de ciudadanos americanos a presentar cuatro veces al año todo el papeleo con el que ya cumplieron ante el Servicio de Inmigración y el Departamento de Estado?

¿Hará esto más seguro al país? Lo dudamos. ¿Traerá beneficios, reducirá el crimen, el riesgo de ataques terroristas? No creo. Más bien traerá más problemas, porque se necesitará contratar más personal para recibir y procesar todo el tsunami de papeles que inundarán las oficinas burocráticas. Innecesariamente.

(Irónicamente esta enmienda causará más gastos, dentro de una ley supuestamente diseñada para reducirlos.)

Toda esta situación me hizo acordarme de otro cubano, Marcos, quien fuera mi jefe en el periódico de Dallas donde trabajé.

Una vez que platicábamos para arreglar el mundo me comentó algo muy cierto: "Si alguna vez cunde el pánico en este país, van a buscar culpables por todo", decía, entre cigarro y cigarro. "Y a los primeros que van a salir a corretear a palos en la calle van a ser gente como tú y como yo".

Ya están preparando los garrotes...

Publicidad por correo en Estados Unidos: Retacando el buzón

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — El otro día fui al buzón, como siempre. Y me di cuenta que estaba retacado.

Confieso que me alegró. El recibir cartas es símbolo de recibir noticias, ¿no? Generalmente buenas.

O al menos eso espera uno.

Cuál no fue mi sorpresa al darme cuenta de que el 99% del correo era publicidad: Ofertas de esto, promociones de aquello...

Me prometían ser más rico, más delgado, más guapo, más exitoso...

Cómo si yo lo necesitara, ja.

(Comentarios irónicos abstenerse.)

Obviamente, todos esos sobres los tiré a la basura. Completitos. Ni siquiera los miré.

Qué diferencia a cuando recién llegué a Estados Unidos. Recuerdo cómo me alegré cuando, recibí la primera correspondencia ya bajo mi nombre. ¡Al fin era alguien en este país!, me dije. ¡Al fin ya habían notado que existía!

(Claro, entonces no me di cuenta de las deudotas en tarjetas de crédito que me iban a causar esas cartas tan amables, con mi nombre.)

¿De verdad no se dan cuenta los que mandan toda esa basura que nadie los lee?

¿O de verdad hay gente que sí lee toda esa publicidad que le mandan?

No dudo que a veces sí hay cosas que me interesan. Por ejemplo, yo guardo los cupones para restaurantes (dos comidas por una no es mala ganga). También las ofertas de pizzerías. Pero fuera de eso, lo demás se va derechito a la papelera.

Las ofertas de tarjetas de crédito (y las famosísimas "¡Ya deje de tirar su dinero rentando!) ni las abro: A ésas les corro como a la peste.

Suena como un problema menor. Total, el correo basura se tira y ya.

Y el correo basura por internet nomás se borra. Déle "delete". El problema es cuando se te juntan, digamos, 5 mil mensajes que no quieres. No hay tecla (ni dedo) que aguante tanta presión.

(Precisamente la semana pasada se me atoró la cuenta de e-mail que me dieron en el periódico por tener "atorados" 2 gigas de mensajes. Los ingenieros echaron mano de toda su destreza profesional para solucionar el problema: Borraron todo. Listo. Cero y a comenzar de nuevo. ¿A quién se les habrá ocurrido llamarlos "ingenieros", si parece que lo que les falta es precisamente, ingenio?)

Pero volviendo a la publicidad por correo de papel, según grupos ambientalistas esto es sólo una molestia, sino un problema serio, de tintes potencialmente catastróficos.

(¿O hay alguna amenaza ambiental que no lo sea? Al menos para los ecologistas.)

Según el libro "50 Cosas Simples que Ud. Puede Hacer para Salvar la Tierra" (mencionado por la Wikipedia):

—Cada año se cortan 100 millones de árboles para producir el llamado "correo basura".

—250 mil casas pudieran calentarse con un sólo día de correo basura.

—Cada año, la gente de Estados Unidos recibe casi 4 millones de toneladas de publicidad en el correo.

—Anualmente, la producción y procesamiento del correo basura consume más energía que el de 2.8 millones de automóviles.

Son cifras impresionantes. De que sean ciertas o no, es otra cosa, pero al menos da una idea.

Y pone los pelos de punta, que supongo es la intención principal de los ecologistas.

Yo entiendo que los negocios necesitan promoción. Y el correo directo, dicen los expertos, es el arma publicitaria más efectiva de todas.

Además, muchas familias dependen de esa industria.

Por eso no estoy a favor de que se prohiba nada. Pero, ¿qué tal si se reduce?

¿Cuántos árboles y energía se salvarían al año si se redujera el correo basura en un 1%? ¿O digamos en un 5%?

No sólo estamos hablando de salvar árboles, sino de ahorrarnos la energía que se gasta en producir el papel, la tinta y el gasto de envío.

Además, se gastaría menos gasolina para entregar toda esa correspondencia... que al final nadie quiere.

Los camiones serían más livianos, los aviones del correo gastarían menos turbosina, o como se llame su combustible.

Además, acuérdese que también gastamos tiempo y energía en deshacernos de todas esas ofertas. Sobre todo hoy en día, cuando por eso del robo de identidad uno debe hacer pedacitos, quemar y de ser posible, atomizar cualquier oferta que luego nos puede aparecer en el crédito.

(No, no basta tirar las ofertas. Ahora ya vienen con su nombre, dirección y todo pre-impreso, nomás para que uno ponga la firma. Si la tira, no falta algún viviales que se dedique a atracar los botes de basura y enviar las solicitudes de tarjeta de crédito con su dirección y nuestro nombre).

Por eso las trituradoras de papel nunca han estado tan de moda. Y eso que cuando yo era niño, ni existían, eran aparatos de ciencia ficción. Cuando los llegué a conocer, en alguna película, siempre eran artilugios exclusivos de políticos corruptos, ejecutivos deshonestos y gángsters (que a fin de cuentas son lo mismo) para destruir evidencia.

El otro día compramos una de esas maquinitas, y viera la bronca que es. Teníamos que meter sobre por sobre, hoja por hoja, a mano. Y a veces se atoraba. Quizá necesitábamos uno de esos modelos industriales, pero ¿para qué gastar cuando uno puede recurrir al sistema clásico? Doblez y "riiiiiip". A pura mano.

¿Dónde quedó la trituradora? En algún lugar del garage. El bote lo terminamos usando de cesto en algún rincón.

Por fortuna, hay una solución. Yo ni sabía que existía.

Según varios sitios de internet, hay organizaciones y grupos a los que uno puede llamar para que lo quiten de la lista de envíos de correo basura.

El servicio funciona un poco como el que prohibe a las empresas de telemarketing a llamar a los clientes que no quieren que los llamen. Uno puede llamar y pedir que no lo molesten.

En el caso del correo, según, uno debe escribir a la Asociación de Mercadeo Directo, para pedir que no le manden publicidad.

Esa sí es una carta que vale la pena enviar.

viernes, agosto 10, 2007

Tacos vs. Tácous: Restaurantes ¿mexicanos? en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — "Vamos a comer", invité un día a la tropa del periódico, recién llegado a Florida desde Texas. "Comida mexicana".

Mi amigo y maestro Efraín no estaba muy seguro de aceptar o no la invitación.

"A mí me encanta la comida mexicana", comentó con su inconfundible acento peruano. "Excepto los tacos".

(¡¡Boooooommmm!!)

Aquello fue para mí como una estocada a lo más profundo de mi orgullo como mexicano (o como tragón, dirían los cínicos).

¿Era posible que hubiera alguien en este planeta a quien no le gustaran los tacos mexicanos?

Tras comentar un poco con Efraín, me di cuenta que los únicos tacos que había él tenido la ocasión de probar eran los americanos.

(O sea, los "tácous").

Desde que conocí tales engendros les tomé tiña. Cosa más horrenda no había probado.

Mi horror se intesificó aquél día de 1997, recién llegado a Estados Unidos y con apenas 3 dolares en el bolsillo que pudimos juntar y esposa y yo entre moneditas que encontramos debajo del asiento del carro.

Habíamos salido a pasear ese domingo, y lo único barato que pudimos comprar eran precisamente 3 tacos por un dólar.

Pensé: "Bueno, con hambre hasta las piedras saben bien... Cuanto más los tácous".

Mentira vil.

Los probé. Están hechos de tortilla dura rojiza y seca, medio doblada, rellena de picadillo medio microondeado a la carrera, lechuga de paquete y (¡horror de horrores!) queso amarillo rallado.

Esa experiencia me dejó vacunado contra los tácous. Pero no contra la comida mexicana (auténtica), la cual es difícil de encontrar.

Sí, hay muchos Mexican restaurants en Estados Unidos, pero no importa qué tanto se esfuercen, los platillos no saben igual a los de "allá".

Quizá sean los ingredientes, la carne o los químicos que les echan a las verduras de aca. Sepa.

(Un cínico dijo que son las moscas y el polvo los que sazonan los taquitos de los puestos callejeros de mi México lindo y querido.)

Desde entonces, he tratado de comer en cuanto restaurante que promocione comida mexicana en Estados Unidos. Sin mucho éxito.

Una empresaria amiga de Florida una vez se hizo una pregunta en voz alta: "¿Porqué no pueden haber restaurantes mexicanos bonitos en Estados Unidos?"

La comida es excelente, decía. Pero al ambiente le falta. ¿Porque no hay restaurantes agradables, que sirvan comida mexicana? ¿Porqué todos tienen que ser fonditas?

"En nuestros países hay razón de que las fonditas sean feitas, porque no hay dinero. Pero lo compensan con la comida. Pero en Estados Unidos?", se preguntaba.

Y es cierto. Los únicos restaurantes de comida "latina" que tienen buen ambiente son los de las cadenas como Chili's, On The Border y otros. (Pero no son "mexicanos", sino de dueños americanos).

Además, la comida es Tex-Mex, no realmente mexicana. Y sus clientes son mayoritariamente anglosajones.

¿Porqué los mejores restaurantes latinos tienen que ser para gringos?

Esta pregunta me llevó a otras más, que no me canso de repetirme al respecto:

¿Porqué los dizque "Mexican restaurants" tienen salsas tan desabridas?

¿Porqué en esos restaurantes (supuestamente mexicanos, conste) nunca tienen horchata, Pascual de frutas o Delaware Punch? Y cuando lo tienen, ¿porqué me lo cobran más caro que un tinto importado de Burdeos?

¿Porqué me tienen que cobrar 7 dólares por una tacita de guacamole (que es simple aguacate aplastado con tomate y cebolla, por Dios), ó 15 dólares por dos quesadillas con arroz y frijoles? Y al final terminamos pagando más de 50 dólares una familia de 4 por haber ido a comer lo que en cualquier puesto de la calle en México nos cuesta diez veces menos.

Y a todo esto, ¿porqué la insistencia de decorar esos restaurantes (supuestamente mexicanos, le recuerdo) con peinetas, abanicos y castañuelas flamencas? ¿O con maracas caribeñas? ¿O con imágenes de bailarinas que se ponen piñas, uvas, plátanos y todo el frutero en la cabeza, como la brasileña Carmen Miranda?

A fin de cuentas (y no me canso de insistirlo), ¿quién les dijo a los gringos que los tacos llevan queso amarillo rayado y picadillo a medio cocer? ¿Y con tortillas duras, frías y amarillas para tostadas?

Cierto, hay grandes ejemplos de cadenas exitosas de restaurantes de comida latinoamericana, como el cubano Pollo Tropical, el centroamericano Pollo Campero y hasta el mexicano Pollo Loco. Ellos sí han logrado el "crossover" de manera exitosa y compiten con las cadenas americanas de igual a igual.

¿Pero porqué no han entrado a Estados Unidos las comidas más sabrosas de la cocina mexicana?

Existen, claro, pero en fonditas pequeñas, en barrios hispanos, cuya clientela está restringida. No han dado el salto, el "crossover".

Algunos argumentan que la comida mexicana es demasiado grasosa y condimentada para el gusto sajón (debería de ver las "salsas" que venden en Taco Bell. Esas las usaríamos en México como miel para hotcakes). Pero yo he visto que a los gringos les encanta tupirle al picante.

De hecho, ya la salsa sobrepasó al cátsup en el paladar americano desde hace tiempo, según

El otro día me decidí e invité a Efraín a una fondita mexicana de la esquina. Se llama Mi Bandera, y es el típico restaurante mexicano de Estados Unidos: Tres o cuatro televisiones sintonizadas en programas de grito pelado de Univisión o Azteca América; sombreros de charro colgados del techo, murales representando algún pueblito —casualmente donde nació el dueño del changarro—, música grupera a todo volumen y la infaltable efigie de la Guadalupana).

Allí Efraín pudo probar los auténticos tacos mexicanos: Pidió uno de trompo, uno de barbacoa, uno de carnitas y uno de fajitas. Aunque como si fuera maldición o complot tex-mex, se les había acabado el cilantro y la cebolla.

Pero eso bastó para que Efraín cambiara su opinión radicalmente sobre los tacos mexicanos. Un converso más

Yo por lo pronto, ya tengo mi lista cada vez que voy a Tampico: Al lado de la visita de parientes y amigos, reservo tiempito para darme una escapadita a las Tortas de la Barda, las Gordas de Doña Tota, las gorditas de Juan Derecho, las infaltables Tripas de Adrián y los Tacos de la Corona.

¡Viva Méksicou!

E-mail: cfzap@yahoo.com
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viernes, agosto 03, 2007

Sólo los ricos podrán hacerse ciudadanos americanos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — Ya he mencionado esto antes en otras columnas, pero lo repito porque aún me duele.

Me costó 8 años y más de 20 mil dolares inmigrar legalmente a Estados Unidos.

Esta es la cifra que resultó un día que se me ocurrió comenzar a hacer números sobre los costos de mis trámites y de mi familia.

Claro, ese dinero no me lo cobraron de golpe (ni que lo tuviera). Fue el resultado de todo el proceso de obtener la famosa "green card": Pago de abogado, costos de trámites ante Inmigración, copias, documentos, visas, etcétera.

Pero también incluye los viajes a México para renovar las visas, pasajes, comidas y hospedaje.

Que, aunque me digan que no es el costo "oficial" de todas maneras alguien lo tuvo que pagar.

Y ése resulté ser yo, claro.

De hecho, aún vengo arrastrando las deudas de todos esos los trámites (se me ocurrió la "genial idea" de pagar mil dólares con tarjeta de crédito... los cuales ahora ya ni quiero ver cuánto totalizan, sumando intereses y recargos sumados).

Pese a mis quejas (y a lo horroroso del costo), reconozco que no me pasó a mí nada del otro mundo: Esta es la misma situación que enfrentan millones de inmigrantes que llegan a Estados Unidos por la vía "legal".

Y aunque aún se me ponga la piel de gallina, no quiero ni imaginar a cuánto me habría salido el chistecito en caso de haber hecho los trámites hoy en día.

Ese es el drama que viven muchos inmigrantes latinoamericanos ahora, cuando entraron en vigor, el pasado lunes 30, aumentos de hasta el 66 por ciento en los cobros por trámites del Servicio de Inmigración y Ciudadanía.

(Hay un artículo detallado en la página 7 de esta edición de GACETA.)

Con estos costos, ahora ya me entró la duda de si me podré hacer ciudadano.

Porque para cuando me toque, dentro de dos años, seguro el trámite ya costará más de mil dólares... si no es que más.

¿De dónde voy a sacar para pagar eso, si como dije, aún debo lo de mis visas?

Lo peor es que si le pienso mucho, al rato el cobro va a subir y subir.

Tendré que hipotecar mi casa.

(Perdón, ya está hipotecada)

Yo sé que la ciudadanía es algo valiosísimo, no lo pongo en duda.

Pero siempre pensé que cuando decían "valiosísimo" se referían en términos de apreciación patriótica y espiritual, no en dólares.

El director del Servicio de Inmigración y Ciudadanía, Emilio T. González, justificó la medida durante una reciente conferencia de prensa, explicando que lo hicieron por una sencilla razón: "Porque necesitamos el dinero".

"Noventa y nueve por ciento de nuestro presupuesto proviene de los cobros de los usuarios, y necesitamos modernizar y mejorar el servicio y contratar 1,500 empleados más", agregó.

La agencia dispone de 1.7 mil millones de dólares al año para operar, pero con los aumentos se llegará a 2.3 mil millones, aseguró.

Irónicamente, el aumento no coincide con la mejora del servicio. El propio González confesó que a cambio de pagar 66% más, los trámites, sólo se agilizarán en apenas 20%, y hasta finales de 2008.

Como siempre, quedan más dudas que respuestas.

¿Vale la pena aumentar tanto, si sólo van a hacer los trámites un poco más rápido?

¿Y qué pasó ahora que les llegaron montañas de solicitudes, de gente que trataba de meterlas antes del aumento? Ahora Inmigración tiene más trámites pendientes, que seguro se retrasarán. ÀNo fue contraproducente?

Yo sé que tener papeles es una enorme diferencia, para mejorar la vida de muchas familias.

Pero no dudo que más de uno le piense dos veces ahora con esos precios. Quizá habrá quien opine que es mejor quedarse de indocumentado.

Pero la mayoría no tienen de otra. Hay que bailar al son que nos toquen.

Porque al paso que van las tarifas del Servicio de Inmigración, ya no se van a hacer residentes ni ciudadanos americanos los que verdaderamente lo quieran o lo merezcan, sino sólo aquellos que lo puedan pagar.

O sea, los ricos.

Mientras, los pobres seguirán llegando ilegalmente.

Porque no les dejan de otra.


E-mail: cfzap@yahoo.com

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"Ayúdenos a ayudar a los hispanos", pide la Policía

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — "¿Cómo pueden ustedes ayudarnos?" Esta fue la principal pregunta que nos hicieron a un grupo de personas de la comunidad hispana, en dos reuniones recientes realizadas en la zona este de Fort Myers.

Ahí estuvimos reúnidos de todo: Ministros religiosos, representantes de la comunidad, ciudadanos y claro, la prensa.

¿Quién hacía esa petición de ayuda? No era ninguna persona desvalida. No era un grupo de personas pobres. Tampoco eran víctimas de violencia, o abuso.

Quienes nos hicieron la petición eran personas fuertes y bien alimentadas. Capaces de tumbar a más de uno de un movimiento.

Además, estas personas andan armadas con pistolas.

Eran ni más ni menos que... Policías.

Representantes de la Policía de Fort Myers llamaron a la reunión, organizada por la Cámara Hispana de Comercio, para enfrentar un serio problema criminal que sufre la zona alrededor de la Palm Beach Boulevard, poblada en su mayoría por negros e hispanos: La falta de comunicación de los hispanos con la fuerza de la ley.

"¿Cómo podemos lograr que la gente nos llame para denunciar los delitos que se cometen en la zona?", era la preocupación de los oficiales de policía.

Algunas personas ni siquiera necesitan verlo en las noticias, porque lo viven a diario: Balaceras, tráfico de drogas, asaltos y hasta asesinatos.

Lo peor es que se trata de una zona muy poblada por familias.

Pero la gente no denuncia estos delitos. O al menos no con la frecuencia que la Policía quisiera.
"Ayúdenos a ayudar", era la solicitud de los oficiales a los líderes comunitarios, iglesias y a nosotros, los medios.

En esta reunión mensual se dan varias ideas. Nosotros ofrecimos estas páginas para comenzar a hacer un acercamiento de la Policía con la gente.

Pero sabemos que es un tema muy difícil. Porque la gente (nuestra gente) tiene miedo.

"Voy a denunciar a los delitos que vea en mi barrio" es una frase que suena muy bien. Muy civil y legal.

Pero no es lo mismo cuando la dice un ciudadano americano que vive en un barrio acomodado, a cuando la dice un inmigrante hispano (quizá sin papeles) que vive rodeado de vengativas pandillas.

El miedo es una enorme diferencia. Los toros siempre se ven facilitos desde la barrera.

VACACIONES

Regresé apenas días atrás de mis vacaciones (las primeras en 10 años... y las más cansadas de toda mi vida).

Me fui a Texas. Pero antes de que me comiencen a hacer chistes por el bronceado, debo aclarar que fui principalmente a trajinar.

Necesitaba solucionar algunos pendientes que dejé con mi casa allá, la cual ya estoy vendiendo.
Como por ejemplo, sacar todos los trebejos de la cochera.

¡Cómo se llena uno de porquerías en este país!

Mi esposa y yo, junto con varios parientes, nos pasamos horas sacando tiliches que ni siquiera sabía que se habían inventado.

Nada era caro, la mayoría eran cosas compradas de ganga en ventas de garage, tiendas de segunda u ofertas en el mall.

Una parte de estas cosas las guardamos en una bodega allá en Texas. Otra la repartimos entre parientes y amigos, mientras que otra más la regalamos. Lo demás, lo tiramos.

Y aún así... sobraron triques suficientes como para llenar el carro al tope, cual gitanos.

Me lo traje todo. Para juntarlo con los triques que ya estoy amontonando aca.

Mi mamá me dijo, sabiamente: "Si odias a alguien... deséale que se cambie de casa dos veces al año".

En esta profesión del periodismo, uno siempre sospecha de que hay quien nos odia.

Pero es hasta ahora que lo estoy comenzando a comprobar.