viernes, marzo 23, 2007

La rueda de la fortuna de los inmigrantes en Estados Unidos

Desde las Entrañas del Monstruo

Por César Fernando Zapata

Fort Myers, Florida — Hace algún tiempo, me reencontré con un viejo amigo a quien conocí cuando recién llegaba a Estados Unidos.

En 1997, Tony era un joven venezolano de aproximadamente mi edad. Le fascinaba cantar, se acababa de divorciar, y trabajaba como mecánico en un taller.

Tony era amable, simpático y tenía su "pegue" con las chicas. Su especialidad era enamorarlas con canciones rancheras, y a cuanta fiesta lo invitaban se aparecía vestido con un impresionante traje de charro blanco, que le sentaba mejor que al mismo Vicente Fernández.

Cuando perdió su trabajo, Tony tuvo que emplearse de lo que fuera: Lo contrató un amigo como mensajero, y después se mudó a Houston, donde, para no morirse de hambre, se dedicó a hacer entregas en una florería.

Fue cuando le perdí la pista.

Años más tarde, encontré su e-mail y lo contacté. Se alegró de saber de mí. Me invitó a cenar a un restaurante "tex-mex" junto con su nueva esposa y su hija.

Claro, me dió mucho gusto volverlo a ver, pero lo que más me impactó fue el cambio que sufrió.

Ya no era aquél muchachito del taller mecánico, ni el mensajero que siempre batallaba para pagar sus cuentas.

"Me puse a estudiar", confesó, riendo como siempre. "A como pude, porque tenía que trabajar".

Poco a poco, a tropezones y empellones, terminó una carrera técnica. Luego, se logró titular en la universidad, pidiendo prestado y con medias becas.

Siguió trabajando entregando flores, y cuando el negocio mejoró, fue a comprar una camionetita "van". Se indignó cuando el vendedor ni lo quiso atender porque le dijo que "ustedes los mexicanos no tienen ni para pagar el enganche".

"Fui al banco, saqué todo el poco dinero que tenía ahorrado, y le pagué en efectivo, para taparle la boca", recordó Tony, muy enojado. "Para que no anduviera hablando mal de todos nosotros, los hispanos".

Meses después, se dio cuenta de que el negocio de entrega era bueno. Logró comprar otra camioneta, para que su esposa le ayudara.

Allí, durante nuestra reunión al calor de una ricas fajitas marinadas, me contó con satisfacción que había sido muy duro al principio, pero que por fin estaba logrando su sueño.

"Ahora ya tengo una flotilla de tráilers que distribuyen mercancías a las tiendas de varios estados, incluído Texas", contó, con la sencillez de aquellos a los que su éxito les ha costado.

Años atrás, muchas personas no hubieran dado cinco centavos por el futuro de aquél muchachito venezolano que sobrevivía como mensajero.

Como el vendedor de autos que le cerró la puerta en las narices porque lo vió pobre y mal vestido.

Me acordé de esta anécdota al enterarme del fallecimiento de todo un personaje admirado en la comunidad hispana del Suroeste de Florida, el Dr. Miguel Villalobos, educador y líder cívico a quien desafortunadamente no tuve el honor de conocer.

En una entrevista que concendió en 2004, el Dr. Villalobos confesó que cuando llegó a Estados Unidos, a principios de los años 1960's, tuvo que hacer casi de todo: Fue pintor de brocha gorda, chofer, camarero y empleado de una fábrica de muebles.

Esto, a pesar de ser abogado titulado en ley consular y constitucional en su natal Cuba.

Y, aunque no lo dijo, quizá Villalobos también habría sufrido de discriminación o el desprecio de algunos, simplemente por ser un trabajador humilde.

Pero el Dr. Villalobos no se dió por vencido. Estudió, se preparó, y logró obtener su doctorado en Filosofía por la Universidad Estatal de Florida en 1978, y convertirse en la eminencia que todos en la comunidad admiran.

Comenzó como obrero, y murió como educador, maestro, abogado y fundador de
instituciones cívicas.

También, este lunes 12, asistí a la celebración anual de la organización Amigos Center, que ayuda a inmigrantes hispanos a aprender inglés y dar sus primeros pasos en Estados Unidos.

Como orador invitado acudió el Sr. Diego Grisales, director del Programa del Concejo de Alfabetización de la ciudad de Bonita Springs, Florida.

En su participación, el Sr. Grisales también relató sus duros inicios en Estados Unidos, como humilde empleado de limpieza y supermercado, a pesar de tener una maestría en Economía y Administración Financiera de su natal Colombia.

Pero con empeño y trabajo, el Sr. Grisales salió adelante. Y aún hoy, sigue en la lucha, día a día.

Como el Dr. Villalobos, el Sr. Grisales y mi amigo Tony, hay miles de historias similares de inmigrantes que comienzan desde abajo.

Quizá también es la historia de usted, o de algún familiar o amigo.

¿Cuántos futuros Villalobos, Grisales o empresarios como mi amigo Tony, están ahora llegando a este país?

¿Cuántas de estas personas se encuentran ahora limpiando oficinas, trabajando en la construcción o sirviendo mesas?

Y no es que éstos sean trabajos despreciables, al contrario. Son tan honrados como cualquiera.

Esto es lo que siempre debemos recordar los inmigrantes en Estados Unidos, para tratar a los que cumplen con estas tareas con respeto y amabilidad.

No porque en el futuro vayan a ser famosos o admirados, sino porque, por el simple hecho de ser trabajadores y decentes, ya se merecen desde hoy nuestra admiración.

Los inmigrantes que hemos logrado avanzar quizá debemos recordar que todos vamos en esta rueda de la fortuna que es la vida: Subiendo y bajando.

E-mail: cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.blogspot.com

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