viernes, marzo 09, 2007

La enseñanza más difícil para los jóvenes: Sobrevivir en la jungla humana

Desde las Entrañas del Monstruo

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — Recuerdo que cuando era niño, me daba pavor ir a la iglesia.

Y no es que me pusiera a llorar como desesperado cuando me bautizaron, como Damien Thorn, "El Anticristo" de la película "La Profecía".

Tampoco porque no me gustara la iglesia, o la religión, o los rezos. Podía sobrevivir con ello cada domingo.

No, mi problema era al momento en que el sacerdote nos pedía, a mitad de la misa, darnos "la paz": Me aterraba darle la mano a la gente extraña.

A veces, a media misa, me las arreglaba para "ir a buscar a alguien allá afuera" (casualmente, a la hora de dar la paz).

Pero mis ataques antisociales no se limitaban a la iglesia. También me daba pavor hablarles a extraños. En esos momentos, tartamudeaba, sudaba, y quería salir corriendo de allí. (O le encontraba de pronto profundo interés a las losetas del piso).

Claro, era muy tímido. Pero esa era la excusa: En realidad, no tenía la más mínima idea de cómo tratar a la gente.

Porque nadie me había enseñado.

Mi pobre madre intentaba con todas sus fuerzas hacerme "más sociable", pero sus enseñanzas no pasaban de pellizcarme para que dijera "por favor" o "gracias" en alguna reunión con familiares. (Y ¡claro! a darle el infaltable beso a la nonagenaria tía a la que nunca veía, y que invariablemente usaba mis cachetes de acordeón).

Pero no eran esas enseñanzas las que necesitaba. No, hablo de un verdadero curso de sobrevivencia, sobre cómo comportarse en esa selva que es la raza humana.

Mucho después, con el transcurrir de los años, tuve que aprender. O nadaba o me ahogaba.

Hoy en día, no se puede decir que sea un mago de las relaciones públicas, pero al menos me defiendo. (¡Ya saludo en misa!)

Pero para esto, tuve que tropezarme veinte mil veces, y meter la pata otras tantas. Además de haber dicho las peores tonterías en el momento menos deseado.

Mi ignorancia me costó mucho. Cuando joven, me costó novias seguramente. Y cuando ya trabajaba, esta ignorancia me costó buenas oportunidades, como algún ascenso.

Me acordé de esto al escuchar un comentario el otro día en la radio, de una persona que vió a un adolescente entrar a un restaurante a pedir trabajo en Dallas, Texas.

El muchachito exigió una solicitud. Nunca la pidió amablemente. Cuando se la dieron, preguntó cuánto pagaban (¡Aún antes siquiera de escribir su nombre!). Se molestó cuando supo que ganaría el sueldo mínimo por barrer.

Pero la gota que derramó el vaso fue cuando le dijeron que tenía que trabajar hasta las 9 de la noche. Simplemente aventó la solicitud a una mesa y salió de allí sin decir adiós.

"Esto pasa todos los días", comentó la gerente del negocio, refiriéndose a los jovencitos llegan buscando trabajo.

Me vi a mí mismo en ese muchachito (claro, veinticinco años atrás). Nunca fui grosero, que yo me acuerde, pero igual nunca tuve habilidades para manejarme en sociedad.

La verdad es que nadie nace con esas habilidades sociales.

Cierto, el ser humano es un animal sociable, pero porque es una cualidad que aprendemos. Para sobrevivir.

¿Cuántos jóvenes y niños no pueden ni siquiera sostener una conversación amable, o saludar siquiera?

En vez de esto, ¿cuántos acaban hablando con montones de "eeeehhh", "ahhhh", "hmmmm" y "esteeeee"?

Si no terminan hundidos en la timidez e inseguridad, ocurre lo contrario: Años de "psicología" y "autoestima" inyectada por padres modernos, educadores y los medios, terminan inflándoles el ego de manera espectacular.

Cuántos jovencitos, como el de la anécdota, no llegan pidiendo un empleo a cualquier empresa y exigen puestos de vicepresidente pa' rriba. Y se decepcionan y hasta ofenden cuando les dicen que no van a ganar en dólares ni tendrán carro y secretaria de la empresa a su disposición.

No importa que no tengan experiencia, para muchos jovencitos (sobre todo graduados universitarios), les han metido en la cabeza que "el mundo está a sus pies", y que "valen tanto o más como personas que cualquiera", que se dececionan profundamente cuando el resto de la gente no "reconoce su valía".

¿Comenzar de abajo? Inconcebible.

Muchos no se dan cuenta (o nos dábamos cuenta, de jóvenes) que las primeras impresiones siempre son importantes. Y a veces implican la diferencia entre mejorar tu vida o hundirla.

¿Cuántos de nosotros enseñamos a nuestros hijos a comportarse con otras personas?

Esta no es obligación de la escuela, sino de nosotros, los padres. De la familia.

Si no hay este ejemplo, los muchachos terminan imitando actitudes de personajes "cool" que ven en la tele o en el cine.

Personajes que se visten con los peores trapos que encuentran, nunca se peinan o se afeitan, y arreglan todos sus problemas a punta de pistola y navaja. Nunca con amabilidad, carisma o inteligencia.

Quizá los muchachos crean que así se ven "cool". Pero nunca obtendrán trabajo en ninguna empresa de la vida real.

Porque ser sociable no significa sólo andar besando mejillas por el qué dirán.

Es una habilidad que nos ayuda a saber vender y promocionar lo más valioso que tenemos: Nosotros mismos.

Y eso nos sirve para desde encontrar trabajo, hasta novia.

A nuestra juventud les enseñamos a manejar televisores, computadoras y hasta automóviles.

Pero nunca les enseñamos a tratar la materia más difícil y complicada de todas: Otros seres humanos.

cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.blogspot.com

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