viernes, marzo 30, 2007

"En Estados Unidos, si te preparas —y nunca te callas la boca— llegarás muy lejos"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida — Conocí al artista (como lo llamaré), hace unos diez años.

Fue uno de los primeros personajes que entrevisté en Estados Unidos. Era un pintor a quien se le ocurrió establecer una sala de exhibición de arte en uno de los barrios más peligrosos de East Dallas.

El artista era nieto de mexicanos, pero hablaba poco español.

Pese a esto —y a mi inglés "mocho"— de alguna manera pudimos entablar una conversación. Y me contó una anécdota que nunca olvidé.

"Una vez entré a trabajar a un hotel, como ayudante", recordó. "Fue antes de dedicarme a esto del arte".

Lo primero que hizo, relató, fue pedirle en la administración que le dieran las solicitudes para inscribirse en la unión de crédito de los empleados.

"Me fui a la cafetería de los empleados, y comencé a llenar la solicitud", recordó. "Entonces se me acercó un 'paisano'".

Se refería a un inmigrante mexicano. Lo describió como "de esos de sombrero, bigote y botas". Era uno de los humildes trabajadores de limpieza, que en ese momento comía en el comedor de empresa.

"¿Qué está usted haciendo?", le preguntó el mexicano.

"Estoy llenando una solicitud para la unión de crédito", le respondió mi entrevistado.

"¿Y eso qué es?"

El artista no podía creer la pregunta. Como pudo, le explicó las ventajas de una unión de crédito: Préstamos a bajo interés, oportunidad de hacer un buen historial, etcétera.

Los ojos del inmigrante mexicano se abrieron totalmente, incrédulos: "Oiga, yo no sabía eso. Y ya llevo trabajando aquí quince años. ¿Cómo puedo inscribirme yo también?".

"Allá, vaya al mostrador con la empleada", le señaló el artista.

Muy emocionado, el inmigrante fue a la oficina. Pocos minutos después regresó. No llevaba la solicitud, pero sí traía cara de derrotado.

"¿Qué pasó?", le preguntó el artista.

"La señora de allí me corrió".

"¿Cómo? ¿Porqué te corrió?"

"Porque me dijo que ya no habían solicitudes".

Apenas controlando su cólera, el artista saltó de su silla y comenzó a caminar hacia la oficina. "A ver, ven conmigo", le dijo al inmigrante.

Al llegar al mostrador, le habló a la mujer en inglés: "Perdone, acabo de pedirle una solicitud para la unión de crédito, pero creo que la perdí. ¿Podría darme otra copia?".

La mujer le sonrió amable:

"Sí, claro, aquí está", le dijo, entregándole la hoja.

Lo que siguió fue de antología.

"Me hubiera visto", relató el artista. "Le hice una escena allí mismo".

¿Cómo era posible que un momento antes le hubiera negado una solicitud a este empleado?, reclamó, señalando al confundido mexicano. "¡Ha trabajado para ustedes quince años!"

Exigió hablar con el supervisor. Y con el supervisor de su supervisor.

Amenazó a medio mundo con denunciarlos por racismo, por discriminación y quién sabe qué mas.

Todo mundo, apenadísimo, se deshizo en disculpas. Fue el propio jefe del departamento el que le entregó las solicitudes al mexicano, y hasta dejó lo que estaba haciendo para ayudarle a llenarla personalmente.

Obviamente, la mujer recibió una sanción durísima.

Pero el artista ahí no paró. Una vez que salieron de la oficina, agarró al inmigrante a solas.

"Lo regañé. Le dije: '¿Cómo es posible que lleves quince años en esta empresa y no hayas hecho el esfuerzo de informarte? ¡Ni siquiera sabías que había una unión de crédito!".

Continuó: "¡Es el problema de nuestra gente! ¡Tantos años en Estados Unidos y no exiges tus derechos! ¡Ni siquiera te ha importado aprender inglés, por Dios!".

"Yo no hablo español bien, pero si yo emigrara a México, te aseguro que me hubiera esforzado por aprenderlo, y en seis meses me defendería".

El sermón quizá surtió efecto. Aunque el artista no duró mucho en ese empleo, meses después se reencontró con el "paisano".

"¡Qué cambio!", comentó el artista al recordar. "El hombre ya tenía su propia camioneta nueva, gracias al préstamo de la unión de crédito. Había comenzado a aprender inglés y tras quince años limpiando cuartos, ya lo iban a ascender."

"Hasta el regaño me agradeció".

Sonrió la satisfacción de quien logró algo para mejorar un poco el mundo.

Y remató con la frase con la que siempre lo recordaré:

"En este país, si te preparas —y nunca te callas la boca— llegarás muy lejos".

E-mail: cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.blogspot.com

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