jueves, octubre 19, 2006

Los precios en los súpers de Primer Mundo me dejan con bolsillos de Cuarto Mundo

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

Fort Myers, Florida - Allá por finales de los setentas o principios de los ochentas, visitaron mi ex escuela primaria, en Tampico, Tamaulipas, una delegación de delegados escolares japoneses.

Recuerdo que mis padres, que trabajaban en esa escuela, siempre contaron la anécdota divertidos.

Al final de la gira por la escuela, los maestros les ofrecieron un sencillo almuerzo a los visitantes asiáticos. En una mesita, pusieron varias frutas.

Cuando los japoneses vieron las frutas, se les salieron los ojos. (Aunque me imagino que más bien se les pusieron redondos.)

Cayeron sobre la mesita como ninjas a su presa. Mis papás me platicaron que engullían las manzanas, las naranjas, y las piñas como si les fueran a hacer el hara-kiri.

Ya más tranquilizados, los visitantes explicaron a sus sorprendidos anfitriones que en Japón, esa mesita constituiría un manjar digno de millonarios.

Las frutas son escasas, contaron. Y las pocas que hay se reservan para ocasiones, como regalos especiales o visitar a un enfermo.

Incluso se venden en arreglos, como las famosas canastas de Navidad México. Nada más que en lugar de vinos y dulces, les ponen frutas.

Y salen carísimas.

(Años después vi en una película cómo una familia japonesa compraba una triste y rancia piña, y con toda la ceremonia esperaron ansiosos el momento de comerla. Fue gracioso ver cómo discutían sobre cómo se podía pelar, o cortar -si a lo largo o a lo ancho -y cuál sería la manera más “apropiada” de servirla. Para ellos era novedad.)

A mis papás les encantaba relatar la historia de los visitantes japoneses: Entre su vasto repertorio de anécdotas, siempre había dos o tres que las contaban treinta y siete veces cada mes, como rockola. Y ésta era una de ellas.

Sobre todo cuando nosotros, sus monstruosos vástagos, nos negábamos rotundamente a comernos las verduras.

(“¡Acuérdate de los pobres niños japoneses! Gustosos venderían su alma a Godzilla con tal de tener un plato de zanahorias como el tuyo”, quizá nos dirían.)

A veces me preguntaba si de verdad así vivían las personas de los países ricos. ¿En el Primer Mundo las cosas “mundanas”, como mangos, peras y jovitos, son objetos de lujo?

Muchos años después, ya en Estados Unidos, estoy sufriendo en carne propia los efectos de ese “primermundismo”.

Como un pendiente imposible de evadir, he estado explorando supermercados en Florida, buscando el que mejor se acomode a mi presupuesto.

No es una tarea fácil. En Texas me movía como pez en el agua: Ya teníamos bien ubicados los súpers careros, y los baratos.

En unos comprábamos los líquidos de limpieza, jabón, pasta, etcétera. En otros, aprovechábamos las ofertas de cereales, arroz, frijoles, y refrescos.

Ah, pero para las carnes, y las frutas y verduras teníamos nuestras armas secretas: Los infaltables mercaditos mexicanos, donde conseguíamos la despensa “como si estuviéramos en casa”.

Eso no lo tenemos acá, en el suroeste de Florida, desafortunadamente. Y me he visto obligado a aceptar los leoninos términos de las cadenas que sirven a clientes de las clases media-alta y súper-alta de estos lares.

Clientes, casi todos, valga decir, ancianos jubilados sin hijos y mucho dinero para gastar. (Al menos el suficiente como para comprarse su “condo” o casita en la playa a los estratosféricos precios de aca.)

Es hasta ahora que he comprendido a los pobrecitos japoneses que fueron a mi ex escuela.

Un rápido vistazo a los estantes y anaqueles de mi “tiendita de la esquina” (más bien un supermercado mediano, llamado Publix, a donde no tengo más remedio que ir) me hace sentirme en un barrio de Tokyo-Yokohama.

- Mangos: Oferta a “sólo” $1.70 dólares… la pieza.

- Limones: Regalados. $2.99 la libra. (Ese el baratito: El “normal” cuesta $3.99 la libra.)

- Aguacates: Un dólar. No, no el kilo, ni la libra: Un dólar por pieza. Y no aguacates como los de México, que uno puede jugar basquetbol con ellos. No, con los aguacates “gringos” a duras penas se pueden jugar canicas.


- Coca-Cola: $1.10 la botella de tres litros. Y aún así me sale más barata que comprar una lata: Hay máquinas despiadadas que las cobran a 75 centavos. Y aún así lo pagamos, ni modo. Todo vicio es caro.

- Jugo de naranja: El litro a $2.25. Y eso porque está hecha con NARANJAS. Si la quiero sólo con sabor naranja (artificial), pago $1.20 el galón.


- Leche: Aquí sí no me escapo. Es de cajón. Lo malo es que el galón me cuesta la friolera de $2.60 o hasta $3.50, dependiendo de las calorías. Ni modo, tengo becerros en la casa.

- Carne… El tema delicado. Si bien me va, puedo encontrar una libra de carne de res en 4 dólares. Lo más factible es que acabe pagando 5 ó 6 dólares por el lujo. Igual por las piernas de pollo con muslo: De 6 a 7 dólares. Total, si elijo unas tres tipos de carnes para alimentar una familia de cuatro, acabo pagando unos 20 dólares.

- Agua: El agua se ha convertido en un artículo de lujo. Un galón del “líquido elemento” como le dicen todavía algunos reporteros adornados, sale más caro que un jugo: Entre 1.50 ó 2 dólares. Yo compro la baratita, que me cuesta 67 centavos el galón.

- Un cereal tipo corn flakes me cuesta de $2.50 o hasta $5.00, dependiendo de qué tan “saludable” sea. (Y pa’ que la caja venga la mitad vacía –que no llena, como el vaso de agua.)

- El queso es terrible: Un pedacito que parece goma de borrar no me lo bajan de 4 dólares. Si quiero uno medianito, debo pagar entre 6 y 7 dólares. Y ni en sueños espero comprar un queso como los que venden en el mercado de mi Tampico hermoso (grandotes y sabrosos): Tendría que hipotecar mi casa.

- Tortillas. Recuerdo cuando iba a la tortillería, cada mediodía, cuando era niño. Medio kilo de tortilla costaba como tres pesos. Ahora, estoy pagando cuatro o cinco dólares por un kilo acá en Estados Unidos. Y ni modo, la identidad cultural no es algo que se negocie (aunque las empresas que las venden no piensan igual.)

Vaya, si hasta los famosos pastelitos Bimbo o Marinela están por las nubes. El mentado Osito Bimbo se “primermundizó”, y las famosas donas que me comía todas las tardes al salir de la secundaria me cuestan 2 ó 3 dólares.

La nostalgia se me ha vuelto un lujo caro de sostener.

Al final, al llegar a la caja, ya me la sé: La sonriente y simpática cajerita gringa me va a decir que le debo de $50 a $60 dólares por surtir la despensa para dos días. Y si bien me va, podré entregarle unos cupones que me van a ahorrar hasta dos dólares del total.

¡Cómo añoro los mercaditos tex-mex de Dallas!

Pero la comunidad inmigrante está creciendo por estas partes. Y bastante rápido.

Es cuestión de tiempo para que vengan las grandes cadenas de “mercaditos” mexicanos a instalarse (que en realidad ya son multinacionales por méritos propios).

Cuando vea uno de esos supermercaditos mexicano, lo primero que voy a hacer es caerle como ninja a su presa.

Y hasta los ojitos se me van a redondear.

E-mail: cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.blogspot.com

2 comentarios:

  1. Estimado Cesar:

    Lei su nota en La Cronica y me agradao tanto que hasta le segui aca.

    La nota me parecio divertida, le seguire leyendo.

    saludos cordiales

    Poly Gallardo

    http://polycarpio.blogspot.com
    http://ojo-clinico.blogspot.com

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  2. Anónimo10:19 p.m.

    Que asco. Tomas Coca Cola.

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