viernes, agosto 25, 2006

Cada vez más blancos están huyendo de las ciudades de Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAñAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

“Felicidades: Ha venido usted a parar al condado más racista y segregacionista de Estados Unidos”.
Esta fue la bienvenida que me dio un inmigrante colombiano con muchos años de vivir en el suroreste de Florida, a pocos días de llegar yo a Fort Myers.
Como lo dijo medio riéndose, supuse que era en broma, así que le seguí el juego.
Después, me di cuenta que su risa no fue burlona, sino maquiavélica.
Semanas después, almorcé con un destacado miembro de la comunidad cubana en la ciudad de Cape Coral. Mientras comía una sabrosa torta cubana, me comentó casualmente:
“Aquí hay mucho racismo. Aún no lo has sentido porque aún eres nuevo, pero lo sentirás. Es algo que se siente en el ambiente”, me comentó.
Siguió comiendo su torta cubana y disfrutando de su batido: “Se siente. Lo sientes cuando vas en la calle. Lo sentirás cuando entres a una tienda.”, comentó, sorbiendo de su popote. “Está en todas partes”.
Meses atrás, cuando llegué aquí por primera vez para la entrevista de trabajo, platiqué con otro inmigrante colombiano, quien relató algo que le pasó mientras cubría un evento musical para una estación de radio en vivo.
“Estábamos allí, afuera del auditorio, entrevistando gente con nuestro micrófono, cuando llegó una patrulla, con sus torretas encendidas”, recordó. “Los policías nos dijeron que los vecinos habían llamado para quejarse que ‘unos hispanos’ estan haciendo escándalo”.
“¿Cuál escándalo, le preguntamos. Somos medios, estamos entrevistando personas, le dijimos, mostrándoles nuestras credenciales. Los policías de todas maneras nos dijeron que nos fuéramos de allí”, agregó.
Obviamente, tuvieron que moverse de allí.
Otra anécdota: Una vendedora de publicidad se quejaba de cómo debía lidiar con “americanos” de esta zona día a día.
“Aquí son puros ‘rednecks’”, decía molesta, refiriéndose al término que usan los anglosajones para referirse a los ‘gringos’ rancheros, ‘nacos’ provincianos e ignorantes que todos desprecian –hasta los propios gringos. “Y ya sabes que a los ‘rednecks’ sólo les interesa las cosas de ‘rednecks’”.
Al principio, esta clase de comentarios me sorprendieron. Uno no lo creyera al venir y conocer esta zona, tan atractiva turísticamente, llena de actividades naturales, costa, playas, lagos, ambiente “floridiano”… y tanta gente de tantos lugares del mundo.
Pero aquí no es Miami. Ni mucho menos Dallas. La población hispana ha crecido enormemente en los últimos cinco o diez años, y de un pueblecito somnoliento, esta zona se ha convertido en un área metropolitana muy dinámica.
Pero crecimiento significa inversión. E inversión trae trabajos. Y esto es lo que ha atraído a gentes de otros lados, sobre todo inmigrantes latinoamericanos.
El crecimiento ha sido pasmoso. Y si a nosotros, los hispanos, este “boom” nos ha agarrado por sorpresa, me imagino que para los anglosajones (quienes durante décadas consideraron esta zona “su pequeño lugar secreto”, donde descansar y relajarse) esto ha de ser un shock difícil de digerir.
Pero no por racismo en sí (aunque seguro hay gente bastante racista), sino por un proceso normal. Me explico.
En Estados Unidos oficialmente no hay racismo. Fue abolido oficialmente en el siglo 19, después de la Guerra Civil. Pero no fue sino hasta la década de 1960 que, con los movimientos civiles de Martin Luther King y César Chávez, la desegregación y la igualdad de oportunidades para todos (sin importar raza) se hizo una realidad, y una política oficial del gobierno.
Costó mucha sangre, mucho dinero y muchas tragedias. Pero se logró.
Pero sólo en el papel.
Actualmente, son los mismos americanos (de todas las razas) los que practican un racismo tal vez subconsciente. Y nadie lo quiere aceptar.
Y si los blancos son racistas con otras razas, lo mismo se puede decir de los negros y hasta de los hispanos.
¿Porqué? Porque cada grupo se junta con miembros de su propia raza, credo o color, y acaban formando enclaves exclusivos.
Así, vemos barrios completos de una determinada raza, no porque el gobierno lo haya impuesto, sino porque los propios habitantes así lo buscan.
Algo similar ocurre en las escuelas: Oficialmente las escuelas son igualitarias. Y se cumple: En los salones conviven niños y maestros negros con blancos, asiáticos e hispanos, sin problema.
Otra cosa ocurre a la hora del almuerzo o del recreo: Los alumnos negros tienden a juntarse. Igual los hispanos y los blancos.
Cada quien forma “clanes”, sin que los maestros lo promuevan o los obliguen.
Parece que es una naturaleza innata del ser humano desde los primeros años: Juntarse con otros con los que se identifique. Con otros que se le parezcan, física y mentalmente.
Este proceso, aunque suene cruel, es hasta cierto punto “normal”. Pasa en todas partes.
A Fort Myers y Cape Copral (la ciudad vecina, que en el 2005 fue la tercera localidad de mayor crecimiento de todo Estados Unidos) no les está pasando nada nuevo. Este mismo proceso le ocurrió hace cincuenta años a Los Angeles, a Chicago y a Dallas: Está llegando gente de muchas partes.
Pero con esto se ha desatado otra clase de inmigración, pero al revés: La salida de los anglosajones de la ciudad y su mudanza a enclaves lejanos al centro.
Lo que pasó ya en California, Texas y Nueva York desde hace cincuenta años, le está ocurriendo a Fort Myers hoy en día.
Y esto ha causado otro fenómeno: La emigración de los anglosajones fuera de las ciudades.
Es lo que se llama el “White Flight” (o “Vuelo Blanco” o “Vuelo de los blancos”.)
Cada día, más familias blancas están literalmente “emprendiendo el vuelo”, lejos de los barrios multiétnicos de las ciudades, y se mudan a suburbios más alejados (y caros).
Algunos de estos fraccionamientos (casi en medio del campo y de la nada) hasta tienen accesos privados y guardias en la puerta.
Claro, estos enclaves exclusivos no se anuncian como racistas, ni les ponen trabas a los compradores de cualquier raza.
Pero sus precios son estratosféricos. Y así de hecho limitan sólo a “ciertas familias” de ingreso alto su acceso a estos barrios.
Y casualmente, los mayores ingresos los obtienen los anglosajones.
Mientras tanto, los centros de las ciudades, y los barrios “antiguos” están llenándose de familias pobres, o inmigrantes de clase media o media baja. Y así se crean los ghettos, casi sin pensarlo ni desearlo.
En algunos años más, cuando hayan más y más hispanos en el suroeste de Florida, los anglosajones que ahora viven en los barrios más caros se irán mudando cada vez más lejos.
Como mencionamos en una columna pasada, debido a que en su mayoría estos “gringos” son ancianos jubilados, uno de los lugares a donde quizá huyan para alejarse de los hispanos será, casualmente… México.
Ironías de la vida.
cfzap@yahoo.com
http://cesarfernando.blogspot.com

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