viernes, julio 14, 2006

Mi “Road Movie” por el “otro” Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida - Debo confesar que nunca había viajado solo manejando en carretera.
No en México, ciertamente, a donde viajo de vacaciones cada año. Y mucho menos en Estados Unidos.
Pero a principios de este mes me lancé a la aventura.
Viajé desde Dallas, Texas, hasta el sur de la Florida. Me eché la friolera de 1,300 millas (casi 2,000 kilómetros), cruzando cinco estados: Texas, Louisiana, Mississippi, Alabama y Florida.
La odisea me tomó más de 20 horas de camino… pero no lo sentí cansado, ni aburrido. Al contrario.
Fue una de las experiencias más interesantes de mi vida.
Como iba solo, me la llevé tranquilo. Manejé despacio, encendí el radio, y me dediqué a admirar el paisaje.
Esto me permitió abrir los ojos mejor.
Pude ver un Estados Unidos distinto al que conocía: Ese “Sur” del que tanto había escuchado.
Un Estados Unidos no potencia mundial, no Gran Satán, no “Policía del Mundo”… sino el Estados Unidos provinciano, ranchero, intorvertido.
El que no sabe de las guerras liberadoras en el otro lado del mundo y que quizá ni le interesa.
A los americanos les encanta hacerla de antropólogos con otros pueblos. Para ellos, su cultura es tan “avanzada” y “moderna”, que aburre. No es interesante.
Por eso prefieren irse a Africa, o a Latinoamérica, a estudiar culturas que para ellos, son “interesantes”.
(O léase, “subdesarrolladas”.)
Pero después de mi viajecito puedo asegurar que dentro de las entrañas de este monstruo, hay muchos sitios que ameritarían varios programas de la National Georgraphic.
En Alabama, por ejemplo, me paré en uno de esos comederos en la carretera, típicamente americanos. Parecía salido de una película.
Lo primero que vi (casualmente, claro) fue la típica “gringa” cuarentona, rubia de ojos azules que lucía su aún curvilínea figura en unos pantaloncitos de mezclilla a lo Daisy Duke.
Entré y pedí (¡qué más!) una hamburguesa con papas y coca.
Un típico gringo ranchero gordo, rubio y de barba, con overol de mezclilla y una camiseta que lucía orgullosamente la bandera confederada, se sentó frente a mí. Me miró como quién ve un bicho raro.
Supongo que yo era el único mexicano en cuatro condados a la redonda.
(Entonces sí me sentí casi como esos antropólogos gringos de National Georgraphic en una aldea bantú.)
Antes de mi llegada al comedero (frecuentado por traileros como los de las películas), pasé por Mississippi , donde vi letreros en la carretera que invitaban a los turistas a visitar las atracciones locales.
¿La principal? Ni más ni menos que la casa…de Jefferson Davis.
(Davis fue presidente de los estados confederados del sur durante la Guerra Civil.)
Admiré el panorama que rodeaba a la carretera. Mucha vegetación, extensas praderas, pantanos, bosques… Y a mi lado, manejando como yo, un mar de automóviles con placas de distintos estados: Carolina, Georgia, Missouri y hasta Rhode Island. Muchos con campers o lanchas arrastrando.
Si algo distingue a los americanos de muchos otros pueblos del mundo, es su extrema movilidad, su pasión por viajar y explorar su inmenso país.
Incluso yo, que aborrezco siquiera salir a la esquina, me sentí contagiado de ese entusiasmo al integrarme al mar de vacacionistas que cruzaban el país en ese “puente” del 4 de julio.
Encendí el radio. Buscaba algo que escuchar, lo que fuera.
Después de segundos de estática, capté varias estaciones: Bastante música country, pero también música bluegrass, gospel y espiritual.
Aspiré profundo. Allí, en medio de la interminable carretera, comprendí por fin el sentido de la música típicamente americana: Se acopla exactamente al paisaje del país.
Y es que la música gringa se acopla perfectamente a su territorio: Inmensas carreteras, comederos de traileros, campers, gasolineras de paso… y la vegetación, tan parecida y a la vez tan distinta a la de mi México lindo y querido.
La radio me proporcionó el sountrack perfecto de mi “road movie”.
¡Y los comerciales que escuché! Los locutores (todos con acento invariablemente ranchero) anunciaban lo “normal”: Camionetas pick-up, camiones, tractores, casas móviles y hasta bailongos de pueblo.
Todo patrocinado por negocios con nombrecitos como “Bubba’s Store”.
Volteé a ver un anuncio en la carretera. Era un espectacular que no entendí al principio: Mostraba la caricatura de unas vacas contentas, junto al dibujo de un ranchero. Decía: “See the difference, buy COW MANURE!” (“¡Vea la diferencia! ¡Compre estiércol de vaca!”).
¿Un comercial que anuncia popo de vaca?
Después de 10 años de vivir en este país, es la primera vez que lo voy conociendo de verdad.
Bienvenido a Estados Unidos…
O más bien, este es el “otro” Estados Unidos, del que casi nunca se habla en los periódicos o en la tele. La “América profunda” a la que le cantan tanto sus artistas country.
Estos personajes que vi en la carretera, parecían salidos de un episodio de los Dukes de Hazzard, cierto. Pero son reales.
Son norteamericanos ciento por ciento, pero quienes se consideran a sí mismos, antes que nada, “sureños”.
Al igual que en México los regiomontanos, los jalicienses y los yucatecos se enorgullecen antes que todo, de su tierra chica.
Es el Estados Unidos que pudo haber sido, con su bandera confederada, su mentalidad, gustos sureños, su comida… y su odio ancestral contra esos “Malditos Yanquis” del Norte.
Perdón: ¿El Estados Unidos que PUDO haber sido?
¿O que nunca dejó de ser?
e-mail: cfzap@yahoo.com
http://cesarfernando.blogspot.com

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