jueves, julio 27, 2006

Alerta: Estados Unidos se prepara a invadir México… con abuelos

DESDE LAS ENTRAñAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida - Los mexicanos siempre hemos temido una invasión desde Estados Unidos, que acabe con nuestra “identidad” y “soberanía”.
Bueno, tal invasión ya está ocurriendo. Y se agravará en dentro de pocos años.
Pero en esta invasión no participan “marines” ni militares. No, los soldados de esta invasión tienen sesnta y cinco años de edad, mínimo, y no traen rifles, ni cascos, sino… chanclas, bermudas y gorras.
¡Que vienen los jubilados!
Se trata ni más ni menos que de los famosos “baby-boomers” (no, no es el grupo rocanrolero).
Estos “boomers”, hay que decirlo, ya no son “babies”. Así se llama a la generación de norteamericanos que nacieron después de la Segunda Guerra Mundial y hasta principios de la década de 1960. Es una de las generaciones más numerosas en la historia de este país, sino es que la más numerosa.
Después de la derrota de Japón, los soldados americanos regresaron a casa. No querían guerras, y con la ayuda del gobierno, y el despegue económico y político de Estados Unidos, se lanzaron a formar familias. Buscaron trabajo, se casaron , compraron una casa con un jardincito en los suburbios, un carro, y una tele.
Pero sobre todo, se dedicaron a tener bebés.
Esta generación nació con todo a la mano. Vivieron la mejor época de Estados Unidos en el siglo XX, cuando todos tenían bienes materiales, o la posibilidad de obtenerlos trabajando duro.
Son los “Bebés del Boom”, como se traduciría su nombre más o menos.
Pero ahora, cincuenta años después, la primera generación de esos “bebés” (los que nacieron en 1948), ya se están jubilando. Y muchos de ellos están buscando un lugar donde pasar sus últimos años, viviendo de los ingresos de su seguro social, y fondos de retiro.
Están mudándose a sitios cálidos en el sur, como Florida, Texas, Arizona…
…y México.
Ejércitos de ancianos cruzan la frontera cada año, encontrando en lugares como San Miguel de Allende, Guanajuato, o Ajijic, Jalisco, el “Paraíso” en la tierra que se pasaron toda la vida buscando.
El internet está lleno de lugares especialmente dedicados a aquellos que planean convertir a México en su país de residencia permanente. Los que pronto planean hacerlo escriben montones de preguntas, y los que ya están allá desde hace años se las contentan alegremente, sin cansarse de echarle porras a su “nuevo país”.
En muchas de estas poblaciones, los jubilados americanos (y canadienses) han creado sus propias comunidades, aparte de los mexicanos. Tienen círculos de lectura, actividades propias, y hasta negocios que los atienden en inglés.
Los precios de las casas se han ido por las nubes, porque para estos nuevos inmigrantes una casa de 2 millones de pesos es baratísima, si se compara con el precio promedio en California (450 mil dólares). Y las pagan en efectivo, y con dólares.
No hay números confiables de cuántos “inmigrantes” americanos viven en México. El Instituto Federal de Inmigración tenía hace dos años un censo de alrededor de 200 mil personas viviendo de manera permanente, mientras que la Embajada de Estados Unidos en México estimó que eran unas 500 mil.
Sin embargo, investigaciones independientes y grupos de migrantes americanos consideran esos números bastante bajos. Según sus estudios, una cantidad más factible sería alrededor de 1 millón de personas, según The People’s Guide to Mexico.
Es la mayor cantidad de “gringos” viviendo fuera de Estados Unidos de todo el mundo. Tan sólo en la Ciudad de México se calcula que son alrededor de 200 mil.
Y a pesar de que estos nuevos migrantes “se apartan’ del resto de los mexicanos, en su gran mayoría se encuentran bastante a gusto en su nuevo país, y no dejan de cantar sus bondades, lo benévolo del clima, la amabilidad de la gente, la paz social y la calidad de vida (aunque no lo crean, uno de los factores que hace que muchos estadounidenses se muden a México es porque aseguran que viven mejor que al sur de la frontera que con el “American way of life”).
Sobre todo los precios, muchas veces más bajos que en Estados Unidos, los atraen. Se sorprenden de que en México pueden darse el lujo de contratar a alguien que les ayude en el aseo de la casa dos días a la semana, o un jardinero, o inclusive un plomero para que les arregle la tubería de su casa. En Estados Unidos, estos son privilegios sólo de los ricos.
Y aunque muchos podemos ver esta emigración como una amenaza, no es tal. Por lo menos, ni en números ni en impacto se compara con la emigración mexicana a Estados Unidos.
Ahora bien, se podría ver este fenómeno desde otro punto de vista: La oportunidad.
Porque estos “nuevos mexicanos” (algunos hasta piensan hacerse ciudadanos, y le tupen duro al español), traen dinero en la bolsa. No mucho, es verdad, pero algo. Lo suficiente para comprarse una casita, comida, y salir a comer una vez a la quincena.
Estas personas necesitan comer, vestir, pagar algunos lujos de vez en cuando. Y es una oportunidad para los negocios y changarritos mexicanos de cubrir esa necesidad.
Sobre todo, como son personas mayores, les interesa mucho los servicios de salud. Entre los viejitos de Estados Unidos, es un secreto a voces que la medicina en México es buena y mucho más barata. No son pocos los que cruzan la frontera para comprar las necesitadas medicinas, luego de que su seguro médico se negara a pagarlas.
Incluso hay empresas que están ofreciendo ya “vacaciones médicas’ en Estados Unidos. Promocionan operaciones en hospitales de La India, Taiwán, y Singapur, las cuales salen hasta tres veces más baratas que en Estados Unidos.
Muchos pacientes ya lo han hecho, y se sienten felices con los resultados, relató recientemente la revista Time.
Según el diario USA Today, la India recibe ingresos de 300 millones de dólares al año gracias a este “turismo médico”, lo cual se espera que llegue a dos mil millones de dólares en el 2012.
Los indios y chinos ya se dieron cuenta de la friolera de dinero que deja esta industria. Es un negociazo. Y por eso, médicos, hospitales, negocios y hasta los gobiernos de esos países están trabajando a marchas forzadas para crear la infraestructura para estos “clientes”. Es una mina de oro, que no quieren que se les escape.
Porque, además, hay que recordar que estos “pacientes-clientes” no vendrán solos, traerán aunque sea un pariente. Y no sólo gastarán en el hospital: Necesitarán hoteles, boletos de avión, restaurantes dónde comer, y quizá, alguna escapadita turística si el tiempo lo permite.
Incluso agencias financieras están haciendo acuerdos con aseguradoras y hospitales para que los seguros médicos se respeten fuera de Estados Unidos.
El mercado está en plena expansión. En cuanto se jubilen más “baby boomers” habrá una demanda enorme de servicios médicos y de atención para personas mayores.
¿Porqué a los mexicanos no se les ha ocurrido explotar este mercado?
Hasta donde sé, no hay planes concretos, ni incentivos, ni proyectos para atraer aunque sea una parte de ese mercado.
Fuera de algunos hospitales privados, y consultorios particulares de la frontera que se pusieron listos, en general nos están pasando esta mina de oro por enfrente y ni nos damos cuenta.
Como relatamos en otra columna, México tiene ventajas enormes, por sobre China y la India: La cercanía con Estados Unidos, el mercado más grande y rico del mundo (un pasaje de avión al DF o Monterrey saldría regalado desde California o Texas, comparado con los viajes a Bombay o Pekin); casi los mismos husos horarios; la cultura occidental y cristiana, más similar que el pensamiento asiático; la familiaridad de los americanos con la cultura mexicana, la comida, y la facilidad que tenemos nosotros de aprender inglés o ellos de saber “pouquito españoul”… etcétera.
En fin, son tantas las oportunidades de recibir una derrama económica, que no estamos explotando, ni viendo a futuro.
A estos “invasores” los podemos despreciar y cerrarles la puerta, claro. “México para los mexicanos.”
Pero lo que ellos van a hacer es simplemente irse… a gastar sus dólares a otra parte.
Dólares que pudimos haber recibido nosotros.
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jueves, julio 20, 2006

¿Mr. López Obrador, president of the United States?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida - Con esto de la mudanza de Texas a Florida se me había olvidado un pequeño detalle: Inscribir a mi hijo César en una escuela nueva de por aca.
Uno de los requisitos es sacar una copia de su cartilla de vacunación texana, para “revalidarla” en Florida. Acudí, pues, a la Oficina de Salud de Dallas, para pedir el documento.
La muchacha en la recepción fue muy amable. Me pidió el nombre y la fecha de nacimiento del niño, y en un minuto imprimió desde su computadora una copia de la cartilla.
Cuando vi el papel, me sorprendí: Es una simple hoja pelona, sin nada.
Solamente trae el nombre del niño, la dirección, y una lista de las vacunas que le aplicaron desde el año de nacido, con la fecha. Y una firma garabateada, ilegible, y nada más.
Nada de membretes, ni sellos, ni hologramas, ni “apostillados” ni ninguna de las excentricidades que exigen los burócratas de México.
(Ah, y cuidado con que usted doble cualquier documento en México, aunque sea de la esquinita, porque entonces “se cancela” automáticamente y no se lo recibe ni el conserje.)
Regresando a la cartilla de vacunación de César (hasta el término me da risa, viendo el triste papelito que es), yo podría fácilmente haber hecho una falsificación mejor en mi casa. Y ni computadora necesitaría: Una de esas máquinas de escribir Corona viejitas bastaba y sobraba.
Me acordé de la anécdota tras leer los montones de e-mails que me mandaron los lectores por el artículo de hace dos semanas, donde digo que un triunfo de Andrés Manuel López Obrador hubiera sido la “vacuna” que México necesita conta el populismo.
Entre muchas de las críticas que recibí, una se repetía constantemente: Comparaban el “robo” electoral (al que yo llamaría simplemente “derrota”) de AMLO con la elección presidencial de Estados Unidos en el 2000, donde el ex vicepresidente Al Gore perdió por escasísimo margen contra George W. Bush.
En Estados Unidos también “se cuecen habas”, me recordaron los lectores.
Esto me hizo preguntarme, ¿cómo hubiera reaccionado El Peje si hubiera perdido la elección en Estados Unidos?
Si en México, con todos esos candados y leyes y salvaguardas que el sistema electoral tiene, y con las que López Obrador siempre estuvo de acuerdo (¿se acuerdan de que “respetaría el resultado aunque fuera por un voto de diferencia?” Claro eso fue hasta que perdió), ¿qué se hubiéra podido esperar con el sistema electoral americano tan caótico, donde no hay ni credencial de elector federal, ni piden identificación a todos los votantes, ni les manchan el pulgar y ni siquiera hay representantes de todos los partidos en cada casilla? Tampoco existe existe una ley electoral federal, sino cincuenta leyes estatales distintas, a veces contradictorias.
Un sistema donde las boletas se pueden marcar en casa y enviar por correo normal, donde no piden identificación a los electores, y donde hasta las cartillas de vacunación oficiales parecen “acordeones” malhechotes para exámenes de secundaria.
¿Cómo hubiera reaccionado AMLO de haber perdido, no por 240,000 votos, sino por simples 400, como le pasó a Gore contra Bush en el conteo final de Florida?
(Ya quisiera Bush haber sacado de perdido la mitad de los votos de diferencia que logró Felipe Calderón.)
Algunos lectores me dijeron que, como en México, Gore sacó más votos que Bush en el conteo final. De ahí el “increíble” robo que sufrió de la elección.
Pero el problema no es que Gore haya sacado más votos de la gente. Eso no importa aca, porque la elección en Estados Unidos se decide por el Colegio Electoral, no los votos populares. (O sea, gana quien haya triunfado en más estados, independientemente del número de votos “reales”.)
Y en el Colegio Electoral, casualmente, Gore perdió. Aunque haya sacado más de 500,000 votos que Bush.
Y también se eliminaron muchas casillas por irregularidades. ¿Se acuerda de los mentados “chads”, esos pedacitos de papel que quedaron colgando después de que los electores agujerearon las boletas en Florida?
Pero así son las reglas de la elección. Todos los candidatos norteamericanos lo entienden, y se atuvieron a ellas.
Ello implicaba, claro, atenerse al resultado. No patear el tablero cuando van perdiendo.
Desafortunadamente para todos aquellos que quieren ver un paralelismo entre Gore y AMLO, hay una diferencia importante. Gore no renegó de las reglas tras perder, al contrario: Las usó, como corresponde, como era su derecho. Agotó todos los recursos que la ley le daba para impugnar. En este caso, la Suprema Corte de Justicia.
Al final, hay que decirlo, pudo más el conservadurismo de los jueces (nominados por los republicanos). Gore perdió por la decisión de un juez conservador, pro-republicano.
Pero el candidato nunca sintió que “le robaron” la elección. Al contrario: como lo prometió, se atuvo al resultado.
Nunca sacó a la gente a protestar, ni organizó “asambleas informativas”.
Muchísimo menos acusó a sus seguidores ni voluntarios de campaña de “corromperse” y “venderse” por un complot en su contra.
Gore aceptó las reglas del juego desde el principio. Las respetó siempre. Y cuando no le favoreció el resultado, en una actitud de conciliación, por el bien del país, aceptó la derrota.
Igual hizo Richard Nixon en 1960, cuando perdió también por estrechísimo margen contra John F. Kennedy.
Le dolió la derrota, porque tenía muchísimo apoyo de un sector importante de la población. Pero aceptó las reglas del juego, en bien de la república, del país.
A ambos políticos les fue mejor con esta actitud. Ocho años después de su derrota, Nixon se volvió a postular y ganó fácilmente. La gente nunca olvidó su respestuosa actitud por las instituciones (aunque después tuviera que renunciar a la Casa Blanca por el escándalo Watergate).
Gore igual: Seis años después de esa “derrota”, millones de americanos votarían por él con los ojos cerrados, casi la mitad del país. Incluso es un fuerte contendiente para la nominación demócrata en el 2008, para pesadilla de Hillary Clinton quien también la busca.
Muchos más, que no votaron por él, lo harían ahora tras atestiguar su respetuoso proceder aún en la derrota.
Y siempre será así: Los electores aprecian la actitud de quien respeta sus promesas, aunque no le sea favorable. Son estas actitudes (y no los berrinches sin sentido) los que engrandecen sus figuras. Les dan una dimensión presidencial de verdaderos estadistas.
¿Un candidato López Obrador por Partido Demócrata hubiera sacado a la gente a la calle de haber perdido en el conteo de las urnas en Florida, en el 2000?
Haría eso y más. Si con una diferencia de 240 mil votos se siente “robado”, imagínese qué no haría por una diferencia de 400: Seguro daría un golpe de estado e incendiaría al país.
O al menos lo intentaría.
Pero ahora viene un dato curioso: ¿Podría lograrlo, aunque lo quisiera, en Estados Unidos?
Lo dudamos.
Los americanos, por mucho que los critiquemos de ser ciegos, ignorantes y poco inteligentes, no son tontos. Un candidato con la actitud belicosa e “iluminada” de López Obrador no pasaría de las elecciones primarias de ningún partido gringo.
Y aunque se huibera postulado, a la elección y perdido, no podría sacar a la gente a la calle. Por una simple razón: Todo mundo se daría cuenta que perdió la elección. Así de fácil.
Al contrario, la poca simpatía que hubiera ganado como la víctima de “un complot” (que sólo él ve) la perdería con sus infundadas pataletas.
Sólo unos cuantos extremistas y locos (que también los hay por aca, claro) le seguirían el jueguito, pero fuera de algunas entrevistas en CNN y Fox News el tema no pasaría a más. Solito se apagaría a las pocas semanas de brete.
Yo sé que alguien saldrá diciendo: "Ah, ¿y cómo sí se pudieron hacer marchas multitudinarias por la inmigración?". Pero ese fue un caso totalmente distinto. De hecho, las marchas por la legalización migratoria no se hicieron para apoyar a un candidato, ni exigir que se desconociera a las instituciones (como quiere AMLO). Lo que buscaban es rebatir una propuesta de ley que iría a destruír a miles de familias al declararlas delincuentes.
En este sentido, las marchas inmigrantes son más parecidas a la Marcha Contra la Delincuencia organizada en el 2004 en la Ciudad de México, y de las que casualmente López Obrador se burló diciendo que eran caprichos de "pirruris".
AMLO no tendría mucho eco si quisiera alborotar gente en Estados Unidos. Porque al final, los americanos apuestan por las instituciones. “El sistema”, si usted quiere llamarlo.
No por conformismo, sino precisamente porque saben que el bienestar del país es mucho más importante que las aspiraciones mesiánicas de cualquier político, por muy popular que sea.
Los electores preferirían aguantar al presidente ganador –aunque no fuera de su agrado- cuatro u ocho años, a alterar el orden.
Porque saben que, al fin y al cabo, en las próximas elecciones le cobrarían la factura con creces. No con marchas, sino con votos, en las urnas.
Siempre jugando con las reglas del juego, que todos aceptan acatar desde el principio. No violándolas a última hora.

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viernes, julio 14, 2006

Mi “Road Movie” por el “otro” Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FORT MYERS, Florida - Debo confesar que nunca había viajado solo manejando en carretera.
No en México, ciertamente, a donde viajo de vacaciones cada año. Y mucho menos en Estados Unidos.
Pero a principios de este mes me lancé a la aventura.
Viajé desde Dallas, Texas, hasta el sur de la Florida. Me eché la friolera de 1,300 millas (casi 2,000 kilómetros), cruzando cinco estados: Texas, Louisiana, Mississippi, Alabama y Florida.
La odisea me tomó más de 20 horas de camino… pero no lo sentí cansado, ni aburrido. Al contrario.
Fue una de las experiencias más interesantes de mi vida.
Como iba solo, me la llevé tranquilo. Manejé despacio, encendí el radio, y me dediqué a admirar el paisaje.
Esto me permitió abrir los ojos mejor.
Pude ver un Estados Unidos distinto al que conocía: Ese “Sur” del que tanto había escuchado.
Un Estados Unidos no potencia mundial, no Gran Satán, no “Policía del Mundo”… sino el Estados Unidos provinciano, ranchero, intorvertido.
El que no sabe de las guerras liberadoras en el otro lado del mundo y que quizá ni le interesa.
A los americanos les encanta hacerla de antropólogos con otros pueblos. Para ellos, su cultura es tan “avanzada” y “moderna”, que aburre. No es interesante.
Por eso prefieren irse a Africa, o a Latinoamérica, a estudiar culturas que para ellos, son “interesantes”.
(O léase, “subdesarrolladas”.)
Pero después de mi viajecito puedo asegurar que dentro de las entrañas de este monstruo, hay muchos sitios que ameritarían varios programas de la National Georgraphic.
En Alabama, por ejemplo, me paré en uno de esos comederos en la carretera, típicamente americanos. Parecía salido de una película.
Lo primero que vi (casualmente, claro) fue la típica “gringa” cuarentona, rubia de ojos azules que lucía su aún curvilínea figura en unos pantaloncitos de mezclilla a lo Daisy Duke.
Entré y pedí (¡qué más!) una hamburguesa con papas y coca.
Un típico gringo ranchero gordo, rubio y de barba, con overol de mezclilla y una camiseta que lucía orgullosamente la bandera confederada, se sentó frente a mí. Me miró como quién ve un bicho raro.
Supongo que yo era el único mexicano en cuatro condados a la redonda.
(Entonces sí me sentí casi como esos antropólogos gringos de National Georgraphic en una aldea bantú.)
Antes de mi llegada al comedero (frecuentado por traileros como los de las películas), pasé por Mississippi , donde vi letreros en la carretera que invitaban a los turistas a visitar las atracciones locales.
¿La principal? Ni más ni menos que la casa…de Jefferson Davis.
(Davis fue presidente de los estados confederados del sur durante la Guerra Civil.)
Admiré el panorama que rodeaba a la carretera. Mucha vegetación, extensas praderas, pantanos, bosques… Y a mi lado, manejando como yo, un mar de automóviles con placas de distintos estados: Carolina, Georgia, Missouri y hasta Rhode Island. Muchos con campers o lanchas arrastrando.
Si algo distingue a los americanos de muchos otros pueblos del mundo, es su extrema movilidad, su pasión por viajar y explorar su inmenso país.
Incluso yo, que aborrezco siquiera salir a la esquina, me sentí contagiado de ese entusiasmo al integrarme al mar de vacacionistas que cruzaban el país en ese “puente” del 4 de julio.
Encendí el radio. Buscaba algo que escuchar, lo que fuera.
Después de segundos de estática, capté varias estaciones: Bastante música country, pero también música bluegrass, gospel y espiritual.
Aspiré profundo. Allí, en medio de la interminable carretera, comprendí por fin el sentido de la música típicamente americana: Se acopla exactamente al paisaje del país.
Y es que la música gringa se acopla perfectamente a su territorio: Inmensas carreteras, comederos de traileros, campers, gasolineras de paso… y la vegetación, tan parecida y a la vez tan distinta a la de mi México lindo y querido.
La radio me proporcionó el sountrack perfecto de mi “road movie”.
¡Y los comerciales que escuché! Los locutores (todos con acento invariablemente ranchero) anunciaban lo “normal”: Camionetas pick-up, camiones, tractores, casas móviles y hasta bailongos de pueblo.
Todo patrocinado por negocios con nombrecitos como “Bubba’s Store”.
Volteé a ver un anuncio en la carretera. Era un espectacular que no entendí al principio: Mostraba la caricatura de unas vacas contentas, junto al dibujo de un ranchero. Decía: “See the difference, buy COW MANURE!” (“¡Vea la diferencia! ¡Compre estiércol de vaca!”).
¿Un comercial que anuncia popo de vaca?
Después de 10 años de vivir en este país, es la primera vez que lo voy conociendo de verdad.
Bienvenido a Estados Unidos…
O más bien, este es el “otro” Estados Unidos, del que casi nunca se habla en los periódicos o en la tele. La “América profunda” a la que le cantan tanto sus artistas country.
Estos personajes que vi en la carretera, parecían salidos de un episodio de los Dukes de Hazzard, cierto. Pero son reales.
Son norteamericanos ciento por ciento, pero quienes se consideran a sí mismos, antes que nada, “sureños”.
Al igual que en México los regiomontanos, los jalicienses y los yucatecos se enorgullecen antes que todo, de su tierra chica.
Es el Estados Unidos que pudo haber sido, con su bandera confederada, su mentalidad, gustos sureños, su comida… y su odio ancestral contra esos “Malditos Yanquis” del Norte.
Perdón: ¿El Estados Unidos que PUDO haber sido?
¿O que nunca dejó de ser?
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viernes, julio 07, 2006

Yo voté por Calderón… Pero me hubiera gustado que ganara AMLO

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

FLORIDA, Estados Unidos – Nancy es venezolana, inmigrante relativamente reciente a Estados Unidos.
Cuando las primeras elecciones donde se postuló Hugo Chávez, ella estaba en Venezuela.
“Yo fui una de las que votó por él”, confiesa abiertamente, sin tapujos.
Hace una pausa y agrega con un suspiro: “No debimos de haberlo hecho”.
Hace poco fue a Venezuela, y reconoce que la mayoría de los ex chavistas ya se dieron cuenta de su error. “Ahora, lo que hay que hacer es sacar a Chávez, a como dé lugar, antes de que haga aún más daño al país”, clama Nancy.
Me acordé de la anécdota después de ver las reacciones de los seguidores de Andrés Manuel López Obrador, al saberse de su apretada derrota ante Felipe Calderón.
Antes de mudarme a Florida, días antes de las elecciones de México, platicaba en Texas con varios amigos del tema:
“Sería terrible para el país que ganara López Obrador”, comentaba alguien, mientras comíamos. Varias personas (todas ellos mexicanos inmigrantes en Texas) asintieron, dando la razón.
Yo lo pensé muy bien antes de hablar. Dí una masticada a la pechuga de pollo frito que me estaba comiendo, y me aventé:
“Pues yo confieso que vote por Calderón… pero me gustaría que ganara López Obrador”.
Silencio total. Miradas taladrantes. La pechuga de pronto se sintió demasiado fría.
“Pero qué te pasa?” , al fin preguntó alguien. “Eso sería terrible para México!”.
Todos asintieron, casi regañándome con la mirada. La pechuga ya estaba enterrada en el plato.
E insistieron: “Sería como Venezuela con Hugo Chávez!”
“No creo”, me atreví a disentir.
Debo aclarar: No apoyo, ni soy seguidor de López Obrador. El tipo puede ser el mejor del mundo, como dicen sus admiradores, pero todas esas virtudes se le caen al piso, a mi parecer, por sus actitudes mesiánicas.
(Prefiero mil veces a alguien quizá “menos brillante”…. pero que acepte sus errores, su humanidad.)
Por eso, nunca he pensado que López Obrador fuera a ser buen presidente.
Y sin embargo, insisto: Hubiera querido que ganara.
Me explico, como les expliqué a mis amigos en Texas:
AMLO hubiera sido no un Hugo Chávez, o un Fidel Castro. Porque no es, ni nunca ha sido, un izquierdista. Ni siquiera de pantalla.
No, de haber ganado López Obrador las elecciones (o de ganarlas, si le hace caso el Tribunal Electoral a sus reclamos), se me antoja más una segunda version de Luis Echeverría o de López Portillo.
Habría durante su sexenio obras faraónicas, acarreados al por mayor, y dinero y dádivas para los pobres.
Eso, claro, hundiendo la de por sí tambaleante economía nacional, y beneficiando a amigos, y a compinches al más puro estilo priísta.
No veo a AMLO atacando a Estados Unidos, ni cancelando el TLC, ni creando desfiles de Brigadas Ciudadanas. No es tan tonto (o tan listo, según lo vea usted).
Repito: Se me ocurre que lo más que le da su capacidad es para ser un populista trasnochado. Un priísta de los setentas.
(Quizá sea porque, de hecho, nunca ha dejado de serlo.)
En cambio, al ganar Felipe Calderón (o Roberto Madrazo, si se hubiera dado el caso), podremos esperar seis años de este Peje-Jarabe recetado día tras día: “Ya ven como anda el país de mal… Esto no pasaría si hubieran elegido a AMLO… No hay trabajo, no hay dinero… Pero esto no pasaría si AMLO fuera presidente…” Y bla-bla-bla-bla…
Hasta el cansancio.
Los seguidores de López Obrador (algunos de los cuales rayan en el fanatismo) seguro hasta harán paros, bloqueos de carreteras, manifestaciones (violentas?) y no se tentarían el corazón en paralizar al país o incendiarlo, en “defensa de su líder”.
Y él, encantado.
Ya lo hizo en Tabasco y en el DF. Porqué no una vez más? Máxime si esta vez lo que se juega es “la grande”.
“ El momento de la verdad”. Todo o nada.
El presidente electo (en este caso, Calderón) tendrá muy poco margen de maniobra, con un Congreso dividido, y sin el apoyo de la mayoría de los mexicanos. Y como con Vicente Fox, cargaría con todas las culpas de una parálisis política de la que él no tiene mucho control.
Mientras, las cantaletas afuera de Los Pinos: “ Ya ven! Esto pasa porque no votaron por AMLO. Porque le robaron la elección. Porque hubo complot. Porque se robaron las urnas. Porque no se contó voto por voto. Porque mi abuelita no tiene ruedas de bicicleta…Etc., etc., etc.”
Y para rematar, el colofón de siempre, como el slogan de Coca Cola: “…Si AMLO hubiera ganado la presidencia, todo sería mejor.”
Lo increíble es que hay gente que de verdad cree esto.
Cuál sería el futuro? Seguro la presidencia de Calderón no sera muy distinta a la de Fox. No se notarán grandes cambios, las mejoras no seran muchas, ni espectaculares (por lo menos no habrá segundos pisos en la México-Toluca, ni trenes bala).
Y al final de su sexenio, Felipillo terminará criticado, víctima de burlas, ataques y miles y miles de “Se los dije” de los seguidores de AMLO.
Hay que tomar en cuenta que a pesar de su derrota, el Peje tendrá mucha fuerza política. No parará de buscar los reflectores. Será una piedrota en el zapato para cualquier presidente.
Y si en 2006 López Obrador se presentó a la candidatura como si fuera Jesucristo, después de seis años de una segunda (fallida) presidencia panista, ya se pueden esperar que en el 2012 llegue convertido en el mismo Dios padre por sus seguidores.
Y entonces si, nadie lo podrá parar.
“Si, pero si hubiera ganado López Obrador, se hubiera llevado a México entre las patas, al abismo, en solo seis años” , comentó uno de los amigos en Dallas. “Sería un costo muy alto para el país dejarle el poder”.
“No creo tampoco”, respondí.
Hubiera sido muy difícil, cierto. Pero a la larga, AMLO tampoco hubiera podido mejorar las condiciones de vida de la gente. Con un Congreso en contra, y un país altamente dividido (por él), sería cuestión de tiempo para que mucha gente se diera cuenta del error que cometieron al votar por él.
La imagen de Non-Plus Ultra, de Santo y Superhéroe que tienen de él tanta gente, se les caería del pedestal y se haría añicos en solo tres años. Como le pasó a Fox.
Y entonces su imagen pasaría de Semi-Dios, a lo que verdaderamente es: Un politico con defectos, humano y no muy brillante. Y peor: Con ansias protagonistas y un ego enorme (o qué puede uno pensar al ver cómo se compara con Jesucristo y se autoproclama un “Rayito de Esperanza”?).
Me dirán: “ Bueno, si tanto queries que ganara el Peje, porqué no votaste por él?”
Confieso que de momento no lo pensé. Esto se me ocurrió semanas después de haber enviado mi boleta de votación por correo desde Dallas.
La “relevación” la tuve cuando vi videos de las actitudes mesiánicas del Peje, y los festejos de sus seguidores. Y me dije: “Como me gustaría que ganara para que la gente despertara…” Pero ya era demasiado tarde.
De qué serviría a México una eventual presidencia del Peje? Habría que recurrir a la ciencia para explicarlo.
Los científicos saben que, para que un organismo se inmunice contra ciertas enfermedades, a veces es necesario contraerlas. Al final de la fiebre y los dolores, el organismo termina fortaleciéndose, y quizá nunca más contraerá el mismo mal con tanta intensidad.
México aún no se ha curado del todo del mal del populismo priísta. Ha estado un poco aletargado ultimamente, pero sigue latente. Tanto, que hay quienes desean que regrese.
AMLO entonces sería la vacuna: Una version (chafona) de esa enfermedad. Cuando los mexicanos se desencantaran de él, al ver que su presidencia no cumpliría todo lo prometido, terminaría su sexenio como sus ancestors ideológicos, Echeverría y López Portillo.
(La Colina del Pejelagarto?)
Pero para entonces, afortunadamente, los mexicanos ya estaríamos inmunizados del populismo por un buen tiempo. O quizá para siempre.
Serían seis años de enfermedad que nos tumbaría en cama, cierto, pero al final saldríamos fortalecidos. Y de paso, se le caería el teatrito de infalibilidad y mesianismo del Peje y pasaría a ser humano. Como todos nosotros.
Y si eso pasara, aquellos que ahora gritan: “Ya ven, hubieran votado por AMLO”, nos dirían, como Nancy la venezolana: “Porqué tuve que votar por él?”
Ahora, siempre hay que darle a todos el beneficio de la duda. De pronto estoy totalmente equivocado, y un presidente Andrés Manuel López Obrador quizá no hubiera salido tan malo. Es más, desearía que hasta saliera un buen presidente, como el que México necesita desde hace tantos años.
Estoy seguro de que tanto perredistas, priístas y hasta panistas estarían gratamente sorprendidos y felices de que nuestros temores se dispiraran, al tener un excelente presidente, fuera del partido que fuera.
Pero en fin, como dice el dicho: El “hubiera” nunca existió.
Sin embargo, les adelanto una exlcusiva:
Desde ahora, ya sé el candidato que el PRD va a postular a la presidencia del 2012: Ni más ni menos que el mismísimo Dios Padre, como ya mencioné.
Que AMLO nos agarre confesados!

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