viernes, junio 30, 2006

¿Porqué a los mexicanos nos da miedo competir contra el gringo, el alemán... y ahora contra el chino y el indio?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — He competido muchas veces, con mucha gente, y he perdido.
No siempre he perdido, claro. Pero sí muchas veces. Muchas más de las que me gusta reconocer.
He competido en deportes, en juegos, en concursos, en rifas... y me ha ido como en feria.
Pero lo que más me pone nervioso, es competir por chambas. Sobre todo cuando tengo que demostrar mi capacidad profesional ante personas quizá mejor o más educadas que yo, más jóvenes o con montones de premios y reconocimientos bajo el brazo.
Y no solo mexicanos: He tenido que compararme con gringos, negros y asiáticos, por igual.
Recientemente, me hablaron de varias ofertas de trabajo. Querían entrevistarme. Fui ilusionado, llevé todos mis papeles... y la respuesta siempre era la misma: "No nos llames, nosotros te llamaremos".
Obviamente, nunca lo hicieron.
Cuando a mí se me ocurrió llamar una vez para preguntar el resultado de mi entrevista, la respuesta fue: "Lo siento, ya contratamos a una persona mejor capacitada".
Competí, y perdí. Y así fue muchas veces.
Y es deprimente, para qué más que la verdad. A nadie le gusta que lo comparen con otras personas (sobre todo si son o parecen mejores). Sobre todo si las otras personas nos ganan.
Pero ni modo. Tragué aire (y orgullo), y seguía intentándolo. Una y otra vez.
Me acuerdo de esta anécdota hoy, a horas escasas de las elecciones presidenciales en México. Quizá las más históricas e importantes del país.
No sé quién gane, o quien ya ganó (depende de cuándo lea usted este artículo). La frase típica es: "Que gane el mejor". O sea, en este caso, el mejor candidato.
Pero en las elecciones pasa que no siempre gana el mejor. Por eso, yo prefiero desear que quien gane sea el más competitivo.
Porque, ojalá que el nuevo presidente de México no le tenga miedo a competir. Porque lo va a necesitar.
Yo sé que para los mexicanos este tema es complicado. Aunque digamos lo contrario, como pueblo no nos gusta competir. Es más, le tenemos pavor.
Podemos competir contra nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, eso sí. Pero todo dentro de nuestro microcosmos.
Pero el competir "para afuera", contra "los demás", a eso sí que le tenemos miedo.
Lo irónico es que desde niños nos educan con un amor fanático a la patria, a lo "nuestro", que raya en lo fascista.
Pero en la realidad, dentro de nosotros mismos, sabemos que es falso. Nuestra verdadera mentalidad nos dicta que "lo extranjero es mejor"... porque no es mexicano.
Y, ay de aquél mexicano que se aviente a una competición a nivel internacional. SABEMOS que va a perder. ¿Porqué? Pues porque compite contra gringos. O alemanes, o japoneses. Y lo "normal" es que pierda.
Y así, el pobre mexicano pierde. No llega a tiempo a la meta. O lo noquean. O falla pénaltis de último minuto.
Y siempre salimos con que "Ya merito ganábamos". "Jugamos como nunca, pero perdimos como siempre".
Ah, pero si un mexicano gana, lo tratamos como el héroe que llega de reconquistar Texas y California. Y hasta en las estampillas sale.
Pero no lo hacemos porque le reconozcamos el triunfo, sino porque para nosotros es "anormal" que haya ganado. Lo vemos como un fenómeno fortuito, digno de admiración.
No es "normal" que un mexicano gane a nivel internacional. Al menos no para nosotros.
¿Porqué los mexicanos tenemos miedo a competir?
Hasta donde sé, no nos falta ninguna neurona, ni un gen que los gringos o los japoneses tengan.
Algunos expertos dicen que lo que pasa es que tenemos un complejo de inferioridad histórico, producto de nuestras tragedias nacionales. Y "ésos" paises (los avanzados y ricos) siempre han abusado de nosotros: Nos han despojado de nuestra libertad, de nuestra identidad cultural y hasta de la mitad de nuestro territorio.
Pero esto, ¿es la justificación o la excusa?
¿Cómo explicamos ahora que países con mayores tragedias históricas que nosotros, tradicionalmente más amolados, como China y la India, nos están rebasando a toda velocidad en bienestar económico e influencia mundial?
Y si sentimos que no podemos competir contra el gringo por gringo, ¿porqué los chinos y los indios sí pueden?
Ok, no nos comparemos con los gringos o los alemanes. Pero, ¿porqué no compararnos con los chinos?
Seguro que un empresario chino o indio no encuentra justificaciones para competir contra el gringo. Le entran. Compiten de igual a igual.
Y no cambiaron las reglas del juego a su favor, ni les dieron la espalda por " favorecer a los países ricos", al contrario: Las aprendieron, las abrazaron y están venciendo a las superpotencias en su propio juego.
China es ahora el país más capitalista del mundo. Mucho más capitalista que el país que se dice el abanderado del capitalismo mundial, Estados Unidos.
(Porque en China no hay sindicatos. Y si los hay, ni de lejos tienen el poder e influencia de los sindicatos americanos.)
O séase, estos países " emergentes" (ahora casi superpotencias), no le sacaron. Le entraron de lleno, sin complejos.
Tampoco porque no sean nacionalistas, al contrario: Tanto chinos como indios tienen un nacionalismo muy parecido al mexicano. Pero lo hacen a un lado cuando sienten que les pesa para correr y rebasar a un norteamericano o un europeo.
Claro, para estos países el camino no fue fácil. Sufrieron al principio. Es normal. ¿Se acuerda de los productos chinos, tan corrientes que eran hace 20 ó 30 años?
Hay que aceptar primero una verdad: No somos China, ni Estados Unidos, y quizá nunca lo seremos. Es cierto. Pero tenemos otras muchas ventajas que podemos aprovechar.
Los indios darían lo que fuera por tener al menos un kilómetro de frontera directa con Estados Unidos.
A los coreanos se les haría agua la boca estar en la misma zona horaria que los gringos.
A los chinos les encantaría que en Estados Unidos el segundo idioma más hablado fuera el chino, y que hubiera más de 40 millones de ciudadanos americanos de ascendencia china viviendo en ése, el mercado de consumidores más poderoso del mundo.
O que su idioma fuera tan extendido a nivel internacional como el español, o de perdido igual de fácil de aprender.
Yo lo único que espero de este nuevo presidente de México es que no tenga miedo a competir. Que le entre como le hicieron los chinos e indios.
Que no se encierre en batallas inútiles con el Congreso por culpa de nuestro patrioterismo de primaria.
Un presidente que se dé cuenta que a los mexicanos no nos falta ni una pata ni una mano, ni un cerebro para competir de igual a igual con chinos, indios, brasileños... al igual que con gringos, franceses y alemanes.
Un presidente que no le eche la culpa de los males de México al vecino gringo, o al clima, sino que haga consensos para lograr las reformas que beneficien no sólo a su gobierno, sino a todos los mexicanos de hoy, sus hijos y sus nietos.
Aunque a él no le toque cortar el listón inaugural al Primer Mundo.
Un presidente con suficiente confianza en México y en los mexicanos, sin egos personales que se le interpongan.
¿Lo habremos elegido ya?
Volviendo a mi casi fracasada búsqueda de empleo, hace tres semanas me llamaron de un periódico grande en Florida. Querían platicar conmigo sobre una posible propuesta de empleo.
El puesto era excelente. Pero después de tanto rechazo y entrevista inútil, ni por mi mente pasó que me tomaran en cuenta.
Para no dejar, respondí, aunque estaba seguro de que no tenía la más mínima esperanza de obtener el trabajo.
(Máxime cuando me dijeron que habían entrevistado —y eliminado— a "muchos" candidatos para el puesto, porque la empresa era muy exigente.)
Dީías después me llamaron: "Queremos ofrecerte el empleo", me dijeron directamente.
Ni yo me lo podía creer.
Competí, y competí. Perdí y perdí... hasta que gané.
Después de casi 10 años de haber emigrado de México, mañana emigro de nuevo. Dejo Dallas y me mudo con mi familia a Fort Myers, Florida, donde seré editor de "Gaceta Tropical", un periódico en español de la corporación Gannett ( la más grande cadena de periódicos en Estados Unidos, y que edita el diario USA Today).
El camino que inicié en Tampico, lo continúo ahora del otro lado del Golfo de México, en una ciudad que se parece mucho a mi "puerto tropical que es la dicha de todo mi país".
Esta columna continuará. Seguiremos haciendo una crónica de las experiencias que significan ser inmigrante en las entrañas de este monstruo, aunque quizá ya no tanto desde una perspectiva Tex-Mex, sino desde una óptica, digamos "Flori-Mex".
Porque es increíble la cantidad de mexicanos que han llegado a la península, a integrarse con las comunidades cubanas, puertorriqueñas,centro y sudamericanas, y a darle su propio sabor de "Hispanidad".
En Texas dejo familia, entrañables amigos y montones de experiencias buenas, regulares, y no tan malas, muchas de las cuales ustedes ya conocen por esta columna.
Hay que ir adelante siempre.
Porque no nos falta nada para competir.
e-mail: cfzap@yahoo.com
cesarfernando.blogspot.com

viernes, junio 23, 2006

En EE.UU. hasta los albañiles necesitan una licencia para ejercer

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Lupe se puso nerviosa cuando fue a presentar su examen profesional, como es natural.
Había estudiado más de un año para el examen, quizá el más importante de su carrera. Todos los compañeros de su generación estaban igual de nerviosos, por supuesto. Pero su maestra en la academia donde estudiaba en Dallas, estaba confiada en que pasarían.
Lupe acudió al igual que sus compañeros, a presentar su examen a Austin, la capital de Texas. El examen es impuesto y calificado por el gobierno estatal.
Cuando supo que había aprobado, se puso muy feliz. Tanto, que hasta fiesta hizo.
Cuando le llegó su título, con su foto y todo, lo mandó enmarcar. Su trabajo le había costado: Habían sido doce meses de clases, todos los días, en una escuela de paga, con estrictas materias y entrenamientos.
¿De qué se graduó la orgullosa Lupe, se preguntarán ya los lectores? ¿De abogada? ¿De alguna especialidad médica? ¿De contabilidad, tal vez?
Para nada. Lupe se tituló de... estilista. Sí, de ésas que cortan y pintan el pelo en salones de belleza.
Lupe ahora es cosmetóloga (el título oficial) CERTIFICADA, con licencia para ejercer en el estado de Texas.
Por ley, toda persona que trabaje en un salón de belleza en el estado, debe tener un título profesional, adquirido tras pasar el examen impuesto por el estado. Y para eso, debe acreditar haber terminado un curso de preparación (de 1,500 horas) en una escuela acreditada.
Y además, ese título debe estar en un lugar visible del salón.(Valga decir, el famoso título es chiquito, tamaño media carta quizá, pero impresionante: Con sellos y firmas por todos lados, y el escudo oficial de Texas en relieve) .
Inspectores estatales periodicamente visitan salones de belleza y revisan que los empleados tengan sus papeles en regla. Y pobre de aquél dueño de salón que tenga "cachirules", porque se arriesga a una multa y hasta que le cierren el negocio.
La licencia expira cada 2 años, tras de la cual se debe presentar un examen de nuevo para renovarla.
Todo eso se necesita en Estados Unidos para ejercer un oficio como estilista. No cualquier pelagatos se puede decir peluquero o estilista, al menos no sin antes haber estudiado y pasado los exámenes.
A los mexicanos se nos hace hasta exagerado. "Ni que fuera uno a trabajar de científico nuclear", comentó un amigo al saber los requisitos de las estilistas en Texas.
Lo curioso es que los estilistas no son los únicos que deben pasar por este complicado proceso para trabajar.
Los plomeros, por ejemplo, deben tener una licencia similar, de su oficio. Y pasar el examen impuesto por el estado de Texas, antes de "ejercer".
Lo mismo pasa en otros oficios, que uno ni se imagina. Por ejemplo, operador de montacargas en bodega, o contratista general, electricista, vendedor de casas, y en algunos estados, hasta albañil.
(Por ejemplo, esta pregunta es típica del examen de certificación de albañiles de California: ¿Cuántos ladrillos de 4 x 3 x 8 pulgadas —incluyendo unión— se necesitan para un muro de 8 x 30 pies?
Escoja una respuesta:
a) 1,156 ladrillos
b) 1,320 ladrillos
c) 1,440 ladrillos
d) 1,920 ladrillos
Le soplamos la respuesta: Es la c. Si no pudo responderla, olvídese de trabajar de "máistro". Por lo menos en California.)
Repito, a algunos latinoamericanos esto se nos hace excesivamente burocrático. Pero para los gringos, imponer exámenes para saber que los trabajadores sepan de su negocio, tiene una razón práctica: Da "paz mental".
¿Qué pasará, por ejemplo, si yo contrato a un electricista baratito (porque no es muy bueno) y termina causándome un corto circuito que me quema la casa? ¿Quién paga?
Bueno, todos los electricistas deben tener un seguro para estos casos. Y resulta que las aseguradoras exigen como requisito para vender una póliza, que el cliente (en este caso el electricista) esté capacitado para que no cause desastres.
¿Cómo comprobarlo? Fácil, le piden que muestre su licencia. Vigente, conste.
Si no la tiene, pues adiós. No hay póliza.
Ese sistema, aunque suene burocratizado, es un candado que protege a todos los involucrados: Electricista, aseguradora, y sobre todo, el dueño de la casa. Al menos en teoría.
Los desastres pasan. Y les pueden ocurrir igual a plomeros, que a albañiles y hasta estilistas (aunque, hay que decirlo, algunos clientes no saben distinguir entre un corte de pelo y un desastre. Y aún así pagan por él).
La fiebre de las licencias profesionales, claro, no se limita a estos oficios. De hecho, se extiende a todas las profesiones habidas y por haber. Y entre más especializado sea el campo, más exigentes se ponen.
Obviamente, también se exigen licencias o certificaciones para ejercer a médicos, abogados, y casi todo profesional con título universitario. Muchas veces los requisitos de estas licencias son tan o más estrictos que los exámenes universitarios.
(A fin de cuentas, lo que de verdad vale es la licencia. Uno puede tener todos los títulos universitarios de las mejores escuelas, pero si carece o le revocaron la licencia, deberá ganarse los frijoles limpiando pisos... y eso si es que no le exigen también una licencia para esto. No tardan.)
Muchos latinoamericanos que emigramos a Estados Unidos de por sí sufrimos a la hora de revalidar nuestros títulos universitarios. Los médicos por ejemplo, pasan las de Caín para aprobar los exámenes impuestos (¡y en inglés!).
Y encima de todo, algunos hasta deben aprobar una licencia.
Pero estas son las reglas que impone este país, y uno debe acatarlas si lo que busca es integrarse a él.
Pensé en todo esto cuando escuché el comentario de que el candidato del PRD a la presidencia de México, Andrés Manuel López Obrador, declaró que uno de sus planes, en caso de llegar al cargo, sería "extender la universidad para todos". O séase, eliminar el "clasista" examen de admisión y poner los estudios universitarios al alcance de todo muchacho en México que le dé la gana.
Suena bien intencionado. Pero la pregunta es obligada: ¿El eliminar el examen de admisión de verdad beneficiará a los universitarios mexicanos, o los perjudicará?
¿Esto significa que también se eliminarían los exámenes profesionales? (Porque si el de admisión es clasista, el profesional lo sería más) ¿O se harían facilitos, para que lo pase hasta el más burro y en vigesimaoctava vuelta?
En este mundo cada vez más "globalizado" (la palabreja no me gusta mucho: Me suena a que el mundo está poniéndose gordote. Pero ustedes me entienden), donde los universitarios compiten por trabajos con gente de todo el mundo, ¿no se devaluarán aún más los de por sí ya devaluados títulos de universidades estatales mexicanas?
¿Cómo le irá a uno de nuestros universitarios "populares" si se avienta a tomar un curso para una licencia en Estados Unidos, sin estar acostumbrado a pasar exámenes difíciles? ¿Y si lo truena?
Y la peor vergüenza: ¿Qué tal si uno llega con mucho título universitario popular mexicano... y reprueba un simple examen de una licencia estatal, por parecerle "difícil"?
(Y vaya que son difíciles los exámenes en Estados Unidos. Y eso que muchos consideran que la educación gringa está muy por debajo a otros países como Japón y Alemania.)
Yo sé que hay excelentes universidades de gobierno en México. Y sé que muchos de sus egresados resultan brillantes, a pesar de las carencias y las deficiencias. Pero a nivel mundial hay que ser sincero, NINGUNA universidad mexicana está entre las 100 mejores. Según un reciente estudio, sólo la UNAM llega al lugar 153. Respetable, quizá, pero muy por debajo de muchas de las mejores (la mayoría de las cuales están en Estados Unidos).
Ahora, si encima tumbamos los exámenes y les "bajamos la canasta" a los estudiantes mexicanos, ya podremos despedirnos del lugar 153 y contentarnos con el 500 ó el 5000 de la tabla de universidades a nivel mundial.
¿Esto será progreso?
¿Y a dónde van a ir a parar esos egresados "al vapor"? ¿Quién los va a querer contratar? Si de por sí.
Claro, muchos se irán a Estados Unidos. A trabajar en lo que haya, porque de su profesión, nomás no.
Los candidatos hablan de que quieren lograr un acuerdo migratorio laboral con EE.UU. y Canadá para que los mexicanos podamos trabajar en toda norteamérica. Esto, claro, debería incluír a los universitarios. ¿Porqué nomás contentarnos con enviar obreros y campesinos?
Porque sería "fuga de cerebros", me dirán.
Perdón, pero universitarios de China y la India ya están ocupando los mejores cargos científicos y tecnológicos en empresas americanas. Y esos países no lo ven como "fuga de cerebros", al contrario: Se están esforzando por mejorar sus programas de estudio para que más egresados se coloquen a nivel mundial.
¿Cómo podremos los mexicanos competir de igual a igual con profesionales de otros países, si ni siquiera estamos acostumbrados a estudiar para los exámenes?
Quizá lo que debiéramos hacer es exactamente lo opuesto: Hacer los programas más estrictos. Poner a los estudiantes a estudiar más. Y a los maestros a enseñar más.
Y no es cosa de dinero: Si un jovencito pasa los exámenes, y no tiene dinero, se le debería ayudar con financiamiento o becas (o una mezcla de ellos), pues demostró que merece estudiar. Por brillante, no por ser pobre.
Hay que reforzar el paso, no bajarlo. ¿No ve que detrás de nosotros viene un universitario chino y uno indio pisándonos los talones?
Ah, caray. ¿No lo ve?
Ups. Entonces es porque ya nos rebasaron.

viernes, junio 16, 2006

"Dad, cómo eran las computadoras cuando tú eras niño?"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Estaba el otro día bobeando en el sitio de subastas de internet eBay (¡Ejem! Aclaro, más bien estaba "trabajando"), cuando de pronto me volví a topar de frente (¡otra vez!) con mi niñez.
Ahí estaba, ante mis ojos en la pantalla, "la mini-computadora Mattel Electronics de Alerta Espacial", que me trajo Santa Claus en aquella Navidad de mis doce años de vida.
(¿Se han fijado cómo eBay tiene la bendita costumbre de encontrarse todos aquellos triques que creíamos perdidos para siempre de niños? Esos tipos deben tener jugosos contratos con cuanto basurero y ropavejero ejerció de 1960 a 1990.)
La emoción infantil fue doble en mí, porque días antes tuve una discusión inter-generacional (e inter-cultural) con mi agringado vástago de 10 años, Cesarito.
"Dad, ¿cómo eran las computadoras cuando tú eras niño?", me preguntó mientras entraba a internet a checar sus tarjetas de Yugi-Oh.
No supe si reírme o llorar. Yo no conocí las computadoras sino hasta los 20 años, en que accidentalmente apagué una con el pie. Y no sé si una PC Intel 286 con MS-DOS calificaría como una computadora "real" para los estándares actuales.
"Ehhh... Pos no, no había computadoras entonces".
(Cerré los ojos apenado, acordándome de aquellos enormes monstruos que grababan datos en cintas magnéticas del tamaño de ruedas de carreta, y que "El Hombre Nuclear" siempre destruía.)
Cesarito me miró incrédulo. Los ojos enormes y redondos.
"What!?? You gotta be kiddin’me!"
"Pos no... No habían computadoras".
"¿Y ‘videogames’? ¿Qué juegos jugabas de ‘videogames’?"
"Ehhh... Pos ninguno... Los ‘videogames’ aparecieron cuando yo tenía como doce años... Y eran de ésos Ataris".
Casi le da el soponcio: "Oh man! That sucks!"
Por más que le traté de hacer entender que los niños de los setentas sí nos divertíamos sin Playstations, Cesarito no comprendió.
Al contrario, su opinión de nuestra "época" empeoró cuando supo que no teníamos tele a colores ni Cartoon Network. ¡Y que las caricaturas sólo eran de 3 a 7 de la noche!
(Se hubiera infartado si le hubiera contado del Tío Gamboín, pero no tengo tan mal corazón.)
Tampoco había DVD’s ni VCR’s, ni Dish, ni cable, ni Netflix, ni Blockbuster, ni nada.
Y el acabóse para él: Sólo pasaban caricaturas... ¡En español!
Por eso, me emocioné cuando encontré esa cajita negra con el logo de Battlestar Galactica en eBay. ¡Podía hacerle entender a mi hijo que mi infancia por lo menos en algo se parecía a la suya!
Volteé a la puerta y le grité "¡Cesaritoooooooo!"
Entra el mono. Desganado, como siempre.
"What's up, dad?"
"Mira, mira. ¿Te acuerdas cuando me preguntabas si habían videojuegos cuando yo era niño? Bueno, pues éste es el que me trajo Santa Claus", le enseñé la pantalla.
Ahí estaba, orgulloso, el estuchito negro, del tamaño de un teléfono celular (de los de los 80's, conste).
Se veía impecable, como si acabara de salir del aparador de aquella juguetería Tony, sobre la calle Aduana del Tampico de hace más de 25 años.
"¡Estos fueron los primeros GameBoys!", exclamé, triunfal.
Cesarito vió, sin impresionarse.
"¿Y de qué se trata el juego?", preguntó curioso.
"Bueno, son naves espaciales que se pelean disparándose misiles", expliqué, queriéndolo contagiar de un entusiasmo del que ni yo estaba muy seguro.
(¿De verdad eran naves espaciales?)
"Where?", preguntó Cesarito más intrigado que entusiasmado.
"Ahí, mira. ¿Ves esta lucecita? Este palito se supone que es mi nave. Y estos palitos son los misiles. Así", le puse mi dedo señalando la pantalla.
Cesarito volteó a verme, incrédulo. Volvió a pelar los ojos:
"You've gotta be kiddin' me! ¡Que viejo juego, dad! It sucks!"
Y se fue, así sin más. Sin importarle haber aplastado una parte importante de mi niñez.
Miré la pantalla... ¿Y si de verdad esos tipos de Mattel nos habían visto la cara a todos aquellos inocentes niños de los 70's?
Porque, viéndolo en retrospectiva, NO eran navecitas espaciales, ni misiles, lo que aparecía en la pantalla de aquellas maquinitas. Eran simples y miserables... palitos de luz.
(Y claro, las principales víctimas de esta, la estafa del siglo, fueron nuestros papás: Pagaron precios de naves espaciales y recibieron a cambio... palitos de luz.)
¿Cómo impresionar a un niño que tiene un GameCube con gráficos tridimensionales del Millenium Falcon y los X-Wings de Star Wars?
Seguí bobeando en eBay. Y me sorprendí al darme cuenta que no sólo el pasado individual de cada persona se puede encontrar alli (en la forma de un juguete añorado, o un cómic que mamá había roto en pedazos hacía mucho). No, también se encuentran tesoros de nuestro pasado colectivo.
Me encontré, por ejemplo, colecciones completas de postales viejísimas de mi ciudad natal, Tampico. Postales de principios del siglo XX, y hasta de antes: La Plaza de Armas (cuando todavía ni árboles tenía), la Catedral (con una torre más alta que la otra), el centro comercial (tres o cuatro tendajos sobre una manta, encima de una calle de tierra). O ya de las décadas de los 1920, 1930 y 1940: Autos tipo Al Capone cruzando la calle Madero, tipos de sombrero de ala ancha "de medio lao’ " caminando muy orondos por la Plaza de la Libertad, y los antiquísimos tranvías que le daban al puerto un aire muy a lo San Francisco.
Era como entrar a una máquina del tiempo e ir al pasado que siempre me contaron, pero nunca vi con mis propios ojos.
Como cada postal vale de 3 a 9 dólares, y como soy crónicamente pobre, me contento con "robármelas": En el disco duro de mi computadora tengo un montón de carpetas con JPG’s grabados de eBay de postales del pasado de una ciudad a la que añoro... y que algún despistado de Amsterdam o Buenos Aires se encontró en el desván del abuelo y pensó que quizá valieran algunos dólares.
Vaya, hasta billetes de bancos expedidos en Tampico durante la Revolución me he encontrado.
Y no solo el pasado de Tampico se encuentra allí, en esa gigantesca venta de garage global: Casi todas las ciudades importantes de México tienen postales antiquísimas a la venta. He visto imágenes de Monterrey, Guadalajara, León, Veracruz, y del propio D.F.
Cualquiera que se atreva a pujar y pagar hasta 15 dólares por cada uno de esos tesoros seguro tendrá suficiente material para llenar un museo digno, del pasado de nuestras ciudades.
¿Hay alguna autoridad de México que se aviente? ¿Será factible destinar un presupuesto federal o estatal para comprar postales en eBay?
Quizá suene frívolo. Pero, ¿no nos corresponde a nosotros (o a alguna de "nuestras" autoridades) preservar esos tesoros? ¿Porqué dejar que se lo gane algún especulador de otro lado?
Son postales antiquísimas, de las que quizá sólo hay una de ellas en todo el mundo... ¿Es esto una frivolidad?
Yo prefiero pensar que son tesoros.Y como tal, quizá nos toque a nosotros conservarlos.
¿Quién sabe? A la mejor en el futuro, cuando los hijos de nuestros hijos nos pregunten cómo era Tampico (o la Ciudad de México, o Guadalajara, o Mérida, o Aguascalientes) en 1920, no se rían al ver estas postales amarillentas compradas en eBay, ni digan "That sucks!".
Por si acaso, voy a pujar por la mini-computadora Mattel Electronics de Alerta Espacial. La subasta abre a $1.81 dólares.

jueves, junio 15, 2006

Música grupera...en inglés: ¿El futuro de Estados Unidos?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — A mediados de los años 1970 y principios de 1980, alguien debió pararse a ver cómo los adolescentes negros de los barrios pobres de Estados Unidos bailaban, al ritmo de una nueva música callejera: El breakdance, el rap y el hip-hop.
"¿Pero qué diablos es esto?", se ha de haber preguntado esa persona, acostumbrada a los movimientos de la música disco, de las locuras del rock and roll y a la melosidad del soul.
Esa música callejera debía parecer espantosa para la gente de aquella época. Música de pandillas. Y de hecho, así nació originalmente: Creada por "gangas" que tenían más interés en matar al rival que en brillar en una pista de baile.
Si cualquiera de nosotros pudieramos estar en aquél día, y escucháramos a esa extrañada persona preguntar "¿Qué diabloes es esto?", seguramente le responderíamos: "Esto, es el futuro".
Claro, entonces nadie nos hubiera creído.
Pensé esta anécdota la semana pasada, cuando hice un viaje a la parte suroeste de Florida. Es la Florida del lado del Golfo de México, apuntando casi directamente hacia el otro extremo donde se encuentra Tampico, mi ciudad natal.
Después de un recorrido a varios lugares de la zona, me llevaron a un salón de baile "hispano".
Cuando uno piensa en Florida le vienen a la mente de inmediato música salsa, cumbia, ballenato. Los sonidos de los inmigrantes caribeños.
Cuál fue mi sorpresa al verme en un salón de baile donde la quebradita, el sonido duranguense y la música de tambora eran los reyes.
"Este lugar antes era de música salsa y merengue, pero cuando el dueño, que es puertorriqueño, se dio cuenta que habían muchos mexicanos, de inmediato cambió la música", me explicó Ana Dubra, una periodista y maestra española que colabora con el periódico local hispano, Gaceta Tropical.
Luego me llevaron a otro sitio (apropiadamente bautizado "Jalapeño"). Ahí el cosmopolitismo no podía ser más exagerado: El dueño es un palestino, de religión cristiana, que vivió en Los Ángeles. Allí conoció la comida mexicana y se especializó en sus salsas. En Florida abrió un restaurant-salón de baile donde se escucha música grupera.
Allí, la cosa era igual: La clientela exhibía orgullosamente sus sombreros norteños, botas y cintos "pipeaos", hebillas con la Virgen de Guadalupe, al ritmo de música de Exterminador y Los Tigres del Norte.
"El 60% de la población hispana en la zona es mexicana", me explicaron una y otra vez los periodistas con los que platicaba.
Claro, muchos sudamericanos y caribeños aún no pueden creer estas cifras, porque ellos son los que controlan la vida política y económica de la zona.
Además, ellos son más visibles, no tienen miedo a integrarse y participar en la comunidad, porque llegan con papeles: Los cubanos tienen residencia permanente automática al pisar suelo americano, mientras que los puertorriqueños nacen con ciudadanía estadounidense.
Y los sudamericanos —colombianos, ecuatorianos, peruanos, etc. — que llegan tienen dinero. Por lo menos lo tuvieron para comprar un boleto de avión. Y por eso, casi todos entran con visa.
Pero los mexicanos existen, y son cada vez más y más. No hacen ruido, porque se trata de gente humilde, que teme a la autoridad. Seguramente la mayoría son indocumentados.
Llegan a Florida a las cosechas, a trabajar en la construcción. Y con el "boom" económico de la zona, más y más agricultores y albañiles se requieren en la península.
¿Quién causa este crecimiento? ¿Esta enorme migración masiva de mexicanos a un paraíso hasta hace poco enclave de gringos ricos?
Irónicamente los causantes son... los propios gringos ricos.
Conforme avanza este siglo XXI, los "baby-boomers" están llegando a la edad de la jubilación. Y muchos de ellos, con dinero en el bolsillo, buscan paraísos donde terminar sus días.
Uno de ellos es, claro, Florida. Y con la llegada de más retirados y vacacionistas, aumenta la necesidad de vivienda, de condominios, de tiendas, de malls, de hospitales.
Y sin mexicanos, no hay construcción. Por lo menos en Estados Unidos.
Y con los mexicanos, llegan sus familias. Y sus negocios.
Por todos lados surgen día a día supermercados, tiendas, y negocios dirigidos a los mexicanos. Pudimos comprar pan de dulce en una de estas panaderías, que parecía haber sido trasplantada completita desde México. Sólo que ésta se encontraba en medio de un típico paisaje floridiano de árboles largos y estrechos, de hojas cortas y en medio de pantanos.
Vi cómo bailaban los clientes del salón, ensordecido por la música a todo volumen: La gente se comportaba como si nada, como si estuviera en un salón de baile de Texas, California. O Monterrey. Un salón de baile norteño como hay tantos... pero en Florida.
Y esto ocurre cada vez más en ciudades y estados en los que hasta hace diez años no había ni un sólo mexicano.
Cualquier gringo despistado que se hubiera atrevido a poner un pie en esos salones, seguramente se rascaría la cabeza y se preguntaría: "¿Qué diablos es esto?".
Y como quizá pasó en los setentas, seguramente no faltará alguien que les responda: "Esto, mi amigo, es el futuro".
Porque muchos de esos bailadores que llegaron a Florida y Estados Unidos de pueblecitos de Guanajuato, de Michoacán, de San Luis Potosí, de Chihuahua, "sólo por unos dos años, pa'hacer un dinerito", nunca van a volver a México. Se casarán y tendrán hijos acá, y sus hijos crecerán escuchando la música de Grupo Pesado y los Tucanes de Tijuana.
Y, ¿quién sabe? A la mejor alguno de estos hijos (estos "Nuevos Americanos") se atreverá a formar su conjunto y escribir canciones gruperas o corridos... en inglés.
Ya lo están haciendo de hecho ahora, en partes de Texas y otros estados.
¿Cuánto tiempo tardará para que esta música —"rara" para los oídos gringos de los productores musicales— se convierta en "la moda"?
¿Habrá alguna vez algún adolescente anglo al que le pegue duro el gusto por esta música, y se aviente a ser su promotor entre los gringos, como le hizo Eminem con el rap?
¿Un Eminem grupero? ¿Porqué no? El futuro siempre ha tenido la terquedad de confirmar nuestras más descabelladas predicciones.
O derrumbarlas.
El futuro de Estados Unidos va a ser muy interesante.