jueves, marzo 30, 2006

Necesitamos jóvenes hispanos profesionales, no marchistas

DALLAS, Texas — Necesitamos a nuestros jóvenes hispanos en la escuela, no en la calle.
Los necesitamos de abogados, de médicos, de congresistas o senadores. No de manifestantes.
Necesitamos políticos, no pandilleros.
Necesitamos científicos, no alborotadores.
Necesitamos líderes, no seguidores.
Y eso se logra estudiando. No yéndose de pachanga a la calle a protestar con banderas y pancartas, o bañándose en las fuentes públicas, como ocurrió en las “marchas” en Dallas esta semana.
Cientos (¿miles?) de estudiantes de high school se salieron a la calle. “A protestar”.
Y dejaron tiradas las clases.
A la mejor me van a decir que ya sueno pasado de moda. “Desconectado” con la juventud, viejo e intransigente. Quizá.
Lo que pasa es que después de que participar en marchas estudiantiles y “secuestrar” autobuses en México años atrás, me di cuenta que los cambios a un sistema político se hacen desde dentro, no desde afuera.
Y para estar dentro del sistema, necesitas que el sistema te acepte.
Y para eso no hay como estudiar. Prepararse. Y claro, votar.
Las pancartas, las marchas, los gritos se ven muy bien en la tele, pero sólo sirven para aumentar ráitings. No para cambiar un país.
(Y cuando lo logran, es sólo después de una revolución. A veces pacífica, casi siempre sangrienta. ¿Para qué arriesgarse si se puede evitar?.)
Las marchas y las protestas de los adultos son una muestra de inconformidad. Son valiosas e importantes, cierto.
Pero son el último recurso, y sólo se deben usar cuando se hayan agotado todas las vías legales.
Este no es el caso. Las vías legales sobre inmigración apenas se están poniendo en marcha.
Si se manosean tanto las protestas pierden su sentido. Se vuelven una molestia, una excusa para el desorden.
Además, las protestas no salen gratis a los adultos. Nos cuestan. Y muy caras.
Nos cuestan tiempo. Nos cuestan ataques. A veces nos cuestan la chamba e incluso la cárcel.
(A una estudiante de 18 años de Dallas ya le costó la mano, por ejemplo. Y a sus padres miles y miles de dólares en cuentas de hospital, por cierto.)
Por eso, los adultos casi siempre hacemos nuestras protestas en sábado o domingo. O en la tarde, cuando no interfieran con nuestro trabajo. Con nuestra obligación.
Los estudiantes pueden protestar todo lo que quieran, de manera pacífica. Pero sin interferir con su trabajo, que es la escuela. Con su obligación.
¿Porqué no protestar en la tarde, al terminar la escuela?
¿Porqué no hacerlo el fin de semana, en lugar de irse de pachanga?
Háganlo ordenadamente, de manera pacífica y respetando la ley. Y los que no acaten la ley, que los sancionen.
Porque si se creen con la responsabilidad para expresar sus opiniones (como los adultos), entonces también deben estar preparados para enfrentar las consecuencias.
Como los adultos.
No es un asunto de “irse de pinta” porque sí. Se trata de demostrarle a este país que somos valiosos. Que somos trabajadores y estudiosos.
Que respetamos la ley. No que nos encanta romperla.
Así sólo les damos la razón a los que nos acusan de delincuentes. De por sí...

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