viernes, octubre 14, 2005

El alcalde gringo que ondeó la bandera mexicana en un pueblecito de Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
DALLAS, Texas — El alcalde de Tifton, un típico pueblecito americano al sur del estado de Georgia, es un hombre mayor, de escaso pelo blanco impecablemente peinado hacia un lado.
De traje y corbata siempre, el alcalde Paul Johson más bien asemeja un abuelito consentidor, que un político de pueblo.
A principios de este mes de octubre, el alcalde tomó una decisión.
Muy temprano aquél día, el alcalde hizo ondear con todos los honores, y a todo lo alto de la fachada de la alcaldía de Tifton... la bandera de México.
Tifton ni siquiera tenía una bandera de México propia. El alcalde tuvo que pedirle una prestada al pastor colombiano de una iglesia cercana.
Ahí estuvo, el águila devorando a la serpiente, franqueada por el verde, blanco y rojo, ondeando junto con la bandera de Estados Unidos y del estado de Georgia, de manera oficial.
Muchos habitantes del pueblecito vieron extrañados el espectáculo. Algunos se espantaron: ¿Había pasado algo en la noche de lo que no se habían enterado? ¿México al fin había invadido Estados Unidos? ¿Georgia ya era colonia mexicana?
¿O por lo menos Tifton?
Pero la mayoría, en cambio, se indignó. Profundamente. Y de inmediato vinieron las críticas.
Muchas personas escribieron al periódico local, y llamaron a las estaciones de radio, para quejarse. ¿Qué le estaba pasando al alcalde Johnson, se preguntaban? ¿Porqué ondea la bandera mexicana a la misma altura y con los mismos derechos que las banderas de Georgia y Estados Unidos?
Noches antes, había ocurrido uno de los crímenes más horrorosos en la historia de la comunidad. Seis personas fueron asesinadas a balazos y a golpes con bates de beisbol, mientras dormían dentro de sus humildes casas rodantes, en un sector de Tifton.
Las víctimas eran inmigrantes mexicanos, que trabajaban como jornaleros en campos o construcciones.
Otros cuatro inmigrantes quedaron seriamente heridos, y se encuentran hospitalizados con huesos rotos y algunos en coma.
En un poblado cercano, otro inmigrante mexicano fue asesinado a balazos, y su esposa violada dentro de su casa, por los mismos atacantes. Los tres hijos pequeños de la pareja presenciaron todo el horroroso hecho.
Hasta ahora, las autoridades han arrestado a por lo menos cinco sospechosos de los asesinatos. Y tienen en la mira otros más.
Los crímenes de Tifton se suman a otros muchos ataques sufridos en Estados Unidos recientemente contra inmigrantes mexicanos, como los ocurridos en los estados de Nueva York y California.
En Dallas, meses atrás, un par de delincuentes operaba en edificios de departamentos donde vivían hispanos.
Cada viernes acechaban a quienes llegaban a sus casas, porque sabía que traían dinero en la bolsa. En efectivo. A algunos los asaltaban en el mismo estacionamiento.
Otros no corrieron con tanta suerte.
Como un matrimonio de inmigrantes mexicanos. Al llegar el marido a su departamento, fue empujado dentro por los dos malechores. Lo golpearon y le rajaron la garganta con una navaja, dejandolo seriamente herido.
A su esposa la violaron y golpearon hasta matarla, antes de salir del lugar con apenas un puñado de dólares.
Uno pensaría de inmediato que todo esto es producto de un racismo profundo. De un odio total de los americanos hacia los inmigrantes, y en particular contra los mexicanos.
Afortunada (o desafortunadamente, según usted lo vea), no es así. Ojalá hubiera un fondo más elaborado, una filosfía más pensada, más analizada, que medio excusara estas acciones, totalmente injustificables.
Pero no, los móviles, hasta ahora, son simples: Robo. Abuso. Atraco.
No son acciones de grupos racistas bien organizados, ni forman parte de un complot del gobierno para erradicar a los mexicanos.
Son, en cambio, golpes de rateros y pandilleros que buscan hacer dinero fácil, a costa de los más desprotegidos.
Porque ya se corrió la voz entre los maleantes de Estados Unidos: Los inmigrantes mexicanos no tienen cuentas de bancos. Siempre tienen dinero en sus casas, en un jarrón de la cocina, en una bolsa en el clóset, o abajo del colchón.
Más importante: Ya saben que los mexicanos nunca reportan los delitos, por temor a ser deportados. Por desconfianza a la Policía, que muchos creen que es igual o más corrupta que la de México.
"¿Usted cree? ¿Para qué pongo el reporte, si nunca van a hacer nada?", me comentaba un inmigrante mexicano tiempo atrás, después de haber sido robado en su casa.
El terror de los inmigrantes mexicanos hacia la Policía en Estados Unidos es generalizado. Muchos están seguros de que los policías deportan a la gente.
Se sabe que el Servicio de Inmigración tiene una oficina en las prisiones, donde turnan a los que no tienen papeles para "regresarlos pá' México".
Los voceros de la Policía, en cambio, se ha cansado de insistir que ellos no deportan, que ellos no tienen nada qué ver con el Servicio de Inmigración.
Pocos les creen, claro.
Otros inmigrantes ven a los policías como delincuentes en potencia, que esperan detenerlos bajo cualquier excusa para sacarles dinero.
Un amigo que es un inmigrante cubano no entiende esta actitud de los mexicanos.
"Si a mí el policía viene y me amenaza con detenerme, yo le digo: '¡Vamos! ¡Arréstame!' ", dice, mientras extiende las muñecas como listas a ser esposadas. "Quiero ver cómo justificas ante el juez mi arresto".
"¡Esto es lo que los mexicanos deberían de hacer!", agrega indignadísimo.
"Para usted es muy fácil", le recuerdo, moviendo la cabeza.
Mi amigo cubano es ciudadano americano naturalizado. Sabe inglés. Sabe de leyes. Conoce sus derechos.
Tiene negocio, tiene propiedades. Sabe que no lo pueden deportar, porque es ciudadano.
"Y aunque no lo fuera, a los cubanos no los pueden deportar a Cuba", le recuerdo.
Además, los cubanos llegan con una enorme ventaja a Estados Unidos: Si logran entrar (en balsa, a pie o como sea), llegan con permiso de trabajo, seguro social, posibilidad de tener licencia de manejo, y al año, pueden pedir la residencia permanente.
Los mexicanos, en cambio, no.
La inmensa mayoría son personas del campo, sin estudios. Muchos en México han sido víctimas de abuso de parte de la Policía, del gobierno, y de quién no.
Para estos inmigrantes vivir en Estados Unidos es un constante desafío. Es una permanente lucha contra obstáculos legales, culturales, de idioma y tantos más.
Además, significa un constante cuidado al manejar, para no caer arrestados. Para no ser multados.
Sin licencias de manejo, sin hablar el idioma, sin conocer de leyes, lo que la mayoría de los jornaleros mexicanos hacen en Estados Unidos es simplemente sobrevivir.
Ahora, además de todos estos problemas, se suma uno más: Las pandillas de bandidos y asesinos, que parece que ya encontraron un nuevo filón entre los mexicanos.
Por eso el alcalde Johson trató de honrar la memoria de las víctimas de los crímenes de Tifton de la manera como pensó mejor: Ondeando la bandera de México durante seis días, uno por cada una de los fallecidos por los ataques.
A pesar de las críticas, el alcalde se mantuvo firme: "Lo hice como muestra de dolor hacia la comunidad hispana... Estas personas son parte de nuestra comunidad", explicó a la agencia AP.
"Pido disculpas a quien pude haber ofendido, pero pensé que era lo menos que debíamos hacer".

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