viernes, septiembre 23, 2005

‘¿Amnistía o no amnistía a los inmigrantes en EEUU? A ver, checa el estado del tiempo’

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Cada vez que nos vemos, Samuel siempre me hace la misma pregunta:
"¿Que pasó, jefe? ¿Habrá amnistía o no habrá amnistía?"
Samuel, como millones de mexicanos en Estados Unidos, no tiene papeles. Es un indocumentado.
Vive en este país, a donde llegó casi como casualidad. También, como la mayoría de los mexicanos, tenía el plan de quedarse "uno o dos años". Juntar un dinerito, y regresarse a su San Luis Potosí natal.
Ése era el plan, al menos. De eso ya hace más de diez años.
Y aquí sigue.
Al igual que los otros millones de indocumentados, Samuel ve con esperanza la posibilidad de alguna legalización, como se ha estado prometiendo en Washington desde que llegó George W. Bush al poder.
Desde cuando andaba en campaña, el actual presidente prometió "hacer algo". Y sembró esperanzas en millones de indocumentados y sus familias, que viven bajo las sombras, esperando a ver a qué horas "se los lleva" la Migra.
Pero no ha sido fácil. Parece que, como los precios de los tomates, la posibilidad de que se legalice a los indocumentados depende del clima en Estados Unidos.
Del clima político, claro. Y hasta del clima meterológico.
Primero, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 tumbaron por los suelos las esperanzas de Samuel. Poco después de los atentados, Samuel me miró preocupado.
"Entonces, ¿nada de amnistía?"
Yo, como una de sus fuentes de información más fieles (después de todo, trabajo en los medios. DEBERÍA estar informado, piensa él), trato de no mentirle. Entre broma y broma, le dije la verdad: "Yo creo que no. Al menos no por ahorita".
Vinieron entonces todas las broncas posteriores al 9-11: La invasión de Afganistán, la guerra de Irak, la detención de terroristas.
"¿Amnistía o no amnistía?", repetía Samuel, como letanía.
"No, ahorita no", le respondía yo igual. "Pérate. Es cosa de tiempo."
"¿Meses o años?"
"Yo creo que años".
Cuatro años después, cuando los senadores Ted Kennedy (demócrata de Masaschusetts) y John McCain (republicano por Arizona) presentaron su propuesta de legalización, las esperanzas de los indocumentados como Samuel revivieron.
Luego, se difundió otra propuesta, la de los senadores John Cornyn de Texas, y Jon Kyl de Arizona, y esas esperanzas se reforzaron.
"¿Qué? ¿Por fin amnistía o no amnistía?", me insistía, ya más animado.
"Pues, parece que sí. Aunque quizá la propuesta final no pase tan fácilmente en el Congreso", le explicaba.
A ratos, cuando los pro-inmigrantes tenían más tiempo en los medios (con entrevistas, reportajes, etcétera), venía Samuel muy optimista a decirme (ya no a preguntarme): "¡Ora si, jefe! Ya la hicimos. Esto de la amnistía va que vuela".
Y yo, echándole más leña al fuego, le respondía:
"Ora sí, Samuel. Cómprate el boleto a México, que en dos meses te vas de vacaciones a ver a tu familia con tu tarjeta de residente, nuevecita con tu foto y todo", le decía, mientras él se frotaba las manos y daba brincos de felicidad.
Pero las tendencias políticas en Washington cambian. Llegaban entonces los anti-inmigrantes hacíendo escándalo. Predecían el Apocalipsis. Sembraban el terror, casi diciendo que los mexicanos iban a llegar a robarse trabajos, a hundir las "hermosas y limpias" ciudades americanas en el caos, en la delincuencia.
Y en cada vaivén, la respuesta que le daba a Samuel variaba:
"¿Amnistía? Pues parece que por ahorita no. Anda el ambiente muy caldeado. Mejor regresa tu boleto de viaje, a la mejor te devuelven algo del dinero", le respondía.
Llegó el momento en que ya ni yo sabía. Cuando veía llegar a Samuel con su eterna pregunta, tenía que responderle, medio serio y medio en broma:
"¿Amnistía este año? Pues, a ver. ¿Qué te dije la última vez, Samuel?"
"Que sí era posible", respondía.
"Okey, entonces hoy toca responderte que no. No, no va a haber amnistía, lo siento".
"Huy, jefe. Bueno, pues ni modo", se lamentaba entre risas.
En esas estábamos, cuando la última vez, hará cosa de dos meses, la Casa Blanca admitió el deseo del presidente de "hacer algo" por los indocumenatados. Luego, tanto Kennedy-McCain como Cornyn-Kyl salían en la tele a cada rato, promoviendo sus propuestas. Los periódicos, los canales de televisión y las revistas como Time y Newsweek comenzaban a calentar el ambiente, previendo una inminente discusión en Washington del polémico asunto.
En eso pegó Katrina.
Junto con Nueva Orleáns, las propuestas de legalización migratoria comenzaron a hacer agua. La tardada e inepta respuesta del gobierno federal arrasastraron la popularidad del presidente Bush. El capital político logrado en su reelección (y que planeaba gastar en la legalización migratoria, auqnue él siemrpe ha insistido que no quiere una "amnistía") quedó lastimado por el huracán.
"¿Amnistía o no amnistía?", preguntaba Samuel, ya no muy seguro.
"No, Samuel. Yo creo que ya se hundió. Imagínate, ¿con qué cara va a ir Bush ahora al Congreso a pedirla, después de lo de Katrina?", comentaba yo.
Ahora, con los huracanes Rita (y posiblmente con Philippe, que por allí anda), seguramente la atención del Congreso se va a ir para otro lado, definitivamente. ¿Quién va a querer hablar de mejorar la situación de los indocumentados, cuando hay cientos de miles o quizá millones de ciudadanos americanos en desgracia, preguntan algunos críticos?
Los congresistas y senadores, en cambio, prefieren preparar sus baterías para otra clase de batalla legislativa: De dónde sacar los fondos para la reconstrucción de las zonas devastadas por los huracanes, porque nadie quiere aumentar los impuestos. Y a comenzar a investigar "qué pasó" con la pésima respuesta ante Katrina, quién tuvo la culpa, a quién hay que crucificar.
A esta hora, nadie se acuerda de los indocumentados en el Capitolio. O si se acuerdan, no les interesan mucho.
¿Carpetazo seguro? Quizá. Aunque hay que decirlo, hay grupos hispanos y organizaciones independientes que están cabildeando fuerte en Washington para llamar la atención del problema. Sí, es urgente solucionar el problema de los desplazados y damnificados por los huracanes, y la reconstrucción de las zonas arrasadas. Pero el problema de los indocumenatados sigue: Los indocumentados no se van a ir, ahí están, les recuerdan estas organizaciones a los congresistas.
Otro obstáculo: Vienen las elecciones legislativas. Y pocos congresistas querrán enojar a sus electores anti-inmigrantes (que sí votan) dando papeles a los inmigrantes para quedar bien con los hispanos (que casi no votamos, a excepción de los cubanos a quienes les importa poco el tema porque llegan a este país casi con los papeles en la mano).
Además, está el asunto de Irak, donde las cosas se están poniendo feas, muy feas. Hay asuntos "más urgentes" qué tratar, que los indocumentados. O al menos esto es lo que piensan los políticos.
Súmese a esto los altos precios de los combustibles (culpa de Bush, según muchos electores), y otro factor importante: Se acaba el tiempo.
Al presidente Bush le queda poco más de dos años de mandato. Poco, para echar a andar una propuesta de legalización migratoria, sobre todo con todas las broncas que se le han venido encima.
Ahora, quizá no sea así. A la mejor subestimamos a Bush. ¿Y si tiene un as bajo la manga? Quizá lo logrará. Esperemos. Pero no apostaríamos a su favor.
"¿Amnistía, Samuel?", respondo ante la eterna pregunta que me hace casi todos los días. "La mera verad, ya no sé. Pero yo que tú, en vez de boleto para ir a México de vacaciones, compraría un impermeable. Los temproales vienen".

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