viernes, agosto 19, 2005

Su hijo, ¿un 'mojado' en potencia?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — No soy muy afecto a confiar en las encuestas. Como dicen, la única encuesta que vale son los hechos.
Pero sí soy afecto a que me asusten. No por lo que predicen, sino por las cochinas dudas: ¿Y qué tal si se hace realidad?
Esta semana pasada, el Centro Pew de Investigaciones Hispanas en Washington dio a conocer el resultado de una encuesta que hicieron en México.
En ella, dicen que casi la mitad de los mexicanos (de México) son 'paisanos' en potencia: El 46% de los entrevistados aseguraron que se irían de inmigrantes a trabajar y vivir en Estados Unidos, de tener la oportunidad.
Casi la mitad de la población.
Más de una quinta parte de los encuestados, el 21%, dijeron que no les importaría emigrar de 'mojados', o sea sin documentos legales.
Lo interesante: No todos los que respondieron eran campesinos iletrados, u obreros desempleados. Más de una tercera parte de los graduados universitarios (el 35%) aseguraron que ellos sí emigrarían, de tener la oportunidad. De éstos, el 13% dijeron que se irían sin importar la falta de papeles.
La encuesta la hizo el Centro Pew durante febrero y mayo de 2005, entrevistando a 1,200 personas, y tiene un margen de error del 3%.
¿A qué viene todo esto? ¿Porqué me asustó esta encuesta?
Porque hace once años, cuando Estados Unidos, Canadá y México firmaron el Tratado de Libre Comercio, todo mundo estaba seguro de que gracias a las inversiones, se crearían empleos y los mexicanos no tendríamos que emigrar. Que las oportunidades se igualarían.
Hoy en día, vemos que no. Al contrario: La mitad de los mexicanos, si les dan chance, saldrían volados pa'l norte.
Medio país vacío.
Lo peor es que no se ve para cuando la cosa cambie. ¿Cuánto necesitará mejorar la economía de México para crear empleo para tantas personas?
Esos nuevos empleos, ¿serán decentemente pagados? Ya no digamos BIEN pagados. De perdido decentes.
¿O serán "sub-empleos"?
¿Qué pasará en el futuro, con sus hijos? ¿Con la generación de mexicanos que ahorita son niños o jóvenes? ¿Será peor para ellos? ¿Deberán también emigrar?
Usted dirá: "A mí no me importa. Mis hijos se están preparando. Serán profesionistas y no necesitarán ir a la pizca a California".
Pérese. La encuesta dice que uno de cada tres profesionistas también se iría de México. Y es que el título no garantiza chamba. ¿Cuántos ingenieros son choferes de taxi? ¿Cuántos licenciados dan clases de historia en prepas de medio pelo? ¿Cuántos otros profesionistas se van de taqueros?
Los gringos por aca, por lo pronto, ya pusieron el gritote en el cielo. Uno que otro sarcástico comentó: "Claro, el 40% de los mexicanos se quieren venir a Estados Unidos, para juntarse con el 60% que ya está aca".
No sé usted, pero para mí, esas cifras son horrorosas.
Sobre todo, porque hablan mucho de la situación. No es que los mexicanos querramos venir al norte porque nos las demos de cosmopolitas. Lo que pasa es que la economía mexicana no ha podido crecer. Crear empleos. Atraer inversión.
¿Será esto un síntoma de la falta de capacidad de nuestros políticos? ¿De nuestros empresarios?
No sé. Por lo menos, mi escaso entendimiento me dice que algo anda mal.
La cosa es: ¿Cuál es el futuro de México con esas cifras?
¿Quién poblará México si no hay chamba, y todos nos vamos?
Alguien me dio una respuesta irónica, pero posible: Mujeres. Hijos pequeños. Ancianos.
Y puros gringos retirados.
Welcome, nuevos Mexicans... Aca nosotros les cuidamos su país.
**********
Y volví a ir a México...
Fue un viaje relámpago, a dejar a mi hermana y mi mamá quienes vinieron de vacaciones a Texas un mes.
Llegamos desmantelados del viajecito de dos días. Regresamos a la casa donde crecí, en Tampico, en el área de Colonias.
Caí rendido, pero me desperté a las 8 de la mañana siguiente, porque debía regresar a Dallas ese mismo mediodía.
"¿Vas a comprar algo para desayunar?", me pidió mi mamá. "Tortillas, huevos... Leche, queso".
Se me pararon los vellos de la nuca.
Me llegaron recuerdos de mi niñez. De chico, odiaba que me mandaran a las tortillas y a la leche. Nunca me gustó. Lo odiaba.
Me acordé que iba a regañadientes. Bajo el solazo de Tampico. Arrastrando los pies.
Y sin embargo, siempre iba. Casi nunca fallé.
Por eso accedí la petición de mi mamá.
Caminé por las mismas calles. A la izquierda, media cuadra hasta la esquina. Luego, a la derecha, una cuadra. En la segunda esquina, a la izquierda de nuevo.
Me sé el camino hasta con los ojos cerrados.
Pero esta vez fue distinto.
Ahí estaba la misma tienda, la de Don Silverio, donde siempre iba. Me atendió él mismo, más canoso, más viejo, pero inconfundible.
Igual que siempre, le pido medio queso, diez huevos, un litro de leche. Agregué un jugo de naranja.
Después, me pasé a comprar tortillas a la otra esquina. Un kilo, por favor. No es la misma tortillería, "El Gallo", que estaba a la vuelta. Es una nueva, cruzando de la tienda de Don Silverio. Pero sentí el olor inconfundible de masa recién hecha desde que me asomé. No como las tortillas procesadas y feas que uno compra en en los supermercados Fiesta o Carnival de acá, (y que saben a cartón).
No, estas eran tortillas reales. Mexicanas. Acabaditas de salir del molino.
7 pesos el kilo.
Había llovido un poco. El ambiente estaba húmedo, pero fresco. Caminé el mismo trayecto que caminaba cuando niño. Pero ahora mas viejo, mas gordo, más calvo, mas lento.
Y no lo odié.
Los perros ladraban en la calle. La gente caminaba. (¡Había GENTE! ¡CAMINANDO, por Dios!). Los letreros eran en español, no en inglés.
Pensé que parecía un gringo ridículo, despistado, de esos que ven una persona montada en burro y le parece: "Wonderful, beautiful"... sin saber que esa persona anda en burro no porque le encante, o tenga mentalidad de tarjeta postal, sino porque no tiene de otra. De tener el dinero, hasta el más folclórico de nosotros preferiría un carro.
Me sentí raro. Añoré Tampico. Añoré México.
Suena cursi. Pero me di cuenta que no añoraba por sentimental, sino porque ME FUI.
Si me hubiera quedado, tal vez ir a las tortillas y a la leche no sería una avetura. Sería una rutina. Y por lo tanto, una tortura.
Odiaría a los perros en la calle. Le mentaría la madre a la gente que camina, al calor, al medio ambiente.
Para bien o para mal, me fui. Y cada vez que voy es añorar.
"A Tampico lo tienes en el corazón", me escribió una vez mi mamá. Yo diría que a México.
Sí, ya sé: A la mejor idealizo lo que no fue. Qué cursi. Pero ni modo.

1 comentario:

  1. Duce ktio2:33 p.m.

    hola... me gusto mucho tu articulo sobre el huracan katrina, es cierto. Muy buen punto de vista, ya que, ni siquiera una lancha o canoa se manda de MExico, lo que importa es la presencia.

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