viernes, agosto 12, 2005

Shock primermundista: "¡Mira, una persona pobre!"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Iba con mi hijo Cesarito una vez en el carro. Él tendría como cuatro o cinco años y lo llevaba a la escuela.
De pronto, al llegar a una esquina, me gritó: "¡Papá, papá! ¡Mira!"
Por poco choco. Voltee hacia donde señalaba, en la calle. Espantado, sorprendido, y hasta extrañado.
"¿Qué, hijo?"
"¡Mira! Allí, ¿no ves? ¡UN POBRE!"
Por la esquina, casi a nuestro lado, iba cruzando la calle uno de esos pordioseros (que aca llaman "homless", o "sinhogar"). Iba barbón, vestido con harapos. Lo cubría una colcha despedazada (o lo que quedaba de ella) cuyo color no se adivinaba debajo de tantas capas de mugre.
Los ojos de Cesarito no podían creer lo que veían.
En eso, me exigió con urgencia: "¡Papá, dale dinero!".
Para Cesarito, su lógica de niño lo obligaba a decirle a su papá que lo correcto, lo normal, era darle dinero a un pobre. Porque no tenía. Porque era UN POBRE, por Dios.
(Por lo visto, al niño nunca se le había ocurrido considerar a su padre y su madre como POBRES... Quizá porque desconocía las de Caín por las que pasamos cada fin de mes para poder pagar todas las deudotas.)
Tuve que explicarle que en realidad, ése no era técnicamente un POBRE. Era una persona que tomaba mucho, que se drogaba. Que el dinero que le diera lo iba a gastar no en comida, sino en bebida o drogas. Que había gente de verdad pobre y que a pesar de todo trabajaba y ponía comida en su mesa, aunque con dificultad.
(Sí, claro, ya sé: "Záfate, codo", me dirán.)
Pero el asunto me hizo pensar. Para Cesarito ver un pobre en la calle fue casi una revelación. Es decir, sabía que existía gente pobre (lo había visto en la tele, le habían contado en la escuela), pero no eran cosa de todos los días para él. No se veían en la calle, en la ciudad gringa donde vive. En el país donde vive.
Inocente, dirán. Claro. Es un niño. Y como la mayoría de los niños de este país, Cesarito ha crecido casi dentro de una burbuja, rodeado de bienes materiales (los pocos o muchos que le han podido comprar sus papás... ¡Y casi todo a crédito!), de casas bonitas, de jardines cuidados.
Claro, en Estados Unidos hay muchos pobres. No es jauja. Pero no se ven tanto, ni tan seguido. Y cuando uno se atreve a asomar su paupérrima cabeza, no falta quien llame a organizaciones de ayuda, o a la Policía para que lo lleve a "donde corresponde".
O sea: "Quítenlo de mi vista porque me afea el paisaje".
(Incluso la municipalidad de Dallas aprobó desde hace tiempo una ley que prohibe la presencia de pordioseros o gente pidiendo dinero en la vía pública. Y son tan estrictos, que hasta las colectas públicas por los cuerpos de Bomberos se han prohibido.)
Dirán que Cesarito pecó de inocente. De ignorancia, quizá, ya que hay millones de personas pobres (y hasta más que pobres) en todo el mundo.
No lo pueden culpar: Es un niño. Cesarito aún no sabe nada de conciencia social, de revolución o muerte, ni de teología de la liberación.
Pero comparando, se me ocurrió pensar qué infancias tan distintas tuvimos él y yo: Para casi cualquier niño de México, la pobreza es algo tan común como el paisaje. Si no la encuentra en la calle a diario, en el autobús, en el mercado, o en la escuela, la conoce por vecinos, familiares... cuando no la experimenta en carne propia.
Siempre criticaba a mis amigos gringos sobre sus comentarios tan inocentes de la pobreza, cuando viajaban a México. Para ellos, ver gente pidiendo limosna, con niños, era casi tan folclórico como las pirámides.
Los acusaba de no tener "los pies en la tierra".
Por eso, me sorprendí cuando, en mi pasada visita a México, yo tuve también un ataque de inocencia primermundista.
Estaba comiendo con mi familia en un restaurante al aire libre en Tampico, cuando vi que se acercó un pordiosero con una niña chiquita en brazos.
Casi me atraganto.
En Estados Unidos sí hay pordioseros. Pero nunca con niños. Mucho menos bebés.
(Ya sé: Supongo que me explicarán que no me vaya con la finta, que ese hombre "rentó" a la niña... Pero esto hace el cuadro aún peor.)
Como si nada, el hombre (muy parecido al que vió Cesarito en aquella calle de Dallas, solo que no tenía ojos azules ni cabello rubio) cantó varias canciones a los comensales, acompañado de una improvisada lata que golpeaba con un palo. La chiquita, de uno o dos años, se sentó como pudo en la candente banqueta, como ya acostumbrada a esa vida.
(¿Pero cuál otra vida conocía, sino esa?, me pregunté.)
Confieso que siempre me las he dado de muy objetivo. De tener "los pies en la tierra"... porque he vivido en un país tan distinto a Estados Unidos, como México (que igual pueden ser planetas distintos). Lo que me da "cierta perspectiva".
O al menos lo intento. Y así les restrego en la cara a cuanto gringo veo viviendo en su burbuja.
Pero reconozco que la escena me chocó. Me incomodó bastante. Me hizo sentir muy mal.
Por fin, después de haber vivido casi toda mi vida en México, comprendí lo serio de la tragedia de los verdaderamente pobres, y de los niños de la calle (aunque suene a frase muy choteada).
Yo sé que habrá muchos que me critiquen. Que me escribirán: "Pues comienza a hacer algo en lugar de lamentarte". O: "Todo esto es culpa del @*#^$! país en el que vives." O: "Bueno, qué andas haciendo por allá. Regrésate a tu patria y trabaja por ella".
A estas personas, mil disculpas. Soy un simple hijo de vecino. Y trato primero de ayudar a los que me rodean, dentro de mis posibilidades. Que no son tantas como quisiera.
Pero el vivir en la "burbuja" me dio otra visión de las cosas. ¿Quién sabe? Quizá de haber seguido en México a la pobreza la vería como algo normal.
Como la regla. No como la tragedia que verdaderamente es.
Y esto es lo que trato de enseñarle a mi hijo.
Meses después de todos estos episodios, manejaba por un puente cerca de Garland, la ciudad donde vivo. Cerca de Dallas. Y en un semáforo me encontré de nuevo con la pobreza.
Un hombre estaba pidiendo limosna, bajo el solazo terrible de Texas. Iba con una mujer, su esposa aparentemente.
Lo peor es que llevaban... ¡Dos niños! Uno, gordito, de la edad de Cesarito, trataba como podía de entretener a su hermanito, de apenas uno o dos años, y quien se veía cansado y con hambre.
Toda una familia de pobres, que ni casa tenían. Pidiendo dinero para comer en el país más rico "y filantrópico" del mundo.
De nuevo, el shock. De nuevo, se me reventó la burbuja.
Lo peor fue darme cuenta que la demás gente que manejaba a mi lado, por ese mismo puente, reaccionaban como la gente en México: Indiferencia.
¿Estados Unidos se está acostumbrando a la pobreza? ¿Les es ya tan indiferente a los gringos como a los mexicanos?
Supongo que sí.
Mientras no les afecte su "burbuja"...

3 comentarios:

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  2. a aveces, es bueno explicarles, y más de pequeños, a nuestros niños que la consciencia social, no tiene nada que ver con la teología de la liberación, o revolución o muerte. Al menos estos son puros extremismos. Y no me convenso demasiado de que alguien haraposo necesariamente deba terminar comprendo drogas o alcohol con el dinero que se le da. No me mal interprete, yo al igual que usted creo en el pan ganado a fuerza de trabajo, no creo en las limosnas; pero creo que quizás,la sensibilidad social tampoco debería aterrarnos.

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  3. De acuerdo, pero uno como padre no siempre las tiene todas consigo, siempre habrá algo que te falta enseñar a tus hijos. Por más que lo quieras, nunca puedes abarcarlo todo.
    Y la conciencia social no está entre las enseñanzas prioritarias para un niño de cuatro años que apenas está medio aprendiendo a hablar, al igual que la muerte, la ética, y tantos otros temas vitales. Desafortunadamente.

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