viernes, agosto 26, 2005

Médicos gringos o médicos mexicanos: ¿A quién creerle?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Mi mamá vino de vacaciones, a Texas el mes pasado. Buscó una medicina de este lado, pero le dijeron que (además de carísima) le afectaba el hígado.
"Eso no me lo dijo el doctor en México", dijo mi mamá sorprendidísima. Y se supone que el especialista que la atiende en Tampico es muy bueno.
Huelga decir que esto bastó para que le parara al tratamiento.
A la mejor el doctor de mi mamá no sabía los efectos secundarios de la medicina que le recetó. Lo cual dudo. O a la mejor el medicamento no está tan regulado en México como en Estados Unidos. Lo cual no dudo.
En muchas ocasiones me he topado con contradicciones sobre lo que recetan en México y lo que recetan en Estados Unidos.
Se supone que la medicina es la misma en todas partes (los gringos no tienen en sus cuerpos nada que los mexicanos no tengamos... O al menos eso quiero creer).
Lo cierto es que a la hora de pedir una "segunda opinión", los resultados pueden ser totalmente distintos en uno u otro lado de la frontera.
Como si cada medicina estuviera destinada a especies de distintos planetas.
Recuerdo que cuando recién emigramos a Texas, una de las principales preocupaciones que teníamos como padres era que nuestro hijo Cesarito desde siempre caminaba chueco.
Las rodillas las tenía hacia adentro, tanto que las puntas de sus pies casi se besaban. Y por eso, se caía a cada rato.
Cuando jugaba con niños en el patio o en un parque, ahí me tienen de guardaespaldas, para levantarlo cada vez que mordía el pasto.
Al principio nos pareció curioso, y hasta gracioso. Pero cuando cumplió cuatro años y entró al pre-kínder nos preocupó.
"Ése niño necesita zapatos ortopédicos", era el diagnóstico eterno de familiares y amigos en México. "Llévenlo con un ortopedista".
Más por presión familiar, acudimos a un expecialista en Tampico. Apenas llegamos al consultorio a nuestra cita, y Cesarito (cansado el pobre, estaba acostumbrado a andar trepado en carro siempre, no a caminar) de inmediato se dejó caer sobre la alfombra.
Con las piernas volteadas hacia atrás. En forma de W.
En eso llegó el médico. Sin decir ni buenos días ni nada, señaló con su dedo, y casi brincando sobre su escritorio, gritó: "¡ése niño tiene problemas! Nada más de ver que se sienta así me doy cuenta. No debería poder hacer eso".
Casi me espantó. Me imaginé que dentro de su oficina, en privado, debe acariciar su título de ortopedista mientras murmura: "Son momentos como este los que hacen que todo haya valido la pena."
En fin, nos hizo toda una exposición sobre la teoría filosófica de los pies chuecos. Y de inmediato nos recetó... Ajá, adivinaron: ¡Zapatos ortopédicos!
(Y carísimos: Más de 100 dólares. Y habría que mandarlos a hacer... Casualmente en una tienda asociada con el doctor.)
Total, le compramos los mentados zapatos al niño: Negros, pero con unas mangueras que se le incrustaban verticalmente desde la parte de afuera, y se amarraban a una especie de cinturón.
"Esto va a obligarlo a que las piernas se le enderecen con el tiempo", sentenció el médico.
Cesarito sufrió como nunca. Odiaba los mentados zapatos. Le dolían horrores. Y ni modo.
Una vez que lo llevé al trabajo, un compañero (que es masón) lo vio. Me dijo: "Hay un hospital aquí en Dallas muy bueno, dedicado a ayudar a niños con problemas de los pies".
Nos acompañó a hacer una cita. Pero nos dijeron que necesitábamos ser recomendados por un médico general antes de pasar con el especialista.
Lo llevamos con una doctora ya entrada en años. De la India. La señora, muy amable, vio al niño. Y determinó: "Su hijo no tiene nada. Está bien".
Mi esposa se enojó. "Pero es que en México nos dijeron que necesitaba tratamiento...". La doctora, la interrumpió: "Quizá en México. Pero aquí, no. El niño no necesita tratamiento".
No nos convenció. Como que se nos notó en la cara, porque agregó:
"Miren, si les hace sentir mejor, los recomendaré al niño al hospital especializado..
Lo hizo. Nos sentimos mejor. Fuimos al hospital masón, el Scottish Rite Hospital de Dallas. Es una institución enorme, que más parece juguetería que hospital. Su especialidad es ayudar a niños con problemas motores y mentales de todo el mundo...
Y sin cobrarles nada. Ni un centavo.
Al llegar, nos atendió una pediatra especialista en estos casos, una doctora joven y toda sonrisas. Gringa. Acostó al niño en una camilla. Le revisó las piernas. Las estiró. Las juntó. Las giró. Lo hizo caminar. Lo hizo correr.
Nos miró. Nos dio su diagnóstico: "El niño no tiene problemas, está bien. No necesita tratamiento ortopédico. No necesita zapatos especiales, ni mucho menos mangueras. Quítenselas."
Oiga, pero mírele las rodillas, comenzamos a protestar. Mire como se sienta.
Es normal, respondió. El niño es flexible.
Oiga, pero se cae mucho.
Todos los niños se caen. Unos más que otros.
Oiga, pero en México nos dijeron...
Sonrió condescendientemente. Confieso que me apené. Nos sentimos como cavernícolas contando los tratamientos de nuestro médico brujo.
"En México quizá les sigan recetando zapatos ortopédicos. Pero ni en Europa, ni en Norteamérica los médicos lo consideran esto necesario ya. Está pasado de moda", explicó la amable doctora gringa. Toda sonrisas.
(No sé si sonreía por amabilidad o por burla.)
Nos miramos mi esposa y yo. ¿No sería a la mejor esta la médica bruja cavernícola?, pensé.
Como que la doctora notó nuestras dudas. Nos explicó: "Se han hecho muchos estudios a niños con estos problemas. Se compararon miles de niños que habían usado zapatos ortopédicos y se determinó que sí mejoraron con el tiempo."
"Pero también se analizaron miles de niños que no habían usado estos zapatos y se comprobó que también mejoraron con el tiempo. Por lo tanto, esto no es determinante. Si ustedes quieren seguir obligando al niño a usasrlos, háganlo. Pero el niño se compondrá de todas maneras."
Salimos más humildes. Agradecidos. Y yo lamentando los ciento y pico de dólares gastados en los mentados zapatotes.
Ahora, César, a sus nueve años, ya no tiene los pies chuecos. Mejoró. Y ya no se cae.
No me malinterpreten. Sé que los doctores mexicanos están bien preparados. La mayoría, al menos. (O así me gusta creer).
Y no estoy solo: Miles de americanos que pasan a diario la frontera a atenderse en México están de acuerdo. (Sobre todo porque les sale más barato.)
Pero a veces las contradicciones sacan de onda.
Otro ejemplo: Gente de México me ve como marciano cuando les recomiendo tomar una bebida energética que venden en los supermercados de acá. Todo mundo en Estados Unidos la toma como refresco. Sirve para mantenerlo a uno despierto en jornadas de trabajo largas. No está controlada, ni se vende con receta.
Pero en México me dijeron que la Secretaría de Salud la había prohibido. Porque no es buena para el bienestar de la gente, aseguran.
¿Sabrá la SSA algo que la súper quisquillosa Administración de Alimentos y Bebidas (FDA) gringa no? Quién sabe.
Pero la incongruencia más chistosa (si no es que patética) la vi hace algunos meses. Autoridades sanitarias de Estados Unidos se fueron por todos los supermercados mexicanos de aca a hacer redadas de productos.
¿Qué incautaron? ¿Drogas? ¿Medicinas prohibidas? ¿Zapatos ortopédicos?
Para nada. El producto prohibido eran... dulces mexicanos.
Los mentados dulces fueron retirados de los anaqueles con operativos escandalosos. Salió en la tele y todo.
¿El motivo? Según la el Departamento de Salud de EEUU, estos productos son peligrosísimos. Letales. Porque el tipo de celofán en que están envueltos tiene plomo, que causa envenenamiento.
Los efectos son daños al sistema nervioso, a los riñones. Y afecta el aprendizaje y desórdenes de conducta.
Por eso los quitaron.
Desde que me acuerdo, millones de mexicanos, desde kínder, nos criamos comiendo dulces envueltos en celofán. Por décadas.
¿Será que los gringos saben algo que la Secretaría de Salud de México no?
¿O será que los gringos pecan de escandalosos, quisquillosos y espantados?
A la mejor todo es pura politiquería. ¿No habían prohibido por años la entrada de aguacate mexicano a Estados Unidos? Dizque porque era "dañino y de mala calidad". Más bien para proteger a los productores de acá (que nos encasquetan sus aguacatitos del tamaño de uvas, a 2 dólares cada uno.)
¿A quién creerle?
Mientras me comía mi mazapán, lo miré. Examiné el celofán. "Afecta el aprendizaje y causa desórdenes de conducta", me acordé.
¿Y si es por esto por lo que estamos como estamos?

E-mail: cfzap@yahoo.com

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