viernes, agosto 26, 2005

Médicos gringos o médicos mexicanos: ¿A quién creerle?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Mi mamá vino de vacaciones, a Texas el mes pasado. Buscó una medicina de este lado, pero le dijeron que (además de carísima) le afectaba el hígado.
"Eso no me lo dijo el doctor en México", dijo mi mamá sorprendidísima. Y se supone que el especialista que la atiende en Tampico es muy bueno.
Huelga decir que esto bastó para que le parara al tratamiento.
A la mejor el doctor de mi mamá no sabía los efectos secundarios de la medicina que le recetó. Lo cual dudo. O a la mejor el medicamento no está tan regulado en México como en Estados Unidos. Lo cual no dudo.
En muchas ocasiones me he topado con contradicciones sobre lo que recetan en México y lo que recetan en Estados Unidos.
Se supone que la medicina es la misma en todas partes (los gringos no tienen en sus cuerpos nada que los mexicanos no tengamos... O al menos eso quiero creer).
Lo cierto es que a la hora de pedir una "segunda opinión", los resultados pueden ser totalmente distintos en uno u otro lado de la frontera.
Como si cada medicina estuviera destinada a especies de distintos planetas.
Recuerdo que cuando recién emigramos a Texas, una de las principales preocupaciones que teníamos como padres era que nuestro hijo Cesarito desde siempre caminaba chueco.
Las rodillas las tenía hacia adentro, tanto que las puntas de sus pies casi se besaban. Y por eso, se caía a cada rato.
Cuando jugaba con niños en el patio o en un parque, ahí me tienen de guardaespaldas, para levantarlo cada vez que mordía el pasto.
Al principio nos pareció curioso, y hasta gracioso. Pero cuando cumplió cuatro años y entró al pre-kínder nos preocupó.
"Ése niño necesita zapatos ortopédicos", era el diagnóstico eterno de familiares y amigos en México. "Llévenlo con un ortopedista".
Más por presión familiar, acudimos a un expecialista en Tampico. Apenas llegamos al consultorio a nuestra cita, y Cesarito (cansado el pobre, estaba acostumbrado a andar trepado en carro siempre, no a caminar) de inmediato se dejó caer sobre la alfombra.
Con las piernas volteadas hacia atrás. En forma de W.
En eso llegó el médico. Sin decir ni buenos días ni nada, señaló con su dedo, y casi brincando sobre su escritorio, gritó: "¡ése niño tiene problemas! Nada más de ver que se sienta así me doy cuenta. No debería poder hacer eso".
Casi me espantó. Me imaginé que dentro de su oficina, en privado, debe acariciar su título de ortopedista mientras murmura: "Son momentos como este los que hacen que todo haya valido la pena."
En fin, nos hizo toda una exposición sobre la teoría filosófica de los pies chuecos. Y de inmediato nos recetó... Ajá, adivinaron: ¡Zapatos ortopédicos!
(Y carísimos: Más de 100 dólares. Y habría que mandarlos a hacer... Casualmente en una tienda asociada con el doctor.)
Total, le compramos los mentados zapatos al niño: Negros, pero con unas mangueras que se le incrustaban verticalmente desde la parte de afuera, y se amarraban a una especie de cinturón.
"Esto va a obligarlo a que las piernas se le enderecen con el tiempo", sentenció el médico.
Cesarito sufrió como nunca. Odiaba los mentados zapatos. Le dolían horrores. Y ni modo.
Una vez que lo llevé al trabajo, un compañero (que es masón) lo vio. Me dijo: "Hay un hospital aquí en Dallas muy bueno, dedicado a ayudar a niños con problemas de los pies".
Nos acompañó a hacer una cita. Pero nos dijeron que necesitábamos ser recomendados por un médico general antes de pasar con el especialista.
Lo llevamos con una doctora ya entrada en años. De la India. La señora, muy amable, vio al niño. Y determinó: "Su hijo no tiene nada. Está bien".
Mi esposa se enojó. "Pero es que en México nos dijeron que necesitaba tratamiento...". La doctora, la interrumpió: "Quizá en México. Pero aquí, no. El niño no necesita tratamiento".
No nos convenció. Como que se nos notó en la cara, porque agregó:
"Miren, si les hace sentir mejor, los recomendaré al niño al hospital especializado..
Lo hizo. Nos sentimos mejor. Fuimos al hospital masón, el Scottish Rite Hospital de Dallas. Es una institución enorme, que más parece juguetería que hospital. Su especialidad es ayudar a niños con problemas motores y mentales de todo el mundo...
Y sin cobrarles nada. Ni un centavo.
Al llegar, nos atendió una pediatra especialista en estos casos, una doctora joven y toda sonrisas. Gringa. Acostó al niño en una camilla. Le revisó las piernas. Las estiró. Las juntó. Las giró. Lo hizo caminar. Lo hizo correr.
Nos miró. Nos dio su diagnóstico: "El niño no tiene problemas, está bien. No necesita tratamiento ortopédico. No necesita zapatos especiales, ni mucho menos mangueras. Quítenselas."
Oiga, pero mírele las rodillas, comenzamos a protestar. Mire como se sienta.
Es normal, respondió. El niño es flexible.
Oiga, pero se cae mucho.
Todos los niños se caen. Unos más que otros.
Oiga, pero en México nos dijeron...
Sonrió condescendientemente. Confieso que me apené. Nos sentimos como cavernícolas contando los tratamientos de nuestro médico brujo.
"En México quizá les sigan recetando zapatos ortopédicos. Pero ni en Europa, ni en Norteamérica los médicos lo consideran esto necesario ya. Está pasado de moda", explicó la amable doctora gringa. Toda sonrisas.
(No sé si sonreía por amabilidad o por burla.)
Nos miramos mi esposa y yo. ¿No sería a la mejor esta la médica bruja cavernícola?, pensé.
Como que la doctora notó nuestras dudas. Nos explicó: "Se han hecho muchos estudios a niños con estos problemas. Se compararon miles de niños que habían usado zapatos ortopédicos y se determinó que sí mejoraron con el tiempo."
"Pero también se analizaron miles de niños que no habían usado estos zapatos y se comprobó que también mejoraron con el tiempo. Por lo tanto, esto no es determinante. Si ustedes quieren seguir obligando al niño a usasrlos, háganlo. Pero el niño se compondrá de todas maneras."
Salimos más humildes. Agradecidos. Y yo lamentando los ciento y pico de dólares gastados en los mentados zapatotes.
Ahora, César, a sus nueve años, ya no tiene los pies chuecos. Mejoró. Y ya no se cae.
No me malinterpreten. Sé que los doctores mexicanos están bien preparados. La mayoría, al menos. (O así me gusta creer).
Y no estoy solo: Miles de americanos que pasan a diario la frontera a atenderse en México están de acuerdo. (Sobre todo porque les sale más barato.)
Pero a veces las contradicciones sacan de onda.
Otro ejemplo: Gente de México me ve como marciano cuando les recomiendo tomar una bebida energética que venden en los supermercados de acá. Todo mundo en Estados Unidos la toma como refresco. Sirve para mantenerlo a uno despierto en jornadas de trabajo largas. No está controlada, ni se vende con receta.
Pero en México me dijeron que la Secretaría de Salud la había prohibido. Porque no es buena para el bienestar de la gente, aseguran.
¿Sabrá la SSA algo que la súper quisquillosa Administración de Alimentos y Bebidas (FDA) gringa no? Quién sabe.
Pero la incongruencia más chistosa (si no es que patética) la vi hace algunos meses. Autoridades sanitarias de Estados Unidos se fueron por todos los supermercados mexicanos de aca a hacer redadas de productos.
¿Qué incautaron? ¿Drogas? ¿Medicinas prohibidas? ¿Zapatos ortopédicos?
Para nada. El producto prohibido eran... dulces mexicanos.
Los mentados dulces fueron retirados de los anaqueles con operativos escandalosos. Salió en la tele y todo.
¿El motivo? Según la el Departamento de Salud de EEUU, estos productos son peligrosísimos. Letales. Porque el tipo de celofán en que están envueltos tiene plomo, que causa envenenamiento.
Los efectos son daños al sistema nervioso, a los riñones. Y afecta el aprendizaje y desórdenes de conducta.
Por eso los quitaron.
Desde que me acuerdo, millones de mexicanos, desde kínder, nos criamos comiendo dulces envueltos en celofán. Por décadas.
¿Será que los gringos saben algo que la Secretaría de Salud de México no?
¿O será que los gringos pecan de escandalosos, quisquillosos y espantados?
A la mejor todo es pura politiquería. ¿No habían prohibido por años la entrada de aguacate mexicano a Estados Unidos? Dizque porque era "dañino y de mala calidad". Más bien para proteger a los productores de acá (que nos encasquetan sus aguacatitos del tamaño de uvas, a 2 dólares cada uno.)
¿A quién creerle?
Mientras me comía mi mazapán, lo miré. Examiné el celofán. "Afecta el aprendizaje y causa desórdenes de conducta", me acordé.
¿Y si es por esto por lo que estamos como estamos?

E-mail: cfzap@yahoo.com

viernes, agosto 19, 2005

Su hijo, ¿un 'mojado' en potencia?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — No soy muy afecto a confiar en las encuestas. Como dicen, la única encuesta que vale son los hechos.
Pero sí soy afecto a que me asusten. No por lo que predicen, sino por las cochinas dudas: ¿Y qué tal si se hace realidad?
Esta semana pasada, el Centro Pew de Investigaciones Hispanas en Washington dio a conocer el resultado de una encuesta que hicieron en México.
En ella, dicen que casi la mitad de los mexicanos (de México) son 'paisanos' en potencia: El 46% de los entrevistados aseguraron que se irían de inmigrantes a trabajar y vivir en Estados Unidos, de tener la oportunidad.
Casi la mitad de la población.
Más de una quinta parte de los encuestados, el 21%, dijeron que no les importaría emigrar de 'mojados', o sea sin documentos legales.
Lo interesante: No todos los que respondieron eran campesinos iletrados, u obreros desempleados. Más de una tercera parte de los graduados universitarios (el 35%) aseguraron que ellos sí emigrarían, de tener la oportunidad. De éstos, el 13% dijeron que se irían sin importar la falta de papeles.
La encuesta la hizo el Centro Pew durante febrero y mayo de 2005, entrevistando a 1,200 personas, y tiene un margen de error del 3%.
¿A qué viene todo esto? ¿Porqué me asustó esta encuesta?
Porque hace once años, cuando Estados Unidos, Canadá y México firmaron el Tratado de Libre Comercio, todo mundo estaba seguro de que gracias a las inversiones, se crearían empleos y los mexicanos no tendríamos que emigrar. Que las oportunidades se igualarían.
Hoy en día, vemos que no. Al contrario: La mitad de los mexicanos, si les dan chance, saldrían volados pa'l norte.
Medio país vacío.
Lo peor es que no se ve para cuando la cosa cambie. ¿Cuánto necesitará mejorar la economía de México para crear empleo para tantas personas?
Esos nuevos empleos, ¿serán decentemente pagados? Ya no digamos BIEN pagados. De perdido decentes.
¿O serán "sub-empleos"?
¿Qué pasará en el futuro, con sus hijos? ¿Con la generación de mexicanos que ahorita son niños o jóvenes? ¿Será peor para ellos? ¿Deberán también emigrar?
Usted dirá: "A mí no me importa. Mis hijos se están preparando. Serán profesionistas y no necesitarán ir a la pizca a California".
Pérese. La encuesta dice que uno de cada tres profesionistas también se iría de México. Y es que el título no garantiza chamba. ¿Cuántos ingenieros son choferes de taxi? ¿Cuántos licenciados dan clases de historia en prepas de medio pelo? ¿Cuántos otros profesionistas se van de taqueros?
Los gringos por aca, por lo pronto, ya pusieron el gritote en el cielo. Uno que otro sarcástico comentó: "Claro, el 40% de los mexicanos se quieren venir a Estados Unidos, para juntarse con el 60% que ya está aca".
No sé usted, pero para mí, esas cifras son horrorosas.
Sobre todo, porque hablan mucho de la situación. No es que los mexicanos querramos venir al norte porque nos las demos de cosmopolitas. Lo que pasa es que la economía mexicana no ha podido crecer. Crear empleos. Atraer inversión.
¿Será esto un síntoma de la falta de capacidad de nuestros políticos? ¿De nuestros empresarios?
No sé. Por lo menos, mi escaso entendimiento me dice que algo anda mal.
La cosa es: ¿Cuál es el futuro de México con esas cifras?
¿Quién poblará México si no hay chamba, y todos nos vamos?
Alguien me dio una respuesta irónica, pero posible: Mujeres. Hijos pequeños. Ancianos.
Y puros gringos retirados.
Welcome, nuevos Mexicans... Aca nosotros les cuidamos su país.
**********
Y volví a ir a México...
Fue un viaje relámpago, a dejar a mi hermana y mi mamá quienes vinieron de vacaciones a Texas un mes.
Llegamos desmantelados del viajecito de dos días. Regresamos a la casa donde crecí, en Tampico, en el área de Colonias.
Caí rendido, pero me desperté a las 8 de la mañana siguiente, porque debía regresar a Dallas ese mismo mediodía.
"¿Vas a comprar algo para desayunar?", me pidió mi mamá. "Tortillas, huevos... Leche, queso".
Se me pararon los vellos de la nuca.
Me llegaron recuerdos de mi niñez. De chico, odiaba que me mandaran a las tortillas y a la leche. Nunca me gustó. Lo odiaba.
Me acordé que iba a regañadientes. Bajo el solazo de Tampico. Arrastrando los pies.
Y sin embargo, siempre iba. Casi nunca fallé.
Por eso accedí la petición de mi mamá.
Caminé por las mismas calles. A la izquierda, media cuadra hasta la esquina. Luego, a la derecha, una cuadra. En la segunda esquina, a la izquierda de nuevo.
Me sé el camino hasta con los ojos cerrados.
Pero esta vez fue distinto.
Ahí estaba la misma tienda, la de Don Silverio, donde siempre iba. Me atendió él mismo, más canoso, más viejo, pero inconfundible.
Igual que siempre, le pido medio queso, diez huevos, un litro de leche. Agregué un jugo de naranja.
Después, me pasé a comprar tortillas a la otra esquina. Un kilo, por favor. No es la misma tortillería, "El Gallo", que estaba a la vuelta. Es una nueva, cruzando de la tienda de Don Silverio. Pero sentí el olor inconfundible de masa recién hecha desde que me asomé. No como las tortillas procesadas y feas que uno compra en en los supermercados Fiesta o Carnival de acá, (y que saben a cartón).
No, estas eran tortillas reales. Mexicanas. Acabaditas de salir del molino.
7 pesos el kilo.
Había llovido un poco. El ambiente estaba húmedo, pero fresco. Caminé el mismo trayecto que caminaba cuando niño. Pero ahora mas viejo, mas gordo, más calvo, mas lento.
Y no lo odié.
Los perros ladraban en la calle. La gente caminaba. (¡Había GENTE! ¡CAMINANDO, por Dios!). Los letreros eran en español, no en inglés.
Pensé que parecía un gringo ridículo, despistado, de esos que ven una persona montada en burro y le parece: "Wonderful, beautiful"... sin saber que esa persona anda en burro no porque le encante, o tenga mentalidad de tarjeta postal, sino porque no tiene de otra. De tener el dinero, hasta el más folclórico de nosotros preferiría un carro.
Me sentí raro. Añoré Tampico. Añoré México.
Suena cursi. Pero me di cuenta que no añoraba por sentimental, sino porque ME FUI.
Si me hubiera quedado, tal vez ir a las tortillas y a la leche no sería una avetura. Sería una rutina. Y por lo tanto, una tortura.
Odiaría a los perros en la calle. Le mentaría la madre a la gente que camina, al calor, al medio ambiente.
Para bien o para mal, me fui. Y cada vez que voy es añorar.
"A Tampico lo tienes en el corazón", me escribió una vez mi mamá. Yo diría que a México.
Sí, ya sé: A la mejor idealizo lo que no fue. Qué cursi. Pero ni modo.

viernes, agosto 12, 2005

Shock primermundista: "¡Mira, una persona pobre!"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Iba con mi hijo Cesarito una vez en el carro. Él tendría como cuatro o cinco años y lo llevaba a la escuela.
De pronto, al llegar a una esquina, me gritó: "¡Papá, papá! ¡Mira!"
Por poco choco. Voltee hacia donde señalaba, en la calle. Espantado, sorprendido, y hasta extrañado.
"¿Qué, hijo?"
"¡Mira! Allí, ¿no ves? ¡UN POBRE!"
Por la esquina, casi a nuestro lado, iba cruzando la calle uno de esos pordioseros (que aca llaman "homless", o "sinhogar"). Iba barbón, vestido con harapos. Lo cubría una colcha despedazada (o lo que quedaba de ella) cuyo color no se adivinaba debajo de tantas capas de mugre.
Los ojos de Cesarito no podían creer lo que veían.
En eso, me exigió con urgencia: "¡Papá, dale dinero!".
Para Cesarito, su lógica de niño lo obligaba a decirle a su papá que lo correcto, lo normal, era darle dinero a un pobre. Porque no tenía. Porque era UN POBRE, por Dios.
(Por lo visto, al niño nunca se le había ocurrido considerar a su padre y su madre como POBRES... Quizá porque desconocía las de Caín por las que pasamos cada fin de mes para poder pagar todas las deudotas.)
Tuve que explicarle que en realidad, ése no era técnicamente un POBRE. Era una persona que tomaba mucho, que se drogaba. Que el dinero que le diera lo iba a gastar no en comida, sino en bebida o drogas. Que había gente de verdad pobre y que a pesar de todo trabajaba y ponía comida en su mesa, aunque con dificultad.
(Sí, claro, ya sé: "Záfate, codo", me dirán.)
Pero el asunto me hizo pensar. Para Cesarito ver un pobre en la calle fue casi una revelación. Es decir, sabía que existía gente pobre (lo había visto en la tele, le habían contado en la escuela), pero no eran cosa de todos los días para él. No se veían en la calle, en la ciudad gringa donde vive. En el país donde vive.
Inocente, dirán. Claro. Es un niño. Y como la mayoría de los niños de este país, Cesarito ha crecido casi dentro de una burbuja, rodeado de bienes materiales (los pocos o muchos que le han podido comprar sus papás... ¡Y casi todo a crédito!), de casas bonitas, de jardines cuidados.
Claro, en Estados Unidos hay muchos pobres. No es jauja. Pero no se ven tanto, ni tan seguido. Y cuando uno se atreve a asomar su paupérrima cabeza, no falta quien llame a organizaciones de ayuda, o a la Policía para que lo lleve a "donde corresponde".
O sea: "Quítenlo de mi vista porque me afea el paisaje".
(Incluso la municipalidad de Dallas aprobó desde hace tiempo una ley que prohibe la presencia de pordioseros o gente pidiendo dinero en la vía pública. Y son tan estrictos, que hasta las colectas públicas por los cuerpos de Bomberos se han prohibido.)
Dirán que Cesarito pecó de inocente. De ignorancia, quizá, ya que hay millones de personas pobres (y hasta más que pobres) en todo el mundo.
No lo pueden culpar: Es un niño. Cesarito aún no sabe nada de conciencia social, de revolución o muerte, ni de teología de la liberación.
Pero comparando, se me ocurrió pensar qué infancias tan distintas tuvimos él y yo: Para casi cualquier niño de México, la pobreza es algo tan común como el paisaje. Si no la encuentra en la calle a diario, en el autobús, en el mercado, o en la escuela, la conoce por vecinos, familiares... cuando no la experimenta en carne propia.
Siempre criticaba a mis amigos gringos sobre sus comentarios tan inocentes de la pobreza, cuando viajaban a México. Para ellos, ver gente pidiendo limosna, con niños, era casi tan folclórico como las pirámides.
Los acusaba de no tener "los pies en la tierra".
Por eso, me sorprendí cuando, en mi pasada visita a México, yo tuve también un ataque de inocencia primermundista.
Estaba comiendo con mi familia en un restaurante al aire libre en Tampico, cuando vi que se acercó un pordiosero con una niña chiquita en brazos.
Casi me atraganto.
En Estados Unidos sí hay pordioseros. Pero nunca con niños. Mucho menos bebés.
(Ya sé: Supongo que me explicarán que no me vaya con la finta, que ese hombre "rentó" a la niña... Pero esto hace el cuadro aún peor.)
Como si nada, el hombre (muy parecido al que vió Cesarito en aquella calle de Dallas, solo que no tenía ojos azules ni cabello rubio) cantó varias canciones a los comensales, acompañado de una improvisada lata que golpeaba con un palo. La chiquita, de uno o dos años, se sentó como pudo en la candente banqueta, como ya acostumbrada a esa vida.
(¿Pero cuál otra vida conocía, sino esa?, me pregunté.)
Confieso que siempre me las he dado de muy objetivo. De tener "los pies en la tierra"... porque he vivido en un país tan distinto a Estados Unidos, como México (que igual pueden ser planetas distintos). Lo que me da "cierta perspectiva".
O al menos lo intento. Y así les restrego en la cara a cuanto gringo veo viviendo en su burbuja.
Pero reconozco que la escena me chocó. Me incomodó bastante. Me hizo sentir muy mal.
Por fin, después de haber vivido casi toda mi vida en México, comprendí lo serio de la tragedia de los verdaderamente pobres, y de los niños de la calle (aunque suene a frase muy choteada).
Yo sé que habrá muchos que me critiquen. Que me escribirán: "Pues comienza a hacer algo en lugar de lamentarte". O: "Todo esto es culpa del @*#^$! país en el que vives." O: "Bueno, qué andas haciendo por allá. Regrésate a tu patria y trabaja por ella".
A estas personas, mil disculpas. Soy un simple hijo de vecino. Y trato primero de ayudar a los que me rodean, dentro de mis posibilidades. Que no son tantas como quisiera.
Pero el vivir en la "burbuja" me dio otra visión de las cosas. ¿Quién sabe? Quizá de haber seguido en México a la pobreza la vería como algo normal.
Como la regla. No como la tragedia que verdaderamente es.
Y esto es lo que trato de enseñarle a mi hijo.
Meses después de todos estos episodios, manejaba por un puente cerca de Garland, la ciudad donde vivo. Cerca de Dallas. Y en un semáforo me encontré de nuevo con la pobreza.
Un hombre estaba pidiendo limosna, bajo el solazo terrible de Texas. Iba con una mujer, su esposa aparentemente.
Lo peor es que llevaban... ¡Dos niños! Uno, gordito, de la edad de Cesarito, trataba como podía de entretener a su hermanito, de apenas uno o dos años, y quien se veía cansado y con hambre.
Toda una familia de pobres, que ni casa tenían. Pidiendo dinero para comer en el país más rico "y filantrópico" del mundo.
De nuevo, el shock. De nuevo, se me reventó la burbuja.
Lo peor fue darme cuenta que la demás gente que manejaba a mi lado, por ese mismo puente, reaccionaban como la gente en México: Indiferencia.
¿Estados Unidos se está acostumbrando a la pobreza? ¿Les es ya tan indiferente a los gringos como a los mexicanos?
Supongo que sí.
Mientras no les afecte su "burbuja"...

sábado, agosto 06, 2005

Aunque el cliente no tenga la razón...

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — ¿Ha tratado usted alguna vez de ir a cambiar algo que haya comprado a alguna tienda de México? ¿O devolverlo porque le salió defectuoso? ¿O simplemente porque no le gustó?

No sé. Supongo que mucha gente ha tenido éxito. Supongo que hay muchas tiendas que respetan el lema de "el cliente siempre tiene la razón".

Será el sereno, pero las veces que yo trataba de hacer eso, siempre me enfrentaba con el mismo obstáculo insalvable.

No, no me refiero al dueño, que se negaba a cambiarme el producto. Tampoco el gerente general, que brincaba jalándose los pelos gritándome: "¡Salida la mercancía no se aceptan devoluciones!".

Tampoco eran los supervisores, directores ni ningún otro directivo que me bloqueara el acceso a la puerta.

No, el principal obstáculo con que me encontraba siempre en México para cambiar algo en una tienda era... el empleado.

El empleado común, el de mostrador... Muchos de ellos toman su deber de proteger la mercancía de sus patrones como una misión moral. Aún mucho más que los propios supervisores.

"Ah, no, lo siento. No aceptamos cambios (o devoluciones)", es la respuesta."

O: "Disculpe, pero no podemos hacerle el cambio".

O: "No se puede, no se puede, no se puede. Hágale como quiera".

Mis papás ya tenían su respuesta clásica a este dilema: "Oiga, joven (o señorita), porqué se pone así. Cuando la tienda quiera, lo va a correr sin más."

Pero ni así les valía.

Debo confesar que estas actitudes me traumaron, desde niño. Así que cuando compraba algo, y por alguna razón me fallaba, no me molestaba en ir a reclamar. Prefería no hacer olas, y adoptar la proverbial filosofía mexicana del "ya ni modo".

Cuando emigramos a Estados Unidos, una de las primeras advertencias que le di a mi esposa fue: "Ni creas que voy a traducirte para ir a reclamar a una tienda".

Esto fue para mi esposa Esther un shock. Ella estaba acostumbrada a hacer valer sus derechos como consumidora. (Léase: Irse a pelear con cuanto empleado le dijera que no podía cambiar una ropa.)

Por eso, para ella fue frustrante llegar a Texas y ver que para reclamar en el mall tenía que... saber inglés.

"No, no te voy a traducir", le insistía.

"¿Por teléfono, de perdido?", preguntaba ella.

"Menos".

Y luego se me ocurrió una idea brillante para justificarme:

"Si nunca te obligas a hablar inglés, jamás le perderás el miedo. Así que necesitas practicar".

Ya, me dije. Está listo. Es un argumento brillante.

Pero no para ella. Me odió. Se enojó. Gritó. Reclamó.

¿Desistió en sus impulsos de discutir con cuanto empleado de la tienda se le pusiera enfrente?

JA.

En un arranque de ira, tomó el teléfono, y con su "inglés mocho", como ella dice, puso en su lugar a un empleado.

Batalló, pero lo logró.

Entonces sucedió algo curioso: Me di cuenta que los empleados gringos LE HACÍAN CASO.

Eran corteses, amables. Esther llegaba con su montón de productos que no le habían gustado (o que no le quedaban, o que no sirvieron), los ponía en el mostrador del Departamento de Devoluciones, y decía las palabras mágicas: "Change". O "Return".

(Supongo que fueron las primeras que aprendió.)

El empleado de inmediato sonreía. Le pedía su recibo. Tecleaba un rato en la computadora. Y listo: Cambiaba el producto, o regresaba el dinero.

Así sin más, sin chistar. Nada de "No se puede, no se puede, no se puede". Ni mucho menos el fatídico "hágale como quiera".

Como dije, los empleados de tiendas aca son corteses, amables. Me sorprendí del contraste con muchos empleados de tiendas en México.

Después, analizando el asunto, me di cuenta de que los empleados gringos no es que sean particularmente corteses o amables, o estén contentísimos de que uno vaya a devolver lo que compró.

Lo que pasa es simplemente que LES VALE.

Son simples empleados. Las tiendas son enormes. Manejan mercancías en volúmenes tan enormes, que hasta en las devoluciones salen ganando.

Algo muy distinto, claro, pasa en las tiendas chicas. Ésas, propiedad de árabes, chinos o mexicanos. (O gringos, claro.) Trate usted de ir a regresar algo, y verá cómo se la hacen de bronca. Aunque por supuesto, como generalmente son tiendas baratísimas, donde venden artículos descontinuados, usados o de marca "Patito" (y a precios de un dólar, o menos), ni quien se moleste en ir a pelear.

Pero para las tiendas grandes, es distinto. Para ellos un cliente que devuelva algo no es un gasto, sino una inversión. Lo tienen contento, y seguro regresará. Es casi como un gasto en publicidad: Se devuelve.

Al contrario, les saldrá más caro pelearse por no aceptar la devolución de un tostador, por ejemplo, porque a la larga el cliente nunca va a volver.

Por eso, hasta han establecido departamentos especiales para los clientes "fregones".

"¿Tienen un departamento exclusivo para devoluciones?", me preguntaba mi mamá sorprendida ahora que vino de visita.

"Sí, y empleados contratados para atender a la gente que viene a regresar cosas", le expliqué.

Muchas veces las filas de estos departamentos son más largas que las de las mismas cajas registradoras.

(De hecho, con decirles que según las propias tiendas, en época navideña el día más ocupado para ellos no es el 23 ó el 24 de diciembre, sino el... 26. Cuando ejércitos de compradores llegan a devolver regalos que no les gustaron. Figúrese.)

Como quiera que sea, los nervios de mi esposa frente a los empleados de tiendas son cosa del pasado. Hoy en día, ya aprendió a jugar con las reglas del juego en este país.

Me di cuenta hace meses, cuando me compró unos zapatos de regalo por mi cumpleaños.

Como los zapatos me quedaban un poco chicos, decidimos ir a la tienda a cambiarlos de talla.

Cuál no fue la sorpresa de Esther cuando al llegar, vio que los mismos zapatos que me había comprado en 60 dólares estaban en oferta... ¡en 30!

En México se hubiera enojado. Se hubiera deprimido. Y el empleado, malencarado le hubiera dicho: "No se puede, ni modo. Hágale como quiera".

Pero en Estados Unidos, no. Simplemente tomó el recibo de los zapatos, y le dijo al empleado, en inglés: "Quiero regresarlos".

El empleado sonrió. Tomó el recibo. Tecleó un montón de claves en la computadora, y le devolvió los 60 dólares pagados.

Apenas agarró el dinero, mi esposa, toda sonrisas, le dijo: "Bueno, ahora quiero COMPRARLOS DE NUEVO".

Yo me quedé de a seis al ver la escena.

Pero el empleado no. Solo volvió a sonreír. Tomó los zapatos. Los escaneó y cobró los 30 dólares.

Sin ningún problema.

Vaya que es cierto que en este país lo que quieres, lo consigues, pensé.

Aunque el cliente no tenga la razón.