viernes, mayo 27, 2005

"Porque usted se lo ha ganado..."; Endeudándose en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - La primera carta me llegó meses después de haber emigrado a Estados Unidos.
Era como cualquiera, como tantos otros millones de cartas que día a día surcan las líneas del correo de Estados Unidos. Una carta más.
Pero para mí era una celebración.
Era un ofrecimiento de tarjeta de crédito.
Para mí era un descubrimiento, una reafirmación de que existía. Para alguien que no tenía nada en el mundo (y que había sido rechazado en repetidas ocasiones por los departamentos de crédito de bancos en México durante años) el recibir esa cartita significaba un avance. "Ya de perdido se han dado cuenta que existo", pensé.
Además, para los inmigrantes en Estados Unidos, el que una empresa te ofrezca crédito es como si alguien te invitara a pasar a una casa elegante a la que crees que nunca tendrías acceso. Ahora sí, uno se podía sentir parte (aunque sea un poco) de la vida en este país.
Sin pensarlo dos veces, llené la solicitud (aplicación, dicen los "paisanos"), y la envié hasta con timbres de más para evitar que se perdiera en el correo.
Y esperé. Con ansias, eso sí.
Pocas semanas después, ¡vualá! Llegó otro sobre (¡con mi nombre y todo!) que se sentía más gordito. Al tacto, adiviné un plástico dentro, y sin esperar más, hice cachitos el sobre.
Allí estaba, brillando a la luz de la lámpara: Mi primera tarjeta de crédito. No tan sólo de Estados Unidos, sino de toda mi vida. Me quedé mirándola orgulloso: azul limpia e, incrustadas en su superficie las letras doradas que gritaban al mundo el nombre de su dueño: CESAR F. ZAPATA. ¡Yo!
Estaba alegre. Al fin ya era "alguien" en este país. Iba a poder hacer crédito. Iba a poder pertenecer "al sistema".
¡Qué equivocado estaba! Hoy, a seis años de distancia, ya no pido mas que me den esquina. Las deudas se apiñan una a una. Ya ni mandando 150, 200 ó 300 dólares sacian las hambrientas fauces de esos monstruos en que se convirtieron aquellos elegantes pedacitos de plástico.
Como yo, hay millones de personas en igual o peor situación. La recesión (que en realidad es una crisis) disparó a muchos a la calle, sin trabajo, sin oportunidad de volverse a emplear en mucho tiempo debido al exceso de solicitantes, pero con miles de dólares en deuda imposible de pagar.
El crédito en Estados Unidos es como un idioma universal: Si no lo hablas te mueres de hambre. Es un país donde todo mundo vive de prestado. El sistema está diseñado así, y el que no acepta sus reglas, queda fuera de la jugada.
Nosotros los hispanos, tan acostumbrados a abrinos brecha por el mundo a machetazos de efectivo (que tanto nos cuesta guardar en el colchón) nos damos cuenta que en Estados Unidos eso puede ser más un problema que una ventaja. Si ninguna empresa puede encontrar su nombre en alguna base de datos de computadora, nadie le va a prestar nada. No va a poder comprar carro, ni nada. O si lo compra, deberá ser a un interés altísimo, y le ponen más trabas que si buscara postularse para presidente de la república.
Por eso, poco a poco, los "paisanos" entendemos que debemos sacar una tarjeta. Algún crédito pequeño. Podemos comenzar rentando muebles, una sala, o un ventilador en empresas chicas. Luego de allí ya comenzamos a recibir ofertas (generalmente a tasas estratosféricas), pero es un empiezo. Si alguien cumple religiosamente con los pagos, no se sobregira y mantiene las riendas del gasto, el premio no tarda en llegar. Le aumentan la línea de crédito. Le dan mejores tasas de interés. Recibe mejores ofertas.
Hacer crédito en Estados Unidos no es un lujo, es una necesidad. Es el son al que todo mundo debe bailar.
Pero es un arma de dos filos. Sobre todo para los que no pagan a tiempo.
Yo no soy perfecto. Si uno no recuerda hacer el pago mensual, la sanción se multiplicará muchas veces en el futuro.
Luego viene la comezón en las manos. Antes, si uno no tenía dinero, simplemente no sale. Se queda en casa. Si se le antoja un refresco, y no tiene en su bolsa mas que hoyos, bueno, se conforma con tomar agua en su casa. Si le encanta irse al cine o con los cuates, y no tiene dinero, bueno, se queda en su casa viendo el futbol. O conviviendo con la familia.
Ah, pero si tiene una tarjeta, la cosa cambia. Entonces sí, cuídado mundo, que nadie lo va a detener.
Nos agarramos a dar "tarjetazos" a diestra y siniestra. Hasta para echarle gasolina a la "troca" hacemos el famoso "swap!". El plástico huele a quemado. Y no perdemos oportunidad para "casualmente" sacar la cartera frente a los cuates y dejar que "accidentalmente" se asome el logo orgulloso de VISA o Mastercard.
Hasta que llega el cobro mensual. Entonces sí sufrimos nuestros excesos.
"No importa", decimor. "No tengo ahorita para pagar los mil quinentos dólares que ya hasté, pero me piden solamente un pago mínimo de 20 dólares. Voy a mandar eso nada más y luego pago el resto."
Ese "luego" nunca llega. Los billetitos de a veinte se siguen acumulando (nadie nos dijo que solo paga los intereses, no la deuda), ah, pero eso sí, mientras tanto seguimos dándole vuelo al tarjetazo. Cuando menos nos damos cuenta, esa "cuentita" ya asciende a 4 mil dólares, con pagos mínimos de ¡120 dólares!
Claro, después de eso ya ni lo pagos mínimos podemos hacer. Vemos con horror cómo los cientos (¡o miles!) de dólares se apilan uno sobre otro despiadadamente, hasta que nos hundimos sin remedio.
Para muchos (acostumbrados al hasta hace poco caótico sistema de créditos mexicano, con Barzones y Fobaproas) la solución es simple: No pago y punto. Total, arguyen, en Estados Unidos no es ilegal deber. Ni tampoco lo pueden meter a la cárcel ni embargarlo. Me declaro en quiebra y háganle como quieran.
Lo malo es que la solución no es tan sencilla como uno piensa. Si uno no paga las deudas, la venganza de los bancos es perversa: Una marcotota en su reporte de crédito.
Es el equivalente a ser un apestado. Donde quiera que vaya le van a cerrar la puerta. No va a poder ni comprar un chicle a crédito, mucho menos una tele, un mueble ni (¡jamás!) un auto o una casa. Por lo menos durante dos años, y eso si acepta su culpa y acude a pedir clemencia y establece un sistema de pagos.
Lo he visto a últimas fechas en carne propia. Al ir a pedir un préstamo para comprar una casita, comenzaron las trabas. Que si no tiene esto, no se puede. Que si no tiene aquello, tampoco. Que si no tiene buen crédito, menos. ¿Que no lo tiene? Pues ni modo. Búsquele por otro lado. Buen día.
Con todo, yo estoy en la gloria comparado con otros. Hay quienes se han pasado hasta 7 años trabajando duramente para pagar deudas de hasta 10 mil dólares que se gastaron en quién sabe qué. Ya ni siquiera se acuerdan en qué se fue el dinero, porque se lo echaron en puras mugres.
Si tan solo nos hubiéramos sentado con una calculadora, o un lápiz y un papel a hacer números antes de embarcarnos. Si tan sólo hubiéramos leído la letra pequeña (ni por no saber inglés nos podemos quejar, porque todas las solicitudes ya hasta vienen en español). Si tan sólo hubiéramos entendido que un APR significa Tasa Anual de Interés, y que 24.99% es en realidad un 25% por ciento disfrazado, que significa que cada cosa de 10 dólares que compremos con la tarjeta en realidad nos está costando $12.50... o más, si no pagamos todo a tiempo.
Eso no enseñan en la escuela. Hasta ahora, ciertas preparatorias americanas ya tienen clases de economía y crédito, para enseñarles a los jovencitos cómo manejar con cuidado y domar ese animalón que es el crédito.
Esa es la triste historia del crédito en Estados Unidos. Mientras muchos inmigrantes y ciudadanos americanos se la pasan con insomnio pensando cómo le van a hacer para pagar sus deudas, esa misma noche le llegará a otro inmigrante un sobrecito de invitación que lo pondrá feliz.
La carta casi siempre comiensa diciendo: "Porque usted se lo ha ganado..."
El inmigrante bailará de alegría. Llenará la solicitud y esperará con ansias la llegada del plastiquito.
Meses después, se pasará años trabajando de sol a sol (en la jardinería, en los techos, en los restaurantes, o donde sea) pagando las deudotas.
Y la historia se repetirá de nuevo...

E-mail: cfzap@yahoo.com

1 comentario:

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