viernes, mayo 27, 2005

"Paisanos": La añoranza idealizada por México

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Regresamos de vacaciones. Unos diez días no fueron suficientes para llenarnos de México, de la gente, de los lugares, de los recuerdos.
Como siempre, la urgencia de volver al trabajo predominó. La preocupación por las deudas que se apilan en Texas mientras uno trata de voltear para otro lado.
Pero sobre todo, no pudimos evitar que la horrorosa pregunta de siempre asomara su fea cabeza: ¿A qué horas se le ocurrirá a otro loco terrorista un nuevo ataque? ¿Y si me agarra de este lado, qué? ¿Y si de nuevo cierran la frontera y yo me quedo acá?
Y eso es lo que siempre nos preguntamos los "paisanos" de visita en México.
Los emigrantes nos pasamos todo un año esperando la fecha mágica para empacar maletas e irnos de pachanga con la familia al sur de la frontera. Muchos de nosotros prácticamente solo trabajamos para esas dos o tres semanas... no le hace que luego nos pasemos endeudados los otros 11 meses.
Pero por mucho que amemos México, siempre nos queda ese sabor agridulce: A los pocos días o semanas de estar allí, nos llenamos. Nos atiborramos de los olores, los sabores, el gusto de México... Y poco a poco, aunque no querramos aceptarlo, nos comenzamos a incomodar.
¿Qué nos ocurre?, nos preguntamos. ¿No anduvimos todo el año esperando estos momentos?
Sin admitirlo, aceptamos a regañadientes la verdad: Extrañamos Estados Unidos.
¿Cómo que extrañas Estados Unidos?, preguntan incrédulos en México. ¿Pero qué vas a extrañar, compadre, si allá no saben vivir? ¿Extrañas el ritmo de vida? ¿Vivir endeudado? ¿A los "gringos"?
No queremos admitirlo, pero es cierto. Extrañamos la vida "gringa", que ya es "nuestra" vida acá.
Apenas regresamos a Texas, nos revolotearon "paisanos" alrededor, interrogándonos ansiosos sobre cómo nos había ido "por allá".
"Bien, muy bien", respondíamos. "La pasamos a todo dar, con la familia, con los cuates."
Luego, de sopetón la pregunta: "Yo hace mucho que no voy... ¿Vale la pena que me arriesgue a ir, sin papeles?"
No falta quien lo pregunte: Emigrantes que llevan cinco, ocho, diez años sin atreverse a ir a sus lugares de origen, por no tener los papeles "en orden". Hay otros, más afortunados, que ya tienen sus trámites en proceso, pero a quienes el Servicio de Inmigración les advirtió que no podían salir del país. Aún así, estas gentes se arriesgan a perderlo todo en aras de volver al terruño. Aún so pena de no volver a ser admitidos.
Es en estos momentos en los que uno debe ser muy cuidadoso sobre qué responder. Lo que uno diga puede ser determinante en la vida de quienes lo escuchan.
Optamos por decir la verdad.
"México está muy bien, la gente mejor que nunca. Los olores, los sabores... la vida, sigue intacta como la recordamos. Pero ya saben, México sigue teniendo problemas".
Como no queriendo entusiasmar a un moribundo con falsas esperanzas, les soltamos la neta: "No hay chamba, mejor ni le muevas. La gente de allá batalla con lo poco que gana, y eso cuando tiene trabajo".
Luego seguimos con los relatos tristes -increíbles para muchos "paisanos"- pero verdaderos: "Fíjate, una cuñada mía, con título universitario, trabajaba en un banco. Horario corrido. ¿Saben cuánto ganaba? 1,500 pesos. A la quincena".
Exclamaciones de sorpresa. Uno que otro movía la cabeza incrédulo. De tanto ganar en dólares, ya se les habían olvidado los salarios de México.
"Y digo 'trabajaba', porque ya la corrieron. Por estar embarazada. Ahora anda buscando chamba".
Los "paisanos" no lo podían creer. Se han acostumbrado tanto a los salarios de 6, 7, 8, 15 dólares la hora, que se les hace un crimen que alguien ose siquiera pagar tal miseria a un empleado. Mucho menos a una profesionista. Y mucho menos que se atrevan a correrla embarazada. Pero es verdad, eso pasa en México todos los días.
Muchos inmigrantes, a pesar de los pesares, se aferran a la imagen idealizada de México. No importa que uno les recuerde los motivos por los que emigraron, para ellos México siempre será un lugar idílico. Muy distinto a Estados Unidos.
Algunos de ellos se la pasan ahorrando toda una vida, y cuando juntan lo suficiente se lanzan a la aventura: Queman sus puentes, y se regresan a México, "de donde nunca debimos haber salido".
El gusto les dura poco. Al año ya andan desesperados, buscando un "coyote" que los pase de nuevo a Estados Unidos. Los pocos afortunados que logran llegar (vivos) se enfrentan a un comienzo más duro que años atrás, debido a la edad y la frustración de haberlo perdido todo.
"No se puede vivir en México", se justificaba don Arturo, quien vivió la experiencia y ahora reconstruye su vida desde cero en Estados Unidos. "Uno piensa que todo es como lo recuerda, pero no.Todo está más caro que acá, pero con el agravante de que la gente gana seis veces menos".
Otros, más aventureros (algunos dicen, más tontos) se devuelven a México sin planes, sin importar las consecuencias. Como aquél hombre de 35 años, al que llamaremos Rogelio, quien después de mucho batallar como ilegal por años, logró levantar de la nada un negocio de jardinería en California. Le iba tan bien, que ya había comprado su casa, tenía empleados que le trabajaban para su empresa, una esposa y tres hijos pequeños.
Cuando su padre murió repentinamente (tratando de cruzar la frontera ilegalmente), Rogelio no lo pensó dos veces: Salió de inmediato a Cuernavaca, para estar con su familia, a la que no había visto en quince años, en el entierro.
"Era lo que debía hacer", recuerda, justificando la medida. "Actué con el corazón, no con la cabeza".
No le importó pensar que no tenía papeles.
Tras el entierro de su padre, y de pasar unos días con su madre y hermanos, los problemas comenzaron a aflorar: Su esposa le llamaba desde California, dándole malas noticias: Los trabajadores desertaban. No había quién les consiguiera chambas, y ellos necesitaban comer. La pequeña empresa quebró. Las deudas se amontonaban. El dinero que habían ahorrado se acababa.
Los niños pequeños preguntaban por papá. Y éste no encontraba la manera de regresar.
Rogelio intentó cruzar de "mojado" como la primera vez, pero se dio cuenta que ya no era lo mismo. Seis veces trató y seis veces lo regresaron. Mientras, debía permanecer en la frontera, pagando hotel y comida con dinero que le regalaban, hasta que el "coyote" les dijera cuándo pasar.
La última noticia que tuvo de su familia fue cuando le avisaron que les habían quitado la casa por no pagar. Su esposa se metió a trabajar de lo que fuera, y aún así no le alcanzaba el dinero. La empresa ya no existía, pues la mujer había vendido todo en un afán por sobrevivir.
"No sé si hice lo correcto", se cuestionaba Rogelio tristemente. "Pensé en mi papá, en estar con él en su entierro, pero a fin de cuentas, ya estaba muerto. Debí pensar un poco más en mi familia, en su futuro".
Y ése es el cuestionamiento que se hacen miles de "paisanos" en su deseo por volver a México. Y éste es el consejo que les damos los que somos afortunados en poder ir y venir: piénsenlo dos veces. No es lo mismo idealizar un país, que arriesgar el futuro de su familia.
A fin de cuentas, muchos prefieren quedarse con la imagen idealizada de México, en vez de arriesgarse a perder todo lo ganado en Estados Unidos.
Quizá esa imagen sea la de un México que ya no existe, el de su niñez. O que nunca existió. Pero a veces es mejor enajenarnos que enfrentarnos a una realidad que quizá no nos guste.
Como quiera, esa imagen de México la llevarán siempre en sus corazones.

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