viernes, mayo 27, 2005

Los hijos indocumentados: Ni son "de aquí", ni se sienten "de allá"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Arturo es un muchacho como cualquiera en Estados Unidos.
Tiene 17 años, viste de jeans y camiseta, y le encantan los videojuegos.
Recién está "descubriendo" a las muchachas, y ya se pasa horas al teléfono, para molestia de sus padres, de origen mexicano.
Pero además de las mencionadas, Arturo tiene una pasión que recién encontró: El francés.
No el pan, claro, sino el idioma. Arturo es bilingüe casi desde bebé, como todos los hijos de inmigrantes en Estados Unidos. Para él, el inglés y el español no tienen secretos, y pasa de uno a otro como si cambiara de canales en la tele.
Pero el francés es distinto. Algo totalmente nuevo. Lo descubrió como una clase optativa en la High School y quedó prendado. Se gasta casi todo el dinero que le dan en cassettes, libros y todo lo que suene francés.
Como es el primero en la clase de idiomas, Arturo tomó con entusiasmo el proyecto de fin de año: Un viaje a París. Todos sus compañeros hicieron actividades durante el año para ahorrar dinero para el pasaje. Una semana en París, practicando el idioma que le encantaba, era demasiado bueno para ser verdad.
Pero Arturo no pudo ir al ansiado viaje. Su madre, Paula, con todo el dolor de su corazón, debió ir a hablar con el maestro para explicar su predicamento:
"Lo que pasa es que Arturito no tiene papeles", le explicó a un boquiabierto profesor. "Si sale del país no lo van a dejar entrar de nuevo".
"Pero yo creí que era ciudadano americano", expresó el maestro.
"No, él nació en México. Lo trajimos cuando tenía un año", aclaró la mujer.
Los padres de Arturo son indocumentados mexicanos. Ambos han vivido más de una década casi "a salto de mata", buscando empleos que los acepten sin documentos, y escapándose por un pelito de alguna que otra redada que "La Migra" ha hecho en las fábricas donde trabajaban.
Para millones de indocumentados mexicanos, y de otras nacionalidades, ese riesgo constante forma parte de la vida. Es comprensible, pues todos saben que no tienen papeles, y que hay que andarse con cuidado, porque en cualquier momento podrían deportarlos.
Pero esta realidad es casi inconcebible para sus hijos que ahora son adolescentes y que, como Arturo, no nacieron en Estados Unidos.
"Yo me siento americano", comenta Arturo con un español tropezado, aunque sin remordimiento ni dolor. "No conozco México, aunque me gustaría ir. Pero me da pavor saber que el gobierno de Estados Unidos me quiera sacar de aquí".
Para muchos de nosotros, los indocumentados siempre son personas adultas, que llegan a Estados Unidos por su propio pie, en busca de trabajo. Saben a lo que se atienen.
Pero frecuentemente nos olvidamos que también hay otro tipo de indocumentados: Los niños. Los hijos de ésos inmigrantes que entraron al país en brazos, mientras sus padres vadeaban el río Bravo, o cruzaban el desierto.
Una vez pasado el trauma del viaje, las familias se establecen: Los padres encuentran trabajo, rentan un departamento, y hacen sus vidas normalmente. A los niños los meten a la escuela, y en poco tiempo estos pequeños se adaptan a su nueva vida.
Conforme pasa el tiempo, Estados Unidos se convierte en su única vida, pues pierden el recuerdo de que México alguna vez existió para ellos.
Pero la realidad de su situación les llega tarde o temprano. Generalmente en la preparatoria (o High School). Y a veces les cae como un shock.
"Nadie me había dicho nada, yo pensaba que era como mis amigos", comentaba Anabelle, otra hija de indocumentados. "En la casa mis papás nunca hablaron de eso, yo creí que era ciudadana".
No fue sino al acabar la preparatoria, cuando Anabelle fue a pedir informes para obtener una beca para una universidad, cuando se enteró de su situación.
"Ahora no sé qué hacer", explica, mientras piensa que quizá sus sueños de convertirse en enfermera se han ido a pique. "Voy a tener que encontrar trabajo. Aunque sin papeles...".
El impacto que sufren estos muchachos al saberse no americanos puede ser devastador. No tanto porque resientan el no ser ciudadanos norteamericanos (después de años en que se la pasaron cantando el himno de Estados Unidos y recitando la famosa "Pledge of Allegiance""), sino porque ven que sus sueños de seguir estudiando se cortan de tajo por faltarles un documento.
La mayoría, sin embargo, no lo aceptan. Conscientemente quizás entiendan su situación, una vez que hablan con sus padres. Pero en su interior, ellos no se sienten tan diferentes a sus amigos de toda la vida, quienes han nacido acá: Hablan inglés, como ellos. Les gustan los mismos programas de TV, comen las mismas pizzas y hamburguesas, y visten con las mismas marcas de ropa "cool" que ven en sus escapadas al "mall".
Pero sus padres se preocupan, porque saben que, aunque no lo mencionen, saben que sobre sus hijos pende el riesgo de deportación. Quizá no ahora, cuando son menores de edad y están estudiando, pero seguramente tendrán problemas una vez que se conviertan en adultos, totalmente integrados y con sus vidas dependientes a este país, al cual oficialmente nunca pertenecieron.
A lo mejor que podrían aspirar sería a seguir en las sombras, como sus padres: Encontrar un empleo, de lo que fuera (donde no se requieran papeles). O comprar documentos falsos.
Pero aunque quizá les vaya mejor que a sus padres (después de todo hablan inglés como nativos, y terminaron la preparatoria) las perspectivas nunca serán muy buenas para ellos.
En el peor de los casos, si cometen un delito, les puede caer "la migra" y la deportación será automática. Allí no valdrá hablar un excelente inglés o haberse criado en los mismos suburbios que los agentes de inmigración: Hasta México van a dar.
"Imagínate, como le pasó al hijo de un compadre", comentaba nuestro cuate Gustavo, un fotógrafo capitalino convertido en restaurantero en Dallas. "Su hijo de 19 años andaba en malos pasos, lo agarraron con 'mota' y lo metieron a la cárcel. Cuando fue a corte, ¡sópatelas! que se descubre que no tenía papeles. Y pos pa' llá vas, chiquito, que lo echan en una "perrera" y hasta Matamoros fue a dar."
"No, si ya andaba hasta chillando", continuaba Gustavo, con su particular acento para platicar las cosas: "'¡Buuuu, buuuu! Qué voy a hacer en México, si no conozco a nadie, toda mi gente está acá'", decía. Y pos ni modo. Allá se quedó".
Claro, por fortuna, no todos los jovencitos indocumentados caen en ese nivel. La inmensa mayoría son personas normales, con vidas normales. No se meten en más problemas que usted o yo, y tratan de hacer sus vidas, pero eso no disminuye la gravedad de su situación: En un santiamén pueden perder todo lo que conocen en la vida y podrían ser deportados a un país que oficialmente es el "suyo", pero del que no concen absolutamente nada.
Como si a usted o a mí, de buenas a primeras, nos dijeran que somos ciudadanos de China y nos deportaran para allá, perdiendo trabajos, posesiones, amigos y todo. Así, sin más.
"Ojalá pase la famosa ley esa", comenta Fernando, el papá de dos adolescentes nacidas en Nayarit, que llegaron sin papeles a Texas cuando apenas comenzaban a caminar. "Por el bien de nuestros hijos".
Fernando se refiere a una iniciativa de ley presentada al Congreso en Washington (llamada Acta de Ajuste a Estudiantes) que les otorgaría la residencia permanente a los jovencitos indocumentados menores de 21 años que hayan concluído la High School y estén en proceso de entrar en la universidad.
La propuesta busca que esa inversión hecha por las escuelas públicas no se pierda, y que esos cerebros (algunos de ellos verdaderamente brillantes) se desperdicien en trabajos menores.
Pero la ley aún no es tal. Apenas una simple propuesta. "Murió" en el Congreso, debido a debates entre ambos partidos, y al 11 de septiembre, y ahora parece que la están reviviendo. Pero aún no la aprueban.
Si la ley pasa o no pasa, queda en manos del gobierno. Mientras eso sucede, Arturo se tiene que contentar con ver París en fotos o películas.
"No importa, está bien", se conforta. "Algún día podré ir a conocerlo".
Sus padres sonríen y lo abrazan. Pero sus ojos declaran lo que no quieren decir: Que ir a París es lo de menos. El verdadero problema para Arturo (y millones como él) vendrá cuando terminen la escuela, y deban salir a la calle a buscar trabajo al no encontrar posibilidades de estudiar en una universidad.
Porque allá afuera, éstos jovencitos que no son "de allá", pero se sienten "de aquí", no se diferencian legalmente en nada al inmigrante que acaba de llegar ayer cruzando el desierto: Sin papeles y sin el más mínimo derecho a sentirse parte de Estados Unidos.

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