viernes, mayo 27, 2005

El sueño (¿guajiro?) de muchos profesionistas mexicanos: Ejercer en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Francisco estudió odontología en México. Y es muy buen dentista. De los mejores.
Se tituló con honores. Comenzó a ejercer su carrera con cierto éxito en su ciudad natal, en el estado de Veracruz, durante algunos años, antes de que se le metiera la inquietud de irse a Estados Unidos.
"Ya había estado en Tennessee un tiempo cuando tenía como dieciocho años", recuerda. "Me gustó, y me dije, bueno, ya me titulé de dentista, a la mejor la podría hacer por allá."
No le iba tan mal en su pequeño consultorio, pero no ajustaba para el gasto. Con una esposa y dos hijos pequeños, Francisco siempre se las veía apretadas a fin de mes.
Un día se decidió a lanzarse a la aventura. Empacó y arregló sus asuntos. Cerró la clínica, y, armado con una visa de turista por diez años con la que había ido a Texas de vacaciones una vez, emigró.
Con suerte, pudiera encontrar una chamba en mi área, pensó. La perspectiva de ganar en dólares lo alentó, sobre todo cuando vió que un dentista americano ganaba más de diez veces lo que él, por hacer el mismo trabajo, las mismas horas.
La familia llegó a instalarse con parientes de segundo y tercer grado, en una casita de dos cuartos en Pasadena, un suburbio cercano a Houston. Con esfuerzo, y mucho entusiasmo, Francisco y su esposa Pilar comenzaron a planear el futuro para sus hijos.
"Ya verás, vieja, nomás hay que aguantarnos un tiempo con alguna chambita, hasta que yo comience a buscar que me contraten en lo que sé hacer", le decía a una ilusionada Pilar.
Pero las cosas no salieron como pensaban. El trabajo que consiguieron (después de mucho batallar) fue limpiando baños, en una empresa de empleos temporales. Luego, se les acabó.
Haciendo malabares con el dinero, consiguieron alguna que otra chambita: Francisco, de limpiapisos. Luego, lavaplatos. Pilar entró a una tintorería de chinos, y después a una bodega donde se distribuían armar flores artificiales.
Mientras, Francisco iba cuando podía a hacer llamadas, a presentarse en consultorios médicos, mostrando sus credenciales, su título, y fotos de algunos trabajos dentales hechos en México. Por poco y lo corren a patadas.
A la mala entendió que la profesión médica (como la de abogado) es muy delicada en Estados Unidos. No cualquiera entra, y no porque sea una mafia, sino que el riesgo de demandas y mala práctica hace muy restringidas las oportunidades. Si uno quiere ejercer, debe pasar montones de exámenes, cursos y (de ser posible) volver a estudiar la universidad si desea ser autorizado para trabajar en lo que sabe.
"Los 'gringos' son muy especiales en estas cosas", se lamentaba Francisco.
De todas maneras, aceptó hacerles trabajitos a parientes y amigos cercanos: Que si un empaste. Que si una muela picada. Que si pegarle un diente.
Trabajos ilegales. Bajo la mesa. Francisco se arriesgó mucho, y por poco lo agarran por ejercer la medicina sin licencia.
A sus pacientes no les importaba: Casi todos ellos inmigrantes indocumentados como Francisco, agradecían tener a un doctor titulado en México que los atendiera, y que les cobrara "lo justo", no los cinco mil o diez mil dólares que les cobraría un dentista norteamericano. Ninguno se le enfermó, ninguno se le murió, al contrario: Le agradecían sus atenciones, y hasta volvían. Muchos le traían amigos y parientes al consultorio hechizo que Francisco improvisó en una recámara del departamentito que (con el fruto de la lavada de pisos) pudo rentar.
Pese a los sinsabores, su familia creció. Dos bebés nacieron (ya ciudadanos americanos) y los hijos grandes se criaron como típicos chiquillos americanos. Eso sí, hablando inglés en la escuela y español en la casa. Con altibajos, la familia prosperó.
Pese a todo, nunca pudo ejercer su profesión como soñaba. El "consultorio" lo cerró luego que supo de un "colega" en Dallas al que lo agarraron igual que él y le echaron varios años de cárcel por ejercer sin licencia. (Aunque había sido un dentista reconocido en México).
Tras cambiarse a distintas ciudades dentro de Texas, la familia de Francisco ya se estableció: él, como asistente de una bodega. Pilar, como empleada de un restaurante.
Hoy, tras doce años de haber emigrado, Francisco se siente frustrado al no vivir su sueño, de ganar en dólares haciendo lo que le gusta. "Es más difícil de lo que creía", reconoce. Desde hace ocho años que tiró la toalla y mejor se dedica a trabajar. De lo que caiga.
Pese a todo, Pilar le da ánimos: "Dentro de lo que cabe, estamos bien. Tenemos trabajo, aunque solo ganemos el mínimo. Nuestros hijos están bien, sanos, estudiando. Seguimos aquí. No nos podemos quejar".
Los sueños de Francisco, sin embargo, hace mucho que se fueron por los suelos. Como él, cada día miles de inmigrantes profesionistas se desencantan con la realidad de vivir en Estados Unidos.
Y a pesar de esto, cada día también son miles los que llegan con esperanzas de "hacerla" en Estados Unidos. Llegan sin nada, pero eso sí, bajo el brazo traen esperanzados sus títulos profesionales: de médicos, abogados, dentistas, arquitectos, ingenieros... Sin saber que, aquí, valen tanto como el papel en que usted está leyendo esto.
Traen con ellos currículums impresionantes. Premios, reconocimientos, cartas de recomendación. Con ellos esperan lograr algo... sin darse cuenta que compiten con profesionistas americanos, que también la ven muy difícil.
Hay que decir que algunos sí logran hacer realidad su sueño. Pero son muy, pero muy pocos. Poquísimos. Qué será, uno entre quinientos, entre mil. Y eso poniéndonos optimistas.
Esos son los afortunados: Los que lograr "amarrar" una visa de trabajo antes de venirse. Los que llegan como turistas, no a trabajar de lavaplatos, sino a tocar puertas, a mandar currículums. A hacer llamadas telefónicas, a enviar emails. Y se regresan a México, a seguir intentándolo.
Pero son minoría. Cuando consiguen su sueño, ni se imaginan que afuera de su elegante oficina en Estados Unidos, millones de colegas (quizá mejores que ellos, más preparados y capaces) todos los días doblan la espalda a la intemperie, como jardineros, albañiles o pintores, soñando con una oportunidad que nunca les va a llegar. A pesar de todas las maravillas que soñaron (y les contaron) de Estados Unidos.

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