viernes, mayo 27, 2005

Discriminación: ¿El juego que todos jugamos?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Hace tiempo, un diario en Texas recibió una solicitud para publicar un anuncio clasificado.
Quien contrataba el anuncio era una mujer que buscaba una persona para compartir los gastos de un departamento: Una "roomate", como se dice en inglés.
Como para la mujer sus creencias religiosas eran muy importantes, incluyó sólo un único requisito para el solicitante: Tenía que ser "cristiano".
El periódico no se percató del detalle, y publicó el anuncio.
Cuál no fue la sorpresa del Departamento Legal del diario, cuando recibieron una demanda judicial de parte de una lectora, la cual se había sentido "discriminada" por la dueña del departamento.
En la demanda, la mujer aseguró sentirse "discriminada" porque el hecho de no ser "cristiana" le cerró cualquier posibilidad de co-alquilar ese departamento.
Pero aquí viene lo bueno: De acuerdo con las leyes vigentes, la demanda también le tocaba al periódico que publicó el aviso. Según, por promover "discriminación".
Por supuesto, seguramente por la cabeza de la demandante nunca pasó ningún sentimiento de "discriminación": Quizá el ser o no "cristiana" le importaba un comino. Lo que quería era dinero, y punto. Y como conocía la ley, únicamente tuvo que encontrar a un abogado lo suficientemente ambicioso como ella para entablar pleito.
Tanto el periódico como la demandada llevaban las de perder, claro. Y seguramente lo sabían. Si sus abogados eran lo suficientemente "picudos", podrían haberle dado vuelta a la tortilla y salir airosos (¿se acuerdan del caso de O.J. Simpson, por ejemplo?). Pero sería un juicio largo, caro y no valía la pena. En cambio, se "arreglaron" con la demandante y su abogado afuera del tribunal (léase, se "mocharon", aunque a muchos gringos les horroriza siquiera la posibilidad de que "ésas" cosas también ocurran en este país), y asunto arreglado.
Eso sí, seguramente los ejecutivos del periódico le dieron un cese relámpago al empleado que autorizó ese anuncio, y en adelante se cuidaron de no aceptar otros avisos con tintes "discriminatorios". Se curan en salud.
Las leyes en Estados Unidos se cuidan mucho de prohibir cualquier tipo de discriminación, ya sea por sexo, edad, creencias religiosas, origen y, claro, por raza.
Por ejemplo la ley laboral establece claramente que es completamente ilegal que una empresa o patrón discrimine a empleados (o solicitantes de empleo) por ser mujeres, ancianos, o musulmanes. Si alguno de ellos sospecha que no le dieron la chamba por cualquiera de estos aspectos, muy bien puede entablar demanda y tendrá a la empresa ante los tribunales pariendo chayotes por un buen tiempo. Hay que decirlo, algunas veces las demandas son infundadas, producto de la ambición de uno que otro vivales que busca dinero fácil.
Por eso, los periódicos también se cuidan a la hora de publicar anuncios de empleos. Hay que fijarse bien que no se soliciten "Señoritas" , no "Hombres", ni "Jóvenes" o "Hispanos". (Esos anuncios que uno ve rutinariamente en México - donde se solicita "secretaria, no mayor de 26 años, soltera, buena presentación y sin hijos"- equivaldría, en Estados Unidos, a publicar las instrucciones sobre cómo fabricar una bomba terrorista. Apenas se estaría secando la tinta del periódico cuando ya caerían demandas como una tonelada de tabique sobre quien resulte responsable.
Los inmigrantes hispanos, claro, nos sentimos aliviados. Es cierto que muchos de nosotros somos víctimas de discriminación laboral (y de muchos otros tipos) de manera rutinaria, pero el hecho de que por lo menos la ley lo prohiba, ya es alentador.
Pero también hay que reconocer que hay muchos otros hispanos que nunca han sido discriminados en Estados Unidos. Bastantes más. Aunque no lo publiquen los periódicos.
Tampoco mencionamos las veces en que nosotros, como hispanos, como mexicanos, como inmigrantes, hemos discriminado. Aunque no lo queramos aceptar.
Hasta yo mismo me sacado de onda.
Desde hace unos cuantos meses, el Departamento de Vivienda de Estados Unidos ha estado difundiendo comerciales contra la discriminación en la vivienda, en canales de TV en español. Uno de esos comerciales es excelente: Muestra a un hombre (joven, bien vestido, blanco, delgado y sonriente. Una persona decente. Con acento caribeño) sentado de frente a la cámara. Atrás se él se ve el interior de lo que parece ser un departamento o una casa vacía. Como de renta.El actor avisa al televidente que el Departamento de Vivienda trata de erradicar la discriminación que se comete contra solicitantes de alquileres. Porque la discriminación ocurre en todas partes, de maneras que quizá no reconocemos.
"Hagamos un experimento", pide el actor al televidente. "Imagínese que usted tiene una casa de renta, y yo soy un solicitante. ¿Me rentaría la casa?"
Yo, inconscientemente, pensé. "Claro que sí, ¿porqué no? Se ve decente. Siempre y cuando tenga el dinero del depósito y la renta".
O sea, dentro de nosotros estamos seguros de que no somos discriminadores. Que, como hispanos, somos más "abiertos" que cualquier gringo "redneck" o derechista pro-nazi, de esos que "cazan" mexicanos en la frontera. No, no, cuándo vamos a ser nosotros así, no inventes.
Pero entonces, gracias a la magia del video digital, ese actor del comercial de pronto cambia en un microsegundo. Se convierte ya no en un "decente y bien vestido" hispano (que es la imagen que tenemos de nosotros mismos), sino en un hombre de unos veinte años... Negro. Y no solo negro, sino vestido de manera bastante, digamos, "casual". Casi como pandillero.
Su voz, la misma de antes, nos desafía tranquilamente: "¿Y qué tal ahora? ¿Me rentarías la casa si fuera negro?"
Nosotros estábamos tomando un refresco en ese momento, y el cambiazo casi nos hace atragantarnos.
Antes de que pudiésemos digerir la metamorfosis, el comercial continuó:
"¿Y que tal si tengo acento?", pregunta la misma voz, pero esta vez dentro del cuerpo de un asiático (y digo, de verdad asiático. Chino totalmente, hasta vestido de Mao. Calvo y gordo).
No nos pudimos detener para pensar. La cosa siguió:
El actor vuelve a cambiar de aspecto. Se convierte en un árabe: Moreno, cejón, con un rizado cabello café oscuro revuelto sobre su cabeza. "¿Y si soy diferente?", es la pregunta esta vez.
Luego, vuelve a cambiar. Pero esta vez no es un hombre, sino una mujer hispana. Parece puertorriqueña: Morena, pelo negro, largo, ondulado. No fea, pero tampoco atractiva, debido a que trae ropa vieja, mal arreglada, con una bolsota al hombro y un bebé cargando: "¿Y qué tal si soy mujer? ¿Y si tengo niños? ".
"¿Me aceptarías o me rechazarías?", pregunta al final la voz.
Para concluir (y cuando ya hemos derramado la mitad del refresco en atragantamientos consecutivos, el actor vuelve de nuevo a su imagen original: Amable, joven, bien vestido. Una persona decente.
"¿Lo harías?", es la estocada final.
Yo no sé, el asunto me puso a pensar. No me considero particularmente cerrado de mente, al contrario. Me gusta pensar que soy bastante tolerante y abierto con la gente. De racismo, claro, nada.
Pero los distintos aspectos del actor en el comercial me derribaron los paradigmas que de mí tenía.
Más aún, mucha gente a la que le he preguntado (amigos, familiares, compañeros de trabajo. Hispanos, mexicanos, latinoamericanos, que se consideran amables, buenas gentes, compasivos y nada racistas) coinciden en lo mismo: "A ésos nunca les rentaría nada", determinan.
"No por odio racial, sino por temor", me explica otra persona, tratando de aminorar su sentimiento. "Es que no me gustaría tener problemas".
Ajá. Lo malo es que eso es lo mismo que piensan muchos norteamericanos que les niegan servicios, renta o trabajo a nosotros los hispanos: No es porque sean malos, pero no confían en nosotros. No quieren problemas.
Pero para la ley es igual. Eso es discriminación y punto.
"Todos somos racistas", es la máxima de Marcos, mi jefe, el cubano. "Como seres humanos, todos lo somos", repite. Debo confesar que ahora pienso que quizá no ande tan errado.
Como hispanos, como mexicanos, como inmigrantes, ¿cuántas veces no hemos juzgado a la gente por su aspecto? Incluso dentro de nuestra propia comunidad. Conocemos personas, por ejemplo, que les sacan la vuelta a los centroamericanos por considerarlos "transas".
Claro, muchos dirán: "Pues racista lo será usted. Ya enseñó el cobre. Porque yo, por lo menos no lo soy".
Pero qué pasaría si yo me cambiara de aspecto, me pusiera dentro del cuerpo de un negro hip-hop, o un árabe musulmán, como el del comercial, y le preguntase: "¿Me rentaría un cuarto? ¿Lo haría?"

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