viernes, mayo 27, 2005

Aquellos inmigrantes que no han conseguido el sueño americano

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Germán es una persona muy inteligente. Muy capaz.
Es un experto en su pasión: Los deportes. Desde niño, ya mostraba interés en todo lo relacionado con los deportes.
"Mi mamá me contaba que desde los cinco o seis años yo me sentaba frente a la televisión, con un cuaderno y un lápiz en la mano, a ver los partidos de futbol", cuenta sonriendo.
Ni siquiera sabía escribir bien (cometía un montón de faltas de ortografía, pues escribía los nombres como los oía), pero anotaba los resultados de los partidos que veía: nombres de jugadores, equipos, minutos de los goles, acción y detalles.
Su pasión lo llevó a emplearse (qué mas) como cronista deportivo en varios medios locales de su provincia natal en Argentina, donde destacó desde que era adolescente. Pasó por redacciones de periódicos, revistas y estaciones de radio.
Fue gracias a uno de esos medios por los que pudo llegar a Estados Unidos, a cubrir uno de los juegos en los que la selección argentina de basquetbol ganó al equipo americano.
Viendo la oportunidad de estar en la meca de los deportes del mundo, Germán buscó algún empleo.
Parecía fácil. Y aparentemente Germán lo tenía todo: Una carrera destacada. Un conocimiento profundo de su profesión. Era solo, sin esposa o hijos, por lo que no tenía la presión de mantener una familia.
Pero sobre todo tenía entusiasmo, ganas de hacer algo. "Yo vine a trabajar a Estados Unidos, no como muchos otros argentinos", relata. "Los argentinos no se distinguen por querer venir a trabajar: el argentino promedio quiere venir a un puesto ejecutivo. No les gusta ensuciarse las manos".
Al principio logró colaborar con varios medios hispanos de distintas ciudades: Radio, prensa, revistas. Pero nada estable, nada concreto. Solo proyectos, que de la noche a la mañana desaparecían.
El mayor problema: Su falta de documentos.
"Donde quiera se te cierran las puertas, las empresas de medios no quieren contratarte", recuerda. "Como que tienen terror a que se sepa que contratan indocumentados".
Irónico en un país donde los medios se la pasan del lado de los inmigrantes, y cubren con mucho detalle sus vidas, aspiraciones y sueños.
Pero no dan chamba...
Germán comenzó con mucho entusiasmo. Llegó a este país con la idea de doblar el lomo, para trabajar, hacer algo. "Está muy difícil en Argentina".
La misma historia de casi toda Latinoamérica.
Pero ahora, a más de dos años de haber llegado, Germán aún no ve la luz al final del tunel. Y es que, para su desgracia, como a muchos otros inmigrantes que llegaron recientemente, le tocó lo más difícil de la recesión.
Luego se atravesó el 11 de septiembre, la guerra de Afganistán, la de Irak, y el sentimiento antiinmigrante.
"No es nada fácil", comenta un poco desesperado por no encontrar empleo. "La gente piensa que es muy fácil venir a trabajar acá, pero nada qué ver".
A él quizá le ayude su imagen: Descendiente de europeos alemanes que emigraron a Argentina en el siglo 19, Germán tiene todo el tipo ario. Mide más de dos metros, tiene los ojos azules, y la piel blanca. Su pelo tira a rojizo. Podría pasar por gringo aquí y en china.
La bronca es que no habla inglés. Muy poco. Poquísimo.
Su fuerte acento sudamericano tampoco le ha granjeado muchas simpatías entre los mexicanos y chicanos.
Germán ha hecho de todo: Su sueño de hacer crónicas deportivas internacionales desde Estados Unidos debió dejar paso a la urgencia de encontrar un empleo. Cualquiera. Comenzó de lavaplatos en un restaurante mexicano, de donde lo corrió un cocinero porque le cayó gordo. Luego fue a una fuente de sodas, estudo de mesero, y hasta se la ha pasado vendiendo lo poco que tiene para sobrevivir.
Como vivía junto con un compatriota, compartiendo un apartamento, su apuración es conseguir dinero cada mes de perdido para pagar la renta.
A diario checa los periódicos para saber dónde hay alguna inauguración, alguna feria comunitaria, para ir. "Por lo menos dan comida gratis, o un refresco. Con eso resuelvo lo de la comida".
Ahora anda tratando de vender una chamarra (o "campera", como le dice él) por lo que sea. Por lo menos para poder pagar la renta. "No me importa que me la pase sin comer toda la semana".
Como él, millones de inmigrantes latinoamericanos que llegaron apenas hace algunos meses, dos años a lo sumo, se la ven muy duras. Y la noticia de la posible legalización de indocumentados, anunciada por el Presidente George W. Bush y los líderes del Senado, no le hacen mucha diferencia. "Dicen que van a legalizar solamente a los que tengan un mínimo de cinco años viviendo en el país", comenta tristemente por su parte Arturo, un inmigrante peruano. "Con eso nos dejan fuera a mí y a mi familia".
"Luego, piden comprobar que uno ha pagado impuestos por lo menos por cuatro años", se queja Germán. "Yo a duras penas puedo mantenerme".
Por lo pronto, ya se informó que tras el anuncio de la posible regularización migratoria en Estados Unidos, aumentó sensiblemente la inmigración ilegal. Cientos de personas más se animaron a pasar para acá, en espera de poder estar presentes para cuando se anuncie la legalización.
Algunos arriesgan todo: Pagar al "pollero", hacer la peligrosa travesía por el desierto o por el río Bravo, aún a costa de su vida. En pos de una esperanza.
Pocos saben que, de darse, la regularización migratoria tendría reglas muy estrictas: La mayoría de ellos quizá ni siquiera calificaría, por haber llegado recientemente.
Eso si no se mueren o los agarran antes en la frontera.
"Luego viene el problema del empleo", explica Arturo. "Ni siquiera a gente como nosotros, que tenemos ya tiempo aca, conocemos amigos y hemos hecho una vida más o menos normal, nos ha ido tan bien como esperábamos. No nos quejamos, pero no es nada fácil".
Arturo ha mostrado entusiasmo. Descendiente de una familia de panaderos y pasteleros, ni tardo ni perezoso, apenas desempacó en este país se puso a trabajar. Rentó un departamento y comenzó a hornear sus pasteles, panes, empanadas con sabor peruano, y los ofreció de puerta en puerta a sus compatriotas.
"Era muy difícil al principio, porque tenía que trabajar los cinco días de la semana, desde la madrugada", recuerda. "Y luego los sábados y domingos me la pasaba visitando gente, ofreciendo el producto. Terminaba muerto el domingo por la noche, y la mañana del lunes otra vez lo mismo".
Por fortuna, no le ha ido tan mal, y ahora espera pronto asociarse con un amigo para quizá abrir una panadería. Pero, eso sí, que sea peruana.
"De esas casi no hay en Texas. Hay muchos negocios mexicanos, centroamericanos, pero creo que falta una panadería que ofrezca el sabor peruano. Estoy seguro de que hay suficiente mercado", declara confiado.
Las odiseas de estos inmigrantes sudamericanos (como los de otros muchos inmigrantes mexicanos) nos deja pensando. Y no es por desalentar a los inmigrantes potenciales, pero la cosa "está caraja", como dice Arturo.
Cualquiera que opine que es hora de venirse corriendo a Estados Unidos para calificar de inmediato a un permiso de trabajo o una residencia, quizá sueñe sobre una nube. Corre el riesgo de golpearse de frente contra una dura pared de realidad.
Pero más peligroso, es que quizá ni siquiera lleguen a Estados Unidos, y dejen sus esperanzas y las de sus familias en la frontera.
O su vida.

1 comentario:

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